El regreso de la heredera perdida

El regreso de la heredera perdida

last updateDernière mise à jour : 2026-11-04
Par:  Nighties Mis à jour à l'instant
Langue: Spanish
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Mi esposo llevó a su primer amor a casa para que le diera el hijo que yo no podía darle. Me quedaban seis meses de vida. Así que, cuando Declan Whitlock me dijo que dejara de hacer dramas y aceptara a la mujer que llevaba en su vientre a su heredero, no discutí. Simplemente me fui. Dejé a mi esposo de ocho años, la mansión donde había pasado años intentando ser lo suficientemente buena para él e incluso renuncié a mis derechos sobre mi hija. Creía que me marchaba para morir en silencio, pero nunca imaginé que el coche que me atropelló aquella noche me conduciría de vuelta a la familia que había perdido durante mi infancia… una familia cuya existencia ni siquiera conocía. Una familia que llevaba años buscándome. Tres años después, regresé a la ciudad como Celine Bellamy, la hija desaparecida de una de las familias más poderosas del mundo. Declan fue la primera persona que vi. El hombre que antes ni siquiera me dedicaba una segunda mirada ahora no podía apartar los ojos de mí. Quería recuperar a su esposa. Mi hija quería recuperar a su madre. Su familia quería que los perdonara. Pero todos habían llegado demasiado tarde. Porque la mujer que se marchó aquella noche estaba desesperada por recibir amor. La mujer que regresó ya no necesitaba que nadie la eligiera. Y esta vez, sería yo quien decidiría quién merecía tener un lugar en mi vida.

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Chapitre 1

Medio año

Punto de vista de Celine

—Me quedan seis meses de vida.

Pronuncié aquellas palabras en voz alta en el asiento trasero vacío del taxi, solo para escuchar cómo sonaban. Amargas. Metálicas. Como la sangre que me había subido por la garganta tres días atrás, cuando un mareo me hizo caer de rodillas.

El conductor me miró por el retrovisor, probablemente preguntándose si estaba ensayando un papel para una obra de teatro o si había perdido la razón. No me importaba. El sobre de papel marrón del Hospital Memorial Central descansaba sobre mi regazo, conteniendo la noticia que acababa de poner mi mundo patas arriba.

Glioblastoma cerebral agresivo. Etapa cuatro. Riesgo de cirugía: mortal. Esperanza de vida estimada: de tres a seis meses.

Seis meses. Apenas me alcanzaría para ver caer las hojas del otoño, y mucho menos para reparar ocho años de un matrimonio destrozado.

Cuando el taxi llegó a la mansión Whitlock, la llovizna se había convertido en una neblina fría y persistente. Subí los escalones de mármol con los dedos entumecidos, manteniendo el informe médico escondido dentro de mi gabardina.

Lo único que quería era ver a Declan.

Necesitaba mirarlo a los ojos, escuchar su voz familiar y decirle que me estaba muriendo. Tal vez el muro que había levantado entre nosotros durante los últimos ocho años finalmente se resquebrajaría. Tal vez el hombre que una vez deslizó un anillo de flores silvestres en mi dedo, detrás de la biblioteca de nuestra universidad, volvería a abrazarme y me diría que no tenía que enfrentar aquello sola.

Empujé las puertas y entré.

—Llegas tarde.

Caroline Whitlock estaba en lo alto de la escalera, con una mano apoyada en la barandilla. Llevaba su habitual conjunto de seda y sus perlas, que brillaban bajo la lámpara de araña. Su mirada pasó de mi abrigo húmedo a mis botas planas de cuero, y su expresión se endureció en señal de desaprobación.

—Madre —dije en voz baja, inclinando la cabeza por costumbre—. El tráfico cerca del hospital...

—No me importa el tráfico. —Bajó las escaleras, haciendo resonar los tacones contra los escalones—. El personal de cocina preparó el té de la tarde hace cuarenta minutos. El Earl Grey está frío, Celine. Sabes perfectamente que Declan tiene el estómago delicado, pero tú andas de un lado a otro mientras esta casa se cae a pedazos por tu negligencia. Llevas ocho años viviendo bajo nuestro techo y todavía te comportas como una vagabunda recogida de la calle.

Apreté el bolso con más fuerza. El sobre que llevaba dentro crujió contra mis costillas.

—Lo siento. Tenía una cita.

