LOGINIsabella se sentó nerviosa junto a otros cuatro aspirantes. Se frotó las palmas de las manos sudorosas y volvió a peinarse el pelo con la mano. La espera la estaba matando. Pensó en lo que haría si este trabajo no salía bien, pero, de nuevo, se aseguró a sí misma de que iba a salir bien. Tenía todos los certificados necesarios. Vestía adecuadamente. Todo lo que tenía que hacer era hablar con confianza y nada saldría mal.
Echó un ligero vistazo a los cuatro aspirantes que esperaban su turno igual que ella, mientras el resto esperaba abajo. Subían de cinco en cinco para conocer al jefe. Por suerte para ella, estaba entre los cinco primeros. Nunca había conocido al director general en persona y no había tenido tiempo de investigar a fondo sobre él.
No puede ser tan difícil tratar con él.
se decía a sí misma mientras entraba en el edificio. Mientras miraba a los demás aspirantes, se dio cuenta de que iban mejor vestidos que ella. Mientras que su falda y su top mostraban que estaban hechos con materiales baratos, los de ellas decían lo contrario. Estaban sentadas y parecían muy seguras de sí mismas. Parecía que ella era la única que sudaba nerviosamente bajo la camisa, aunque estuvieran en un ambiente con aire acondicionado.
La joven que había entrado por primera vez hacía unos minutos salió enfadada de la oficina antes de cerrar la puerta tras de sí. Los ojos se volvieron hacia ella.
—¿Cómo se atreve a llamarme zorra? —. Exclamó, nada más salir del despacho echando humo de rabia. —¡Vete al infierno, Enrique Miller! A la m****a con esta m*****a empresa—. Exclamó una vez más antes de marcharse gritando a cualquiera que se interpusiera en su camino. Sus tacones hacían ruido a medida que avanzaba.
—Perla Williams. — Una mujer leyó en voz alta.
—Presente—. Respondió la mujer junto a Isa mientras levantaba la mano. Esbozó una sencilla sonrisa. Suavemente, se levantó de su asiento y caminó con elegancia hacia el despacho de Enrique.
*
Un segundo después, la vieron salir del despacho sin mirar atrás. Sus suaves pasarelas habían desaparecido.
Isabella se frotó un poco más las palmas de las manos. Esperaba que su nerviosismo no la matara antes de que llegara su turno.
Llamaron el nombre de otra señora y ella contestó antes de entrar.
*
—¿Cómo te lo digo? Eres demasiado bajita—. Enrique se lo dijo a la cara sin inmutarse ni una sola vez.
Unos segundos después, ella también salió enfadada de su despacho.
—¿Demasiado corto? — exclamó a oídos de todos. La siguiente fue llamada para entrar.
*
—Demasiado alta.
Salió enfadada de la oficina, igual que el resto.
*
—Eres demasiado gordita para mi gusto—. Le dijo a la siguiente candidata y ella también salió de la oficina enfadada con él por ser un maleducado.
Isa echó un vistazo a su alrededor. Era la última candidata que quedaba en la planta. Se miró de pies a cabeza y se preguntó con qué la iban a condenar. Aunque no le gustaba la idea, ninguna de las aspirantes que habían entrado había salido con una sonrisa en la cara. Por alguna razón, todas habían sido rechazadas. Se fijó en la costura que se había hecho anoche en la falda; el hilo amenazaba con sobresalir. Inmediatamente lo rozó con la mano. Necesitaba que no se moviera y no la delatara.
*
—Señor Miller, sólo queda una candidata esperando. ¿La dejo pasar? — Preguntó la joven que había estado diciendo los nombres, nada más entrar en su despacho.
—¿Quién? — Preguntó mientras levantaba los ojos hacia ella.
—Isabella Knight—. Leyó en voz alta el papel que tenía en la mano.
Sus ojos se abrieron un poco al oír su nombre. Se quedó en silencio durante unos segundos mientras varios pensamientos pasaban por su mente. Levantó la vista hacia ella mientras una sonrisa maliciosa crecía en la comisura de sus labios.
—¿Hay más candidatas esperando abajo? —. preguntó y la joven asintió.
—Sí, señor; bastantes más.
—Bien... que espere fuera la joven. Irá la última. Yo atenderé a las otras candidatas—. Explicó su plan y ella asintió antes de salir del despacho. Se relajó en su silla.
Después de todo, ella estaba aquí, a su merced. ¿Por qué no puede divertirse con ella?
