LOGINDejé la universidad. No tuve otra opción.
No hay dinero para pagar mis clases, ni fuerzas para seguir fingiendo que todo está bien cuando mi vida se desmorona.
La noticia llega a mi tía antes de que yo pudiera siquiera preparar una excusa. Su reacción es inmediata, brutal.
—¡Eres igual que tu madre! —escupe, con los ojos encendidos de rabia—. Una inútil que arruina todo lo que toca.
—¡No hable así de ella! —replico, temblando.
—¡Cállate! —me grita tan fuerte que me hace retroceder—. Yo me hice cargo de ti y de tu hermano, porque nadie más lo hizo, y así me pagas: trayendo vergüenza a esta casa. Una mocosa embarazada sin el padre de ese bastardo… ¡Qué asco!
Recojo mis cosas con manos temblorosas. Cada insulto me golpea como un látigo. Pero lo que más me rompe es ver a Derek enfrentarse a ella.
—Si Ava se va, yo también.
Ella se da la vuelta, y su mirada es hielo puro.
—Inténtalo, Derek, y olvídate de que tienes tía. Yo tengo tu custodia. Si te vas con ella, no vuelvas a poner un pie aquí.
El golpe de esas palabras lo deja sin aire. Tiembla, aprieta los puños, pero al final baja la cabeza.
—Lo siento, Ava… —susurra, con la voz rota—. Iré a buscarte… aunque sea a escondidas.
Me abraza con fuerza, y yo lo rodeo, aunque ahora él ya es más alto que yo. Es difícil soltarlo, como si al hacerlo me arrancaran algo vital.
Antes de cruzar la puerta por última vez, le dejo mi promesa grabada:
—Si alguna vez necesitas ayuda, si caes en problemas otra vez, no dudes en buscarme. Siempre encontraré una forma de sacarte, hermanito. Te amo.
La tía lanza una última estocada desde el umbral:
—¡Vete de una vez, bastarda! Y espero que tu hijo nazca tan inútil como tú.
La rabia me cierra la garganta, pero no respondo. No pienso darle ese poder.
[***]
Colín es quien me sostiene cuando ya no me queda nada. Me abre las puertas de su hogar. No sé cómo él se atreve a ayudarme, después del daño que también le causé.
Su departamento no es grande, pero me da algo que necesito más que nunca: seguridad, un refugio cálido.
—No será mucho tiempo —le digo, abrazando mi mochila como si fuera mi última defensa—. Solo mientras ahorro algo, después me iré a buscar mi propio sitio. No quiero ser una carga.
Niega de inmediato, firme.
—No pienses en eso, Ava. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Este apartamento es tuyo por ahora.
Lo miro confundida, y él aclara con un suspiro:
—Mi madre está delicada de salud. Me mudé con mis padres mientras ella se recupera. Aquí nadie te molestará. Siéntete como en tu casa.
Trago saliva, la gratitud me quiebra por dentro.
—Colín, gracias. Yo...
—Lo digo en serio, y no quiero que te sigas disculpando, Ava. —Su mirada se clava en la mía—. Vendré todos los días a verte, por si necesitas algo.
Asiento, conteniendo las lágrimas. Sé que ahora no podría sobrevivir sin él.
[***]
Comienzo a trabajar. Turnos dobles, corriendo entre mesas, sirviendo platos en un restaurante de cinco estrellas.
Irónico: Ava Mitchell soñaba con brillar en una cocina, pero ahora limpia restos en las mesas y aguanta quejas de clientes ricos, y no hablemos de mi jefe o mis compañeros, quienes me hacen mi vida laborar imposible.
Mi cuerpo se cansa, pero no me rindo. Ya no estoy luchando solo por mí, ahora hay un motivo más grande en mi vida. Y es por lo que me mantengo de pie todos los días.
[***]
Derek aparece de vez en cuando, escapando de la tía como puede. Se sienta conmigo y lanza preguntas torpes.
—¿Cómo va el bebé? ¿Ya se nota?
—Un poco —le sonrío, aunque mi barriga apenas empieza a crecer.
