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LUNA DE SANGRE Y SAL
LUNA DE SANGRE Y SAL
Vicenta Soler

La Traición en Alta Mar

last update Veröffentlichungsdatum: 26.12.2025 14:13:33

El olor a sal y hierro me golpeó antes de que pudiera abrir los ojos.

No era el aroma habitual del océano, ese que me había acompañado durante los tres meses que llevaba trabajando como enfermera en el carguero Estrella del Norte. Esto era distinto, visceral, como si alguien hubiera destripado algo vivo en la cubierta superior.

Me incorporé en el camarote que compartía con las otras dos enfermeras, pero sus literas estaban vacías. El reloj marcaba las 2:47 de la madrugada.

—¿Elena? ¿Marta?

Silencio.

Solo el crujido del barco y un sonido extraño, gutural, que venía desde algún lugar arriba. Parecía un animal herido, pero más grande, mucho más grande que cualquier cosa que debiera estar en este navío.

Me puse la bata sobre el camisón, las manos me temblaban mientras buscaba la linterna en el cajón. Tres meses navegando hacia las Islas Orcadas del Sur con un cargamento "de alto valor" que nadie me había permitido ver. Tres meses durmiendo sobre estas aguas heladas mientras mi prometido, el Dr. Sebastián Cortés, dirigía el equipo médico a bordo.

Tres meses creyendo que este viaje sería el comienzo de nuestra vida juntos.

El pasillo estaba desierto, las luces parpadeaban en un patrón errático que me erizó la piel. Subí las escaleras hacia la cubierta principal, el metal frío quemándome las plantas de los pies descalzos. Debería haber regresado por zapatos, pero algo primitivo en mi cerebro me urgía a moverme, a descubrir qué estaba mal.

Las puertas dobles que llevaban al área de carga restringida estaban abiertas de par en par.

Eso era imposible. Sebastián tenía la única llave, junto con el capitán Ruiz. Nadie más tenía acceso.

—Sebastián...

Su nombre murió en mis labios.

Ahí estaba él, mi prometido, el hombre con quien me casaría en menos de dos meses. Pero no estaba solo. Elena, mi compañera de camarote, estaba entre sus brazos, la espalda contra uno de los contenedores metálicos, las piernas rodeando su cintura, gimiendo su nombre de una forma que me atravesó como un arpón.

La linterna cayó de mi mano.

El sonido los alertó. Sebastián se giró, todavía sosteniéndola, y en sus ojos no vi culpa. Vi molestia, como si yo fuera una interrupción menor en su agenda.

—Ah, Lucía. —Su voz sonaba distante, clínica, la misma que usaba para explicar procedimientos médicos—. Íbamos a decírtelo después de atracar.

Elena se bajó con movimientos lentos, deliberados, alisándose la falda con una sonrisa que nunca le había visto. Una sonrisa de victoria.

—Lo siento, Lu. —Su tono no contenía ni una pizca de arrepentimiento—. Pero es que Sebastián y yo... conectamos. Tú eres dulce, de verdad, pero él necesita a alguien con más... experiencia.

Las palabras me llegaban amortiguadas, como si mi cerebro se negara a procesarlas. Tres años. Llevaba tres años con Sebastián. Había renunciado a mi puesto en el hospital de Buenos Aires para acompañarlo en esta expedición. Mi familia me había advertido, mi madre me había suplicado que no dejara todo por un hombre, pero yo había insistido.

Porque lo amaba.

Porque confiaba en él.

—Sebastián... —Mi voz sonaba rota, irreconocible—. Dime que esto es una broma.

Él suspiró, acomodándose la camisa arrugada.

—Lucía, tienes veintiocho años. Deberías empezar a actuar como una adulta. Estas cosas pasan. Además... —Se acercó a mí, y por un momento pensé que iba a disculparse, a decir que todo había sido un error horrible—. Tu contrato especificaba discreción absoluta sobre el cargamento. Lo que has visto aquí... —señaló hacia los contenedores abiertos detrás de él— no puede salir de este barco.

Fue entonces cuando lo vi.

Detrás de ellos, en las jaulas metálicas que habían estado selladas durante todo el viaje, había... cuerpos. No, no eran solo cuerpos. Eran lobos, pero no como ningún lobo que hubiera visto en fotografías. Eran masivos, del tamaño de caballos pequeños, con pelaje que brillaba plateado bajo las luces industriales.

