FAZER LOGINManuela
Al tomar la mano de Andrés, noté de inmediato que algo en él había cambiado y vi cómo hundía sus ojos hacia el jardín trasero de la casa, por donde vi venir, en ese momento, a los tres amigos de mi hermano: Mario, Damian y Daniel.
En ese momento supe que eso no iba a ser bueno.
—¿Ya te vas, Manu? —pregunta Mario absteniéndose.
—Así es —dije cortante, y queriendo sacar a mi esposo de la fiesta cuanto antes.
—Quién te crees para llamar a mi esposa de esa forma —escucho que exclama Andrés, llamando la atención de los presentes que nos rodean.
—No es nada, amor —digo enseguida, intentando calmar los ánimos de mi marido, exaltados, en gran parte, por el licor—. Vámonos ya, ¿te parece? Recuerda que el piloto te dijo…
No alcanzo a terminar la frase cuando Andrés suelta mi mano bruscamente y encara a Mario, que le lleva más de una cabeza de estatura, así como un cuerpo completo de ancho.
¿Qué pretende?
—Discúlpate con mi esposa, ahora —exige Andrés al corpulento hombre que lo observa con nada disimulado desprecio.
—No tengo nada de qué disculparme —responde Mario, seco y con una sonrisa que sé que sacará a Andrés de quicio.
Sé que Andrés no actúa así a menos que haya bebido mucho, y que lo hace porque sabe quiénes son ellos y algo de los rumores sobre sus intenciones conmigo, así que está aprovechándose de la situación para dejarles claro que ahora soy de él, que soy su esposa, que ya no estoy disponible y que él está dispuesto a lo que sea para hacer respetar eso, pero lo que quizá no ha considerado, o el licor no se lo ha permitido, es que los amigos de mi hermano también son orgullosos, además de salvajes. Son unos patanes en toda regla. Comienzo a temer por él, y por lo que pueda pasar a continuación.
—Amor, vámonos ya, ¿si?
La gente nos observa y escucho que han llamado al padre de Andrés para que intervenga, pero entonces noto que Mario me dedica una rápida mirada en la que, increíblemente, hay algo de empatía.
—Seguiremos nuestro camino —dice casi empujando con su enorme cuerpo a mi esposo—. Después le haré llegar mis disculpas a tu esposa.
Esa última frase tiene un doble sentido que todos captamos enseguida, pero algo ha hecho bajar los ánimos a Andrés, quizá el hecho de que ha comprobado lo robusto y fuerte que es su rival cuando pasó a su lado, no lo sé, pero su mano vuelve a cerrarse sobre la mía.
—Sube de una vez al maldito auto —susurra, evidentemente molesto, herido en su orgullo masculino.
Solo quiero salir de allí y alejarme lo más pronto posible, así que subo. Andrés me sigue y alcanzo a ver a los tres, Mario, Damian y Daniel, seguir de largo hacia la salida de la propiedad.
—Arranca de una vez —ordena Andrés al chófer.
Intento calmarme y me relajo cuando el auto se desliza por el asfalto, pero mi tranquilidad no dura mucho y tan pronto estamos por tomar la carretera que nos llevará al aeropuerto, Andrés de gira con brusquedad hacia mí y me propina una fuerte cachetada.
—¡Qué te has creído, zorra! —Mi cabeza se tambalea y notó que el chófer ha accionado el botón que sube el vidrio que nos oculta de su vista—. Sé que estuviste hablando con ellos. ¿Qué les dijiste? ¿Que podían ir a buscarte para una revolcada después de nuestra Luna de Miel?
—¡Nada de eso, te lo juro! —exclamé, asustada— Fueron ellos quienes me abordaron.
—¡Y tú no podías simplemente quitártelos de encima! ¿Viste la humillación a la que me enfrenté? ¡Todos los invitados lo vieron! ¡Hasta escuché que estaban por llamar a mi padre! ¡Y todo ha sido tu culpa!
—Pero, amor, te juro que no hice ni les dije nada…
Andrés estaba histérico, apestaba a alcohol y sabía que podía ser aún más peligroso si lo enojaba más, así que solo me quedaba intentar calmarlo.
