INICIAR SESIÓN**CASPER**
“Noventa y seis horas”. Ese era el tiempo estimado para que las trazas de escopolamina abandonaran por completo el sistema de Leonor Carvajal. Sin embargo, el veneno que había inoculado en mi mente con solo pronunciar el nombre de Sira no se marcharía con ninguna desintoxicación médica.
Eran las seis de la mañana. La lluvia sobre Ginebra había amainado, dejando una niebla densa que trepaba por los cristales de mi despacho. Observé la pantalla holográfica que flotaba sobre mi escritorio de roble negro. Los algoritmos de reconocimiento facial y cruce de datos históricos arrojaban un porcentaje de coincidencia aterrador: noventa y ocho por ciento entre los rasgos de Leonor y las pocas fotografías que sobrevivían de Sira de hace una década.
—No puede ser una coincidencia —mascullé, clavando la mirada en el vacío.
El sonido del intercomunicador interrumpió mis pensamientos.
—Señor Della Torre —la voz de Hans sonó inusualmente tensa—. Su madre está en la línea privada. Insiste en que es un asunto de extrema urgencia relacionado con la fusión de la bolsa de Zúrich.
Exhalé un suspiro helado y presioné el botón de enlace. La pantalla cambió, mostrando el rostro perfectamente cuidado de Carmen Echeverría de Ruiz. Su pelo plateado no tenía un solo mechón fuera de lugar, y sus joyas discretas brillaban bajo la iluminación de su residencia en San Sebastián. Su calma, como siempre, era una amenaza.
—Casper —su voz fue un látigo de seda—. Supongo que tienes una excelente explicación para el movimiento de seguridad digital que ejecutaste anoche desde los servidores centrales.
—Filtración menor en la base de datos de la Universidad de Ginebra, madre —respondí, sin parpadear, manteniendo mi tono plano—. Nada que afecte a las acciones.
—No me mientas —tajó ella, inclinándose levemente hacia la cámara—. Bloqueaste un servidor privado de ciberacoso estudiantil. ¿Desde cuándo el CEO de Torre-IA se dedica a limpiar la reputación de una cualquiera? Los socios de Zúrich están monitoreando cada movimiento. Si el apellido Della Torre se asocia a un escándalo de faldas antes de la firma, la fusión se cae. Y sabes lo que pasará si los fondos de tu padre quedan expuestos a una auditoría externa.
—Tengo la situación bajo control absoluto —sentencié, apretando la mandíbula—. La variable ya ha sido aislada.
—Más te vale, Casper. Recuerda quién limpió el desastre en Navarra hace diez años para que hoy pudieras sentarte en ese trono tecnológico. No dejes que una cara bonita te recuerde los muertos que decidimos enterrar.
El corte de la comunicación fue instantáneo. La amenaza implícita de mi madre quedó flotando en el aire del despacho. Ella sabía algo. Siempre lo había sabido.
Caminé a paso firme hacia el ala este del ático. Al abrir la puerta de la habitación de invitados, la escena que encontré distaba mucho de la sumisión que esperaba. Leonor ya estaba despierta. Vestía una de mis camisas de seda negra, que le quedaba absurdamente grande y acentuaba la palidez de sus hombros. Estaba de pie junto al ventanal, con la medalla del árbol de la vida invertido apretada entre los dedos, mientras el profesor Etienne Morag revisaba unos apuntes en su tableta.
—Veo que la paciente ha decidido ignorar las órdenes de reposo —dije, cerrando la puerta detrás de mí con un chasquido seco.
Leonor se giró de golpe. Sus ojos verde oliva volvían a tener ese brillo salvaje e intuitivo.
—No soy su prisionera, señor Della Torre —atacó, dando un paso al frente a pesar de que sus pies descalzos aún mostraban un leve temblor—. El profesor Morag me ha puesto al tanto de lo que hizo con los servidores. Destruyó las pruebas contra Chloe.
—Salvé tu miserable reputación, que es distinto —repuse, cruzando los brazos—. Si esas fotos hubieran salido a la luz, tu brillante beca de filología se habría disuelto en el fango antes del mediodía. Deberías mostrar un poco de respeto por el hombre que evitó tu ruina.
—¿Respeto? —Leonor soltó una carcajada amarga, cargada de desprecio—. Usted no bloqueó ese servidor por altruismo. Lo hizo porque el mesero que Chloe contrató trabajaba en los eventos privados de su corporación. Lo hizo para proteger el bendito nombre de su familia, como siempre lo hacen los Della Torre.
Me acerqué a ella con lentitud, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra el cristal frío del ventanal. El aroma a limpio y el sutil perfume gótico que emanaba de su piel aceleraron mi pulso, una reacción física que detestaba no poder controlar.
