تسجيل الدخولValeria Smith no se enamora. Negocia, provoca y gana. A sus veintiocho años se ha convertido en una de las abogadas más temidas de Manhattan. Sabe que una mirada puede distraer, que un beso puede abrir puertas y que algunos hombres revelan sus mayores secretos cuando creen tener el control. Bruce Fox debería ser uno más. Arrogante, irresistible y heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de Nueva York, está acostumbrado a que todas las mujeres deseen algo de él. Pero Valeria no quiere su dinero ni su apellido. Quiere aquello que solo él puede darle. Acercarse a Bruce debía ser sencillo: despertar su interés, ganarse su confianza y marcharse antes de que descubriera sus verdaderas intenciones. El problema es que Bruce no piensa dejarla escapar. Y cuando Héctor Fox, su poderoso padre, también pone los ojos sobre ella, Valeria queda atrapada entre dos hombres acostumbrados a poseer todo cuanto desean y una familia llena de secretos que jamás debieron salir a la luz. Cada beso será una provocación. Cada caricia esconderá una mentira. Y cada noche juntos acercará a Valeria al momento que lleva años esperando. Pero en un juego donde todos ocultan algo, enamorarse puede convertirse en la traición más peligrosa. Porque Bruce Fox está dispuesto a descubrir quién es realmente Valeria Smith. Y ella no puede permitir que lo haga.
عرض المزيدMi nombre es Valeria Smith y el abogado sentado frente a mí lleva cuarenta segundos
mirando mis piernas y once minutos perdiendo la empresa de su cliente. A estas alturas debería haberse dado cuenta de que ambas cosas están relacionadas. Tengo veintiocho años, soy abogada especializada en fusiones y adquisiciones y vivo en Nueva York, la Gran Manzana. Una ciudad capaz de hacerte creer que eres dueña del mundo por la mañana y recordarte, antes de la cena, que siempre existe alguien esperando verte caer. Mi trabajo se parece bastante. Las grandes operaciones empresariales continúan siendo un territorio dominado por hombres. Hombres con trajes hechos a medida, relojes de seis cifras y la irritante costumbre de creer que una mujer joven ha entrado en la sala para servir café o tomar notas. Si pestañeas, te devoran. El problema para ellos es que suelo verlos primero. El abogado vuelve a bajar la mirada cuando cruzo las piernas bajo la mesa. El movimiento abre unos centímetros la falda negra sobre mi muslo y provoca que pierda el hilo de la frase que estaba pronunciando. —Como decía, mi cliente no está dispuesto a... Se detiene. Espero. El silencio hace que levante los ojos hasta mi rostro. Primero se queda en mi boca. Después en los ojos verdes que mi madre solía llamar demasiado claros para guardar secretos. Finalmente, contempla mi cabello oscuro, suelto sobre los hombros y cayendo hasta mi cintura. Tarda demasiado en recordar dónde estaba. Su cliente lo mira con irritación. Yo deslizo la punta de mi zapato por el suelo y dejo que el tacón golpee una sola vez contra el mármol. El sonido es limpio, preciso. Mil doscientos cincuenta dólares de cuero italiano y doce centímetros de aguja. Una cantidad absurda para unos zapatos, según mi contable. Una inversión razonable, según los hombres que suelen escuchar cómo se acercan antes de verme entrar. El socio más joven del bufete contrario me recibió esa mañana con una carpeta abierta entre las manos. Cuando levantó la vista, sus ojos recorrieron mis tacones, mis piernas, la curva de mis caderas y la blusa color marfil que llevaba cerrada un botón menos delo habitual. Se quedó tan ocupado intentando disimular que dejó caer dos
