Inicio / Urbano / La CEO obligada a casarse / Capítulo 47: La habitación

Compartir

Capítulo 47: La habitación

last update Fecha de publicación: 2026-07-05 01:37:08

POV: Sebastian

La habitación del hotel es idéntica a todas las habitaciones de todos los hoteles en los que he dormido solo.

Cama. Mesa. Baño. Ventana que da a un edificio igual a este. Sin fotos. Sin libros. Sin la caja que dejé en el departamento. Sin nada que me recuerde que existo fuera de este cuadrado de paredes blancas.

Llevo aquí desde anoche.

No he salido. No he comido. No he dormido bien. Solo he dado vueltas en la cama, mirado el techo, releído los mensajes de Valentina una y otra vez.

"Vuelve. Por favor."

"Fue real. Es real. Hace semanas que es real."

"Desde la cocina. Desde las dos tazas. Desde que te quedaste una noche y no te fuiste a la mañana."

Cierro los ojos. Las veo. La cocina. Las dos tazas. Ella apoyada en la encimera, con el pelo desordenado, mirándome como si yo fuera la única persona en el mundo que vale la pena mirar.

Pero también veo la hoja del sobre.

"Sebastian Varel. Técnicamente funcional como ser humano."

"El menos pelotudo."

Eso no se borra. No importa cuántas veces cierre los ojos.

Me levanto. Camino hasta la ventana. No subo la persiana. Miro la luz que se filtra por las rendijas. Rayos delgados sobre la alfombra gris. Podría ser de día. Podría ser de tarde. No lo sé. Perdí la noción del tiempo hace horas.

El teléfono está sobre la mesa. Boca abajo. No quiero verlo. No quiero ver si ella escribió. Dije que necesitaba tiempo. Dije que no me escriba.

Cumplió. No escribió.

Eso es peor.

Miro la pantalla apagada. Podría escribirle. Podría decirle que ya sé lo que siento. Que el dolor no va a irse, pero que estar sin ella también duele. Que no sé cuál de los dos dolores es peor.

Pero no escribo. Porque cada vez que pienso en ella, la imagen se parte en dos. La Valentina de la cocina y la Valentina de la carpeta. La que me mira y la que se ríe. La que dice vuelve y la que dice el menos pelotudo.

Las dos son ella.

Las dos son verdad.

Y no sé vivir con ninguna de las dos.

El teléfono vibra.

Lo miro. No es Valentina. Es Mateo.

"¿Sigues en el hotel?"

"Sí."

"¿Vas a salir alguna vez?"

"No sé."

"Come algo, Sebastian. No te va a ayudar estar encerrado."

No respondo. No tengo hambre. La última vez que comí fue en el Cendra. Las aceitunas que Jorge dejó en la barra. No recuerdo haberlas comido. Pero debí hacerlo. No estoy muerto.

El teléfono vibra otra vez. Mateo.

"Llamó Valentina. Ayer. Me pidió tu ubicación. No se la di."

Mi corazón late más rápido. O más lento. No sé.

"¿Qué le dijiste?"

"La verdad. Que estás en un hotel. Que no sabía cuál. Que estabas destruido."

"¿Y ella?"

"Dijo que necesitaba verte. Que no podía quedarse esperando sin hacer nada."

Cierro los ojos. Ella quiere verme. Ella dijo necesito verte. No solo vuelve. Necesito verte.

Eso es algo.

O tal vez es peor. Porque si viene, voy a tener que mirarla. Y si la miro, voy a tener que decidir. Y no sé si estoy listo para decidir.

"¿Qué hago?", escribo.

Mateo: "No puedo decidir por ti. Pero si la quieres, deja de esconderte."

"No me escondo."

"Estás en un hotel hace dos días sin ver la luz del sol. Eso es esconderse."

Miro la ventana. Tiene razón. Llevo dos días sin salir. Las persianas bajadas. La luz apagada. El aire pesado. No pedí que limpiaran la habitación. Las sábanas están revueltas. La toalla mojada en el piso del baño.

Un desastre.

Como yo.

"¿Y si la veo y no puedo perdonarla?"

Mateo: "Entonces se lo dices. Y sigues adelante. Pero no te quedas aquí para siempre."

"Eso es fácil de decir desde afuera."

"Sí. Pero es verdad."

Apoyo el teléfono en la mesa. Me levanto. Voy a la ventana. Subo la persiana.

El sol entra. Me lastima los ojos. No los había usado en dos días.

Parpadeo. Una vez. Dos veces. La luz se vuelve soportable.

Aldenvera está ahí. La misma ciudad de siempre. La gente caminando. Los autos. Las vidas que no se detuvieron porque a mí se me rompió el corazón.

Veo un hombre con un perro. La misma plaza donde estuve con Mateo. Los mismos árboles. El mismo cielo.

En algún lugar de esa ciudad, Valentina está esperando. En el departamento. O quizás ya salió. Quizás está caminando por las calles, buscándome. O quizás se rindió.

