LOGINApenas la puerta de mi habitación se cerró, respiré hondo.
Mi madre podía quitarme el teléfono. Podía encerrarme. Podía vigilar cada uno de mis movimientos. Pero jamás iba a impedir que luchara por el hombre que amaba. No iba a dejarlo ir, Adriano y yo nacimos para estar juntos. Nos amabamos con locura, y Massimo mi nadie iba a impedirnos estar juntos. Me senté al borde de la cama, mirando la puerta y las lágrimas empezaron a caer, pero no eran de tristeza, eran de rabia acumulada. Esperé durante horas, inmóvil, hasta que la casa quedó completamente en silencio. Quite las sabanas de mi cama. Me acerqué al balcón. Con manos temblorosas até varias sábanas formando una cuerda improvisada y las aseguré a la baranda. Miré hacia abajo. Era una locura. Pero casarme con Massimo lo era todavía más. Sin pensarlo dos veces, descendí hasta el jardín. Cuando mis pies tocaron el suelo, eché a correr. No miré atrás. Solo había un lugar al que quería llegar. La casa de Adriano. Detuve un taxi, y me subí apresuradamente. Le indique la dirección y el hombre arranco de inmediato. Mire por la ventanilla para distraerme, necesitaba pensar en como salir de ese matrimonio. Después de unos minutos el taxi se detuvo, yo le pagué y sali. Corri a las puertas de la casa de Adriano. Golpeé la puerta con tanta fuerza que mis nudillos comenzaron a doler. Apenas unos segundos después, la puerta se abrió. Adriano apareció frente a mí. Sus ojos se abrieron de par en par y el color abandonó su rostro. —¿Alessia...? —preguntó sin salir de su asombro mientras recorría mi rostro con la mirada—. ¿Qué haces aquí? No fui capaz de responder. Las lágrimas volvieron a acumularse en mis ojos. Me lancé contra él y rodeé su cuello con los brazos, aferrándome como si fuera lo único que me mantenía en pie. Adriano me abrazó con fuerza. Una de sus manos acariciaba mi espalda con suavidad, intentando calmar el temblor que recorría todo mi cuerpo. —Escapé... —murmuré entre sollozos, escondiendo el rostro en su pecho—. No podía seguir encerrada. Sentía que me estaba ahogando. Él apoyó la frente contra la mía y cerró los ojos durante un instante. —Van a buscarte por toda la ciudad —susurró con preocupación—. Si Massimo descubre que estás aquí... Negué antes de que terminara la frase. —No me importa. Tomé su rostro entre mis manos, obligándolo a mirarme directamente a los ojos. —Lo único que me importa eres tú, Adriano — le dije. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios. —Llevaba tanto tiempo soñando con escuchar esas palabras... Sentí un nudo formarse en mi garganta. Las lágrimas comenzaron a resbalar lentamente por mis mejillas. —Te amo —confesé con la voz completamente quebrada—. Y si pudiera volver atrás... me habría marchado contigo hace mucho tiempo. Los ojos de Adriano brillaron. Con infinita delicadeza, acarició mi mejilla con el dorso de la mano. —Y yo te amo a ti, Alessia —respondió sin apartar la vista de la mía—. Te he amado durante tanto tiempo... que ya ni siquiera recuerdo cómo era mi vida antes de conocerte. Una pequeña sonrisa apareció entre mis lágrimas. —Prométeme una cosa— Le pedí. Él frunció ligeramente el ceño. —La que sea. Entrelacé mis dedos con los suyos. —Prométeme que nunca dejarás de amarme. Adriano levantó mi mano hasta sus labios y depositó un beso sobre mis nudillos. —Ni en esta vida... ni en la siguiente. Cerré los ojos y volví a abrazarlo. Durante unos instantes conseguí olvidar que el mundo entero parecía estar empeñado en separarnos. Creí que, por una vez, estábamos a salvo. —Quiero que me hagas el amor— Le pedí. Adriano se quedo paralizado por un momento pero después sonrió. Me cargó en sus brazos y me llevo hasta su habitación. Esto lo habíamos pospuesto muchísimas veces. Por miedo a lo que pudiera pasar, pero ya no me importaba. Yo quería que el fuera mi primer hombre. Quería saber lo que te ra hacer el amor antes de perder mi dignidad con Massimo. Adriano me acostó con delicadeza en la cama y empezó a quitarse la ropa. Lo mire embelesada, el era perfecto. Yo me quite la parte de arriba, dejando al descubierto mis pechos llenos. Los ojos de Adriano se oscurecieron. Había deseo y amor en ellos, y eso me llenaba de felicidad. —Te amo solo a ti Adriano— le dije. Un estruendo hizo temblar toda la casa. ¡BOOM! Los pasos resonaron por el pasillo con una lentitud escalofriante. Yo me levanté de la cama de golpe y me acerque a el. Adriano me sujetó la mano con fuerza. Mi corazón estaba latiendo a mil por horas. —Ponte detrás de mí —ordenó sin apartar la vista de la puerta de la habitación. Negué de inmediato. —No pienso dejarte solo. No tuve tiempo de decir nada más. La puerta explotó contra la pared. Giré la cabeza. Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones. Massimo. Permanecía inmóvil en el umbral de la habitación, vestido completamente de negro y con una pistola descansando entre sus dedos. Yo me tape el pecho desnudo. Nunca lo había visto con aquella expresión. Era como si toda la humanidad hubiera desaparecido de su rostro. —¿Massimo...? —susurré, incapaz de creer que hubiera llegado aquí a buscarme. Él ni siquiera se dignó a responderme. Toda su atención estaba puesta en Adriano. Adriano dio un paso al frente, obligándome a quedar detrás de él. —Si has venido por alguien, es por mí —dijo con firmeza, aunque pude notar la tensión en su voz—. Déjala fuera de esto. Una sonrisa torcida apareció en los labios de Massimo. Una sonrisa cargada de desprecio. —¿Tú vas a decirme lo que tengo que hacer? —preguntó con una calma inquietante mientras levantaba lentamente el arma—. Creo que todavía no entiendes quién manda aquí. Tragué el nudo que se me había formado en la garganta y aparté a Adriano a un lado. Entonces me planté frente a Massimo y lo encaré. —Te odio, Massimo —le dije, sosteniéndole la mirada. Él apenas se encogió de hombros, como si mis palabras no significaran absolutamente nada. —No me importa la opinión de una zorra como tú —respondió con absoluta frialdad. Sentí que el corazón se me hacía añicos. Jamás me había hablado de esa manera. La rabia terminó por consumir cualquier rastro de cordura que me quedaba. Me lancé contra él con la intención de golpearlo, pero Massimo reaccionó mucho más rápido. Su bofetada me derribó de inmediato. El golpe fue tan fuerte que sentí cómo el dolor me recorría hasta los huesos. Mi cabeza impactó contra el suelo y, durante un instante, todo comenzó a dar vueltas. Antes de que pudiera siquiera incorporarme, el estruendo de un disparo resonó en toda la habitación. El grito de dolor de Adriano me atravesó el pecho. Levanté la cabeza de golpe y traté de ponerme de pie para correr hacia él, pero no alcancé a dar un solo paso. Massimo me agarró del cabello con brutalidad y me lanzó hacia el otro extremo de la habitación. Caí al suelo con un gemido ahogado, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo protestaba por el impacto. —Llévensela —ordenó Massimo sin apartar la vista de Adriano. Dos de sus hombres me sujetaron por los brazos y comenzaron a arrastrarme fuera de la habitación. Me revolví con todas mis fuerzas. Grité. Pateé. Intenté zafarme una y otra vez. Pero era inútil. Mientras me alejaban, lo único en lo que podía pensar era en Adriano.La luz me cegó por un instante.Por puro instinto me incorporé de golpe sobre la cama, metí la mano debajo de la almohada y saqué la pistola que siempre mantenía escondida allí.Apunté al frente sin siquiera pensar.Mi corazón apenas se alteró.Demasiados años viviendo entre traiciones para permitirme el lujo de despertar tranquilo.Estaba dispuesto a disparar.Pero entonces la vi.Alessia permanecía de pie frente a los enormes ventanales de mi habitación. La luz del amanecer dibujaba su silueta mientras me observaba con una mezcla de decepción y desprecio.Qué bonita manera de empezar el día.Por un segundo estuve a punto de soltar una carcajada.Entraba a mi habitación sin avisar y, aun así, tenía el descaro de mirarme como si yo fuera el intruso.Sin embargo, el movimiento de un cuerpo removiéndose a mi lado borró cualquier rastro de humor.Maldición.Había olvidado por completo que Giuliana seguía en mi cama.Sentí la mirada de Alessia deslizarse lentamente hacia ella y regresar d
El día de la boda llegó, y mi vida empezó a sonar como una banda triste. Sabía que la única salida para liberarme de aquello era la muerte, pero no estaba dispuesta a matarme por culpa de él. No se lo merecía. El que merecía sufrir era Massimo. Tanto como iba a sufrir yo.Ya no me importaba nada.Solo quería joderlo de todas las maneras posibles.—¿Ya estás lista? —me preguntó mi madre.La miré y sonreí.Pero fue una sonrisa que nunca llegó a mis ojos.Yo no estaba lista para nada.Y mucho menos para casarme con un hombre como Massimo.Pero por el bien de mi familia y de muchas familias más...Tenía que hacerlo.—Estoy lista.Mi madre me recorrió de arriba abajo y asintió lentamente.Después tomó mi mano y me sacó de la habitación.Tal vez aquella sería la última vez que caminaría por esa casa como una mujer libre.El trayecto hasta la iglesia transcurrió en completo silencio.No lloré.Ya no me quedaban lágrimas.Solo un vacío inmenso que parecía tragarse todo lo que alguna vez fui.
