FAZER LOGINFabien no se movió. Ni un milímetro. Al contrario. Levantó una ceja y sonrió divertido, como si aquella amenaza fuera solo un juego y el cuchillo de juguete.
—¿De verdad crees que vas a matarme con eso, muñequita? Madeleine apretó el filo contra su piel. —Sí. Voy a cortarte el cuello de oreja a oreja. La sonrisa de él se ensanchó. —Si realmente quisieras matarme… —murmuró— ya lo habrías hecho. Un segundo fue todo lo que necesitó. Su mano se movió con una velocidad brutal. Desarmándola. Girándola. En un instante, Madeleine estaba contra el sillón, su cuerpo atrapado bajo el de él. Dominada. Inmovilizada. El cuchillo… ahora en la mano de Fabien. Fabien la observó, sonriendo. —Bonito —dijo, girando la navaja entre sus dedos—. Tan bonito como su dueña. Sus ojos bajaron a ella. Oscuros. Peligrosos. —Pero igual de inútil para matar a un hombre como yo. Madeleine forcejeó. Intentó liberarse. Golpearlo. Pero era inútil. Él ni siquiera parecía esforzarse y eso solo lo hacía peor. Fabien rió. Una risa baja, genuina, y se inclinó de pronto, besándola una vez más. Fue un beso breve pero dominante. Luego volvió a levantar la cabeza y cerró la navaja. La hizo girar para que el lado redondeado quedara de frente y luego deslizó la falda dentro de la falda del vestido de Madeleine. —Vamos a buscarle un mejor uso a esta bonita navaja —dijo ronco, mientras sus ojos se oscurecían haciéndolo ver perverso. Madeleine intentó resistirse, pero el peso del cuerpo de Fabien la dominaba por completo. La empuñadura de la navaja encontró el camino dentro de las bragas de Madeleine y ella se estremeció ante el contacto frío del metal contra su calor. Quiso apretar los muslos para impedirle la entrada, pero ni eso sirvió. Un segundo se estaba resistiendo y al siguiente estaba cerrando los ojos y dejando escapar un gemido de placer mientras la empuñadura la penetraba. «Oh, Dios... —gimoteó Madeleine mientras su cuerpo cedía ante el perverso juego del príncipe, que estaba disfrutando con gusto de cómo ella comenzaba a desvoronarse mientras él la catapulta al límite y de cómo gritaba al llegar al climax. El canal de Madeleine se apretó alrededor de la empuñadura y su clítoris palpitó con intensidad. De repente, Fabien se separó, la soltó sin aviso y se puso de pie. Su expresión volvió a enfriarse. —Ya me divertí lo suficiente —hizo una pausa—. Puedes largarte. El golpe fue más fuerte que cualquier forcejeo. Madeleine lo miró indignada, humillada, ardiendo de rabia. —Te dije que puedes largarte —repitió él, sin mirarla. Ella se puso de pie de inmediato. Agarró su bolso e intentó arrebatarle la navaja, pero Fabien la apartó con facilidad. —Esto —dijo, guardándola— es mi premio. Sus ojos brillaron con burla. —Ahora me pertenece, igual que tu orgasmo. Madeleine apretó los dientes con ira y se fue sin mirar atrás. Pero cada paso llevaba más fuego que el anterior. Fabien la observó irse. Sin moverse. Sin hablar. Algo… extraño se asentó en su pecho. Cinco minutos. Eso era todo lo que había necesitado. Y aun así… habían sido los más interesantes de su puta vida. Se sirvió un trago y bebió, lento. Luego volvió al barandal. Sus ojos la buscaron entre la multitud y la encontraron. Alejándose. Diferente. No como las demás. No como ninguna. —Interesante… —murmuró. Chasqueó los dedos. Dos hombres aparecieron a su lado. —Quiero saber quién es. —Su voz volvió a ser la de siempre. Fría. Autoritaria—. Todo. Esbozó una sonrisa lenta, peligrosa. —Porque esa mujer… —Sus ojos siguieron a Madeleine hasta perderla entre la multitud— va a ser mi esposa.Madeleine cerró los ojos y sacudió la cabeza. No quería escuchar aquello. No después de todo lo que había ocurrido desde que Fabien le mostró aquella maldita grabación. No después de haber pasado horas intentando reconstruir la confianza en su familia y de acabar de prometerles a Romain y a Claudine que no volvería a dejarse influenciar contra ellos. —No —repitió—. Romain no pudo decirte algo así. —Lo hizo. Me dijo que si vuelvo a colmarle la paciencia se deshará de mí porque ya no me necesita. Madeleine abrió los ojos y miró nuevamente la mejilla amoratada de Victoirie. Aquella marca estaba allí. El labio partido también. Podía negar las palabras porque no las había escuchado, pero no podía fingir que no estaba viendo las consecuencias de algo que había sucedido. Victoirie aprovechó su vacilación. —Romain y Claudine te están utilizando, Madeleine. Aquello consiguió que Madeleine reaccionara. —No. —Sí. —No sabes de qué estás hablando. —Sé mucho más de lo que crees. —Los ojo