documentos. Uno de ellos contenía la cláusula que ahora iba a costarle la empresa a su cliente. La belleza puede ser una distracción muy rentable cuando los hombres insisten en confundirla con debilidad. Siempre se me dieron bien los estudios. También los números. Los balances no mienten, aunque las personas que los presentan lo hagan constantemente. Una deuda escondida, una firma colocada en el documento equivocado o una transferencia que alguien creyó enterrada pueden contarme mucho más sobre un hombre que una cena de tres horas. Mi expediente académico construyó mi carrera. Mi aspecto consiguió que algunos adversarios bajaran la guardia. Mi actitud fue lo que terminó de volverme peligrosa. Pero esa parte llegó después. Después de aquel día. Después de él. Durante un instante, el olor de la colonia del empresario sentado frente a mí cambia el aire de la sala. No es la misma fragancia, pero se parece lo suficiente. El cuero de la silla desaparece bajo mis dedos y noto tierra húmeda contra las rodillas. Escucho unas risas alejándose. Veo fuego entre los árboles y una camisa masculina abierta en mitad de la oscuridad. Clavo las uñas en la palma de mi mano. Una respiración. Dos. El cristal de los ventanales me devuelve la imagen que necesito reconocer: la espalda recta, los labios pintados de rojo oscuro, la piel aceitunada y una figura que ningún temblor consigue traicionar. El cabello continúa perfectamente colocado. Mi expresión también. Celeste queda sepultada otra vez. Pero no nos adelantemos. Volvamos al presente. El hombre sentado al otro lado de la mesa lleva once minutos sudando.Una gota le nace junto a la sien y desaparece bajo el cuello de su camisa. El aire
acondicionado mantiene la sala a diecinueve grados, de modo que el calor no tiene la culpa. Tampoco la corbata. Lo que le impide respirar son las seis hojas colocadas delante de él. En la última aparece su firma. —No voy a venderte mi empresa. Observo el reloj. Son las cuatro y cincuenta y tres de la tarde. —Entonces no la vendas. Mi respuesta lo desconcierta. Esperaba una discusión, una amenaza o que intentara convencerlo. Los hombres como él necesitan creer que todavía controlan la negociación, incluso cuando todo ha terminado. Cierro la carpeta y deslizo otra hacia el centro de la mesa. —Puedes rechazar mi oferta y esperar a que el banco retire mañana la línea de crédito. Cuando eso ocurra, tus proveedores exigirán el pago de las facturas pendientes, tus accionistas conocerán la demanda que llevas tres meses ocultándoles y tu director financiero entregará la carta de renuncia que guarda en mi despacho. Su rostro pierde color. —Eso es una amenaza. —Es lo que ocurrirá cuando salgamos de esta sala. Su abogado interviene, quizá intentando recuperar la dignidad que dejó caer junto con aquellos documentos. —No puedes estar segura de que el banco... —Página treinta y siete. Abre el contrato. Busca la cláusula y deja de hablar. El empresario me observa como si acabara de comprender que mientras él miraba mis piernas yo estaba desmontando su vida. —Eres una zorra. He escuchado palabras peores en habitaciones mucho más oscuras. Me inclino sobre la mesa. Su mirada baja hacia mi escote y permanece allí un segundo. Es suficiente para que yo acerque el contrato hasta sus manos. —Puedes llamarme como quieras. A las cinco, tu empresa seguirá siendo mía.Firma a las cuatro y cincuenta y ocho.
Cuando salgo de la sala, mi asistente me entrega el teléfono y una invitación impresa sobre cartulina negra. El sello dorado de Fox Corporation brilla bajo las luces del pasillo. La gala anual de la compañía se celebra esa misma noche. Camino hacia mi despacho y los tacones anuncian cada uno de mis pasos. Dos hombres interrumpen su conversación cuando paso entre ellos. Uno mira mi rostro; el otro tarda varios segundos más en apartar los ojos de mis piernas. No vuelvo la cabeza. Abro en el teléfono la fotografía que llevo diez años intentando no contemplar durante demasiado tiempo. Héctor Fox sonríe frente a la cámara con una mano apoyada sobre el hombro de su hijo. Bruce Fox. Treinta años. Empresario. Soltero. La mandíbula marcada, los ojos oscuros y la clase de boca que probablemente había conseguido demasiadas cosas sin necesidad de pedirlas dos veces. Incluso en una fotografía transmitía esa seguridad propia de los hombres que siempre han tenido un apellido capaz de abrir todas las puertas. Atractivo hasta resultar inconveniente. Y la única puerta que todavía permanecía abierta entre su padre y yo. Paso el pulgar por el rostro de Bruce antes de bloquear la pantalla. Había necesitado diez años para construir a Valeria Smith. Aquella noche iba a descubrir si también era capaz de utilizarla para destruirlos.Bruce llega a las ocho en punto.Amaia abre la puerta mientras yo termino de colocarme un pendiente.