MasukLa caja llegó a las diez y cuarto, con el mensajero todavía en el umbral cuando ya la tenía entre las manos. Sin remitente. La cinta de papel marrón cedió con un tirón y el aire de la oficina se llenó de un olor a viejo que no supe nombrar. Dentro, envuelto en seda gris, un libro. La cubierta gastada en las esquinas, la sobrecubierta con una mancha de café que yo misma había dejado ahí una tarde de lluvia, hacía tres años. Lo abrí en la página marcada. Un separador de plata, delgado como una hoja de cuchillo, con una sola palabra grabada. Y una tarjeta.«Algunas cosas las he guardado siempre.»No había firma. No hacía falta.—¿Lo devuelvo, señorita? —preguntó Andrea desde la puerta, con esa voz neutra que usaba cuando algo la inquietaba y no quería admitirlo—. El mensajero dijo que no había dir
Me sequé las palmas en el borde del atril antes de que el moderador me cediera el turno. No había micrófono para mí, solo el del piso, y tuve que inclinarme para alcanzarlo. La sala de prensa olía a café recalentado y a laca para el pelo. Cuarenta periodistas, tres cámaras, y en la primera fila Ricardo, con el saco abierto y el gesto de quien ya ganó el día. —Una pregunta de contexto—dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. En el informe de tesorería de este trimestre aparece una desinversión en la ronda semilla de una empresa de logística, hace tres años y dos meses. ¿Pueden confirmar la fecha exacta? El moderador parpadeó. Ricardo no. —La desinversión se ejecutó el catorce de marzo—contestó él, sin mirar papeles—. Fue una decisión de portafolio. Como todas. —El catorce de marzo—repetí—. Y el anuncio de expansión de su división de transporte salió a bolsa once días después. Con el capital liberado. Un murmullo recorrió la sala. Levanté una hoja im
El lunes lo pasé en Querétaro. No en la ciudad: en el expediente. El director legal cumplió su palabra y la carpeta estaba en mi mesa a primera hora, gruesa, con carpetas por semanas y nombres que no recordaba haber leído. Empecé por el último mes, que era el de los despidos, y leí hasta la hora de comer.El martes lo pasé igual. El miércoles por la mañana, con los ojos ardidos, cerré la carpeta y me dije que el bosque que había visto en la presentación no había sido más que un mareo, que el ámbar del espejo era la luz del baño, que el cuerpo me pedía dormir y no historias. El miércoles por la noche casi me lo creo. El jueves por la mañana ya sabía que mentía. Lo que no sabía era por qué me daba tanto miedo decírmelo.Por eso mandé el mensaje un jueves por la noche, con la mano firme y el corazón en la garganta.Mañana, ocho de la tarde. El restaurante de siempre. Tenemos que hablar.Tardé cuarenta minutos en escribirlo. Lo borré tres veces, lo volví a teclear, y al final lo mandé de
La noche en que el fondo apareció, no dormí. El aviso del banco llegó a las once y cuarenta y siete: una sociedad patrimonial de nombre insulso había comprado otra partida pequeña de acciones del Grupo Duarte. La tercera en diez días. Le pasé el aviso a mi director legal con una instrucción de una sola línea: que averiguara el nombre, que esperara a que el dinero sacara la cabeza, y que no me despertara por tonterías. No me despertó. Nadie me despertó esa semana. La sociedad seguía comprando y yo seguía sin saber quién era, y entre eso y los sueños con el bosque, la mejor noticia fue que la presentación del hotel por fin tenía fecha.A mitad de semana, la sociedad volvió a comprar. La cuarta vez el número ya no me asustaba; la calma sí. Quien compraba no tenía prisa, y esa paciencia era la única parte que no sabía leer. También sin prisa, el teléfono se quedó mudo. El mensaje de Ricardo murió en mi pantalla en un solo día, el jueves, cuando lo borré sin releerlo; al otro lado, tampoco
El lunes siguiente, mi asistente puso un documento sobre mi escritorio con la misma cara con la que se entrega una prueba positiva.—Llegó a primera hora. —Se ajustó las gafas—. Es de Grupo Salvatierra.Tomé las páginas. Dos hojas de papel fino, márgenes generosos, y una portada con el escudo de su grupo. Lo leí entero dos veces sin parpadear, y cuando terminé, reí por lo bajo.—Condiciones exageradas. —Lo levanté en el aire—. Veinte por ciento por debajo del precio de mercado por una participación en el hotel. Fondo de desarrollo sin límite de uso. Y una cláusula de exclusividad que me convierte en su socia preferente en toda la región.—¿Y eso? —preguntó mi asistente.—Eso —dije— es un cheque en blanco disfrazado de contrato.
Lo supe tres semanas después de la gala, una mañana de lunes, con café y mala digestión.Salí de mi departamento a las ocho para ir a firmar unos documentos en la administración del edificio, y en la puerta del ascensor, con un plano enrollado bajo el brazo, me encontré a Ricardo Salvatierra.No me vio venir. Estaba hablando con un contratista, señalando algo en los planos, y me costó un segundo entero entender lo que estaba viendo.—Ricardo.Así, sin apellido.Él levantó la cabeza, me reconoció, y tardó medio segundo en recomponer una sonrisa que no me engañó.—Camila. Qué coincidencia. Me mudé al piso de arriba.—¿Te mudaste?—La empresa —sonrió—. Alquilé el piso de arriba como nueva sede del área de expansión. A dos pasos de donde trabajas. Increíble.—¿La empresa alquila un piso completo sobre mi departamento? —Doblé el plano que llevaba bajo el brazo, sin apuro—. Con una vista directa a una ventana que no queda en zonas comunes. Tiene sentido. Mucho sentido.El contratista miró e