Madeleine terminó de acomodar las últimas pertenencias dentro de la única maleta que había llevado consigo desde Córcega y cerró la cremallera de un tirón. No había necesitado desempacar demasiado durante su estancia en Luxemburgo. Ni siquiera había tenido intención de quedarse tantos días. Había regresado a la casa de su familia buscando una respuesta que esperaba encontrar con facilidad y ahora se marchaba con más preguntas de las que tenía cuando llegó. Se quedó unos segundos frente a la cama, contemplando la maleta cerrada mientras sus dedos se movían casi inconscientemente hacia el collar que descansaba sobre su pecho. La piedra roja quedó atrapada entre sus dedos y las palabras de Claudine volvieron a resonar en su cabeza. «Eres una Le Roy.» Su madre había insistido tanto en ello que debería haber bastado para devolverle la seguridad que necesitaba, pero no lo había conseguido. Fabien decía una cosa. Su familia aseguraba otra. Y Madeleine sentía que cuanto más intentaba des
Las sonrisas satisfechas que aparecieron en los rostros de su madre y de su hermano hicieron que Madeleine necesitara salir de allí cuanto antes.No podía seguir escuchando aquello. No podía seguir prometiendo cosas que no sabía si iba a poder cumplir.Unos días atrás lo habría hecho sin dudar, pero ahora, después del tiempo que había pasado junto a Fabien, todo en lo que creía se había resquebrajado.—Tengo que marcharme —dijo, casi agobiada por el peso de todo con lo que cargaba—. Debo regresar a Córcega.Romain levantó ambas cejas, interesado en la información que escuchaba.—¿Córcega? —repitió—. ¿Están en Córcega y no en Mónaco?—Así es. Fabien me llevó allá después de la boda y no a Mónaco, como suponíamos.Romain mantuvo las cejas levantadas durante unos segundos antes de asentir lentamente y sonrió.—Entonces es allí donde los Lacroix siguen teniendo su base de operaciones —murmuró, más para sí mismo que para las dos mujeres.Madeleine volvió a fruncir el ceño.—¿Base de operac
Madeleine tardó varios minutos frente a la puerta del despacho antes de decidirse a entrar. Había pasado demasiado tiempo encerrada en su habitación, repasando una y otra vez todo lo que había escuchado desde que regresó a Luxemburgo, intentando decidir qué parte de aquello podía ser verdad y cuál era una mentira cuidadosamente construida para manipularla. No había llegado a ninguna conclusión. Seguía teniendo las mismas dudas, solo que ahora se sentía mucho más cansada, confundida y con la desagradable sensación de estar atrapada entre dos familias que esperaban algo de ella. Finalmente abrió la puerta. Romain estaba sentado detrás del escritorio y Claudine permanecía frente a él, sentada en una de las sillas. Ambos voltearon a verla cuando Madeleine entró, y una sonrisa ligeramente burlona apareció en el rostro de su hermano. —Finalmente decidiste salir —comentó—. Empezaba a pensar que pensabas quedarte encerrada para siempre en esa habitación. Madeleine ignoró el comentario. N
Victoirie se había alejado de la casa buscando precisamente lo que parecía imposible encontrar bajo aquel techo: unos minutos de paz. Había caminado hasta una parte apartada de la propiedad, suficientemente lejos de las ventanas principales y del constante ir y venir del servicio, y se había sentado en uno de los bancos del jardín. Allí, donde esperaba que nadie fuera a buscarla, finalmente había dejado caer las lágrimas que llevaba conteniendo desde el día anterior. Lloraba en silencio, con la cabeza inclinada y las manos apretadas sobre su regazo, sintiéndose estúpida por hacerlo después de haberse prometido tantas veces que Romain no volvería a verla quebrarse. El labio partido todavía le ardía y el moretón que cubría parte de su mejilla había adquirido una tonalidad más oscura con el paso de las horas, convirtiéndose en un recordatorio imposible de ignorar de lo que había ocurrido. Había pasado toda la noche intentando asimilar no solo el golpe, sino las palabras de su esposo
Apenas salió de la casa, Rainier recorrió con la mirada los alrededores hasta localizar a uno de los hombres de su equipo. Le hizo una señal para que se acercara y esperó hasta tenerlo frente a él. —¿Estás completamente seguro de que la princesa no ha salido de la propiedad? El hombre asintió con seguridad. —Completamente. Tenemos hombres apostados en diferentes puntos del perímetro, vigilando, y nadie ha visto a la princesa abandonar la casa o siquiera asomarse al jardín. Rainier asintió. Aquello coincidía con lo que él mismo había comprobado durante las últimas horas, pero prefería asegurarse. Madeleine había demostrado tener suficiente carácter como para intentar cualquier locura con tal de salirse con la suya. En ese momento su teléfono vibró dentro de su chaqueta. Rainier lo sacó, miró la pantalla y reconoció inmediatamente el nombre de Fabien. —Gracias. Sigan vigilando sin pestañear y, si ocurre cualquier cosa, me informan de inmediato. —Sí, señor. El hombre se alejó y







