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Capítulo 49: El mensaje

last update Fecha de publicación: 2026-07-06 02:04:59

POV: Sebastian

Estoy en la calle cuando el teléfono vibra otra vez.

No lo miro. Sigo caminando. Hacia el departamento. Hacia ella. O eso creía.

Pero mis pies se detienen antes de cruzar la siguiente esquina.

¿Adónde voy? ¿Al departamento? ¿A abrazarla mientras su mundo se quema? ¿A decirle que lo siento, que la perdono, que vuelvo? ¿A mentirle?

No sé si puedo perdonarla. No sé si podemos resolver lo nuestro. No sé nada.

Pero sé que está sola. Y que Rodrigo la está destruyendo. Y que yo tengo información que puede ayudar. Tengo los mensajes. El número que me escribió. La prueba de que alguien manipuló esto. La prueba de que Rodrigo no solo filtró la carpeta, sino que orquestó todo.

Podría llamar a Peralta. Pasarle los datos. Que él los use en el directorio.

Pero también podría ir yo mismo. Aparecer en el Grupo Monteclair. Enfrente de todos. Decir que el matrimonio es real. Que lo que vino después del contrato fue verdad. Que la lista no define lo que somos.

No sé si eso va a ayudar. No sé si alguien va a creerme.

Pero no puedo quedarme aquí parado en la vereda, mirando el edificio del hotel, sin hacer nada.

Saco el teléfono.

Abro el chat con Valentina.

Sus mensajes. Los últimos.

"Vuelve. Por favor."

"Fue real. Es real."

"Desde las dos tazas."

Mis dedos dudan sobre el teclado.

El sol me da en la cara. La gente pasa a mi lado. Alguien me mira raro. Un hombre con traje, parado en medio de la vereda, mirando un teléfono como si fuera la única cosa que importa en el mundo.

Tal vez lo es.

Escribo. Borro. Escribo. Borro.

No puedo decirle te quiero. No sería verdad. Todavía no. El dolor es más fuerte que el amor en este momento. O tal vez son la misma cosa. No lo sé.

No puedo decirle te perdono. Eso sería mentir. No la perdono. No sé si voy a poder perdonarla algún día.

Pero puedo decirle la verdad.

Escribo:

"Vi la noticia. No sé si puedo perdonarte. No sé si podemos resolver lo nuestro. Pero no voy a dejar que enfrentes esto sola. Voy hacia el Grupo. Nos vemos allá."

Leo el mensaje. Una vez. Dos. Tres.

Es honesto. No promete nada que no pueda cumplir. No miente. No dice te quiero ni vuelvo a casa. Solo dice que no va a dejarla sola.

Eso es lo único que sé con certeza.

Envío.

El mensaje sale.

Miro la pantalla. Los tres puntos. Está escribiendo.

Aparecen. Desaparecen. Aparecen.

Mi corazón late rápido. ¿Qué va a decir? ¿Que no vaya? ¿Que no quiere verme? ¿Que se ocupe de mis cosas?

Los tres puntos desaparecen.

No llega nada.

Me quedo mirando la pantalla un minuto. Dos. Nada.

Guardo el teléfono. No puedo esperar. No puedo quedarme parado viendo si responde.

Camino. No hacia el departamento. Hacia el centro. Hacia el edificio del Grupo Monteclair.

No sé qué voy a decir cuando llegue. No sé si voy a entrar. No sé si voy a ser útil o voy a estorbar.

Pero voy a estar ahí.

Eso es lo único que sé.

El camino es largo. Veinte cuadras. O treinta. No importa. Necesito caminar. Necesito pensar.

Repaso lo que sé. Los mensajes del número anónimo. Las dos entregas. La primera con la lista. La segunda con la frase. Las provocaciones. Los intentos de que no vuelva.

Todo apunta a Rodrigo. Pero no tengo pruebas. Solo tengo mi palabra. Y la palabra de un esposo ofendido no es suficiente para un directorio.

Puedo declarar que el matrimonio es real. Que lo que siento por Valentina es real. Que la lista fue el principio, pero no el final.

Eso es verdad.

No toda la verdad. Porque la lista duele. Porque la frase duele. Porque no sé si puedo perdonarla.

Pero el directorio no necesita saber eso. El directorio necesita saber que el contrato no fue una farsa. Que hubo algo real después.

Y eso puedo decirlo sin mentir.

Cruzo una avenida. El semáforo está en rojo. Espero. La gente se acumula a mi alrededor. Todos miran sus teléfonos. Todos están en otro lado.

Yo también. Mi cabeza está en el piso quince. En la sala de juntas. En ella.

El semáforo cambia. Cruzo.

El edificio del Grupo Monteclair está a cinco cuadras. Lo veo. Vidrios negros. Logo en la entrada. El mismo edificio donde ella me rechazó hace dos años. Donde empezó todo.

Voy a volver a entrar.

Pero esta vez es diferente.

Esta vez no voy a pedir nada. No voy a proponer una fusión. No voy a negociar.

Voy a estar.

El teléfono vibra.

Miro.

Valentina.

No es un mensaje largo. Es una sola línea.

"Estoy yendo."

Me detengo en medio de la vereda.

"¿Adónde?"

"Al Grupo. Peralta me necesita. Rodrigo convocó a los directores."

"Yo también voy."

"Lo sé. Me dijiste."

"¿Vas a estar bien?"

Silencio.

"No. Pero voy a estar."

Guardo el teléfono.

Sigo caminando.

Ella va hacia el Grupo. Yo también. Nos vamos a encontrar ahí. En medio del desastre.

No sé si vamos a resolver algo. No sé si vamos a hablar. No sé si voy a poder mirarla sin que duela.

Pero vamos a estar juntos.

Eso es algo.

Tiene que ser algo.

Llego al edificio.

La fachada de siempre. Los vidrios negros. El logo en la entrada. Los guardias de seguridad. La recepcionista que me conoce porque fui varias veces. La que me ve entrar y pone cara de no sé si debería dejarlo pasar.

—Sebastian Varel —digo—. Vengo a ver a Valentina Monteclair.

—¿Está esperándolo?

—No. Pero voy a esperarla.

La recepcionista duda. Hace una llamada. Habla en voz baja. Asiente.

—Puede pasar. La sala de juntas está en el piso quince. La señora Monteclair llegó hace diez minutos.

—Gracias.

Camino hacia el ascensor. Las puertas se abren. Entro. Miro los botones. Quince.

Las puertas se cierran.

El ascensor sube.

Piso dos. Piso tres. Piso cuatro.

Mi corazón late más rápido de lo normal. O más lento. No sé.

Piso ocho. Piso nueve. Piso diez.

En unos segundos voy a verla.

No sé qué voy a decirle.

No sé si voy a abrazarla o voy a quedarme a un metro de distancia.

No sé si voy a poder mirarla a los ojos.

Piso doce. Piso trece. Piso catorce.

El ascensor se detiene.

Puertas abiertas.

Piso quince.

Salgo.

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