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CAPÍTULO DOS

Author: T.G Hush
last update publish date: 2026-04-13 07:12:19

No tenía todas las respuestas, pero tenía un atisbo de esperanza, y eso tendría que ser suficiente. Eché un último vistazo a los árboles que me rodeaban, los testigos silenciosos de mi dolor, antes de darme la vuelta y regresar al territorio de la manada. Caminé despacio, cada paso medido, intentando aferrarme a esa diminuta chispa de resistencia. Para cuando llegué a las afueras del poblado, la primera luz del amanecer empezaba a romper en el horizonte, tiñéndolo todo de un suave tono rosado.

No me habían echado de menos. Nadie había salido a buscarme, pero eso no era una sorpresa. No era la primera vez que me alejaba sin avisar, y todos sabían que la “guerrera sin lobo”, como se burlaban llamándome, no representaba exactamente una amenaza ni para sí misma ni para nadie más. Yo solo era la chica triste sin lobo, aquella a la que compadecían más de lo que respetaban.

Me deslicé dentro de la pequeña y destartalada cabaña que llamaba hogar, con la esperanza de dormir unas pocas horas antes de que el día comenzara oficialmente. La cama crujió cuando me acosté; el colchón era irregular e incómodo, pero era mío. Me cubrí con la manta fina y cerré los ojos, tratando de bloquear los recuerdos de la noche anterior. Pero el sueño no llegó con facilidad. Mi mente no dejaba de reproducir el rechazo de Marcus, las burlas de la manada y el peso aplastante de mi propia insuficiencia. Al final, el agotamiento ganó, y caí en un sueño inquieto.

A la mañana siguiente, me despertaron las voces del exterior. Todavía era temprano, pero la manada ya estaba en pie, preparándose para las tareas del día. Me vestí rápido, poniéndome la misma ropa gastada de siempre: una camisa sencilla y unos pantalones que ya habían visto tiempos mejores. Al salir, el aire fresco de la mañana me golpeó el rostro, limpio y revitalizante, aunque poco hizo para disipar la pesadez que aún se aferraba a mi pecho.

No tenía un destino concreto en mente, así que deambulé sin rumbo por el poblado, intentando evitar los lugares donde sabía que estarían los demás. No tenía ganas de enfrentar sus miradas ni de soportar sus susurros. Pero, como suele pasar, el destino no tardó en cruzarlos en mi camino.

Caminaba por el sendero de tierra que llevaba al campo de entrenamiento cuando un grupo de jóvenes guerreros pasó a mi lado. Reían y bromeaban, con el ánimo alto mientras se dirigían a sus ejercicios matutinos. Los reconocí: Lukas, Darren y algunos más, todos futuros líderes de la manada, todos fuertes y seguros de sus habilidades. Todo lo que yo no era.

Cuando se acercaron, mantuve la vista fija en el suelo, esperando que simplemente siguieran de largo. Pero, por supuesto, no lo hicieron. Lukas, el cabecilla del grupo, redujo el paso y me lanzó esa sonrisa irritante que siempre llevaba puesta. Era alto, de hombros anchos, todo lo que un joven lobo debía ser. Su cabello rubio estaba despeinado de una forma que parecía naturalmente atractiva, y sus ojos azules brillaban con picardía… una picardía que casi siempre era a mi costa.

—Mira quién es —dijo Lukas en voz alta, rebosante de sarcasmo—. La maravilla sin lobo. ¿De paseo matutino, Emily?

Lo ignoré y seguí caminando, pero él no había terminado. Se colocó frente a mí, bloqueándome el paso, y los demás se reunieron rápidamente alrededor, formando un círculo del que no era fácil escapar.

—¿Qué pasa? —continuó Lukas, ladeando la cabeza con una falsa preocupación—. ¿No vas a decir buenos días? Eso no es muy educado.

Alcé la vista y me encontré con su mirada, intentando mantener el rostro neutral, aunque podía ver el desafío en sus ojos. Quería una reacción. Vivía para eso. Pero no iba a dársela. Al menos eso había aprendido.

Me desplacé a un lado, intentando pasar, pero Lukas extendió el brazo, con un vaso de agua en la mano. El movimiento fue tan rápido que apenas lo registré antes de que el agua se derramara, empapando mi camisa.

—Ups —dijo, llevándose una mano al pecho con una exagerada expresión de sorpresa—. Lo siento. No era mi intención. Debe de ser duro ser tú, ¿eh? Sin lobo que te proteja, sin fuerza, sin poder. ¿Qué va a ser de ti ahora, Emily? ¿Qué va a hacer la “guerrera sin lobo”?

