Masuk
Dicen que tu primera transformación se supone que es mágica, un momento en el que por fin conectas con el lobo que llevas dentro.
Aún recuerdo el aguijón de sus palabras, la forma en que el Alfa Marcus me miró como si no fuera nada. —Yo, Alfa Marcus, te rechazo, Emily Ravens, como mi pareja. Su voz fue fría, distante, como si simplemente se estuviera sacudiendo una mota de polvo del hombro. El resto de la manada observaba, con los ojos llenos de una mezcla de lástima y repulsión. ¿Cómo podía yo, una huérfana sin familia, sin un nombre que honrar, siquiera pensar que era digna de un alfa? El aire a nuestro alrededor se sentía espeso, sofocante, como si me aplastara, obligándome a desmoronarme bajo el peso de su rechazo. Pero me negué a romperme. No frente a ellos. No frente a él. —Lo entiendo —respondí, con la voz firme, incluso cuando una tormenta de emociones rugía dentro de mí. Ira, humillación, tristeza… se arremolinaban juntas, formando un nudo en mi pecho que amenazaba con asfixiarme. Pero lo tragué todo, cada gota amarga, y me obligué a sostener su mirada. Sus ojos, tan fríos e implacables, no mostraron ni una pizca de arrepentimiento o duda. Yo no era nada para él. Menos que nada. La manada quedó en silencio; los susurros de momentos antes se apagaron mientras esperaban mi reacción, que me derrumbara. Pero no les daría esa satisfacción. Mis piernas se sentían como si fueran de plomo, pero logré darme la vuelta y alejarme de Marcus, manteniendo la cabeza en alto mientras atravesaba a la multitud. Podía sentir sus miradas clavándose en mi espalda, cada una como un cuchillo en mi corazón ya sangrante. Al salir del claro, el bosque pareció cerrarse a mi alrededor, los árboles como centinelas silenciosos, testigos de mi vergüenza. La luz de la luna apenas se filtraba entre el espeso dosel, sumiendo todo en sombras. Tropecé con raíces y piedras, pero seguí adelante, necesitaba alejarme, encontrar algún lugar donde pudiera respirar. El dolor del rechazo no era solo emocional; era físico, una punzada ardiente que se extendía por cada nervio de mi cuerpo. Mi loba, que había estado tan ansiosa por unirse a su pareja, ahora se replegaba en los rincones más profundos de mi mente, herida y en silencio. Podía sentir su tristeza, su confusión. ¿Por qué no había aparecido cuando cumplí dieciocho años, como la de todos los demás? ¿Por qué seguía incompleta, atrapada en este limbo entre humana y loba, incluso a los diecinueve? La mayoría en la manada se transformaba a los dieciocho. Algunos incluso antes, a los dieciséis o diecisiete, con lobos fuertes y vibrantes, motivo de orgullo. Pero no yo. Cada día que pasaba sin mi primera transformación era otro recordatorio de que era diferente, de que no pertenecía. Y la manada no me dejaba olvidarlo. Susurraban a mis espaldas, se reían cuando creían que no los escuchaba, y me miraban con una lástima o desprecio apenas disimulados. Para ellos, yo era un fracaso, un monstruo, una huérfana sin lobo. Fue ese fracaso, esa debilidad percibida, lo que llevó a Marcus a rechazarme. No solo era una mala elección para un alfa, era una vergüenza. Él necesitaba una pareja fuerte, alguien que pudiera estar a su lado e imponer respeto. Alguien que pudiera transformarse, liderar y luchar. Y yo no era esa persona. Ese pensamiento provocó otra oleada de humillación que me recorrió el cuerpo, y tuve que obligarme a seguir caminando, a dejar atrás los recuerdos de las miradas acusadoras de la manada y la voz helada de Marcus. El bosque era denso a mi alrededor, la oscuridad apenas rota por fragmentos de luz lunar que se filtraban entre los árboles, pero no me importaba a dónde iba. Solo necesitaba moverme, escapar del peso aplastante de mi propia insuficiencia. Cada paso que daba era un recordatorio de lo que no era, de lo que nunca podría ser. Mis pies crujían sobre las hojas secas del suelo del bosque, el único sonido en la noche silenciosa. Mis piernas se sentían pesadas, como si ya no me pertenecieran, como si fueran otra parte de mí que me había fallado. Pero seguí avanzando, porque detenerme significaba pensar, y pensar significaba enfrentar la verdad: estaba sola. Siempre lo había estado, en realidad. La manada me acogió por obligación, no por amor. Una huérfana sin familia, sin historia, y ahora, sin lobo. Era el caso de caridad que toleraban, pero que nunca aceptaron de