—Mides mal tus palabras, Leonor —susurré, inclinándome hasta que mi aliento rozó su oído—. Estás en mi territorio. Puedo hacer que tu amiga Chloe desaparezca del mapa académico con un solo clic, o puedo dejar que la policía de Ginebra encuentre el tacón ensangrentado con el que atacaste a ese hombre en el callejón. Tú eliges el guion de las próximas horas.
—¡Basta de amenazas, Casper! —intervino el profesor Morag, poniéndose de pie y colocándose entre los dos con una audacia que rozaba la imprudencia—. Leonor no está sola. He estado investigando los patrones de desapariciones en el norte de España durante la última década. El holding de su padre financió las mismas excavaciones arqueológicas y proyectos tecnológicos en Navarra el mismo mes en que Sira Carvajal desapareció. Esto no es un delirio estudiantil. Hay una conexión directa y usted lo sabe.
Miré a Morag con una frialdad gélida.
—Profesor, sugiero que regrese a su cátedra antes de que su jubilación anticipada se convierta en una realidad desagradable. Hans lo acompañará a la salida.
—No me voy a ir sin ella —decretó el anciano.
—Se irá —dijo Leonor, colocando una mano sobre el brazo de su tutor. Su voz había cambiado; ya no era un grito de pánico, sino una orden madura, cerebral—. Váyase, profesor. Guarde los archivos de la tesis en el servidor encriptado que acordamos. Si no me comunico con usted en doce horas, ya sabe a quién enviarle la copia.
Morag me clavó una mirada de advertencia antes de retirarse, dejándonos a solas una vez más en el ala este del apartamento. La atmósfera volvió a cargarse de una tensión de alta intensidad.
—Eres más inteligente de lo que pareces —admití, recorriendo con la mirada la silueta que la camisa de seda apenas lograba ocultar—. Has creado un seguro de vida.
—Aprendí del error de mi hermana. Ella confió en la perfección de su apellido —Leonor dio un paso hacia mí, desafiando mi espacio personal, sus ojos fijos en la cicatriz de mi sien—. Ahora dígame, señor Della Torre. ¿Qué es lo que realmente le asusta de mi rostro? ¿Por qué me mira como si estuviera viendo a un muerto?
Sujeté su mandíbula con un movimiento rápido, obligándola a sostener el contacto visual. Sus labios entreabiertos cortaron mi respiración por una milésima de segundo. El deseo contenido se mezcló con la rabia corporativa.
—Te miro porque eres una variable defectuosa en mi sistema —respondí, con la voz grave, tensa—. Y no me detendré hasta descubrir quién te envió a mi coche. Si crees que este problema de sospechas va a destruir mi imperio, estás muy equivocada, Leonor.
Ella se soltó de mi agarre con un movimiento brusco, pero no bajó la cabeza.
—Entonces que empiece el juego, Casper. Porque yo tampoco me voy a detener.
**SOFÍA**El contacto de sus labios en mitad del piso cuarenta, con la luz de Milán bañando la pared de cristal a nuestras espaldas, disipó cualquier rastro de duda. La firmeza de los brazos de Mateo alrededor de mi cintura ya no se sentía como una intrusión ejecutiva, sino como el único refugio al que no pensaba ponerle una sola línea de código de restricción.Cuando nos separamos apenas dos centímetros, le sostuve la mirada con una altivez limpia, sintiendo la aceleración rítmica de su pulso bajo las palmas de mis manos.—Parece que el heredero aprendió a hacer ofertas que no se pueden rechazar en los balances —susurré en un jadeo, rozándole la solapa del traje negro con la punta de los dedos.—No es una oferta de negocios, Sofía —siseó Mateo con ese tono grave que me estremecía las entrañas—. Es un decreto. Y el perímetro está cerrado a partir de hoy.—Mire que me salieron caras las horas extra —le devolví el golpe con una sonrisa afilada, aunque mi mirada delataba una entrega abso
**MATEO**El calor de los dedos de Sofía entrelazados con los míos era lo único que mantenía mi mente anclada a esa mesa rústica. La fijeza salvaje que heredé de mi padre nunca se había sentido tan voraz, pero a la vez tan peligrosamente paciente. Sofía Rossi no era una mujer a la que se pudiera arrinconar con decretos ni con el peso de mi apellido; tenía una altivez que requería una conquista paso a paso.—No suelo dar pasos atrás, Della Torre —respondió ella en un susurro grave, apretando mi mano con un agarre firme antes de soltarme con una lentitud calculada—. Pero si vamos a cerrar esa trampa mañana, necesito que deje de mirarme como si fuera a devorarme entre la pasta.