Cuando le conté que sería tío, se iluminó como si fuera él quien esperaba un hijo. Esa alegría lo calma, lo mantiene lejos de problemas por primera vez en mucho tiempo.
—Voy a ser el mejor tío del mundo —me promete con ojos brillando.
Y yo le creo.
[***]
El tiempo avanza. Mi vientre crece. Cada día se vuelve más pesado, pero también más esperanzador. Las patadas, los movimientos dentro de mí, me recuerdan que no estoy sola. Que llevo dos vidas latiendo en mi interior.
Lo confirmé en mi última ecografía. No era solo uno, sino dos. Dos milagros.
[***]
Meses más tarde. El parto llega entre dolor, gritos y lágrimas. El hospital es un caos: médicos corriendo, enfermeras dándome órdenes mientras las contracciones aumentan y aumentan hasta llegar al límite.
—¡Empuja, Ava, empuja fuerte!
Creo que no lo resistiré. El dolor me parte en dos, siento que me quema por dentro. Grito hasta quedarme sin voz.
Y entonces, el sonido más hermoso: un llanto fuerte, desgarrador.
—¡Es un niño! —anuncia la enfermera.
Apenas me dejan verlo cuando otro dolor me arranca un alarido. Viene el segundo. Mis uñas se clavan en las sábanas, mi cuerpo se retuerce.
—Ya casi, solo un poco más —me anima el médico.
Luego de unos minutos, otro llanto llena la sala. Más agudo, más urgente.
—¡Y una niña!
Las lágrimas me nublan la vista. Estoy exhausta, rota… pero completa.
Me ponen a mis mellizos sobre el pecho. Sus pieles tibias, sus llantos sincronizados. Los abrazo con el corazón desbordado.
—Liam y Lia… —susurro, besando sus cabecitas húmedas.
Son preciosos. Son perfectos. Son míos.
Aunque el mundo me odie por lo que le hice al hombre que amo, aunque me cierren puertas, lucharé con todo lo que soy para protegerlos.
ALMAS DESTINADAS - CUANDO SE APRENDE A CALLAREl lunes llegó sin mucho alboroto, como suelen llegar la mayoría de las cosas importantes: sin aviso y sin celebraciones.Sarah despertó antes de que sonara la alarma, con la sensación de que algo se había movido de lugar dentro de ella durante el fin de semana. No era ansiedad ni emoción desbordada. Era más bien una calma distinta, una especie de orden nuevo que todavía no terminaba de comprender.Se quedó unos segundos mirando el techo, escuchando los sonidos del edificio que comenzaban a despertar con ella. Un departamento se abría más arriba, una tubería crujía, un automóvil pasaba por la calle. La vida seguía igual.Y, sin embargo, algo había cambiado.No pensó de inmediato en Liam. Eso le sorprendió. No porque no estuviera presente en su mente, sino porque ya no ocupaba el centro absoluto de sus pensamientos. Estaba ahí, sí, pero compartiendo espacio con todo lo demás: el hospital, el trabajo, su madre, las cuentas pendientes, la can
ALMAS DESTINADAS - VOLVERLa semana transcurrió con una precisión casi mecánica.Liam se levantó como cada mañana a la misma hora, desayunó sin distracciones, llegó a la empresa antes que la mayoría y se quedó hasta que los pendientes quedaron resueltos. Respondió correos, cerró acuerdos, revisó informes financieros y sostuvo reuniones largas que exigían atención total, como siempre lo hacía. En apariencia, nada había cambiado.Pero por debajo de esa rutina impecable, su mente se deslizaba con frecuencia hacia otro lugar.No se había convertido en una obsesión. No era una urgencia descontrolada. Era algo más silencioso y constante, como una nota sostenida en el fondo de cada pensamiento. Sarah aparecía en pequeños fragmentos: el gesto casi imperceptible con el que se recogía el cabello antes de subir al escenario y el cómo sonreía, aunque haya sido pocas veces.No se reprendía por ello. Tampoco se permitía idealizarla.Simplemente… estaba ahí.Hubo un momento, a mitad de la semana, en