verdad. Y ahora, sin Marcus, sin siquiera la más mínima esperanza de pertenecer, no tenía nada. Mi pecho se tensó cuando la realidad de mi situación se asentó. ¿A dónde iría? ¿Qué haría? La manada era mi hogar, mi único hogar, y ahora estaba apartada de él, una extraña en el único lugar donde debería haber pertenecido. Las lágrimas volvieron a acumularse en mis ojos, y las contuve, decidida a no llorar más. Llorar no cambiaría nada. No traería de vuelta la vida que había perdido ni el futuro que había imaginado. Pero entonces, en lo profundo del bosque, me detuve, el aliento se me cortó cuando un nuevo pensamiento cruzó mi mente: ¿y si todo esto era culpa de mi loba? ¿Y si estaba rota? Tal vez por eso no había salido, por eso no se había manifestado en mi cumpleaños número dieciocho como se suponía que debía hacerlo. ¿Y si era tan débil e inútil como todos creían que yo era? Mi corazón martillaba en mi pecho, el miedo echando raíces, creciendo hasta ocuparlo todo. Siempre me había dicho que cuando mi loba finalmente emergiera, todo estaría bien. Que cuando pudiera transformarme, les demostraría a todos que estaban equivocados. Pero ¿y si nunca me transformaba? ¿Y si esto era todo? ¿Esta media vida, esta constante sensación de ser menos, de no ser suficiente? Me dejé caer al suelo, las piernas cediendo mientras el peso de todo me aplastaba. El bosque estaba en un silencio absoluto a mi alrededor, el único sonido era mi respiración entrecortada. Me abracé a mí misma, intentando aferrarme a algo, a lo que fuera, para no desmoronarme por completo. Pero no sirvió de nada. El rechazo, la soledad, el miedo… todo se vino abajo sobre mí, y esta vez no pude detener las lágrimas. Llegaron como una avalancha, calientes y rápidas, deslizándose por mi rostro mientras sollozaba en la oscuridad. No me importaba quién me escuchara, no me importaba si toda la manada estaba ahí fuera oyéndome. Por primera vez en mi vida, me permití sentirlo todo: el dolor, la rabia, la tristeza. Me atravesaron sin filtros, crudos, dejándome temblando y exhausta. Y cuando las lágrimas finalmente disminuyeron, cuando los sollozos se convirtieron en hipidos, me quedó un vacío que me aterrorizó incluso más que el dolor. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? No tenía respuestas, ni un plan, ni esperanza. Solo una loba rota dentro de mí y un corazón roto a juego. Pero incluso sentada allí, rodeada de oscuridad y desesperación, una pequeña parte de mí se negó a rendirse por completo. Susurraba que tal vez, solo tal vez, esto no era el final. Tal vez mi loba estaba esperando algo, esperando a que yo estuviera lista, esperando el momento adecuado. Y así, con una respiración temblorosa, me limpié las lágrimas del rostro y me obligué a ponerme de pie. Aún no estaba lista para rendirme.Cuando el Gran Salón estaba vacío y en silencio, parecía un lugar completamente diferente.Las largas mesas de piedra, los estandartes, el fuego apagado al fondo… todo parecía más pequeño de alguna manera, como si la estancia hubiera recuperado el aliento después de que la manada se marchara.Los dedos de Rollins seguían entrelazados con los míos. Ninguno de los dos se movió para marcharse.—Lo resolveremos —dijo.Seguí dándole vueltas a sus palabras en mi cabeza. Resultaba inquietante sentir el peso de algo que todavía no estaba convencida de poder soportar.Juntos.Como si fuera tan sencillo.Como si no acabara de ponerme frente a toda nuestra manada para decirles que yo era algo que ninguno de ellos comprendía por completo todavía.—¿Todavía estás temblando? —preguntó Rollins en voz baja.No me había dado cuenta. Bajé la mirada hacia mi mano libre y tenía razón. Temblaba ligeramente, aunque apenas era perceptible.—Estoy bien —dije.—Emily.Solo mi nombre.Nada más.Pero la manera
El amanecer llegó, estuviera preparada para recibirlo o no.Pasé la mayor parte de la noche sentada en silencio, observando cómo el fuego de la chimenea se reducía hasta convertirse en unas brasas de color ámbar y escuchando la respiración de Rollins a mi lado. Constante. Tranquila. Era el tipo de descanso que solo podía permitirse un hombre que sabía cómo cargar con el peso del mundo y aun así encontrar la manera de dormir bajo él.Lo envidiaba.Mi mente era una rueda que no podía detenerse. Las palabras de Marcus, las miradas de la manada observándome y el nombre de Everett, que permanecía en mi corazón como una piedra que se negaba a moverse, daban vueltas una y otra vez dentro de mi cabeza.La luz pálida comenzaba a filtrarse por la estrecha ventana de nuestra habitación cuando ya estaba de pie, vestida con mi sencillo vestido de lino y frente a la chimenea, con los brazos cruzados sobre mi cuerpo. Las brasas estaban casi apagadas. Las removí en silencio y observé cómo unas pequeñ