Tres de ellos estaban inmóviles, obviamente sedados.

El cuarto estaba despierto.

Y me estaba mirando con ojos que no eran completamente animales.

—¿Qué... qué es esto? —susurré.

—Un proyecto muy lucrativo. —Sebastián se encogió de hombros—. El Dr. Morrison en las Orcadas paga una fortuna por especímenes vivos. Tú firmas los papeles de confidencialidad mañana, cobras tu parte, y todos felices.

—¿Especímenes? ¿De dónde sacaron...?

—De la Isla Decepción. —Elena se cruzó de brazos, disfrutando cada segundo de mi desconcierto—. Aparentemente son los últimos de su especie. Una pena, ¿verdad? Pero la ciencia es así. Se hacen sacrificios.

El lobo despierto gruñó, un sonido que vibró en mis huesos. Sus ojos, de un ámbar imposible, no me dejaban, y en ellos vi algo que me heló la sangre.

Reconocimiento.

Súplica.

—No puedes hacer esto. —Di un paso hacia Sebastián—. Esto es tráfico ilegal, maltrato animal, ¡están sedados! ¿Y si mueren?

—Entonces cobraré el seguro. —Su sonrisa era la de un extraño—. Lucía, siempre fuiste muy sentimental. Por eso nunca te involucramos en la verdadera operación. Eres buena con las jeringas y los vendajes, pero no tienes estómago para las decisiones difíciles.

Elena rió.

—Además, ¿quién te va a creer? Ya hablamos con el capitán Ruiz. Si causas problemas, él declarará que tuviste un brote psicótico y tuvimos que sedarte por tu propia seguridad. —Se acercó a mí, bajando la voz—. Nadie extrañará a una enfermera inestable que se lanzó al océano en medio de la noche. Las aguas antárticas son despiadadas.

El mundo se inclinó.

No podían estar hablando en serio. No podían estar planeando...

—Yo... yo solo quiero irme. —Retrocedí hacia la puerta—. Me bajaré en el próximo puerto, no diré nada, lo juro.

Sebastián negó con la cabeza.

—Ya es muy tarde para eso, cariño.

Corrí.

No sé cómo mis piernas respondieron cuando mi cerebro estaba congelado de terror, pero corrí por los pasillos metálicos, el corazón estrellándose contra mis costillas. Detrás de mí, escuché gritos, pasos.

Tenía que llegar a la cabina de radio, tenía que pedir ayuda.

Pero cuando llegué, el capitán Ruiz ya estaba ahí, esperándome. En su mano, una jeringa.

—Lo siento, señorita Lucía. —Sus ojos reflejaban una pizca de remordimiento genuino—. Son órdenes.

El pinchazo fue rápido, profesional.

El suelo subió a encontrarme.

Lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara fue el cielo nocturno a través de una claraboya, las estrellas girando como si el universo mismo se estuviera deshaciendo.

Y entonces, un aullido.

Largo, desgarrador, completamente inhumano.

El lobo de ojos ámbar estaba llamando a algo.

O a alguien.

Desperté con el sabor a sangre en la boca.

No, no era mi sangre. Era el sabor del aire mismo, cargado de una violencia reciente que me hizo arquear sobre el suelo frío de metal. Vomité bilis, el estómago vacío retorciéndose.

¿Cuánto tiempo había pasado?

Las luces de emergencia bañaban todo en un rojo pulsante. Las alarmas aullaban. Y por encima de todo eso, gritos, gritos humanos de agonía que se cortaban abruptamente.

Me arrastré hacia la pared, usándola para ponerme de pie. Cada músculo de mi cuerpo protestaba, la droga todavía nublando mis sentidos. Pero el terror es un estimulante poderoso.

Algo había salido terriblemente mal.

Las puertas del área de carga colgaban de sus bisagras, retorcidas como papel aluminio. En el suelo, marcas de garras profundas en el metal, como si algo imposiblemente fuerte hubiera arrancado su camino hacia la libertad.

Y sangre.

Tanta sangre.

—¿Hola? —Mi voz era apenas un susurro—. ¿Hay alguien...?

Un cuerpo rodó desde detrás de un contenedor.

Elena.

O lo que quedaba de ella.

Retrocedí, la mano sobre la boca para ahogar el grito. Su rostro estaba congelado en una expresión de terror absoluto, los ojos abiertos mirando a nada. Su garganta... no, no podía mirar su garganta.

