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La Bolsa de Sangre de la Familia
La Bolsa de Sangre de la Familia
Author: Lara Dimson

Capítulo 1

Author: Lara Dimson
KIRA

Desperté en el centro de curación de la manada después de donar sangre por nonagésima novena vez a mi hermana gemela, Maeve. Al nacer, una bruja malvada la condenó con una maldición oscura que solo mi sangre había podido contener.

Pero esta vez, las repetidas donaciones me pasaron factura. La sanadora dijo que tantos años de donaciones constantes terminaron por deteriorarme y me provocaron anemia aplásica, una enfermedad rara de la sangre. Mi loba tampoco podía combatir la enfermedad con sus poderes curativos porque estaba demasiado débil y agotada.

Pedí un taxi para volver a casa y contarle a mi familia el diagnóstico, pero decidí pasar antes por la pastelería Sweet Dreams para comprar un pastel para las dos, porque ese día ambas cumplíamos dieciocho años.

Al cruzar la puerta de vidrio, me detuve en seco. Mi familia ya estaba allí, reunida alrededor del mostrador. Reían y señalaban los modelos de pasteles del catálogo. Mi futuro compañero, Archer Kane, pasaba un brazo por los hombros de Maeve y le acomodaba con ternura un mechón de cabello detrás de la oreja.

En cuanto escucharon la campanilla, todos se volvieron hacia mí.

Archer retiró el brazo de los hombros de Maeve y dio un paso atrás.

—Kira, ¿qué haces aquí?

Damien, mi hermano mayor, me miró con asco.

—Mira cómo estás vestida. ¿Cómo se te ocurre aparecer así en el cumpleaños de Maeve? ¿Quieres avergonzarnos delante de todos? ¿No puedes esforzarte por una vez?

Llevaba la misma ropa que había usado para ir al centro de curación, porque había perdido el conocimiento durante horas después de donar sangre.

—Vine a comprar un pastel de cumpleaños para las dos.

Maeve fingió compasión.

—¡Ay, no hacía falta! Ya está todo listo. ¡Ven a verlo!

Me llevó hasta la pantalla del mostrador, donde giraba el diseño tridimensional de un pastel de tres pisos, con glaseado plateado y azul y todos los adornos ya definidos. Me fijé en la parte superior del pastel.

“Felices 18, Maeve”.

Solo aparecía su nombre. No el de las dos. Lo diseñaron así desde el principio, sin pensar en mí ni una sola vez.

Mientras yo permanecía inconsciente en el centro de curación tras donarle sangre, ellos encargaban allí un pastel personalizado que solo llevaría su nombre.

Cuando empecé a donar sangre, mi familia me trataba como a una heroína. Me lo agradecían constantemente, me cuidaban con cariño y elogiaban mi sacrificio como si de verdad importara.

Con los años, sin embargo, las donaciones se volvieron rutinarias y toda la atención se concentró en la fragilidad de Maeve. Mi sacrificio se convirtió en una obligación. Su vida pasó a importar más que la mía y yo quedé relegada.

El pastel que tenía enfrente era tan solo la prueba más reciente. El día de nuestro cumpleaños, era como si yo no existiera.

La pastelera, una chica de veintitantos años, nos miró por turnos antes de dedicarle a mi familia una sonrisa profesional.

—¿Qué les parece si probamos los sabores antes de confirmar el pedido?

Mamá se volvió hacia mí.

—Cariño, ¿por qué no pruebas estas muestras y nos dices cuál te gusta más? Siempre has tenido un paladar más fino que tu hermana y, como Maeve ha sufrido tanto por su enfermedad, queremos asegurarnos de que los sabores no sean demasiado fuertes para ella.

A mamá se le iluminó el rostro y tomó una de las cucharitas de degustación.

—Toma, dime qué te parece esta muestra.

Al mirar la crema, se me revolvió el estómago.

Vi trozos de avellana en el chocolate. Tenía una alergia grave a los frutos secos. Esa alergia ya me había llevado dos veces al centro de curación, a los diez y a los quince años. Toda mi familia lo sabía.