Los demás rieron, y sentí que las mejillas me ardían de rabia y vergüenza, pero me mordí la lengua. No iba a darle lo que quería. No hoy.

—¿Qué pasa, el gato te comió la lengua? —añadió Darren, sonriendo mientras se inclinaba hacia mí—. Ah, espera. Ni siquiera un gato te querría, ¿verdad? Demasiado débil, demasiado inútil. ¿Qué haces todo el día, Emily? ¿Esconderte en tu choza y llorar porque nunca serás como nosotros?

Las burlas dieron en el blanco, cada palabra recordándome todo lo que me faltaba. Pero me negué a dejar que lo notaran. Mantuvé el rostro impasible, el cuerpo tenso, esperando a que se cansaran y se marcharan. Era una rutina que había perfeccionado con los años: soportar la burla, no reaccionar y, tarde o temprano, se irían.

Pero Lukas aún no había terminado. Dio un paso más hacia mí, imponiéndose con su altura, y bajó la voz hasta un tono bajo y amenazante.

—¿Crees que eres mejor que nosotros porque te quedas callada? ¿Eso es? ¿Crees que no vemos cómo nos miras con esos ojitos tristes? Nosotros somos el futuro de esta manada, Emily. Nosotros lideraremos, nosotros protegeremos. ¿Y tú? Tú siempre serás nada. Sin lobo, sin pareja, sin propósito. Solo una pequeña huérfana triste.

Sus palabras fueron como dagas, cada una clavándose más profundo que la anterior. Pero no me inmuté. No podía hacerlo. Mostrar debilidad solo empeoraría las cosas. Así que me quedé allí, en silencio, mientras las risas del grupo me rodeaban, crueles, burlonas e implacables.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, Lukas se encogió de hombros y dio un paso atrás.

—Vamos, chicos. Vámonos. Tenemos cosas mejores que hacer que perder el tiempo con alguien que nunca va a importar.

Y así, sin más, se fueron. Sus risas se desvanecieron a medida que se alejaban, dejándome sola en el sendero, con la ropa empapada y la vergüenza ardiendo en mi pecho. Los observé marcharse, con una mezcla de ira y tristeza revolviéndose dentro de mí, pero aun así no lloré. No allí. No donde pudieran verme.

En su lugar, respiré hondo, me limpié el agua restante del rostro y seguí caminando. No había nada que pudiera hacer con ellos. Nada que pudiera decir o demostrar que cambiara su forma de pensar. Así que tuve que centrarme en lo que sí podía controlar: yo misma, mis actos, mi determinación de seguir adelante, incluso cuando sentía que todo el mundo estaba en mi contra.

Después del encuentro con Lukas y su grupo, regresé al poblado, la ropa aún húmeda, pero la determinación endureciéndose con cada paso. No había tiempo para darle vueltas a sus palabras crueles ni al aguijón de sus risas. El día apenas comenzaba y, por mucho que quisiera esconderme, tenía responsabilidades que atender; tareas que, la mayoría de las veces, me hacían sentir más como una sirvienta que como un verdadero miembro de la manada.

Desde que podía recordar, siempre me habían asignado los trabajos más insignificantes del poblado. Comenzó en cuanto fui lo suficientemente mayor como para cargar un cubo o barrer un suelo. A los demás niños les daban responsabilidades reales: entrenamiento, caza, aprender las habilidades que algún día los convertirían en miembros valiosos de la manada. ¿Pero yo? A mí me tocaban los trabajos que nadie más quería hacer.

Era una de las muchas reglas no dichas de la manada: quienes no aportaban no merecían ser protegidos. Y sin un lobo, yo ya estaba en desventaja. Así que trabajaba duro, cada día, para demostrar que aún podía ser útil, incluso si eso significaba hacer las tareas que nadie más quería.

Llegué a la cocina comunal, donde ya se preparaba el desayuno para el resto de la manada. El aroma de la carne cocinándose llenaba el aire, haciendo que mi estómago gruñera, pero sabía mejor que servirme antes de que los demás hubieran comido. En lugar de eso, me dirigí a la puerta lateral, donde me esperaba una gran pila de platos sucios. No había nadie alrededor para verme, pero podía imaginar las miradas que recibiría si dudaba: asco, lástima o, peor aún, indiferencia.

Con un suspiro, me arremangué y me puse a trabajar, fregando cada plato y cada olla con una eficiencia ya aprendida. La tarea era monótona, pero al menos me permitía dejar vagar la mente. Mientras trabajaba, intenté no pensar en Lukas y sus amigos, ni en el hecho de que, mientras ellos entrenaban, yo estaba atrapada allí, haciendo labores que se sentían más como un castigo que como una contribución.

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