LOGINPOV: Sebastian
El bar está vacío a esta hora.
No del todo. Hay un hombre solo en la barra, mirando su teléfono. Dos mujeres en una mesa del fondo, riendo de algo que no escucho. Pero el mundo entero parece lejano. Como si yo estuviera detrás de un vidrio, mirando desde afuera.
Llevo aquí desde que salí del edificio. Desde que bajé en el ascensor. Desde que dejé a Camila mirándome con los ojos húmedos y a Isabel sonriendo desde el fondo del pasillo.
No pedí nada. El mozo me trajo una cerveza que no toco. Está tibia. O fría. No sé. Todo se siente igual.
El teléfono está sobre la mesa. Boca abajo. No quiero verlo. No quiero ver si Camila escribió otra vez. No quiero ver si Valentina escribió. No quiero ver nada.
Pero la mano me tiembla. Necesito saber.
Doy vuelta el teléfono.
La pantalla está llena de notificaciones.
Tres de Mateo. Dos de números que no conozco. Una alerta de G****e.
Abro la alerta.
"Asamblea extraordinaria del Grupo Monteclair: los directores votan a favor de revisar el liderazgo de Valentina Monteclair. Rodrigo Monteclair asume como presidente interino."
Miro la pantalla.
Presidente interino.
Rodrigo.
Perdió.
Ella perdió.
Bajo el teléfono. Lo subo. Leo la noticia otra vez. Por si en la primera lectura entendí mal. Por si mis ojos vieron lo que no era.
No.
Está bien escrita. Clara. Fría. Como todas las noticias que destruyen vidas.
Rodrigo Monteclair asume como presidente interino.
Ella construyó esta empresa durante diez años. Enfrentó directorios. Cerró acuerdos. Rompió techos de cristal. Dio charlas sobre liderazgo femenino. Inspiró a otras mujeres.
Y ahora, por una lista, por una frase dicha en broma, por un matrimonio que empezó como estrategia, la están sacando.
El hombre que nunca entendió el negocio, que siempre esperó en los márgenes, que usó la traición de la propia amiga de Valentina para conseguir información, ahora está sentado en su silla.
Y yo no hice nada.
Estuve en el pasillo. A diez metros de la sala. Escuché a Isabel. Dejé que me sembrara dudas. Dejé que el miedo ganara. Dejé que ella enfrentara todo sola.
Podría haber entrado. Podría haber dicho que el matrimonio era real. Que lo que sentía era real.
Pero no sabía si era real. No sabía si lo que sentía era amor o era orgullo herido. No sabía si lo que ella sentía era amor o era miedo a estar sola.
Y mientras yo dudaba, Rodrigo actuó. Isabel actuó. Y ella perdió.
Ahora está sola en algún lugar de Aldenvera, sin saber que yo estuve ahí, sin saber que pude haber entrado y no entré, sin saber que Isabel la traicionó.
O tal vez ya lo sabe. Tal vez Camila se lo dijo. Tal vez por eso no responde los mensajes.
El teléfono vibra.
Mateo: "¿Viste la noticia?"
Escribo: "Sí."
Mateo: "¿Vas a hacer algo?"
"No sé."
"Sebastian. Ella perdió. Está sola. Necesita a alguien."
"¿Y si no soy yo ese alguien?"
"¿Quieres que sea otro?"
No respondo.
Mateo: "No puedes cambiar lo que pasó. Pero puedes cambiar lo que viene. Deja de esconderte."
"No me escondo."
"Estás en un bar, solo, mirando el teléfono. Sin hacer nada. Eso es esconderse."
Miro a mi alrededor. El hombre en la barra ya no está. Las mujeres de la mesa del fondo se fueron. Estoy solo.
Mateo tiene razón. Como siempre.
"¿Qué hago?" —escribo.
Mateo: "Ve a buscarla. Háblale. No para salvarla. Ella no necesita que la salven. Pero no la dejes sola."
"¿Y si no quiere verme?"
"¿Y si sí?"
No respondo.
Mateo: "Sebastian. No puedes quedarte ahí para siempre. En algún momento tienes que decidir."
"Ya decidí. No sé si es la decisión correcta."
"Nadie lo sabe. Pero no decidir es una decisión. Y esa es la peor."
Apoyo el teléfono en la mesa.
El bar está más vacío que antes. El mozo me mira. Pregunta si quiero otra cerveza. Digo que no.
Mateo dice que vaya. Camila dijo que entre. Isabel dijo que no la necesitaba.
No sé quién tiene razón.
Pero sé una cosa: no puedo seguir aquí. En este bar. Con esta cerveza tibia. Con esta culpa.