*
Isa observa cómo la joven que ha dado los nombres sale del despacho y se dirige al ascensor. Unos minutos más tarde, estaba de vuelta con cinco candidatas más. Isa enarcó las cejas al ver lo que estaba pasando. Pensó en la posibilidad de que la hubieran olvidado. Así que reunió el valor suficiente para levantarse y acercarse a la joven.
—Disculpe, creo que ha habido un error. Estaba aquí con el primer grupo, pero...
—¿Isabella Knight? — De repente la llamó por su nombre y Isabella consiguió asentir.
—Sí.
—Por favor, tome asiento. Te dejaré entrar en cuanto sea tu turno—. Se limitó a decirle en voz alta antes de alejarse sin dejar a Isa espacio para más preguntas.
Isa suspiró y volvió a su asiento. Miró la hora y ya habían pasado más de dos horas desde que llegó. Cerró los ojos un segundo. Tenía que ser paciente. Era el momento de poner en práctica toda su paciencia. Eventualmente llegaría su turno.
—Gina Lloyd—. Llamó a la siguiente candidata e Isa la vio pasar junto a ella y entrar en el despacho.
*
—Tienes una cara muy poco atractiva. — La joven salió del despacho con el ceño fruncido.
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—Dientes grandes.
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—Muy molesta.
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—Demasiado torcidos.
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—¿Qué quiere exactamente? — le preguntó una señora al lado de Isa mientras intentaba entablar conversación.
—Hasta ahora, nadie ha sido capaz de complacerle. Parece como si fuera grosero a propósito, como si... buscara excusas. Él, o tiene a alguien más en mente o simplemente no nos quiere a ninguno de nosotras—. Dijo la mujer mientras miraba a Isa.
Isa se encogió ligeramente de hombros. No tenía nada que decir. Estaba demasiado nerviosa para hablar. Todo lo que pasaba por su mente era la posibilidad de complacer a aquel hombre que parecía imposible de complacer.
La joven suspiró y miró hacia otro lado, dándose cuenta de que su compañera no estaba preparada para charlar. Pronto llegó su turno.
Isa se sentó pacientemente, echando miradas al reloj colgado en la pared. Se le acababa el tiempo. Se había esforzado al máximo para llegar hasta donde estaba. Tarde o temprano, iba a averiguar qué estaba pasando y por qué la habían hecho estar allí sentada durante lo que parecía una eternidad.
—Isabella Knight—. La señora finalmente llamó después de lo que parecieron años de espera.
—Presente—. Respondió mientras se ponía en pie, lanzando un suspiro de alivio. Echó un vistazo a su alrededor y realmente, era la última candidata en entrar. Mientras se acercaba a la puerta, esperaba que la espera hubiera merecido la pena. Más le valía que el trabajo fuera suyo.
No podía creerme aún que Enrique y yo hayamos llegado a este punto. Me gustó, claro, pero nosotros no podíamos estar haciendo esto. No deberíamos. Por la noche me quedé en mi habitación porque no quería bajar a cenar, ¿estaba evitándolo? Quizás. Además no quiero que Enrique luego piense que soy “de su propiedad” y pueda estarse metiendo en mi vida todas las veces que se le da la gana. La puerta se abre y él entra.—¿No bajaras a comer? —me pregunta—la cena ya está lista.—Hmm no tengo hambre —mentí, volviendo la vista a la tablet. Recordé el tipo que estaba en el patio anoche, sentía que nos observaban. ¿No se supone que Enrique tiene buena seguridad?—¿Que pasa? Te noto un poco extraña.—No me pasa nada. ¿La seguridad es buena? —le pregunté.—¿A que viene tu pregunta? —se sentó en el borde de la cama.—Solamente quiero saber, digo, al menos así me puedo sentir más segura.No estoy segura de si decirle que anoche miré a alguien en el patio, siento que Enrique se alarmará, sin embargo,
Trabajar para alguien tan obsesivo como Enderson era difícil y más por sus actitudes, todo el tiempo se la pasaba viéndome de los pies a la cabeza, me sentía desnuda ante su mirada, lo peor de todo es que no podía hacer absolutamente nada en ese momento, ese sujeto era tan fuerte y emanaba un aura bastante extraña cada vez que estábamos cerca, y a pesar de que yo seguía amando a Enrique como ningún otro hombre, había algo que este hombre despertado en mí y a veces quería averiguarlo, pero otras veces simplemente quería dejar las cosas a como estaban.Era cierto, necesitaba el dinero y no por tener ingresos, sabía muy bien que contaba con Enrique y que él podía darme trabajo, pero todo el tiempo me estuvo acostumbrando a eso: a ir dependiente de él, lo cual yo no quería que siguiera pasando, más que todo esto era por una simple razón, era más que todo por orgullo, no me gustaba estar a dispensas de otra persona, yo podría hacer las cosas y podría ganar mi propio dinero.Además, se qued