—Está en el dormitorio —le dice—. Y antes de que preguntes, sí, se ha puesto el vestido.—No iba a preguntar.—Claro.Escucho los pasos de Bruce acercándose por el pasillo.Me vuelvo hacia la puerta.Se detiene.El vestido de Héctor se adapta a mis caderas y cae hasta el suelo como metal líquido. La espalda permanece descubierta. Dos tiras muy finas mantienen el escote en su sitio y una abertura lateral deja al descubierto mi pierna cuando camino.Bruce recorre mi cuerpo con la mirada.Despacio.Sin ocultar la irritación ni el deseo.—Di algo —pide Amaia.—Estoy pensando.—No parece.Bruce entra en el dormitorio y cierra la puerta delante de ella.—Qué educado —dice Amaia desde el pasillo.Sus pasos se alejan.—Te advertí sobre el vestido —murmura Bruce.—Y yo te advertí sobre los celos.Se acerca por detrás. Nuestros cuerpos quedan reflejados juntos en el espejo.Bruce lleva un esmoqu
Bruce aparece en mi apartamento a las seis de la tarde con comida, una botella de vino y una lista de preguntas.Scot lo recibe en la entrada.Mi gato se frota contra su pantalón y permite que Bruce lo acaricie detrás de las orejas.—Traidor —murmuro.—Tiene buen gusto.—Se acerca a cualquiera que traiga comida.—Entonces tenemos algo en común.Bruce deja las bolsas sobre la encimera. Lleva pantalones oscuros, camisa blanca y las mangas remangadas. Sin chaqueta parece menos empresario y más hombre.Eso complica las cosas.—Tenemos que preparar nuestra historia —dice.—Pensaba que tus abogados también podían inventarla.—Quiero recordar la misma mentira que tú.La palabra queda suspendida entre nosotros.—Será una experiencia nueva para ti —añado.Bruce abre el vino.—Primera cita.—Un restaurante italiano.—Demasiado obvio.—Tu primera propuesta fue fingir una relación.—Y aceptaste.—Por compasión.—Por acceso.Mi mano se detiene sobre una copa.Bruce lo ha dicho sin mirarme, ocupado
Cierro la carpeta.—No.Bruce toma asiento frente a mí.—Ni siquiera lo has leído.—No necesito leer treinta páginas para saber que no pienso convertirme en tu novia porque un fotógrafo consiguió una imagen comprometida.Daniel permanece junto a la puerta.—La imagen ya ha provocado que dos inversores pidan explicaciones —dice—. Si presentamos la relación como algo estable, la discusión del restaurante deja de parecer una pelea entre Héctor y Bruce por una mujer desconocida.—¿Y en qué se convierte?—En un padre invadiendo una cena privada con la pareja de su hijo.La idea es inteligente.Demasiado inteligente para rechazarla sin estudiarla.Vuelvo a abrir la carpeta.ACUERDO PRIVADO DE REPRESENTACIÓN PERSONAL. DURACIÓN: TREINTA DÍAS.—¿Habéis redactado esto durante la noche?—Mis abogados trabajan rápido —responde Bruce.—Tus abogados escriben como si esperaran que demandara a alguien.—Probablemente porque te conocen.Continúo leyendo.Deberemos aparecer juntos en tres eventos empre
—Valeria.La voz de Bruce me alcanza antes de llegar a la entrada del edificio.No me vuelvo.Introduzco la mano en el bolso buscando las llaves, aunque el portero ya ha abierto la puerta al verme acercarme.—He dicho que esperes.Sus pasos se aproximan por la acera.—Y yo he decidido no hacerlo.Bruce me alcanza y se coloca delante de mí. Continúa sin chaqueta. Lleva la camisa arrugada, una mancha de vino sobre el puño y la furia todavía marcada en el rostro.—No firmé ese documento.—Eso ya lo dijiste en el restaurante.—Y tú no me creíste.—Tu nombre estaba debajo.—También estaba el sello de mi padre.—¿Pretendes que crea que Héctor falsificó tu firma y después guardó el documento durante diez años esperando poder enseñármelo?—Pretendo que no decidas que soy culpable solo porque él te mostró exactamente lo que querías encontrar.La frase me hace detenerme.—No sabes lo que quiero encontrar.—Sé que aceptaste cenar con mi padre para conseguir información sobre mí.—Tú me investiga
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