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CAPÍTULO CUATRO

Author: T.G Hush
last update publish date: 2026-04-13 07:20:57

La contundencia de sus palabras aplastó el último pedazo de esperanza al que me aferraba. No solo me estaba rechazando; me estaba expulsando, declarando que no tenía lugar en la manada hasta que demostrara lo contrario. Sentí las miradas de los demás miembros: algunas llenas de lástima, otras indiferentes, pero ninguna se alzó en mi defensa. Nunca lo hacían.

Marcus se dio la vuelta, dirigiéndose a la manada con una voz autoritaria.

—Esto es lo que ocurre cuando toleramos la debilidad —anunció—. No podemos permitirnos cargar con peso muerto. Esta manada es tan fuerte como su miembro más débil, y no vamos a dejarnos arrastrar por quienes no pueden mantenerse al ritmo.

La multitud murmuró en señal de acuerdo; el ambiente pasó de la emoción a una determinación fría y dura. Eran guerreros, todos ellos, y yo solo era un recordatorio de lo que no podían permitirse ser: débil, impotente, inútil.

Mientras Marcus se alejaba, la gente comenzó a dispersarse, dejándome sola en el centro del salón, rodeada por los restos del ritual. Los demás habían vuelto a sus formas humanas, riendo y felicitándose por su éxito. Pero nadie me miró, nadie me reconoció. Era como si me hubiera vuelto invisible, una sombra más en el fondo.

Me quedé allí, paralizada, con la mente acelerada pero incapaz de asimilar la magnitud de lo que acababa de ocurrir. Siempre supe que era diferente, que era más débil que los demás. Pero oírlo en voz alta, y de boca de Marcus, lo volvió insoportablemente real.

Las lágrimas se acumularon en mis ojos, pero las contuve, negándome a dejarlas caer. No podía romperme, no aquí, no ahora. En su lugar, me di la vuelta y salí del salón, mis pasos resonando en el espacio vacío mientras dejaba atrás los últimos restos de mi orgullo.

No sabía adónde iba, pero sabía que no podía quedarme. No después de esto. No después de que me dijeran que no era nada.

El aire nocturno estaba fresco contra mi piel cuando salí al exterior; el cielo despejado, lleno de estrellas. Alcé la vista hacia la luna, llena y brillante, y sentí una punzada de anhelo en el pecho. Se suponía que la luna era nuestra guía, nuestra fuente de poder, pero para mí no era más que una luz distante e inalcanzable en la oscuridad.

Seguí caminando, mis pies alejándome del poblado, del lugar que había sido mi hogar pero que nunca se sintió como tal. Cada paso pesaba, como si el peso de todos mis fracasos y decepciones intentara arrastrarme de vuelta. Pero no podía detenerme. Tenía que seguir, alejarme lo más posible de los susurros y de las miradas juzgadoras de mi manada.

Los árboles se hicieron más densos a medida que me adentraba en el bosque, los sonidos de las criaturas nocturnas llenando el silencio que me rodeaba. Mi corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por la avalancha de emociones crudas y desbordadas que se agitaban en mi interior. Todo lo ocurrido en el salón se repetía una y otra vez en mi mente: las palabras crueles de Marcus, las miradas de desprecio, la sensación abrumadora de estar completamente sola.

No sabía adónde iba, y no me importaba. Solo necesitaba escapar, estar en un lugar donde pudiera respirar sin sentir la presión aplastante de expectativas que jamás podría cumplir.

Pero, al avanzar, el cansancio comenzó a alcanzarme. La adrenalina que había impulsado mi huida se desvanecía, dejando tras de sí un agotamiento profundo, que calaba hasta los huesos. Mis piernas se volvían más pesadas con cada paso, y mi visión se nubló cuando las lágrimas que había contenido por fin escaparon.

Entonces, justo cuando creí que no podía dar un paso más, mi pie tropezó con algo: una pequeña piedra oculta bajo las hojas. Antes de poder sostenerme, me fui hacia delante, mi cuerpo cayendo al suelo. Golpeé con fuerza, un dolor agudo atravesándome la cabeza al chocar contra un borde afilado.

Todo empezó a girar a mi alrededor, el mundo inclinándose peligrosamente mientras intentaba aferrarme a la consciencia. Pero fue inútil. La oscuridad que se había ido colando por los bordes de mi visión terminó por apoderarse de todo, arrastrándome a su profundidad.