Me levanto. Dejo dinero sobre la mesa. Salgo.
La calle está oscura. Aldenvera de noche es otra ciudad. Más quieta. Más honesta. Las luces de los edificios. El viento frío. Mis pasos en el pavimento.
Camino sin dirección. Hacia el centro. Hacia ninguna parte.
El teléfono vibra otra vez.
No lo miro. Sigo caminando.
Otra vibración.
Otra.
Saco el teléfono. Miro.
Camila: "Sebastian. Valentina salió del edificio. No sé adónde fue. No responde mis mensajes. Está sola. Por favor, si sabe dónde está, vaya. Si no sabe, búsquela."
Valentina salió. No respondió a Camila. Está sola en la ciudad. Como yo.
Podría llamarla. Podría escribirle. Podría buscarla.
Pero no sé qué decir. No sé si quiere escucharme. No sé si después de todo lo que pasó, después de que no entré, después de que la dejé sola, tengo derecho a aparecer.
Otra vibración.
Camila: "Ella lo quiere. Yo sé que lo quiere. Isabel le mintió. No le crea. Por favor, no deje que gane Rodrigo."
Camila cree que todavía puedo hacer algo. Que mi presencia puede cambiar algo.
Tal vez tiene razón. Tal vez no.
Pero caminar no sirve. Dudar no sirve. Quedarme en este bar no sirve.
Decido ir.
No voy al departamento neutral. Ella no va a ir ahí. No después de todo. No después de perder la asamblea, de saber que Isabel la traicionó, de que yo no entré. Ese lugar está lleno de recuerdos que ahora duelen. Las dos tazas. La encimera. La cama donde dormimos juntos.
Va a ir a su departamento de soltera. El que tenía antes del contrato. El que no compartió conmigo. Su lugar. El que nadie más conoce.
Camino hacia allá. Quince cuadras. El edificio es más viejo. Menos lujoso. Más suyo. Más Valentina.
Llego. Las luces del piso están apagadas. No llegó. O llegó y no encendió la luz.
No tengo llave. Nunca tuve. Este lugar nunca fue mío.
Me siento en el escalón de la entrada. El frío de la piedra. La noche. El viento.
Espero.
No sé cuánto tiempo. Cinco minutos. Diez. Una hora.
El frío entra en los huesos. No me importa.
Voy a esperar hasta que llegue. Hasta que me vea. Hasta que decida si me deja entrar o no.
No voy a salvarla. No voy a resolver sus problemas. No voy a decirle que todo va a estar bien.
Pero no voy a dejarla sola.
No otra vez.
POV: ValentinaMeses después. No sé cuántos. No los cuento. Los días ya no pesan como antes.El departamento neutral ya no es neutral. Hay fotos nuestras en la pared. Una de la conferencia de prensa, cuando me tomó la mano frente a todos. Otra del día que volvió a buscarme, cuando me encontró en la puerta de mi edificio después de la asamblea.Libros mezclados en los estantes. Los míos, los suyos. La caja de Sebastian ya no está en el rincón. La usamos para guardar los juguetes de Índice Dow. El póster de Simone de Beauvoir sigue en mi estudio. Él todavía no sabe quién es. Un día le voy a explicar. O no. Tal vez no hace falta.Esta noche él preparó las dos tazas. Como siempre. Las dejó en la mesa. El humo del café sube. La luz de la cocina es tenue. La misma de todas las noches.Pero él no se sienta. Está de pie, apoyado en la encimera, con las manos en los bolsillos. Me mira. Algo tiene.—¿Qué pasa? —pregunto.—Nada.—Mientes.—Un poco.Tomo mi taza. La sostengo con las dos manos. Es
POV: ValentinaEl auto se detiene frente al edificio del Grupo Monteclair. Los vidrios negros. El logo en la entrada. Los periodistas ya no están. La noticia de ayer murió. Hoy hay otras noticias. Siempre las hay.Sebastian apaga el motor. Me mira. Sus manos en el volante. La luz gris de la mañana entrando por el parabrisas.—¿Vas a entrar? —pregunta.—Sí.—¿Quieres que suba?—No. Esto es mío.Me mira un momento. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby del edificio Serrano. Los mismos que nunca me tuvieron miedo. Ahora me miran con algo más. Confianza. La que construimos en estas semanas de mierda. La que ganamos a los golpes.—Te veo en casa —dice.—En casa.Me besa. No es un beso largo. No es un beso de despedida. Es un beso de "vuelve pronto". Un beso de rutina. El mejor tipo de beso. El que no pide permiso. El que solo dice "estoy acá, siempre".Bajo del auto. La puerta se cierra. El auto arranca. Sebastian se va hacia Varel Industries. Su empresa. Su batalla. La mía está