—Es el único método que tengo para asegurarme de que no se me escape del perímetro, Rossi —sentencié, regalándole una sonrisa afilada mientras daba un trago al vino tinto.Salimos de la trattoria pasadas las diez de la noche. El aire fresco de Navigli traía el olor húmedo del canal. Sofía ya estaba abrochándose el
**SOFÍA**Me quedé inmóvil ante la presión de su pulgar contra mi mandíbula. La solidez de su cuerpo contra el borde de la mesa me dejaba muy poco margen de maniobra, pero no pensaba darle el gusto de ver que sus movimientos estratégicos me dejaban fuera de juego.—¿Una cena, Della Torre? —pregunté en un hilo de voz, obligándome a sostenerle la mirada con la misma altivez que él intentaba imponer—. Pensé que los magnates como usted negociaban en despachos, no entre tenedores.—Esto no es una negociación, Rossi —siseó Mateo con ese tono grave que me retumbaba en el pecho—. Es el cobro de mi traje. Y no acepto un no por respuesta.—Mire qué dominante salió el heredero —le devolví el golpe, inclinándome apenas un milímetro hacia él para desafiarlo—. Pero le advierto que no voy a ningún restaurante estirado donde tenga que usar tres tenedores distintos para comerme una ensalada.Una chispa de diversión sincera le iluminó las pupilas oscuras, suavizando por un segundo la fijeza salvaje de
**MATEO**El tiempo pareció congelarse. Sofía perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Reaccioné por instinto, dando tres pasos gigantescos para atraparla en el aire antes de que se estrellara contra el suelo. La atrapé contra mi pecho. Su cuerpo era sorprendentemente ligero, y el aroma a flor de azahar y café me invadió los sentidos de golpe. El problema no fue la caída; el problema fue que el vaso térmico de Sofía salió volando y su contenido —un líquido negro, hirviendo y pegajoso— se estampó de lleno contra la solapa de mi traje de diseñador, chorreando por mi camisa blanca hasta la hebilla del cinturón. Nos quedamos inmóviles durante cinco segundos. Yo sosteniéndola en brazos, ella con los ojos oscuros abiertos como platos y una mancha gigante de café arruinando mi atuendo de tres mil euros. —Buenos días, jefe —soltó Sofía con una sonrisa culpable y una soltura que me dejó sin habla. —Dígame que esto es una broma, Rossi —siseé en un murmullo grave, sintiendo el calor del café
**MATEO**Un murmullo de asombro recorrió la mesa. Giancarlo palideció.—Pero, señor… esa es una maniobra agresiva. Podríamos perder un quince por ciento del flujo operativo.—Mi padre les enseñó a no ceder ni un milímetro ante el chantaje corporativo, Giancarlo —rebatí con un descaro intelectual calcado al de mi madre—. Y yo no voy a empezar mi gestión pidiendo permiso a los suizos. O firman bajo nuestras condiciones antes de las cinco de la tarde, o se quedan fuera del perímetro.El director financiero tragó saliva, asintió en silencio y comenzó a teclear descontrolado en su terminal. El primer pulso estaba ganado.A las tres de la tarde, el intercomunicador de mi despacho privado sonó con un bip metálico. Presioné el botón sin levantar la vista de los balances.—Dime, secretaria.—Señor Della Torre, la pasante de análisis de datos de la división de ciberseguridad insiste en verlo —anunció la voz de la recepcionista—. Dice que encontró una anomalía sintáctica en las cuentas de la fi
**CASPER**Leonor dejó escapar un leve jadeo, perdiendo por un segundo la postura soberbia para regalarme una sonrisa enamorada que me devolvió de golpe a nuestros mejores años.—¿Nos estás dejando solos a cargo de la casa y la empresa? —preguntó Ginebra, alzando una ceja.—Mateo manejará los números y tú mantendrás la disciplina —sentencié, mirando a mi hijo a los ojos con una gravedad implacable—. Mateo, mantén la guardia alta. Mi imperio es tuyo a partir de hoy, pero si al regresar encuentro un solo rasguño en esta familia, te quito el mando antes de que cierre la bolsa.Mateo me sostuvo la mirada con una firmeza que me demostró que la piedra tenía un heredero digno.—El perímetro estará seguro, padre —aseguró el joven financiero, estrechándome la mano con un agarre de acero—. Ve a cuidar a mi madre. De lo demás me encargo yo.**MATEO**El rugido del motor del helicóptero privado terminó de disiparse en el horizonte sobre los picos del Como. Me quedé en la terraza de mármol con las