Lo último que sentí fue la frescura de la tierra bajo mi cuerpo y una extraña sensación de paz al rendirme a la oscuridad.

⸻

Cuando por fin desperté, no fue sobre el suelo frío y duro del bosque, sino en el abrazo suave y cálido de una cama. Mi cabeza palpitaba de dolor y, al intentar levantarla, una oleada de mareo me obligó a recostarme de nuevo.

¿Dónde estaba?

Parpadeé varias veces, tratando de aclarar la vista y observar mi entorno. Lo primero que noté fue el olor: hierbas, terrosas y ligeramente dulces, mezcladas con un leve aroma a humo de leña. El aire era cálido y reconfortante y, al mirar alrededor, me di cuenta de que estaba en una tienda. Las paredes de lona eran de un marrón apagado, y la única luz provenía de un pequeño fuego en el centro, cuyas llamas proyectaban sombras danzantes.

Me incorporé apoyándome en los codos, haciendo una mueca cuando el movimiento intensificó el dolor en mi cabeza. Tenía la boca seca y la garganta áspera como papel de lija. Abrí la boca para llamar a alguien, pero mi voz salió como un susurro ronco. Tragué saliva e intenté de nuevo.

—¿Dónde… dónde estoy?

Mi voz apenas recorrió la tienda, pero fue suficiente para llamar la atención de alguien cercano. La cortina de la entrada se movió y, un instante después, apareció una joven. Tendría más o menos mi edad, con el cabello castaño largo recogido en una trenza y unos ojos color avellana cálidos, llenos de curiosidad y preocupación.

—Has despertado —dijo suavemente, acercándose—. ¿Cómo te sientes?

—Confundida —admití, con la voz aún áspera—. ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?

La chica —Mia, como se presentó mientras tocaba mi frente— me ofreció una pequeña sonrisa al sentarse en un taburete junto a la cama.

—Estás en la tienda de la sanadora, en territorio de la Manada Garra de Hierro. Nuestro Beta te encontró inconsciente en el bosque, justo fuera de nuestras fronteras. Estabas en muy mal estado, así que te trajo aquí.

¿La Manada Garra de Hierro? El nombre me resultaba familiar, aunque tardé un momento en asimilarlo. Había oído hablar de ellos: una de las manadas más fuertes de la región, conocida por sus guerreros feroces y sus alianzas sólidas. Pero ¿qué hacía yo aquí?

—Garra de Hierro… —repetí—. ¿Pero por qué? ¿Por qué su Beta me trajo?

La expresión de Mia se suavizó.

—Porque necesitabas ayuda —respondió con sencillez—. No dejamos morir a la gente si podemos evitarlo. El bosque no es un lugar seguro, sobre todo de noche. Tuviste suerte de que te encontrara a tiempo.

Suerte. La palabra me sonó extraña, como si ya no formara parte de mi vocabulario. Había tenido de todo menos suerte últimamente, y me costaba creer que algo bueno pudiera salir de mi situación.

Pero al mirar alrededor de la tienda, el fuego crepitando suavemente y las mantas que me cubrían, no pude evitar sentir un pequeño destello de gratitud. Tal vez esta fuera una oportunidad; una esperanza frágil, pero esperanza al fin y al cabo.

Mia debió notar la confusión en mis ojos, porque se inclinó un poco hacia mí, con un tono más suave.

—No tienes de qué preocuparte —me aseguró—. La sanadora dice que estarás bien. Solo fue un golpe en la cabeza, pero lo bastante fuerte para dejarte inconsciente. Debes descansar y dejar que tu cuerpo sane.

Descansar. La idea resultaba tentadora, más de lo que quería admitir. Estaba agotada, no solo físicamente, sino también mental y emocionalmente. El peso de todo lo ocurrido —el rechazo, la humillación, la lucha constante por demostrar mi valor— había pasado factura, y por primera vez en lo que parecía una eternidad, solo quería cerrar los ojos y olvidarlo todo.

Aun así, había demasiadas preguntas, demasiadas incertidumbres tirando de mi mente.

—¿Qué va a pasar conmigo ahora? —pregunté, con la voz pequeña e insegura—. No pertenezco a este lugar.

Mia dudó, pensativa.

—Eso no me corresponde decidirlo —dijo finalmente—. Pero estás a salvo aquí por ahora. Puedes quedarte el tiempo que necesites para recuperarte; nuestro Alfa llegará pronto. Después… bueno, ya veremos qué hacer.

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