POV: ValentinaDespertamos con su brazo alrededor de mí y mi cabeza en su pecho, el sol entrando por la persiana, pero Sebastian baja la persiana antes de que la luz toque la cama, y la habitación queda a oscuras. No hablamos. No hace falta. Su boca encuentra la mía y es un mordisco en el labio inferior, su lengua, una mano en mi nuca sujetándome. Pero esta vez no me dejo llevar. Lo empujo contra el colchón. Quedo encima de él.—Mío —digo.—Tuyo —responde, y en su voz hay algo que no le escuchaba desde antes de que todo se rompiera. Sumisión. Entrega. No la de un hombre débil. La de un hombre que eligió confiar.Bajo la mirada. Su cuerpo. Su pecho. El vello oscuro. Las costillas que se marcan porque no comió bien estos días. Las ojeras que la oscuridad no puede ocultar. Lo toco. Las manos recorren su piel. Los dedos siguen la línea de su columna hasta la cintura. Él cierra los ojos.—Mírame —digo.Abre los ojos. Me mira. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby del edificio Ser
POV: ValentinaAmanece. No dormimos. Dimos vueltas en la cama, miramos el techo, revisamos el teléfono cada vez que vibraba. Rodrigo no escribió más. Eso es peor. El silencio de Rodrigo es más peligroso que sus amenazas. Cuando habla, se delata. Cuando calla, está tramando.Sebastian se levanta primero. Va a la cocina. Escucho el agua del hervidor. El golpe de las tazas sobre la encimera. Las dos tazas. Como siempre. Como si nada hubiera pasado. Pero todo pasó.Aparece en la puerta de la habitación. Dos tazas humeando. Me ofrece una.—¿A qué hora llamas al proveedor? —pregunto.—En una hora. Es temprano en Brasil, pero no quiero esperar más.—¿Quieres que llame yo?—No. Es mi empresa.—Es nuestra vida.Sebastian me mira. Toma mi mano. La aprieta.—Vamos a resolver esto.—Lo sé.—No finjas que lo sabes. No quiero que finjas.—No finjo. Confío en ti.—Eso es más de lo que yo hice.—Aprendiste. Yo también.El teléfono suena. Sebastian mira la pantalla.—Es Mateo —dice—. Ya averiguó algo.
POV: ValentinaAbro el mensaje."Bien jugado hoy. Pero esto no termina acá. Tengo información sobre Varel Industries. Si quieres que no llegue a los periódicos, habla con tu esposa. Que acepte el resultado. Que se vaya tranquila. Tienes veinticuatro horas. - R"Bajo el teléfono. Miro a Sebastian.—¿Qué información puede tener?—No lo sé. Pero no podemos ignorarlo.—¿Es verdad o es un bluff?—No puedo arriesgarme a que sea verdad.—¿Qué vas a hacer?—Llamar a Mateo. Que investigue. Que hable con sus contactos. Alguien tiene que saber algo.Sebastian marca. Sale al balcón. Habla en voz baja. No escucho las palabras. Escucho el tono. Tensión. Rabia contenida.Vuelve.—Mateo va a averiguar. Pero necesita tiempo.—No tenemos tiempo. Veinticuatro horas.—Entonces usemos esas horas.—¿Para qué?—Para prepararnos. Para que, si la información es real, tengamos una respuesta. Para que, si es un bluff, lo sepamos antes de que termine el plazo.—¿Y si es real?—Entonces caemos juntos. Pero no neg
POV: ValentinaLlegamos al departamento neutral después de la asamblea. Las dos de la tarde. El sol entra por las ventanas. Todo está igual. Las dos tazas en el armario. La encimera vacía. La cama deshecha. El silencio que pesa como una losa.—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Sebastian.—No lo sé. Pero quiero dormir.—Son las dos de la tarde.—No dormí anoche. Tú tampoco.—Es verdad.Me quito los zapatos. La chaqueta. El collar. Dejo todo sobre la mesa. Me siento en la cama. La mía. La que compartimos antes de que todo se rompiera. La que usé sola mientras él estaba en un hotel.Sebastian se queda en la puerta de la habitación. No entra. No se va. Apoya la mano en el marco. La misma posición que tuvo tantas noches cuando no sabíamos si cruzar el pasillo.—¿Te importa si me quedo? —pregunta.—No. Pero no quiero hablar.—Está bien.Se acuesta a mi lado. No me toca. No me mira. Solo está ahí. Como aquella noche después de la conferencia de prensa. Como cuando todo empezó a ser real. Pero es







