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Punto de vista de Elara La luz de la mañana era como una cuchilla implacable que atravesaba las pesadas cortinas de terciopelo de la habitación de Elias. Me moví, mi cuerpo dolía con un leve y agradable zumbido que me recordaba cada promesa que me había susurrado al oído horas antes. A mi lado, Elias ya estaba despierto, apoyado sobre un codo, sus ojos recorriendo la línea de mi hombro con una mirada de aterradora intensidad. "Estás pensando otra vez", murmuró, con la voz ronca por el sueño. "Puedo oír cómo se acelera tu corazón. Para." Me giré boca arriba, mirando las tallas ornamentadas del techo. "No puedo parar, Elias. Goldstone está sangrando. Si no hacemos algo, la manada se va a desmoronar. Las líneas de suministro están fallando, los rangos inferiores se están amotinando y el consejo los rodea como buitres. Tenemos que salvarlos." La expresión de Elias se endureció al instante. Se incorporó, con las sábanas amontonadas alrededor de su cintura y la espalda musculosa rígida.
Punto de vista de EliasRecorrí el largo del solárium, mis botas resonando rítmicamente contra el suelo de piedra. El fuego de la chimenea se había reducido a brasas incandescentes, proyectando largas y distorsionadas sombras sobre los tapices. Miré hacia las pesadas puertas de roble de nuestras habitaciones privadas por centésima vez.Vacías.Elara no estaba. Dirigí mi mirada hacia la esquina donde Frey solía merodear, silencioso y vigilante, pero la sombra estaba vacía. Ambos se habían ido."Cálmate", susurré a la habitación vacía, apretando los puños a mis costados. "Ella solo... necesitaba aire. No se iría así como así después de todo esto".Mi lobo se agitaba dentro de mi pecho, un peso inquieto y gruñón. Su aroma —sándalo y aire invernal— era tenue, desvaneciéndose de las sábanas. Revisé el armario; su capa había desaparecido. Revisé el armero; Sus dagas gemelas habían desaparecido.—Maldita sea, Elara —siseé, apoyando la frente en la fría piedra del marco de la ventana—.Esperé
Punto de vista de NathanEl pesado cristal del vaso se sentía como plomo en mi mano. Contemplé las profundidades ámbar de la cerveza; el aroma a grano fermentado no lograba acallar el estruendo de voces que resonaban por las calles de Goldstone. Los rumores eran un peso físico que me oprimía el pecho hasta casi dejarme sin aliento.*El niño no es tuyo.**Isabella es una impostora.*Di un largo trago que me quemó la garganta. Intenté convencerme de que todo era propaganda de la rama Beta, una desesperada lucha por el trono durante la rebelión, pero los susurros tenían un filo de verdad que destrozó mi negación. Se sentía demasiado real. La forma en que había evitado al médico de la manada, la forma en que su olor no había cambiado como debería el de una loba preñada. Cerré los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás, esperando que el alcohol adormeciera la traición.Un leve movimiento captó mi mirada.Me tensé, con el vaso cerca de mis labios. Se suponía que mi alcoba era segura, custod
Punto de vista de ElaraEl suelo del bosque era una maraña de hojas húmedas y raíces enredadas mientras luchaba por seguir el ritmo de Elias. Me ardían los pulmones, pero el dolor físico era una distracción bienvenida del vacío en mi pecho. A cada paso, mi mente volvía a los muros de piedra gris de la cabaña, al olor del hogar y a la vida que había conocido desde niña.—Basta, Elara —dijo Elias, su voz resonando por encima del fuerte golpeteo de nuestras botas. No se giró, concentrado por completo en el sendero—. No mires atrás. Lo estás haciendo otra vez.—No puedo evitarlo —susurré, tropezando con una raíz que sobresalía. Me apoyé en el tronco de un árbol, clavando los dedos en la áspera corteza—. Es mi hogar, Elias. Todo lo que conozco está ahí.Se detuvo entonces, volviéndose para mirarme. Sus ojos eran duros, carentes de la compasión que anhelaba. ¿En serio? ¿O es solo el lugar donde eras sirviente? ¿Un fantasma? Me has contado mil veces cómo soñabas con el mundo más allá de la f