No lo sé. No sé nada.

Miro el teléfono. El mensaje de Mateo.

"Si la quieres, deja de esconderte."

La quiero. Eso no cambió. Eso no va a cambiar, aunque duela.

Pero el dolor también es real. Y no sé si puedo convivir con los dos.

El teléfono vibra otra vez. No es Mateo. Es una noticia. Una alerta de G****e. Algo sobre el Grupo Monteclair.

Abro.

El titular:

"Filtran información sobre el matrimonio de Valentina Monteclair: ¿fue todo una estrategia para conservar el Grupo?"

Me quedo mirando la pantalla.

Bajo. Sigo leyendo.

"Según documentos filtrados, la CEO del Grupo Monteclair eligió a su esposo de una lista de candidatos. Anotaciones internas revelan frases como 'técnicamente funcional como ser humano' y calificativos que pondrían en duda la legitimidad del vínculo. Directores del Grupo ya evalúan convocar una asamblea extraordinaria para definir la continuidad de la presidenta."

Abajo, una captura. La carpeta roja. La lista. La anotación de Camila. La frase.

Todo publicado. Todo filtrado. Rodrigo no esperó. No se quedó con el sobre. Lo usó.

Miro el teléfono. La noticia ya tiene doscientos comentarios. Aldenvera está ardiendo. La gente opina. La gente juzga. La gente se burla.

"La CEO más poderosa de Aldenvera eligió marido por catálogo."

"Técnicamente funcional. Me lo guardo para mi próxima evaluación de desempeño."*

"Pobre tipo. Ni siquiera era el mejor. Era el menos peor."

Cierro el artículo.

Mi mano tiembla. No de frío. De rabia. De tristeza. De las dos cosas.

Valentina está sola. En el departamento. O buscándome. Sin saber que esto llegó. Sin saber que todo el mundo está leyendo sus frases. Sus errores. Su lista.

Y yo estoy aquí. Encerrado. Sintiendo lástima por mí mismo.

Tengo que ir. Tengo que verla. Antes de que esto la destruya.

No sé si puedo perdonarla. Pero no puedo dejarla sola con esto.

No así.

Me pongo los zapatos. Agarro las llaves. El teléfono.

Miro la habitación por última vez. La cama revuelta. La persiana subida. El sol entrando.

Salgo. El pasillo del hotel está vacío. Bajo en el ascensor. El espejo me devuelve una cara que no reconozco. Ojeras. Barba de dos días. Ropa arrugada.

Cruzo el lobby. La recepcionista me mira. No dice nada. No necesita decir nada.

Salgo a la calle.

El sol me da en la cara. No me molesta. Nada me molesta ahora. Solo importa llegar.

Camino rápido. Sin pensar. Sin dudar.

Hacia ella.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • La CEO obligada a casarse   Capítulo 63: Epílogo

    POV: ValentinaMeses después. No sé cuántos. No los cuento. Los días ya no pesan como antes.El departamento neutral ya no es neutral. Hay fotos nuestras en la pared. Una de la conferencia de prensa, cuando me tomó la mano frente a todos. Otra del día que volvió a buscarme, cuando me encontró en la puerta de mi edificio después de la asamblea.Libros mezclados en los estantes. Los míos, los suyos. La caja de Sebastian ya no está en el rincón. La usamos para guardar los juguetes de Índice Dow. El póster de Simone de Beauvoir sigue en mi estudio. Él todavía no sabe quién es. Un día le voy a explicar. O no. Tal vez no hace falta.Esta noche él preparó las dos tazas. Como siempre. Las dejó en la mesa. El humo del café sube. La luz de la cocina es tenue. La misma de todas las noches.Pero él no se sienta. Está de pie, apoyado en la encimera, con las manos en los bolsillos. Me mira. Algo tiene.—¿Qué pasa? —pregunto.—Nada.—Mientes.—Un poco.Tomo mi taza. La sostengo con las dos manos. Es

  • La CEO obligada a casarse   Capítulo 62: Sal de mi vista

    POV: ValentinaEl auto se detiene frente al edificio del Grupo Monteclair. Los vidrios negros. El logo en la entrada. Los periodistas ya no están. La noticia de ayer murió. Hoy hay otras noticias. Siempre las hay.Sebastian apaga el motor. Me mira. Sus manos en el volante. La luz gris de la mañana entrando por el parabrisas.—¿Vas a entrar? —pregunta.—Sí.—¿Quieres que suba?—No. Esto es mío.Me mira un momento. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby del edificio Serrano. Los mismos que nunca me tuvieron miedo. Ahora me miran con algo más. Confianza. La que construimos en estas semanas de mierda. La que ganamos a los golpes.—Te veo en casa —dice.—En casa.Me besa. No es un beso largo. No es un beso de despedida. Es un beso de "vuelve pronto". Un beso de rutina. El mejor tipo de beso. El que no pide permiso. El que solo dice "estoy acá, siempre".Bajo del auto. La puerta se cierra. El auto arranca. Sebastian se va hacia Varel Industries. Su empresa. Su batalla. La mía está

