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Manuela
Había conseguido lo que para una chica de mi estatus social solo se veía realizado en las novelas: el CEO de la compañía se estaba casando conmigo.
—Prometo amarte y estar contigo en la abundancia y en la adversidad —dijo Andrés mientras tomaba mis manos entre las suyas, con su smoking de novio que lo hacía ver aún más apuesto de lo que ya era—. Que este anillo represente la unión inquebrantable entre nosotros, Manuela Ramos.
Hice mi parte del juramento, puse el anillo con mi nombre en su dedo y el sacerdote selló nuestra unión.
—Que lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.
Y así, con un beso de plena felicidad, Andrés Valbuena pasó a ser mi legítimo esposo.
Después de cambiarme el vestido de novia por uno más cómodo para la fiesta, me uní a los más de quinientos invitados que ese día asistían al día más importante para el único hijo de los Valbuena con una mujer que fue su secretaria por tres años, su novia por dos y esposa por una hora. Las felicitaciones no cesaban, y por donde pasara había una palabra amable, una mirada indiscreta de algunos de los hombres jóvenes y solteros, e incluso de algunos ya mayores y casados, y unas bonitas palabras de algunas mujeres, pero en su mayoría miradas de envidia e hipocresía mal disimulada de las que no lograban sacarse de la cabeza que yo no era más que una trapedora.
No tardé en hastiarme ese ambiente, que solo era festivo en la fachada, pero opresivo en cuanto más lo recorría. Busqué a Andrés, pero lo vi, a la distancia, bebiendo con sus colegas del trabajo, la próxima generación de vicepresidentes y miembros de la junta, así que decidí darme un respiro en los jardines traseros de la inmensa propiedad de mis suegros, pero no tardé en arrepentirme de mi decisión cuando me crucé con uno de los hombres que más despreciaba en mi vida.
—Hola, conejita. ¿Qué haces por aquí? ¿No deberías estar bailando el vals con tu esposo?
De no ser porque Mario era uno de los mejores amigos de mi hermano, habría pasado por alto su saludo, así que había decidido solo soportarlo en las pocas ocasiones en que lo veía.
—Ya te he dicho que no me gusta que me llames así —respondí—. Era un apodo de cuando éramos niños, entonces no sonaba mal, pero ahora… no quiero que Andrés sepa que me dices conejita. Se puede prestar a malentendidos.
—Poco o nada me importa lo que piense tu esposo de cómo yo te llamo, conejita —espetó Mario con su típica sonrisa de soberbia y macho malo, con la que creía que algún día iba a conquistarme—. Te llamaré como yo quiera hacerlo, y lo haré enfrente de quien sea.
Levanté los hombros y estaba por dar media vuelta cuando vi que se aproximaba otro de los compinches con los que mi hermano andaba desde la secundaria, un ser no menos despreciable que el primero.
—Vaya, pero sí es la hermana de mi mejor amigo —dijo Damian al clavar sus ojos en los míos—. ¿Puedo felicitarte por el sexy traje de novia que traías puesto? Te veías aún más rica que con el uniforme de colegiala.
Eran unos cerdos que podían competir en cuál de los dos resultaba más sucio. Los dos creían, con sus insinuaciones, que yo iba a rendirme a sus pies y entregarles mi cuerpo por sus halagos. No podían estar más equivocados.
—No he venido a aguantarlos —dije, molesta, como siempre ocurría cuando me los encontraba—. Solo buscaba algo de paz.
—Damian va a corregir sus palabras, ¿verdad, amigo? —dijo Mario en el momento en que estaba por marcharme y le hizo falta muy poco para tomarme por el brazo, pero yo me detuve antes.
Los dos hombres intercambiaron una mirada, como midiéndose en una competencia de egos varoniles en la que Mario, mucho más grande y acuerpado, ganó sin demora.
—Así es, Manu, lo siento. Lamento si fui grosero. Fue solo el hecho de que…
—Que es un bocazas, eso es todo —lo interrumpió Mario antes de que dijera lo que era obvio para los tres.
—De todas formas ya me iba —dije sin querer dar la oportunidad a esos dos de que la situación pudiera malinterpretarse—. Solo les advierto que no vayan a pasarse con los tragos.
La perfecta sonrisa de Mario me deslumbró antes de que pudiera girarme.
—Sabes muy bien que no somos como tu marido, y que nosotros sí controlamos el licor —dijo con ironía—. Al que debes cuidar es a él, conejita.