—¿Una cita? —Caroline se detuvo al pie de la escalera y me miró por encima de la nariz—. A menos que fuera con un especialista en fertilidad para que por fin le des un heredero a esta familia, no tenías ningún motivo para abandonar la propiedad. Pero ambas sabemos que tu vientre es tierra estéril, ¿verdad? Una niña. Hace siete años. Y nada más desde entonces.

Sus palabras apenas me dolían ya. Las había escuchado tantas veces durante los últimos ocho años que se habían vuelto familiares.

Cuando di a luz a Elsie, soporté veintidós horas de parto. Aquello casi me destruyó, y los médicos me advirtieron que otro embarazo podría costarme la vida. A Caroline no le había importado entonces, y tampoco le importaba ahora. Para ella, una hija era una moneda de cambio. Un hijo era un legado.

Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió a mis espaldas.

Una ráfaga de aire frío invadió el recibidor, trayendo consigo el aroma familiar de la madera de cedro, el tabaco y el jazmín.

Mi corazón dio un vuelco.

Declan entró, alto y de hombros anchos, vestido con un abrigo negro. La lluvia se adhería a su cabello oscuro, y su rostro conservaba la misma expresión indescifrable a la que me había acostumbrado con los años.

Pero no estaba solo.

Natasha Cooper caminaba a su lado, protegida bajo su paraguas.

Parecía como si el mal tiempo no la hubiera afectado en absoluto. Se sacudió la humedad de la bufanda de cachemira. Su piel seguía impecable y sus labios lucían un suave tono rosado. Había en ella una naturalidad que yo nunca había tenido, la seguridad de alguien que siempre había sido deseada.

Era el amor de la infancia de Declan, la hija de la dinastía Cooper y la mujer que Caroline siempre había querido para su hijo.

—¡Declan! —El tono áspero de Caroline cambió al instante—. ¡Natasha, querida, están empapados! ¿Por qué no dejaste que el chófer trajera el coche más grande?

—La clínica estaba cerca, madre —respondió Declan.

Se quitó el abrigo y se lo entregó al mayordomo que esperaba, sin siquiera mirarme.

—Declan —lo llamé, esforzándome por mantener la voz firme.

Sus ojos oscuros finalmente se posaron en mí. No había calidez en ellos, solo la irritación cansada de un hombre que había regresado a casa para encontrarse con otra obligación.

—Estás en casa —dijo sin emoción—. Bien. Tenemos que hablar en el despacho.

—Yo también necesito hablar contigo. —Me acerqué, extendiendo la mano hacia su manga—. Por favor. Solo cinco minutos a solas. Hay algo que debo contarte.

Natasha me dedicó una sonrisa compasiva que no llegó del todo a sus ojos.

—Celine, estás terriblemente pálida. Declan ha tenido un día muy largo en la reunión de la junta directiva y después tuvo que acompañarme a la clínica privada. Nos llevó horas. Deja que se siente a descansar primero.

¿Acompañarla a la clínica?

La habitación pareció inclinarse. Un dolor palpitante se extendió detrás de mis sienes, y la lámpara de araña se volvió borrosa sobre mi cabeza. Me llevé una mano a la frente y me apoyé contra la pared hasta que el mareo pasó.

—Ven al despacho, Celine —repitió Declan.

Su tono dejaba claro que no pensaba pedírmelo una segunda vez. Se dio la vuelta y caminó por el pasillo, con los zapatos resonando contra el suelo.

Lo seguí, con el sobre presionándome el costado.

Díselo de una vez, me dije. Enséñale las pruebas médicas. Dile que te quedan seis meses. Pregúntale si alguna vez te amó de verdad.

El despacho estaba en penumbra y olía a papel viejo y a la colonia de Declan. No se sentó detrás de su escritorio. En cambio, se desabrochó los puños de la camisa y colocó una carpeta azul claro sobre el tapete de cuero.

—Revísalo.

Habló sin mirarme mientras se servía un vaso de whisky.

Mis manos temblaban cuando me acerqué al escritorio y abrí la carpeta.

Acuerdo de gestación subrogada y tutela legal.

Leí las primeras líneas, pero el lenguaje jurídico se volvió confuso. Entonces, algunas palabras captaron mi atención.

Primera parte contratante: Declan Whitlock.

Madre subrogada / madre biológica: Natasha Cooper.

