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Capítulo 2

Lara Dimson
KIRA

Todos me miraron como si estuviera completamente fuera de lugar.

Papá fue el primero en recomponerse. Se aclaró la garganta y asintió, satisfecho.

—Así está mejor. Somos familia y no deberíamos guardarnos rencor por un simple malentendido. Te digo todo esto por tu bien, Kira.

—Lo sé. —Forcé una sonrisa y asentí.

Mamá se relajó y alargó la mano para apretarle la de Maeve.

—¿Ves? Tu hermana lo entiende. Ahora terminemos de planear tu fiesta, cariño.

Todos me dieron la espalda y regresaron a la pastelería para terminar el pedido del pastel de Maeve. Me quedé unos instantes mirándolos a través de la ventana. Después me di la vuelta y caminé hacia la puerta. Pero antes de que llegara a la puerta, Archer me agarró de la muñeca.

—Espera. ¿En serio no te molesta nada de esto?

Me solté de su agarre y asentí.

—Estoy bien. Deberías volver a entrar antes de que los demás noten que faltas.

Archer se pasó una mano por el cabello oscuro y soltó un suspiro frustrado.

—Mira, necesito hablar contigo de algo. Tiene que ver con la ceremonia de unión. Creo que deberíamos posponerla.

La ceremonia de unión estaba prevista para dentro de tres días. El ritual oficial nos uniría como compañeros y me convertiría en la futura Luna de la manada.

Llevábamos meses preparándola y yo la esperaba con ansias porque por fin tendría algo que sería solo mío.

—Maeve nunca ha ido a las Cascadas Moonstone —añadió Archer a toda prisa—. Lleva tiempo rogándome que vayamos antes de que termine el otoño. Por su estado de salud, quizá sea su única oportunidad. Pensé que el viaje sería un lindo regalo de cumpleaños.

Al fin se volvió hacia mí.

—Solo estaremos fuera unos días. La ceremonia de unión puede esperar una o dos semanas. Este viaje es importante para ella; sabes lo delicada que está de salud. Seguirás siendo mi Luna. Esto no cambiará nada entre nosotros.

—Está bien —respondí sin inmutarme.

Archer me miró con sorpresa.

—¿En serio? ¿No te molesta?

—Claro —dije—. Pospón la ceremonia. Lleva a Maeve a las cascadas. Haz lo que quieras.

Archer soltó un suspiro de alivio y extendió una mano para acariciarme la cara.

—Sabía que lo entenderías. Por eso te elegí como compañera. Eres muy sensata y madura, no como otras chicas que harían un escándalo por algo así.

Retrocedí antes de que pudiera tocarme.

—Debo irme. Tengo que recoger mi medicamento.

Archer frunció apenas el ceño, preocupado.

—¿Tu medicamento? Deberías habérmelo dicho antes. ¿Te sientes bien?

Archer suavizó el tono.

—Deberías volver a casa y descansar. No te ves bien. ¿Estás segura de que podrás llegar sola?

Por un momento, casi creí que le importaba.

—Estaré bien —respondí en voz baja.

—¿Archer? —llamó Maeve con dulzura desde la pastelería—. Ven a ver esto.

Archer vaciló, pero enseguida se volvió hacia ella.

—Ya voy.

—Será mejor que me vaya —dijo mientras se alejaba—. Sabes que hoy es un día especial para Maeve. Te llamaré esta noche, ¿sí?

No respondí. Lo vi regresar junto a Maeve y pasarle otra vez el brazo por los hombros, como si su lugar estuviera junto a ella. No era la primera vez que Maeve me arrebataba algo.

Mientras Maeve estuviera en mi vida, jamás podría conservar nada de lo que me correspondía. Siempre aparecía cuando la felicidad parecía estar a mi alcance y me la arrebataba con una sonrisa inocente.

Durante nuestra infancia, las cosas siempre habían sido así. De algún modo, Maeve siempre acababa recibiendo los elogios que iban dirigidos a mí. Ni siquiera podía conservar mucho tiempo las pequeñas alegrías. Si algo me hacía destacar, tarde o temprano Maeve terminaba apropiándoselo.

Maeve siempre encontraba la forma de empañar mis logros, arrebatarme las oportunidades y convertir cualquier momento feliz en algo que girara en torno a ella.

Ahora también me quitaba a Archer. La garganta empezaba a cerrárseme y a picarme, señales familiares del inicio de una reacción alérgica. Aurora apenas se movió en mi interior, exhausta tras varios intentos de curarme.

Aurora me habló en la mente, débil y agotada: “Lo siento. No tengo fuerzas”.

“Lo sé. No es tu culpa”.

Saqué el celular para pedir otro taxi, pero Damien apareció a mi lado antes de que pudiera hacerlo.

—¿Adónde crees que vas? —preguntó con brusquedad.

—A casa.

Damien me arrebató el celular.

—Lo de siempre. Todo tiene que girar en torno a ti. Maeve está adentro ultimando el pedido de su pastel de cumpleaños. ¿No puedes quedarte ni veinte minutos para acompañarla?

—Necesito mi...

—Ay, por favor. Estás bien —dijo Damien mientras ponía los ojos en blanco—. Eres una mujer lobo, Kira. Tu loba ya debería haber neutralizado los efectos de ese pedacito de fruto seco. Siempre exageras para llamar la atención. ¿Recuerdas que el año pasado dijiste que habías tenido una reacción alérgica a las fresas y al final solo fue un malestar estomacal? ¡Qué dramática eres!

Nunca había sido alérgica a las fresas ni había fingido una reacción, pero discutir con Damien era inútil cuando ya estaba convencido de que yo mentía.

Mi padre salió de la pastelería.

—Tu madre quiere que vuelvas a entrar. Vamos a tomarnos una foto de familia junto al pastel de Maeve.

—En serio, tengo que irme a casa —insistí con voz ronca mientras la garganta seguía hinchándose—. El fruto seco...

—Basta de excusas. —La orden de papá, cargada con la autoridad de un Alfa, me doblegó y obligó a mi loba a someterse—. Dejarás de intentar llamar la atención, entrarás y sonreirás para la cámara como corresponde a una buena hija. ¿Quedó claro?

Antes de que pudiera responder, Maeve apareció en la entrada de la pastelería.

—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja—. ¿Estás bien? Tienes la cara roja.

—Está bien —dijo Damien con indiferencia—. Solo hace esto porque Archer le contó que pospondría la ceremonia de unión.

Maeve abrió mucho los ojos.

—Ay, no. Kira, ¿eso te molesta? Le dije a Archer que no hacía falta que me llevara a las cascadas, pero insistió porque sabe lo importantes que son para mí. Por favor, no te enojes.

Mamá salió detrás de Maeve y le pasó un brazo por los hombros en actitud protectora.

—Claro que no está enojada, cariño. Kira sabe que la familia es lo primero; nunca te guardaría rencor por un simple viaje de cumpleaños. ¿Verdad, Kira?

Todos se quedaron mirándome mientras esperaban que les diera la razón, pero mi campo visual ya se oscurecía en los bordes y las manos empezaban a temblarme.

—Tienes razón, pero en serio necesito irme a casa ahora. —Me di la vuelta para marcharme.

Antes de que pudiera moverme, una mano me cruzó la cara de una cachetada.

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