Los dos pesados rieron como si compartieran un chiste común. Yo sabía que despreciaban a Andrés, al que veían como un niño rico y mimado al que no le había costado conseguir nada en la vida porque todo lo tuvo siempre servido por la fortuna de su familia, no como ellos, que sí se habían ganado todo lo que tenían desde abajo, aunque fuera a través de negocios nada limpios.
—Al menos mi esposo sí tiene un trabajo honesto —dije con ira, pero enseguida me arrepentí de lo dicho, cuando vi la manera en que ardieron los ojos de Mario y Damian. Me salvó la oportuna llegada del tercer compinche de ese grupo, Daniel, que pese a ser relativamente nuevo en la banda, contaba con la total confianza de todos, incluido mi hermano.
—¿Qué es lo que pasa? ¿Me pareció escuchar que iban a tomarse unos tragos sin mí?
Mario me recorrió con la mirada, como advirtiéndome que lo dejaba pasar, pero que no iba a tolerar una segunda falta de respeto.
—Mejor vamos por nuestro propio licor —dijo Damian con la misma mirada dura dirigida hacia mí—. No vaya a ser que nos enfermemos por beber entre tanta ´honestidad´.
Me sentí avergonzada, pero si eso iba a servir para zafarme de ellos, era bienvenido. Además, ellos fueron los que empezaron por ofenderme al insinuar su total falta de respeto por el hombre que ahora era mi esposo.
—Hay una última cosa que quisiera decirte, conejita —dijo Mario a mi oído cuando yo ya estaba por irme—. Tu marido no es la persona que tú crees que es.
—Ya he escuchado suficiente —dije soltándome del agarre con el que Mario me tomó por el brazo—. Ahora debo regresar a la fiesta.
Cuando logré dejarlos atrás y rodearme de nuevo por el bullicio de los invitados, me dirigí a la mesa en la que había visto por última vez a Andrés y lo vi, como predijeron los amigotes de mi hermano, con el rostro bastante colorado, la risa fácil y los ojos desorbitados. Era cierto, el hombre que ahora era mi marido no había aprendido nunca a beber así que decidí acercarme para alejarlo de los tragos, pero no hizo falta, porque tan pronto me vio se levantó y anunció que ya nos íbamos.
—El piloto me recomendó que debíamos partir en una hora si queríamos alcanzar a ver el amanecer —dijo a la concurrencia con la lengua algo trabada—. Así que lo lamento, amigos y conocidos, pero ya es hora de que la feliz pareja de recién casados se despida de la fiesta.
Me sentí complacida, a la vez que aliviada, al saber que dejábamos atrás tanta hipocresía por metro cuadrado y que estaba por comenzar, ahora sí, mi feliz para siempre.
ManuelaCuando Gabriela se despierta, estoy exhausta, tanto físicamente por la forma en que Mario me dejó exhausta anoche, como mentalmente por haber estado despierta. Después de darle el desayuno a Gabriela, la acomodé en la sala con sus juguetes, aunque mi mente no está del todo presente. Los pensamientos sobre Mario y Dam siguen rondando en mi cabeza, y cada vez que intento alejarlos, vuelven con más fuerza.Y entonces oigo pasos que bajan las escaleras.Levanto la vista y ahí está Mario, descendiendo con esa mezcla de masculinidad cruda y confianza natural que me excita muchísimo. Siento un cosquilleo en el estómago, como siempre que lo veo, un recordatorio de lo mucho que mi vagina me ha traicionado.—Buenos días, conejita. Gabriela —me saluda, con la voz ronca por el sueño. Es injusto lo sexy que suena, cuánto deseo arrastrarlo arriba y rogarle que me vuelva a hacer lo mismo.Nunca había sentido tanta lujuria por Andrés, pero resulta que una vez que descubres lo que realmente se
ManuelaUn leve gemido se me escapa al removerme, sintiendo la inconfundible presión de su pene rozando mi entrada. Se desliza arriba y abajo por mi hendidura desde atrás, sus manos ásperas apretando mi trasero con ese agarre posesivo que empiezo a amar.Mi mente apenas registra el cambio de posición antes de que mi cuerpo se relaje instintivamente. No necesito verlo para saber quién es.Pero, ¿cuándo me metí en su cama? ¿Y qué hora es?Lo último que recuerdo es quedarme dormida sobre Dam después de que él...No, no quiero pensar en eso ahora mismo.—¿Te duele, conejita? —Mario me susurra al oído, haciéndome estremecer.—Un poco —susurro, recordando el sexo salvaje e increíble que tuvimos antes de que se fuera. Todavía me duelen partes del cuerpo que no sabía que podían doler.—Iré tan despacio como pueda —murmura con un toque de ternura en la voz—. Solo quiero sentirte... dormir con mi polla dentro de tu coño.Antes de que pueda responder, ya está penetrándome, gimiendo mientras su p