—No quiero probarla. Prefiero irme y dejar que terminen el pedido.

Mi padre endureció el gesto y golpeó el mostrador con la palma.

—¿De verdad es mucho pedirte que participes durante cinco minutos en la celebración del cumpleaños de tu hermana sin portarte como una niña malcriada?

Damien resopló y negó con la cabeza, asqueado.

—Lleva toda la semana de mal humor porque Maeve recibe más atención. Esta es exactamente la clase de mezquindad con la que tenemos que lidiar a diario.

Mi madre acercó la cuchara a mi boca.

—¿No puedes hacer este esfuerzo? ¿Aunque sea por Maeve? Lleva mucho tiempo esperando este día y significaría mucho para ella que ayudaras a elegir el pastel.

Sentía todas las miradas clavadas en mí. Esperaban que me negara otra vez para poder seguir tachándome de conflictiva y egoísta.

Abrí la boca y acepté la cucharada de crema que mamá me ofrecía. La crema estaba deliciosa; en cualquier otra circunstancia, quizá la habría disfrutado.

Pero no podía dejar de pensar en que ninguno de ellos se había acordado de mi alergia. O tal vez no les importaba.

Dejé con cuidado la cuchara sobre el mostrador y los miré.

—¿Ya están satisfechos porque la probé o se les olvidó que tengo una alergia grave a los frutos secos, aunque lo saben desde que tenía seis años?

Mamá se llevó una mano a la boca y me agarró del brazo.

—¡Dios mío, Kira! ¿Por qué no dijiste nada antes? No puedes comer algo sin preguntar primero qué tiene. ¿En qué estabas pensando?

Archer entró en pánico.

—Un momento, ¿eres alérgica a los frutos secos? Tienes que escupirla.

Por un instante, creí que de verdad le importaba. Pero antes de que pudiera responder, Maeve dejó escapar un jadeo y se tambaleó.

Archer dejó de prestarme atención y corrió a sujetarla.

—¡Maeve! ¿Qué tienes? ¿Otra vez te duele el corazón?

Maeve apoyó todo su peso en él y se llevó teatralmente una mano al pecho.

—Lo siento, solo fue un mareo. Por favor, no te preocupes por mí.

Mamá me soltó para atender a Maeve.

—Cariño, ¿tomaste tu medicina esta mañana? Sabes que debes tomar todas las dosis.

Mi padre se sonrojó al oírme mencionar la alergia, pero, en vez de disculparse, se desquitó conmigo.

—Si sabías que eras alérgica, debiste decirlo en vez de esperar que los demás recuerden cada detalle insignificante de tus problemas de salud. Tienes dieciocho años y una loba fuerte. Compórtate como una adulta.

Damien gruñó, frustrado.

—A esto me refiero. Siempre haces lo mismo. Haces un drama y luego culpas a todos los demás. Si tan solo hubieras hablado como una persona normal, nada de esto habría pasado.

Maeve intervino con tono conciliador.

—Estoy segura de que fue un accidente. Nadie quiso lastimarte y creo que exageras porque estás cansada después de donar sangre.

Damien hizo un gesto despectivo con la mano.

—Además, haces todo un escándalo por nada. Solo son unas cuantas avellanas y no pueden hacerte daño de verdad. Tienes una loba; sus poderes curativos deberían bastar para que te recuperes en cuestión de minutos.

Ninguno de ellos sabía que Aurora, mi loba, se debilitaba con cada donación. Salvar a Maeve consumía constantemente mi fuerza vital y había dejado a Aurora sin apenas fuerzas para transformarse, mucho menos para curarme.

Pero no se lo dije. ¿Para qué?

Los miré a todos y comprendí que, sin importar lo que dijera o hiciera, siempre encontrarían la manera de hacerme quedar como la villana.

—Siento haber interrumpido su celebración. No volverá a pasar.

En cuanto lo dije, todos los presentes se quedaron paralizados.

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