Corrí hacia la cubierta superior, apartando el horror, la incredulidad, todo excepto el instinto de supervivencia.

Afuera, la tormenta había llegado.

El viento me azotó con furia glacial, la lluvia mezclada con aguanieve cortaba como cuchillas. El Estrella del Norte se balanceaba violentamente en olas que parecían montañas de agua negra.

¿Dónde estaba la tripulación? ¿Dónde estaba cualquiera?

Entonces lo vi.

En la proa del barco, iluminado por un relámpago que partió el cielo, había un hombre.

No, no era completamente un hombre.

Era alto, imposiblemente alto, con una musculatura que tensaba los jirones de ropa que todavía colgaban de su cuerpo. Su piel estaba cubierta de un fino vello plateado que brillaba bajo la lluvia. Pero fueron sus ojos los que me clavaron en el sitio.

Ámbar.

Los mismos ojos del lobo de la jaula.

Me miraba con una intensidad que atravesaba la tormenta, la distancia, todo.

Y entonces habló, su voz resonando por encima del vendaval, profunda como un trueno subterráneo:

—Tú no hueles a ellos.

Di un paso atrás, resbalando en la cubierta mojada.

—¿Qué... qué eres?

Su cabeza se ladeó, estudiándome como si fuera un enigma.

—Tú intentaste ayudarme. Te vi. En la jaula, cuando ese hombre te golpeó por protestar sobre las condiciones... —Una sonrisa sin humor cruzó su rostro—. Tienes su olor en ti, pero no su maldad.

Sebastián me había abofeteado. Hace dos semanas, cuando encontré a uno de los lobos desnutrido y exigí que mejoraran su cuidado. Pensé que nadie más lo había visto.

—Yo no... no sabía qué eran. —Las lágrimas se mezclaban con la lluvia—. Por favor, solo quiero salir de aquí.

Él se acercó, cada paso deliberado, y pude ver ahora las garras que extendían sus dedos, la forma en que sus músculos se ondulaban bajo la piel, casi listos para completar una transformación que mantenía parcialmente controlada.

—El barco se está hundiendo. —Su declaración era simple, terrible—. Rompí el casco. Este navío de esclavistas morirá como ellos merecían morir.

El agua. Ahora que lo mencionaba, podía sentir la inclinación del barco, el ángulo cada vez más pronunciado. Tenía minutos, tal vez menos.

—Pero tú... —Extendió una mano, garras y todo—. Tú no mereces ahogarte con ellos.

Miré su mano. Miré el océano furioso que nos rodeaba. Miré las escaleras que llevaban abajo, donde probablemente Sebastián, el capitán y cualquier otra alma corrupta de esta tripulación ya había encontrado su fin.

No había botes salvavidas a la vista. No había radio funcional. No había salida.

Solo este... hombre-lobo, criatura, lo que fuera.

Ofreciéndome una oportunidad que no merecía, que no entendía.

—¿Por qué? —susurré—. ¿Por qué me salvarías?

Su expresión se suavizó, solo un poco, y por un momento pareció completamente humano.

—Porque en tres meses de cautiverio, tú fuiste la única que me miró como si todavía fuera una persona.

El barco se sacudió violentamente, el crujido del metal resonando como el grito de agonía de un gigante.

Extendí mi mano.

Sus dedos, cálidos a pesar de la lluvia helada, envolvieron los míos.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, porque si iba a morir, si iba a confiar en esta locura, necesitaba saber.

Él sonrió, y por primera vez, vi algo más que furia en esos ojos dorados.

—Dante. Mi nombre es Dante Salvatore.

Y entonces me alzó en sus brazos como si no pesara nada, y saltó.

El océano nos tragó en su abrazo de hielo y oscuridad.

Y mientras me hundía, mientras mis pulmones gritaban por aire, sentí algo imposible.

Sus brazos se transformaban a mi alrededor, el calor aumentando, protegiéndome del frío letal.

Y desde las profundidades, respondiendo a un llamado silencioso, vi sombras plateadas acercándose.

Más lobos.

Una manada entera, nadando hacia nosotros como torpedos vivientes.

Mi último pensamiento consciente antes de que la oscuridad reclamara fue absurdamente simple:

¿Qué demonios acabo de hacer?

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