MarioTras hablar con Nelson y confirmar la ubicación de mi presa, me detengo frente a "La Casa de Muñecas Rosa" en uno de los coches del club. Es un sedán negro con matrículas falsas, algo que no llama la atención y que es fácil de eliminar si es necesario.Salgo del coche, ajustándome los puños del traje negro mientras observo el edificio. Las luces de neón parpadean, proyectando un brillo espeluznante sobre la entrada, donde una fila de hombres espera, con rostros llenos de expectación y algo más oscuro. Es esa hora de la noche en que el club de striptease empieza a cobrar vida, con bastardos desamparados que se arrastran para ver coños que jamás podrán tocar.Una vez dentro, observo todo a mi alrededor, captando cada detalle en una fracción de segundo. Las salidas, los rincones oscuros, los lugares donde puedo hacer mi trabajo sin que nadie se dé cuenta. No estoy aquí para disfrutar de la sordidez ni para perderme en el espectáculo. Cuanto más rápido resuelva el asunto, antes podr
ManuelaEl fuerte llanto de Gabriela me despierta de golpe, con el corazón acelerado mientras la busco aturdida. Encuentro a Dam de pie junto a mí, sosteniendo a mi bebé que llora desconsoladamente. Tiene la cara roja y extiende los brazos desesperadamente hacia mí.Me incorporo tan rápido que parece que soy el Enterrador volviendo a la vida. —Dios mío. ¿Está bien? —pregunto con voz adormilada mientras la abrazo, intentando tranquilizarla.—Sí, creo que solo quería a su mamá —responde Dam con un tono tranquilo y tranquilizador.Tiene razón. En cuanto siente mi calor, deja de llorar y se acurruca contra mí. Es una sensación increíble saber que todavía me extraña, incluso cuando está con su nueva persona favorita.—Ya le di de cenar y el biberón —continúa Dam, observándome atentamente—. También le limpié las encías y sus dos dientecitos, como te he visto hacer todas las noches. Así que pronto estará lista para dormir.Parpadeo, sorprendida. —Guau... gracias.Dam es realmente maravillo
Damian—Entre tú y yo... ¿cuál es el objetivo final de Mario con Manuela? —La pregunta de Daniel me toma por sorpresa mientras entramos en el camino de entrada de la casa de Mario.Lo miro de reojo, entrecerrando los ojos. —¿Por qué preguntas?Mira fijamente al frente, evitando el contacto visual, con un tono inusualmente suave. —No puedo dejar de pensar en lo que dijo antes. Solo quiero que sea... feliz.En serio, ¿qué le pasa? Normalmente es tan tranquilo, pero últimamente habla de Manuela con un tono casi posesivo. Empiezo a considerar la descabellada idea de que la desea de nuevo.—No sé cuáles son sus intenciones —admito, con un tono de incertidumbre en la voz—. Pero no le hará daño.Puede que Mario esté emocionalmente destrozado, pero tengo fe en que hará lo correcto por ella.Si no, tendré que intervenir.Entramos en la casa y encontramos a Mario en el sofá, con Gabriela acurrucada cómodamente en sus enormes brazos, tomando su biberón. La escena me conmueve profundamente: una
MarioNo debería aceptar esto. Nelson la lastimó, y ella solo me está usando para adormecer el dolor. No vine aquí para follarla... al menos, no creo que lo haya hecho. Pero la idea de usarla como un juguete me produce un escalofrío, y no puedo evitarlo. —Desnúdate. Ahora —ordeno con voz dura—. Quiero ver a mi precioso juguete entero antes de jugar con ella.Se le corta la respiración y, por un instante, casi me pregunto si va a cambiar de opinión. Pero entonces, como la conejita buena que es, empieza a desnudarse, con la mirada fija en la mía todo el tiempo.Sus vaqueros cayeron al suelo, seguidos de su camisa y su ropa interior. Puedo ver la vacilación, la incertidumbre en sus ojos, pero no aparta la mirada.Extiendo la mano, mis dedos rozan sus pezones, acariciándolos hasta que se endurecen. —Joder —murmuro—. Tus tetas son jodidamente perfectas. Se sonroja, pero se queda quieta mientras tiro suavemente de cada pezón, tanteándola. Tarareo en señal de aprecio.—Qué buena chica. Ah