—Te lo juro por mi vida que no sucedió nada, ni les dije nada —dije entre lágrimas— Yo misma quería que nos fuéramos, amor, que saliéramos de la fiesta.
—He quedado destruído, Manuela. La prensa estaba allí y debieron haber visto lo que sucedió. Mañana seré la comidilla de las redes sociales. Todos hablarán sobre mi humillación, sobre cómo ese patán pasó por encima mío, y esto ha sido tu culpa, Manuela, ¿entiendes? No sé ni por qué me junté contigo, por qué no te dejé donde estabas, en ese mugroso barrio de pobres del que nunca te debí sacar.
Pese a la ira que me recorría por dentro, me callé, y apreté mi lengua contra el paladar hasta hacerla sangrar, porque sabía que, si lo contrariaba, Andrés me golpearía de nuevo, el chófer no haría ni diría nada, y no quería que en mis fotos de Luna de Miel se vieran las marcas de la golpiza, así que callé y esperé a que el silencio calmara los ánimos del hombre que ahora era mi esposo.
—Pero esto no se va a quedar así, Manuela ¡Te lo juro por Dios!
No dije nada. Ya había decidido que fuera mi silencio el que se encargara de calmar los ánimos de Andrés. Lo conocía y sabía que, cuando viera la entrada del área privada del aeropuerto, en donde esperaba el jet que nos llevaría a Brasil, todo se le pasaría y volvería a ser el amable y tierno hombre del que me había enamorado.
Así fue y, después de aplicar un poco de base al lugar en donde Andrés había puesto su puño en mi rostro, abordamos el avión privado y partimos rumbo a la playa paradisíaca que nos esperaba, en donde haríamos el amor y nos olvidaríamos de ese horrible suceso que enturbió nuestra boda. Estaba segura de que, si me portaba bien, si evitaba a mi hermano y, sobre todo, a sus amigotes, y si era cariñosa y dócil con Andrés, él comprendería que tenía a la mejor esposa del mundo y nunca más tendría que volver a recurrir a los golpes.
ManuelaCuando Gabriela se despierta, estoy exhausta, tanto físicamente por la forma en que Mario me dejó exhausta anoche, como mentalmente por haber estado despierta. Después de darle el desayuno a Gabriela, la acomodé en la sala con sus juguetes, aunque mi mente no está del todo presente. Los pensamientos sobre Mario y Dam siguen rondando en mi cabeza, y cada vez que intento alejarlos, vuelven con más fuerza.Y entonces oigo pasos que bajan las escaleras.Levanto la vista y ahí está Mario, descendiendo con esa mezcla de masculinidad cruda y confianza natural que me excita muchísimo. Siento un cosquilleo en el estómago, como siempre que lo veo, un recordatorio de lo mucho que mi vagina me ha traicionado.—Buenos días, conejita. Gabriela —me saluda, con la voz ronca por el sueño. Es injusto lo sexy que suena, cuánto deseo arrastrarlo arriba y rogarle que me vuelva a hacer lo mismo.Nunca había sentido tanta lujuria por Andrés, pero resulta que una vez que descubres lo que realmente se
ManuelaUn leve gemido se me escapa al removerme, sintiendo la inconfundible presión de su pene rozando mi entrada. Se desliza arriba y abajo por mi hendidura desde atrás, sus manos ásperas apretando mi trasero con ese agarre posesivo que empiezo a amar.Mi mente apenas registra el cambio de posición antes de que mi cuerpo se relaje instintivamente. No necesito verlo para saber quién es.Pero, ¿cuándo me metí en su cama? ¿Y qué hora es?Lo último que recuerdo es quedarme dormida sobre Dam después de que él...No, no quiero pensar en eso ahora mismo.—¿Te duele, conejita? —Mario me susurra al oído, haciéndome estremecer.—Un poco —susurro, recordando el sexo salvaje e increíble que tuvimos antes de que se fuera. Todavía me duelen partes del cuerpo que no sabía que podían doler.—Iré tan despacio como pueda —murmura con un toque de ternura en la voz—. Solo quiero sentirte... dormir con mi polla dentro de tu coño.Antes de que pueda responder, ya está penetrándome, gimiendo mientras su p