  • La CEO obligada a casarse   Capítulo 61: La noche que sigue

    POV: ValentinaDespertamos con su brazo alrededor de mí y mi cabeza en su pecho, el sol entrando por la persiana, pero Sebastian baja la persiana antes de que la luz toque la cama, y la habitación queda a oscuras. No hablamos. No hace falta. Su boca encuentra la mía y es un mordisco en el labio inferior, su lengua, una mano en mi nuca sujetándome. Pero esta vez no me dejo llevar. Lo empujo contra el colchón. Quedo encima de él.—Mío —digo.—Tuyo —responde, y en su voz hay algo que no le escuchaba desde antes de que todo se rompiera. Sumisión. Entrega. No la de un hombre débil. La de un hombre que eligió confiar.Bajo la mirada. Su cuerpo. Su pecho. El vello oscuro. Las costillas que se marcan porque no comió bien estos días. Las ojeras que la oscuridad no puede ocultar. Lo toco. Las manos recorren su piel. Los dedos siguen la línea de su columna hasta la cintura. Él cierra los ojos.—Mírame —digo.Abre los ojos. Me mira. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby del edificio Ser

  • La CEO obligada a casarse   Capítulo 60: El proveedor

    POV: ValentinaAmanece. No dormimos. Dimos vueltas en la cama, miramos el techo, revisamos el teléfono cada vez que vibraba. Rodrigo no escribió más. Eso es peor. El silencio de Rodrigo es más peligroso que sus amenazas. Cuando habla, se delata. Cuando calla, está tramando.Sebastian se levanta primero. Va a la cocina. Escucho el agua del hervidor. El golpe de las tazas sobre la encimera. Las dos tazas. Como siempre. Como si nada hubiera pasado. Pero todo pasó.Aparece en la puerta de la habitación. Dos tazas humeando. Me ofrece una.—¿A qué hora llamas al proveedor? —pregunto.—En una hora. Es temprano en Brasil, pero no quiero esperar más.—¿Quieres que llame yo?—No. Es mi empresa.—Es nuestra vida.Sebastian me mira. Toma mi mano. La aprieta.—Vamos a resolver esto.—Lo sé.—No finjas que lo sabes. No quiero que finjas.—No finjo. Confío en ti.—Eso es más de lo que yo hice.—Aprendiste. Yo también.El teléfono suena. Sebastian mira la pantalla.—Es Mateo —dice—. Ya averiguó algo.

  • La CEO obligada a casarse   Capítulo 59: La amenaza

    POV: ValentinaAbro el mensaje."Bien jugado hoy. Pero esto no termina acá. Tengo información sobre Varel Industries. Si quieres que no llegue a los periódicos, habla con tu esposa. Que acepte el resultado. Que se vaya tranquila. Tienes veinticuatro horas. - R"Bajo el teléfono. Miro a Sebastian.—¿Qué información puede tener?—No lo sé. Pero no podemos ignorarlo.—¿Es verdad o es un bluff?—No puedo arriesgarme a que sea verdad.—¿Qué vas a hacer?—Llamar a Mateo. Que investigue. Que hable con sus contactos. Alguien tiene que saber algo.Sebastian marca. Sale al balcón. Habla en voz baja. No escucho las palabras. Escucho el tono. Tensión. Rabia contenida.Vuelve.—Mateo va a averiguar. Pero necesita tiempo.—No tenemos tiempo. Veinticuatro horas.—Entonces usemos esas horas.—¿Para qué?—Para prepararnos. Para que, si la información es real, tengamos una respuesta. Para que, si es un bluff, lo sepamos antes de que termine el plazo.—¿Y si es real?—Entonces caemos juntos. Pero no neg

  • La CEO obligada a casarse   Capítulo 58: La noche después

    POV: ValentinaLlegamos al departamento neutral después de la asamblea. Las dos de la tarde. El sol entra por las ventanas. Todo está igual. Las dos tazas en el armario. La encimera vacía. La cama deshecha. El silencio que pesa como una losa.—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Sebastian.—No lo sé. Pero quiero dormir.—Son las dos de la tarde.—No dormí anoche. Tú tampoco.—Es verdad.Me quito los zapatos. La chaqueta. El collar. Dejo todo sobre la mesa. Me siento en la cama. La mía. La que compartimos antes de que todo se rompiera. La que usé sola mientras él estaba en un hotel.Sebastian se queda en la puerta de la habitación. No entra. No se va. Apoya la mano en el marco. La misma posición que tuvo tantas noches cuando no sabíamos si cruzar el pasillo.—¿Te importa si me quedo? —pregunta.—No. Pero no quiero hablar.—Está bien.Se acuesta a mi lado. No me toca. No me mira. Solo está ahí. Como aquella noche después de la conferencia de prensa. Como cuando todo empezó a ser real. Pero es

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status