ALMAS DESTINADAS - DEJAR QUE LAS COSAS PASEN NORMALMENTEDurante los días siguientes, Liam se obligó a mantener una rutina estricta. No por falta de interés, sino precisamente por lo contrario. Sabía que, si se permitía dejarse llevar del todo, terminaría precipitándose, y esa no era una opción. El haber encontrado a Sarah había cambiado algo profundo en él, pero no quería convertir ese descubrimiento en una carga para ninguno de los dos.Así que trabajó.Se sumergió en reuniones, revisó proyectos, afinó detalles con los equipos que estaban a punto de cerrar contratos importantes. Logan, su padre, lo observó con atención discreta. Notaba la concentración de su hijo, pero también esa leve distracción que aparecía de vez en cuando, como si su mente se escapara a otro lugar.—¿Todo bien? —le preguntó una tarde, cuando terminaron una junta larga.—Sí —respondió Liam sin dudar—. Solo estoy organizando algunas ideas.Logan no insistió. Conocía ese tono. Era el mismo que había usado él mismo
ALMAS DESTINADAS - EL PESO DE LA CERTEZALiam no durmió casi nada esa noche.No fue solo por no poder dormir ni por las pesadillas; fue algo más callado y más profundo. La nueva certeza se había instalado en su pecho con un peso raro, que no era ni doloroso ni ligero. Simplemente estaba ahí, reclamando espacio, reclamando atención. Saber que Sarah Hadwin, la mujer que había conocido en una calle oscura y reencontrado en un bar, era la misma niña de su infancia, había cambiado el eje de sus pensamientos.No porque el pasado volviera a doler, sino porque de pronto todo encajaba.Las sensaciones inexplicables, la familiaridad inmediata, la calma que sintió al escuchar su voz por primera vez… nada había sido casual. No se había tratado de una atracción repentina ni de una curiosidad pasajera. Había sido reconocimiento, aunque él no supiera nombrarlo en ese momento.Se levantó temprano, antes de que el sol terminara de asomarse por completo. Se duchó con agua tibia, dejó que el vapor despe
ALMAS DESTINADAS - ERA ELLAEl regreso a su ciudad no tuvo nada de especial en apariencia. El avión aterrizó puntual, el trayecto hasta casa fue el de siempre y las calles conocidas lo recibieron con la misma indiferencia de cualquier otro día. Sin embargo, Liam no volvió siendo exactamente el mismo. Algo se había movido en su interior durante ese viaje breve, algo que no se acomodó al volver a la rutina.Las reuniones se sucedieron una tras otra. En la sala amplia, con esas pantallas encendidas, cifras proyectadas, decisiones que requerían atención absoluta. Liam participó como siempre: claro, firme, puntual con sus intervenciones. Su padre lo observaba con orgullo silencioso, confiando cada vez más en su criterio. A ojos de todos, estaba donde debía estar.Pero en los espacios muertos, en los segundos entre una voz y otra, su mente se iba sin pedir permiso.Sarah.No la Sarah de los recuerdos infantiles, ni la imagen borrosa que había perseguido durante años, sino la mujer de la noc
ALMAS DESTINADAS - LA NOCHE NO TERMINA AQUÍSarah seguía viéndolo con el entrecejo apenas fruncido, como si su nombre le hubiera dejado una sensación en la lengua que no podía explicar. Liam notó el brillo mínimo de curiosidad en sus ojos castaños, ese mismo que había visto la noche anterior cuando ella intentó convencerse de que estaba bien. Ahora no había pánico, pero sí una alerta suave, la de alguien que aprendió a medir a los desconocidos aunque le caigan bien.Él no quiso incomodarla con más preguntas raras ni con una sonrisa demasiado larga. Se obligó a respirar normal y a mantener el tono tranquilo, ese tono suyo que no busca imponerse, sino calmar el ambiente.—¿Sales tarde hoy? —soltó, cuidando las palabras—. ¿Alguien viene por ti?Sarah parpadeó, entendiendo de inmediato por qué lo preguntaba. La expresión de su cara cambió apenas, como si el recuerdo del callejón le rozara la piel. A ella le gustaba que él fuera amable, pero también le inquietaba admitir que necesitaba esa







