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Capítulo 61: La noche que sigue

Author: Pax-Darkengel
last update publish date: 2026-07-11 23:19:57

POV: Valentina

Despertamos con su brazo alrededor de mí y mi cabeza en su pecho, el sol entrando por la persiana, pero Sebastian baja la persiana antes de que la luz toque la cama, y la habitación queda a oscuras. No hablamos. No hace falta. Su boca encuentra la mía y es un mordisco en el labio inferior, su lengua, una mano en mi nuca sujetándome. Pero esta vez no me dejo llevar. Lo empujo contra el colchón. Quedo encima de él.

—Mío —digo.

—Tuyo —responde, y en su voz hay algo que no le escuchaba desde antes de que todo se rompiera. Sumisión. Entrega. No la de un hombre débil. La de un hombre que eligió confiar.

Bajo la mirada. Su cuerpo. Su pecho. El vello oscuro. Las costillas que se marcan porque no comió bien estos días. Las ojeras que la oscuridad no puede ocultar. Lo toco. Las manos recorren su piel. Los dedos siguen la línea de su columna hasta la cintura. Él cierra los ojos.

—Mírame —digo.

Abre los ojos. Me mira. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby del edificio Serrano. Los mismos que nunca me tuvieron miedo. Ahora me miran como si yo fuera la única cosa en el mundo que vale la pena mirar.

—Te quiero —dice.

—Demuéstralo.

No habla más. No hace falta.

Bajo la boca a su cuello. Huelo su piel. El jabón de la mañana anterior. El sudor de la noche. El miedo que ya se fue. Muerdo. Chupo. Dejo una marca. Quiero que le duela. Quiero que se toque el cuello mañana en la ducha y sienta dónde estuve yo. Quiero que no pueda olvidarlo.

Sus manos en mi cintura. Las mías bajan por su pecho, su vientre, hasta encontrar su erección. La toco. La siento. Dura, caliente, vibrándome en la mano. La acaricio. Despacio. De arriba abajo. Él gime. Me gusta cuando gime. Me gusta saber que lo hago temblar.

—Ahora —dice.

—¿Ahora qué?

—Ahora tú.

Me incorporo. Me siento sobre él. Su mirada sigue la mía. Sus manos en mis caderas me sostienen sin empujarme. El ritmo lo pongo yo. Me bajo despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo entrar, sintiéndome abrir para él. No habíamos hecho esto desde la noche del escritorio. Desde antes de que todo se rompiera. Su cuerpo recuerda el mío. El mío recuerda el suyo.

—Así —dice.

—Callado.

Me muevo arriba. Lento al principio. Una danza. Una caricia. Mis caderas rotan sobre las suyas. Él cierra los ojos. Abre la boca. Un gemido se escapa. Me gusta. Acelero un poco. No demasiado. Quiero que dure. Quiero que se acuerde de cada segundo.

Sus manos suben por mi espalda. Me agarran los hombros. Me acercan a él. Su boca encuentra mis pechos. Los besa. Los lame. Los muerde. Yo tiro de su pelo. Él gime contra mi piel.

—Más rápido —pide.

—No.

—Por favor.

—No.

Él empuja las caderas hacia arriba. Entra más hondo. Grito. Él sonríe.

—Así que quieres jugar —digo.

—Siempre.

Me bajo de él. Me doy vuelta. Boca abajo. Apoyo las manos en la cama. Levanto la cadera. Le ofrezco mi espalda, mi trasero, mi entrada. Quedo de rodillas, sujeta por mis brazos, esperando. Él se pone detrás de mí. Lo siento. Su mano en mi cadera. La otra guía su erección. Entra de golpe. Grito. Esta vez no lo contengo.

—Así —dice él ahora.

—Sí. Así.

Empuja. Una vez. Otra. Otra. Sus dedos buscan mi clítoris. Lo encuentran. Lo acarician al ritmo de sus embestidas. Las dos sensaciones mezcladas. Dentro y fuera. Dentro y fuera. El placer crece. Se acumula en mi vientre, en mi pecho, en la garganta que no puede gritar porque estoy mordiendo la almohada.

—Mírame —dice.