Abrí los ojos con un dolor insoportable. Sentía la cara arder. Lentamente me incorporé sobre la cama y tomé el pequeño espejo que descansaba sobre la mesa de noche. Cuando vi mi reflejo, un nudo se formó en mi garganta. Las marcas de los dedos de Massimo seguían impresas sobre mis mejillas. Un lado de mi rostro estaba ligeramente hinchado y los moretones comenzaban a adquirir un tono violáceo. Pasé la yema de los dedos sobre la piel adolorida. Cada roce me recordaba sus bofetadas. Cada marca me recordaba que, si me casaba con él, esa sería mi vida. Unos golpes en la puerta me hicieron sobresaltarme. Ni siquiera esperaron a que respondiera. Mi padre abrió la puerta y entró junto a mi madre. Ambos guardaron silencio durante unos segundos mientras me observaban sentada frente al espejo. Sentí que la rabia volvía a hervirme por dentro. —¿De verdad quieren que me case con un monstruo? —les grité mientras levantaba el espejo y les mostraba mi rostro—. ¡Mírenme! ¡Miren lo que me
El silencio dentro del coche era insoportable.Ninguno de los dos había pronunciado una sola palabra desde que salimos de la casa de ese bastardo.La rabia hervía dentro de mí como lava. Apenas lograba contenerme. No quería perder el control más de lo que ya lo había hecho, porque sabía perfectamente cuál era el impulso que luchaba por abrirse paso en mi interior.Quería matarla.Alessia mantenía la vista fija en la ventanilla, ignorándome deliberadamente, como si mi sola presencia le resultara insoportable.A mí no me molestaba.Estaba acostumbrado a su odio.De hecho, había aprendido a convivir con él hacía mucho tiempo.Lo único que no estaba dispuesto a aceptar era su desafío.Giró lentamente el rostro hacia mí. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto, pero seguían ardiendo con el mismo desprecio de siempre.—Te desprecio.Su voz apenas fue un susurro, pero cada palabra me golpeó con una precisión escalofriante.—Eres un ser repugnante, Massimo. Ojalá nunca hubieras nacido.No
Apenas la puerta de mi habitación se cerró, respiré hondo.Mi madre podía quitarme el teléfono.Podía encerrarme.Podía vigilar cada uno de mis movimientos.Pero jamás iba a impedir que luchara por el hombre que amaba.No iba a dejarlo ir, Adriano y yo nacimos para estar juntos.Nos amabamos con locura, y Massimo mi nadie iba a impedirnos estar juntos.Me senté al borde de la cama, mirando la puerta y las lágrimas empezaron a caer, pero no eran de tristeza, eran de rabia acumulada.Esperé durante horas, inmóvil, hasta que la casa quedó completamente en silencio.Quite las sabanas de mi cama.Me acerqué al balcón. Con manos temblorosas até varias sábanas formando una cuerda improvisada y las aseguré a la baranda.Miré hacia abajo.Era una locura.Pero casarme con Massimo lo era todavía más.Sin pensarlo dos veces, descendí hasta el jardín.Cuando mis pies tocaron el suelo, eché a correr.No miré atrás.Solo había un lugar al que quería llegar.La casa de Adriano.Detuve un taxi, y me s
Entré a mi habitación dando un fuerte portazo. La rabia me consumía por dentro. ¿De verdad mis padres creían que iba a casarme con Massimo tan fácilmente?No.Jamás.Lucharía hasta el último momento.No podía casarme con alguien como él. Jamás permitiría que un asesino me tocara. Porque eso era Massimo: un hombre sin escrúpulos que había manchado sus manos con sangre una y otra vez.Lo que más me dolía era recordar que no siempre había sido así. Aún no podía entender en qué momento aquel niño que me cuidaba cuando éramos pequeños se había convertido en el monstruo que tenía frente a mí.Antes me protegía.Ahora solo parecía disfrutar haciéndome sufrir.Sabía perfectamente por qué insistía tanto en ese matrimonio. Si se casaba conmigo, muchos de los socios de mi padre terminarían haciendo negocios con él. Su poder crecería todavía más y mi familia quedaría atada a la suya para siempre.Solo pensarlo hacía que la sangre me hirviera.Massimo no me amaba.Nunca lo había hecho.Yo no era m







