Mag-log inAngie es una joven sencilla y poco agraciada que, tras graduarse como secretaria, no logra encontrar empleo en su área y se ve obligada a trabajar en un call center. Allí conoce a Danilo Morales, su jefe, un hombre carismático cuya vida dará un giro inesperado con la llegada de Angie. Entre ellos surge un romance apasionado que lo llevará incluso a separarse de su esposa. Lo que comienza como un sueño hecho realidad para Angie pronto se convierte en pesadilla: descubre que Danilo no la conquistó por amor, sino por conveniencia, buscando proteger su fortuna y evitar la cárcel. Finalmente, él termina tras las rejas, mientras Angie queda marcada socialmente como “roba maridos”, sumida en la pobreza y con el corazón destrozado. Sin embargo, su lucha apenas comienza. En medio del dolor y el rechazo, Angie descubre que está embarazada, enfrentando sola un futuro incierto. Con resiliencia y valentía, deberá reconstruir su vida y demostrar que, incluso desde la adversidad, puede levantarse y seguir adelante.
view moreDaniloÉl seguía en prisión, rodeado de sus tres pupilos que lo miraban como si fuera un maestro iluminado. Les enseñaba todo: cómo montar una empresa fachada desde la nada, cómo manipular balances, cómo disfrazar estafas con palabras bonitas y cómo sobrevivir en un mundo donde la astucia valía más que la fuerza. Pero en el fondo, sabía que cada palabra que soltaba era un clavo en su propio ataúd. El cacique lo observaba desde lejos, con esa sonrisa de jaguar satisfecho, consciente de que cuando Danilo terminara de instruir a sus aprendices, ya no lo necesitaría más y en ese momento, lo mandaría a asesinar con la misma frialdad con la que uno apaga una vela.El aire de la celda estaba cargado de tensión, como si las paredes supieran que el tiempo de Danilo se agotaba mientras los pupilos lo escuchaban atentos, anotando en libretas improvisadas, al tiempo que él pensaba: "Cuando ellos sepan todo, yo seré un estorbo". Esa idea lo perseguía como un fantasma.De pronto, los guardias irrum
DaniloLa puerta se abrió con un chirrido de réquiem. Danilo entendió, antes de ver nada, que entraba a un lugar donde los sueños morían envueltos en plástico: del piso al techo, plástico tenso como piel de tambor, bajo un bombillo que colgaba solo, sin pantalla, como un ojo que no parpadeaba.—Mira nada más quién nos visita —dijo una voz conocida, y el corazón de Danilo dio un vuelco, mitad alivio, mitad terror—. Si es el mismísimo CEO, ¡qué gran honor!—¡Carnitas! —Se abrazaron como viejos amigos, con palmadas fuertes en la espalda.—Uy, don Danilo, qué cagada lo que usted iba a hacer. —El Carnitas negó con la cabeza—. Pero no faltó el sapo. Nunca falta.—¿Sapo?—Hablando del rey de Roma que se asoma —soltó una risa seca, justo cuando la puerta volvió a abrirse.Entró el exguardia que lo había extorsionado desde la primera noche, y que ahora también estaba preso porque había asesinado a Sheila cuando ella extrajo sus ahorros secretos. Traía un papel doblado y una sonrisa que no le l
Danilo seguía encerrado en aquella celda que parecía más un hotel que una prisión, pero en las noches, cuando el silencio se volvía espeso, se reunía con otros ayudantes del cacique. Eran hombres que también cargaban cicatrices invisibles: insultos, golpes, humillaciones. Danilo los observaba con cuidado, sin hablar demasiado, midiendo cada palabra como quien mide gotas de veneno.—¿Otra vez nos mandó a limpiar los baños mientras él se emborracha? —murmuró uno, con la voz cargada de resentimiento.—Y encima se burló de mí, me dijo que parecía su perro —añadió otro, apretando los puños.Danilo fingió indiferencia, pero sus ojos brillaban atentos.—Bueno… —dijo despacio, como quien no quiere arriesgarse—: Yo he visto que ustedes no están muy contentos con él.Los hombres se miraron entre sí, desconfiados. —¿Y qué quieres insinuar, Danilo? —preguntó uno, con tono duro. —Nada… nada. Solo digo que un jefe debería respetar a sus hombres.El silencio se llenó de miradas. Danilo sabía que no
AngieLa tarde caía sobre Bogotá con un cielo gris que anunciaba tormenta. Angie estaba sentada en la sala, con las manos sobre su vientre, que apenas empezaba a notarse. Su madre la miraba con ojos de reproche, mientras el padrastro iba y venía por el pasillo, quejándose entre tragos de aguardiente.—¡Otra vez me robaron en la esquina! —bramó, golpeando la pared—. ¡Todo es por tu culpa, muchacha!—¿Mi culpa? —respondió Angie, confundida—. ¿Qué tengo que ver yo con eso?—¡Si contestaras las llamadas del cacique, nada nos sucedería! Pero no, la señorita se hace la santa y nos deja a merced de esos facinerosos.—Yo no tengo nada que ver con esos hombres. ¿Por qué siempre me culpan de todo?El padrastro soltó una risa amarga y estrelló la botella contra la pared. El vidrio se hizo añicos en el piso, salpicando gotas de licor. —Es que a uno de esos manes se le zafó algo de el cacique manda, muchacha. ¡No te hagas la inocente!La madre, que hasta entonces había guardado silencio con el ros
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