Me da vuelta la cabeza. Me mira desde atrás. Sus ojos. Siempre sus ojos.

—Voy a llegar —digo.

—Espera.

—No puedo.

—Espera.

Para de mover los dedos. Sigue dentro de mí, duro, caliente, pero no se mueve. Me deja al borde. Tiemblo. Me duele no llegar. Me duele esperar. Pero espero. Agarro las sábanas. Cierro los ojos. Respiro hondo.

—Ahora —dice.

Empieza a moverse otra vez. Sus dedos vuelven a mi clítoris. El ritmo es más rápido ahora. Más duro. La cama golpea contra la pared. La cabecera golpea. Mi cabeza no piensa. Solo siente. Llego. Grito. Su nombre. "Sebastian." El cuerpo se me tensa entero. Los dedos de los pies se me curvan. La boca se me abre. Él sigue. No para. Me agarra la cadera con más fuerza. Empuja más hondo. Llega también. Grita. Mi nombre. "Valentina." Se deja caer sobre mí. Su peso. Su calor. Su respiración en mi nuca.

Después, el silencio.

No el silencio de la pelea. No el silencio de la duda. Es otro. Más parecido a la paz. Su brazo alrededor de mí. Mi cabeza en su pecho. Su corazón late despacio. El mío también.

—¿Otra? —pregunta.

—Dame cinco minutos.

—Te doy toda la vida.

Cierro los ojos. Sonrío.

Pero los cinco minutos no llegan. Él se levanta. Me toma de la mano. Me lleva al baño. Abre la ducha. El agua cae caliente. El vapor empieza a llenar el cuarto.

—No puedo esperar cinco minutos —dice.

—¿Tan desesperado estás?

—Por ti, siempre.

Entramos. El agua nos moja. Primero su espalda. Después mi pecho. Después todo. Me pone contra el azulejo. El frío del azulejo contrasta con el calor del agua. Él se pega a mí. Su cuerpo contra el mío. Su erección contra mi vientre.

—¿Otra vez? —pregunto.

—Otra vez.

Me da vuelta. Quedo de frente al azulejo. Apoyo las manos en la pared. Él entra desde atrás. No es brusco esta vez. Es despacio. Es profundo. El agua cae sobre nosotros. El vapor nos envuelve. Sus manos recorren mi cuerpo. Mis pechos. Mi vientre. Mi clítoris.

—Así —digo.

—¿Así?

—Sí.

Su ritmo es lento. Una caricia líquida. El agua corre por mi espalda. Por su pecho. Por donde estamos juntos. Llegamos despacio. Los dos al mismo tiempo. No es un grito. Es un suspiro. Es la piel erizándose. Es el cuerpo que se rinde.

Apaga el agua. Salimos. Nos seca él. Primero mi espalda. Después mis brazos. Mis piernas. Me levanta la cara con un dedo debajo de la barbilla. Me seca las mejillas. No sé si es agua o lágrimas.

—¿Lloraste? —pregunta.

—No sé.

—¿Estás bien?

—Nunca estuve mejor.

Nos vestimos en silencio. Él busca una camisa nueva en su armario. Yo abro el mío y saco una camisa blanca, limpia, la que uso para las reuniones importantes. Hoy va a ser un día importante.

El despertador suena. Las ocho.

—Hay que ir —dice.

—Lo sé.

—¿Lista?

—No. Pero vamos.

En la puerta, me agarra de la mano. Me para.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada. Solo quería mirarte un segundo más.

—Vamos a llegar tarde.

—Que lleguen ellos.

Me besa. No es el beso de la cama. No es el beso de la ducha. Es otro. Más parecido a una promesa.

—Te quiero —dice.

—Yo también te quiero.

Salimos. El ascensor. El lobby. La calle. Aldenvera está gris. El cielo está nublado.

—¿Qué va a pasar hoy? —pregunto.

—No lo sé.

—¿Va a estar Rodrigo?

—Sí.

—¿Isabel?

—También.

—¿Vas a estar tú?

—Sí.

—¿Y yo?

—Siempre.

Caminamos hacia el auto. La ciudad sigue. El mundo sigue. Nosotros también.

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