Transferencia de la custodia exclusiva al hogar Whitlock tras el nacimiento de un varón.

Por un instante, no pude respirar.

—¿Qué es esto? —susurré.

Hasta a mí me resultó extraña mi propia voz.

Declan tomó un sorbo de su bebida. Parecía completamente tranquilo, como si acabara de entregarme un documento comercial de rutina.

—Es la única solución lógica, Celine. —Dejó el vaso sobre la mesa—. Madre no ha dejado de presionarme. La junta directiva está cuestionando la línea de sucesión, y mi tío ya está buscando la manera de diluir mi participación accionaria si no tengo un heredero. Sabes que tu cuerpo no puede soportar otro embarazo. Los médicos lo dejaron claro después de que naciera Elsie.

—Entonces tú... —Apreté los papeles entre los dedos—. ¿Acudiste a Natasha? ¿Fuiste a buscar a tu primer amor para que llevara a tu hijo en su vientre?

—Natasha se ofreció voluntariamente —respondió con frialdad—. Su familia tiene una reputación impecable, su historial genético está limpio y madre está totalmente de acuerdo. Esta tarde fuimos a ver al especialista para iniciar el ciclo preliminar.

—¿Ella se ofreció voluntariamente?

Se me escapó una risa amarga. Las lágrimas me nublaron la vista mientras sostenía los documentos.

—¡Declan, soy tu esposa! ¡Llevamos ocho años casados! He lavado tu ropa, me he ocupado de esta casa y he soportado los insultos de tu madre todos los días. ¿Y ahora vas a traer a otra mujer a nuestras vidas para que lleve a tu hijo?

—¡No va a meterse en mi cama!

Su voz se elevó mientras cruzaba la distancia que nos separaba. Me agarró de la muñeca y me sujetó con fuerza.

—Es un procedimiento de fecundación in vitro. Puramente clínico. Puramente legal. ¡Estoy haciendo esto para proteger tu posición en esta familia, Celine! ¿Es que no lo entiendes? Si madre se hubiera salido con la suya, te habría obligado a divorciarte de mí hace tres años. Te mantuve aquí. Te di el apellido Whitlock, el estatus y la seguridad.

—¿La seguridad?

Lo miré fijamente, intentando comprender cómo podía decir aquellas cosas como si fueran regalos.

—¿La seguridad de que me traten como a una criada interna? ¡Declan, mírame!

Intenté soltarme. Con la otra mano, busqué dentro de mi gabardina el sobre del hospital.

—¡No necesito tu seguridad! Declan, estoy enferma. Hoy fui al médico y me dijeron que...

—¡Basta!

Me soltó la muñeca con un movimiento impaciente de la mano, interrumpiéndome antes de que pudiera sacar el informe.

—Cada vez que tenemos que hablar de algo práctico para esta familia, montas una escena e inventas excusas. —Se dio la vuelta y se frotó el puente de la nariz—. Siempre estás cansada. Siempre estás pálida. Siempre te duele la cabeza. Estoy harto de tus dramas infantiles, Celine. Madre ha sacrificado todo por la continuidad de este linaje, y Natasha nos está ofreciendo una salida sin destruir nuestro matrimonio.

Caminó hacia la puerta, pero se detuvo con la mano en el pomo.

—Firma el formulario de consentimiento antes de mañana por la mañana. Deja de montar un escándalo por nada e intenta pensar en alguien que no seas tú misma por una vez en tu vida.

La puerta se cerró tras él.

Me quedé sola en el despacho, escuchando la lluvia golpear los cristales. Durante un largo momento, fui incapaz de moverme.

Después, bajé la mano del bolsillo de mi abrigo.

Mis dedos seguían aferrados al informe médico.

Glioblastoma cerebral agresivo. Etapa cuatro.

Esperanza de vida estimada: de tres a seis meses.

Una lágrima resbaló por mi mejilla y cayó sobre el contrato de gestación subrogada, que seguía abierto sobre el escritorio.

Me sequé el rostro y guardé el sobre de nuevo en mi abrigo.

Declan tenía razón en una cosa. Ya no tendría que montar más escenas. No tendría que soportar el odio de su madre, la compasión de Natasha ni su fría indiferencia.

Me quedaban seis meses.

Y, por primera vez en ocho años, comprendí que ni un solo segundo de aquel tiempo le pertenecía a Declan Whitlock.

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