MarioTras hablar con Nelson y confirmar la ubicación de mi presa, me detengo frente a "La Casa de Muñecas Rosa" en uno de los coches del club. Es un sedán negro con matrículas falsas, algo que no llama la atención y que es fácil de eliminar si es necesario.Salgo del coche, ajustándome los puños del traje negro mientras observo el edificio. Las luces de neón parpadean, proyectando un brillo espeluznante sobre la entrada, donde una fila de hombres espera, con rostros llenos de expectación y algo más oscuro. Es esa hora de la noche en que el club de striptease empieza a cobrar vida, con bastardos desamparados que se arrastran para ver coños que jamás podrán tocar.Una vez dentro, observo todo a mi alrededor, captando cada detalle en una fracción de segundo. Las salidas, los rincones oscuros, los lugares donde puedo hacer mi trabajo sin que nadie se dé cuenta. No estoy aquí para disfrutar de la sordidez ni para perderme en el espectáculo. Cuanto más rápido resuelva el asunto, antes podr
ManuelaEl fuerte llanto de Gabriela me despierta de golpe, con el corazón acelerado mientras la busco aturdida. Encuentro a Dam de pie junto a mí, sosteniendo a mi bebé que llora desconsoladamente. Tiene la cara roja y extiende los brazos desesperadamente hacia mí.Me incorporo tan rápido que parece que soy el Enterrador volviendo a la vida. —Dios mío. ¿Está bien? —pregunto con voz adormilada mientras la abrazo, intentando tranquilizarla.—Sí, creo que solo quería a su mamá —responde Dam con un tono tranquilo y tranquilizador.Tiene razón. En cuanto siente mi calor, deja de llorar y se acurruca contra mí. Es una sensación increíble saber que todavía me extraña, incluso cuando está con su nueva persona favorita.—Ya le di de cenar y el biberón —continúa Dam, observándome atentamente—. También le limpié las encías y sus dos dientecitos, como te he visto hacer todas las noches. Así que pronto estará lista para dormir.Parpadeo, sorprendida. —Guau... gracias.Dam es realmente maravillo
Damian—Entre tú y yo... ¿cuál es el objetivo final de Mario con Manuela? —La pregunta de Daniel me toma por sorpresa mientras entramos en el camino de entrada de la casa de Mario.Lo miro de reojo, entrecerrando los ojos. —¿Por qué preguntas?Mira fijamente al frente, evitando el contacto visual, con un tono inusualmente suave. —No puedo dejar de pensar en lo que dijo antes. Solo quiero que sea... feliz.En serio, ¿qué le pasa? Normalmente es tan tranquilo, pero últimamente habla de Manuela con un tono casi posesivo. Empiezo a considerar la descabellada idea de que la desea de nuevo.—No sé cuáles son sus intenciones —admito, con un tono de incertidumbre en la voz—. Pero no le hará daño.Puede que Mario esté emocionalmente destrozado, pero tengo fe en que hará lo correcto por ella.Si no, tendré que intervenir.Entramos en la casa y encontramos a Mario en el sofá, con Gabriela acurrucada cómodamente en sus enormes brazos, tomando su biberón. La escena me conmueve profundamente: una
MarioNo debería aceptar esto. Nelson la lastimó, y ella solo me está usando para adormecer el dolor. No vine aquí para follarla... al menos, no creo que lo haya hecho. Pero la idea de usarla como un juguete me produce un escalofrío, y no puedo evitarlo. —Desnúdate. Ahora —ordeno con voz dura—. Quiero ver a mi precioso juguete entero antes de jugar con ella.Se le corta la respiración y, por un instante, casi me pregunto si va a cambiar de opinión. Pero entonces, como la conejita buena que es, empieza a desnudarse, con la mirada fija en la mía todo el tiempo.Sus vaqueros cayeron al suelo, seguidos de su camisa y su ropa interior. Puedo ver la vacilación, la incertidumbre en sus ojos, pero no aparta la mirada.Extiendo la mano, mis dedos rozan sus pezones, acariciándolos hasta que se endurecen. —Joder —murmuro—. Tus tetas son jodidamente perfectas. Se sonroja, pero se queda quieta mientras tiro suavemente de cada pezón, tanteándola. Tarareo en señal de aprecio.—Qué buena chica. Ah