—Te dije que no te acercaras a ella —Enrique vino a pasos apresurados hacia nosotros y tomó a Enderson del cuello. —¿Es que acaso no me entendiste?—El que no me entendió fuiste tu —Enderson lo quitó—Aquí la única que tiene derecho a decidir es Isabella —ambos me miraron. —¿Pero qué demonios les pasa? —exclamé, el enojo se estaba abriendo paso en mi. Primero porque Enderson me besó sin mi consentimiento y ahora Enrique que se cree con derechos. —¡Basta! Señor Enderson, si estoy acá con usted es exclusivamente por trabajo, no sé qué le hizo pensar que me puede besar. Si le di a entender otra cosa lo siento mucho pero si esto seguirá así entre nosotros yo prefiero renunciar. —tomé mi bolso y sin decir nada más salí de allí. Odiaba que los hombres se comportaran así conmigo, como si tuvieran algún tipo de derecho. ¿Que demonios les pasaba? En definitiva estaba muy enojada justo ahora. Caminé por las calles de la ciudad cuando un auto se estacionó a mi lado. —Isabella… —era Enrique. Ro
—¿Se encuentra bien, señorita?— una mujer se me había acercado para ayudarme con los restos de la taza.Avergonzada respondí.—Si, lo siento mucho por haber causado este desastre— me coloqué de cuclillas para recoger los trozos de cerámica de la taza.—No hace falta— me dice mientras— para eso es mi trabajo— recogió los trozos y los echó en una bolsa.—De verdad, lo siento mucho— asentí para luego caminar lentamente hacia esa oficina. Tenía curiosidad por lo que estuviera pasando. No soy chismosa, pero aún no conecto el por qué de esa conversación.Doy unos cuantos pasos hacia la puerta y me cercioro para que nadie me esté viendo en este momento. No quiero que nadie me descubra. Coloco el oído a la puerta y escucho algunas palabras que no puedo distinguir muy bien.—A como te digo, pienso que es la mejor oportunidad que te ha salido y deberías de aprovecharla.— esa era la voz de Enderson.—Claro… lo dices porque estás en ventaja— ahora fue Enrique quien habló, pero se le podía escucha
Subí las escaleras, di un pequeño brinco en el mismo lugar debido a un rayo que se escuchó casi cerca. Me daban mucho miedo las tormentas, avancé hacia mi habitación, pero antes escuché a Enrique hablar por teléfono. —¿Sabes por qué fue el apagón? Silencio. —Está bien, revísalo cuánto antes. Cortó. Avancé de nuevo para que no me pillara escuchando conversaciones ajenas, pero creo que fue muy tarde. —¿Isabella? Me giré, llevándome una mano al pecho. —¿Sí? —¿Que haces?—Voy a mi cuarto, ¿necesitas algo?—No, nada. Oye yo… —se rascó la nuca medio nervioso—… sé que te aterran estas cosas y me sentiré mas seguro si te tengo cerca. Fruncí el ceño, casi no le veía la expresión por falta de iluminación. —¿Quieres decir que…?—Me puedo quedar en el sofá —murmuró. —Es solo para que… —bufó—mejor olvídalo. —No, no, espera —lo detuve— si lo que quieras es decirme que durmamos juntos esta bien. Y si, sería bueno que te acuestes en el sofá. Es grande y amplio, estarás bien allí. —Está b
—Está bien, Isabella, te daré el permiso. Si necesitas algo me avisas, ¿esta bien? —pidió.—Claro, muchas gracias.Enrique rodó los ojos.Guardé el celular y lo miré.—Listo. Quisiera darme un baño —le dije.—Yo quisiera irme para mi casa.La puerta se abre y aparece el médico.—Buenos días, ¿cómo está, señor Enrique?—Me siento bien, ¿me puedo ir ya?—Relájate, Enrique, deja de hable el médico.—Tendrá que comprar algunas medicinas pero sí, ya está dado de alta. Tiene que guardar reposo en casa y no hacer esfuerzos mayores, ¿entendido? Sino lo miraremos de nuevo por aquí muy pronto.—Está bien.—La policía está aquí y quieren hacerle unas preguntas —nos dice.—Claro —asentí pero Enrique no dijo nada. El doctor salió y al ratito entraron dos oficiales que se presentaron como el oficial Santos y el oficial Mendoza.—Anoche recibimos una llamada de la mansión Laurentis, varias personas reportaron disparos y varios resultaron heridos, ¿ustedes estaban allí?—Si, —respondí.—Yo responderé







