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Autor: Svania Blass
last update Fecha de publicación: 2026-07-09 03:02:11

Manuela

Al tomar la mano de Andrés, noté de inmediato que algo en él había cambiado y vi cómo hundía sus ojos hacia el jardín trasero de la casa, por donde vi venir, en ese momento, a los tres amigos de mi hermano: Mario, Damian y Daniel.

En ese momento supe que eso no iba a ser bueno.

—¿Ya te vas, Manu? —pregunta Mario absteniéndose. 

—Así es —dije cortante, y queriendo sacar a mi esposo de la fiesta cuanto antes.

—Quién te crees para llamar a mi esposa de esa forma —escucho que exclama Andrés, llamando la atención de los presentes que nos rodean. 

—No es nada, amor —digo enseguida, intentando calmar los ánimos de mi marido, exaltados, en gran parte, por el licor—. Vámonos ya, ¿te parece? Recuerda que el piloto te dijo…

No alcanzo a terminar la frase cuando Andrés suelta mi mano bruscamente y encara a Mario, que le lleva más de una cabeza de estatura, así como un cuerpo completo de ancho.

¿Qué pretende?

—Discúlpate con mi esposa, ahora —exige Andrés al corpulento hombre que lo observa con nada disimulado desprecio.

—No tengo nada de qué disculparme —responde Mario, seco y con una sonrisa que sé que sacará a Andrés de quicio.

Sé que Andrés no actúa así a menos que haya bebido mucho, y que lo hace porque sabe quiénes son ellos y algo de los rumores sobre sus intenciones conmigo, así que está aprovechándose de la situación para dejarles claro que ahora soy de él, que soy su esposa, que ya no estoy disponible y que él está dispuesto a lo que sea para hacer respetar eso, pero lo que quizá no ha considerado, o el licor no se lo ha permitido, es que los amigos de mi hermano también son orgullosos, además de salvajes. Son unos patanes en toda regla. Comienzo a temer por él, y por lo que pueda pasar a continuación.

—Amor, vámonos ya, ¿si?

La gente nos observa y escucho que han llamado al padre de Andrés para que intervenga, pero entonces noto que Mario me dedica una rápida mirada en la que, increíblemente, hay algo de empatía.

—Seguiremos nuestro camino —dice casi empujando con su enorme cuerpo a mi esposo—. Después le haré llegar mis disculpas a tu esposa.

Esa última frase tiene un doble sentido que todos captamos enseguida, pero algo ha hecho bajar los ánimos a Andrés, quizá el hecho de que ha comprobado lo robusto y fuerte que es su rival cuando pasó a su lado, no lo sé, pero su mano vuelve a cerrarse sobre la mía.

—Sube de una vez al maldito auto —susurra, evidentemente molesto, herido en su orgullo masculino.

Solo quiero salir de allí y alejarme lo más pronto posible, así que subo. Andrés me sigue y alcanzo a ver a los tres, Mario, Damian y Daniel, seguir de largo hacia la salida de la propiedad.

—Arranca de una vez —ordena Andrés al chófer.

Intento calmarme y me relajo cuando el auto se desliza por el asfalto, pero mi tranquilidad no dura mucho y tan pronto estamos por tomar la carretera que nos llevará al aeropuerto, Andrés de gira con brusquedad hacia mí y me propina una fuerte cachetada.

—¡Qué te has creído, zorra! —Mi cabeza se tambalea y notó que el chófer ha accionado el botón que sube el vidrio que nos oculta de su vista—. Sé que estuviste hablando con ellos. ¿Qué les dijiste? ¿Que podían ir a buscarte para una revolcada después de nuestra Luna de Miel?   

—¡Nada de eso, te lo juro! —exclamé, asustada— Fueron ellos quienes me abordaron.

—¡Y tú no podías simplemente quitártelos de encima! ¿Viste la humillación a la que me enfrenté? ¡Todos los invitados lo vieron! ¡Hasta escuché que estaban por llamar a mi padre! ¡Y todo ha sido tu culpa!

—Pero, amor, te juro que no hice ni les dije nada…

Andrés estaba histérico, apestaba a alcohol y sabía que podía ser aún más peligroso si lo enojaba más, así que solo me quedaba intentar calmarlo.

—Te lo juro por mi vida que no sucedió nada, ni les dije nada —dije entre lágrimas— Yo misma quería que nos fuéramos, amor, que saliéramos de la fiesta.

—He quedado destruído, Manuela. La prensa estaba allí y debieron haber visto lo que sucedió. Mañana seré la comidilla de las redes sociales. Todos hablarán sobre mi humillación, sobre cómo ese patán pasó por encima mío, y esto ha sido tu culpa, Manuela, ¿entiendes? No sé ni por qué me junté contigo, por qué no te dejé donde estabas, en ese mugroso barrio de pobres del que nunca te debí sacar.

Pese a la ira que me recorría por dentro, me callé, y apreté mi lengua contra el paladar hasta hacerla sangrar, porque sabía que, si lo contrariaba, Andrés me golpearía de nuevo, el chófer no haría ni diría nada, y no quería que en mis fotos de Luna de Miel se vieran las marcas de la golpiza, así que callé y esperé a que el silencio calmara los ánimos del hombre que ahora era mi esposo.  

—Pero esto no se va a quedar así, Manuela ¡Te lo juro por Dios!

No dije nada. Ya había decidido que fuera mi silencio el que se encargara de calmar los ánimos de Andrés. Lo conocía y sabía que, cuando viera la entrada del área privada del aeropuerto, en donde esperaba el jet que nos llevaría a Brasil, todo se le pasaría y volvería a ser el amable y tierno hombre del que me había enamorado. 

Así fue y, después de aplicar un poco de base al lugar en donde Andrés había puesto su puño en mi rostro, abordamos el avión privado y partimos rumbo a la playa paradisíaca que nos esperaba, en donde haríamos el amor y nos olvidaríamos de ese horrible suceso que enturbió nuestra boda. Estaba segura de que, si me portaba bien, si evitaba a mi hermano y, sobre todo, a sus amigotes, y si era cariñosa y dócil con Andrés, él comprendería que tenía a la mejor esposa del mundo y nunca más tendría que volver a recurrir a los golpes.

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Último capítulo

  • Reclamada por tres moteros   82

    Andrés—Gánate el derecho a comerte mi semen —gruñe Michael, mi jefe, mientras me mete la polla más adentro de la garganta. Su mano se enreda en mi pelo, tirando de mí con una fuerza que me hace llorar—. Me mentiste, Valbuena. Primero me dices que te vas de vacaciones con tu familia, ¡y luego aparecen unos pandilleros en la oficina y me amenazan? Sí, me debes un montón de dinero.Odio su condescendencia, pero odio aún más necesitarlo. Aun así, no es que no lo disfrute, pero todo es culpa de Manuela. Esa inútil y patética zorra. Si no se hubiera marchado como lo hizo, no estaría aquí ahora, ahogándome con la polla de mi jefe solo para seguir bajo su protección. Mandó a su hermano y a sus amigos tras de mí. Así que, cada momento humillante, cada segundo de sumisión, todo se remonta a ella.El agarre de Michael se intensifica, provocándome un gemido mientras mi garganta se tensa a su alrededor. Por ahora, me quedo en una de sus casas, esperando el momento oportuno para atacar, para recup

  • Reclamada por tres moteros   81

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  • Reclamada por tres moteros   79

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  • Reclamada por tres moteros   77

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