El camino de regreso a Ironclaw tomó más tiempo de lo que debería.Cuando finalmente alcancé a ver la línea de árboles que dividía Shadowcrest del territorio abierto, la luna ya estaba ascendiendo y el frío me hacía castañear los dientes. Me ajusté aún más la capa alrededor del cuerpo, mientras mis pies se hundían en el suelo cubierto de escarcha. Las palabras de Marcus me seguían como humo del que no podía escapar.—Eres la clave de algo mucho más grande que unir a las manadas.No quería convertirme en una clave. No quería ser un arma, una profecía o una carga ligada a un linaje de sangre. Pero me estaba acostumbrando demasiado rápido a la sensación de ser necesaria, de pertenecer a algún lugar, incluso antes de que el suelo dejara de sentirse firme bajo mis pies.Antes de que pudiera llegar a la muralla exterior, las antorchas de la entrada de Ironclaw fueron encendidas y las llamas comenzaron a agitarse bajo el viento nocturno. Cuando pasé bajo los centinelas apostados en el parape
Las palabras de Marcus permanecieron en mi mente mucho después de que se marchara.—Hay cosas que todavía no entiendes.¿Qué podía saber él sobre mis poderes o mi linaje que yo no supiera? La pregunta me carcomía mientras caminaba de un lado a otro por el claro. El aire fresco de la noche hacía poco por calmar la tormenta que llevaba dentro. Rollins se había marchado para ocuparse de asuntos de la manada, dejándome sola con mis pensamientos, algo peligroso teniendo en cuenta el peso de todo lo que acababa de suceder.No podía sacar a Marcus de mi cabeza. Su oferta de entrenarme, la intensidad de su mirada y sus palabras crípticas… todo apuntaba a algo más. A algo que estaba ocultando. Y lo odiaba. Odiaba sentir que no tenía el control, odiaba no conocer toda la verdad.Necesitaba respuestas. Ahora.El aire nocturno estaba frío cuando entré en el territorio de Shadowcrest, con el corazón golpeándome con fuerza contra el pecho. Los recuerdos del rechazo y la humillación atormentaban cad
POV de EmilySe me cortó la respiración cuando las palabras de Liam terminaron de hundirse en mi mente. Su peso se sintió como una roca enorme cayendo sobre mi pecho.—Everett… —susurré, con la voz temblorosa—. No…Nunca lo había conocido, pero Mia me había contado lo suficiente. Everett había sido leal a Cassandra, había formado parte de sus planes. No era inocente, pero aun así… yo lo había matado.Volví a mirar mis manos, con los dedos temblando. ¿Cómo podía algo que provenía de mí, algo que ni siquiera podía controlar, acabar con la vida de alguien? Sentí a Rollins acercarse, su calor intentando tranquilizarme, pero no era suficiente para alejar el miedo que crecía dentro de mí.—Emily —la voz de Liam era suave, pero había algo de inquietud en su tono—. Él no era uno de los nuestros. La traición de Everett… recibió lo que merecía. Pero aun así… este poder que tienes…Tragué saliva con dificultad, parpadeando para contener las lágrimas que comenzaban a formarse en mis ojos.—No fue
POV de MarcusEn el momento en que el poder de Emily recorrió mi cuerpo, esperaba sentir una agonía insoportable. Pero, en lugar de eso, el dolor que había estado desgarrándome comenzó a desaparecer. Mis heridas, que habían parecido tan graves, comenzaron a cerrarse; la piel se unía nuevamente como si la lesión nunca hubiera existido. Podía sentir su poder recorriéndome, no como un ataque, sino como algo completamente diferente.Curación.Mientras Leon y los demás me ayudaban a regresar a nuestro territorio, ya podía mantenerme de pie por mi cuenta, caminando con paso firme junto a ellos. Se intercambiaban miradas, claramente desconcertados por mi repentina recuperación, pero ninguno se atrevió a decir una palabra.Cuando llegamos de vuelta a la manada, los demás me observaron en silencio, con los ojos muy abiertos entre el alivio y la incertidumbre. Podía sentir su confusión. Su Alfa había regresado aparentemente ileso, pero algo había cambiado. No eran solo las heridas las que habí







