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Autor: Svania Blass
last update Fecha de publicación: 2026-08-04 22:13:30

Manuela

Su pene es demasiado grande. El de Andrés ni siquiera era de la mitad de ese tamaño, por lo que entra bastante forzado, lastimándome al principio, pero no iba a darle el gusto de oírme gritar. 

—Joder, cómo estás de apretada —Lo oigo exclamar con auténtico placer—. Casi diría que eres virgen de lo estrecha que es.

Mi cuerpo se amolda al exagerado tamaño de su miembro, lo que no me trae más que problemas, porque sin querer comienzo a disfrutar con lo que está haciendo, y temo que él lo note, porque quiero que sea cuánto lo odio por lo que está haciendo, cuánto me repugna lo que hace, lo mucho que lo despreciaré por siempre, por lo que, si sabe que lo comienzo a disfrutar, solo aumentaré su ego y echaré a perder lo que quiero que él sienta.

—Cómo te has humedecido, conejita —exclama mientras me embiste, y no hay nada que pueda hacer para evitar que mi cuerpo responda con satisfacción a lo que hace—. No puedes negar que lo estás disfrutando.

—Nada de eso, cretino —le digo, con toda la ira que puedo acumular en mis palabras, pero me cuesta decirlo sin gemir, porque sí es cierto que me está dando un gusto que me cuesta reprimir—. Solo espero que esto termine, y olvidarlo pronto.

Intento pensar en la manera en que Mario se está aprovechando de mí, en lo sucio de lo que está pesando, confiada en que con eso bastará para que deje de sentir tanto placer, pero la idea es contraproducente y el hecho de que me esté follando tan duro, con tanta energía y sintiendo una infinita atracción por mí no hace sino complicarme las cosas. Hacía mucho que Andrés no se acercaba a mí, desde el embarazo, así que no podía hacer más que fantasear con ser tomada de esa forma, y por un hombre al que sí le gustaba, que sí se sentía atraída por mi cuerpo, que siempre me estuvo observando con deseo y para quien ahora estaba cumpliendo con todas sus ilusiones.

—¿Te gusta sentirme dentro de tí? —pregunta luego de una exhalación de puro placer.

—Claro que no —miento cuando consigo tomar aire y muerdo mi lengua para no gemir. 

—Solo tienes que relajarte y disfrutar con lo que está pasando, conejita —dice contra mi oreja, lo que eriza todos los vellos de mi nuca de forma placentera. Confío en que no tenga forma de ver eso y debo morder con fuerza mis mejillas para no gritar—. Vamos, date la vuelta. Quiero verte de frente.

No quiero girarme. De espaldas, al menos puedo disimular las expresiones de mi rostro, pero con sus ojos encima de cada expresión terminará por darse cuenta de lo mucho que me está gustando lo que hace. 

Hacía tanto que no había sido follada que lo estaba disfrutando al máximo.

Salió de mí y creí que estaba por terminar, que llenaría mi trasero con su esperma, pero lo que hizo fue entrar de nuevo, está vez con suavidad, y volvió a salir, y volvió a entrar en un juego que no hacía sino arrancarme nuevas sensaciones de placer que debí reprimir con todas mis fuerzas. Si continuaba así, no tardaría en revelar lo que en verdad estaba sintiendo.

Terminó con su juego justo a tiempo para ahorrarme el gemido.

—Vamos, te dije que ahora te quería de frente.

Su actitud de mando debía ser molesta, pero tenía el efecto contrario porque, de alguna manera, deseaba que me viera, que se excitara aún más con mi cuerpo, que viera mis senos expuestos y enloqueciera de placer, que los estrujara y pasara su lengua por mis pezones, que estaban ya demasiado erectos para disimular que no me estaba gustando lo que hacía. Él se daría cuenta de cuánto lo estaba disfrutando y se reiría de mí mientras yo juraba que lo odiaba.

—Vaya, conejita. Te has puesto mucho más buena que cuando estábamos en la preparatoria —dice al verme de frente. No puedo menos que sentirme alagada, porque Andrés no apreciaba lo que tenía para él, mientras que Mario me admiraba como si yo fuese una diosa encarnada—. ¿Sabes? no me creo que no lo estés disfrutando. Mira el tamaño de tus pezones, y lo húmeda que está tu entrada. 

Miserable. Se burlaba de mí. Tenía que hacer algo para evitar que se diera cuenta.

—Que tonto eres. Es una reacción de la maternidad, imbécil. Recuerda que estás abusando de una mujer lactante. 

Veo el brillo en sus ojos. Al parecer, mis palabras tuvieron el efecto contrario y lo excitaron aún más. 

—En ese caso, vamos a hacer una apuesta. Si consigues no gritar en los próximos cinco minutos, te compraré un auto, ¿qué dices?

Ahora que estoy frente a él puedo apreciar el tamaño de su pene y veo que es mucho más grande de lo que había calculado. Trago saliva y me doy cuenta de lo difícil que va a ser el reto, pero estoy dispuesta a aceptarlo. Siempre me han gustado los retos y nunca he perdido contra los amigos de mi hermano.

—¿Y si pierdo? —pregunto.

Mario me mira con malicia cargada de deseo, lo que no hace sino hacerme querer que comience a follarme cuanto antes.

—Si pierdes, deberás prometer que me dejarás follarte una vez más.

No debía ser muy difícil, solo iban a ser cinco minutos y obtendría un auto nuevo. 

—De acuerdo —respondo—. Me será muy fácil ganar porque no estoy disfrutando para nada con esto.

—No sabes mentir, conejita. Y voy a demostrártelo.

No me da tiempo y vuelve a embestirme con fuerza, lo que casi arrancó un gemido de mi parte, pero logré controlarme y evitar en el último instante la expresión de placer que fue sentir su enorme pene dentro de mí, que lo anhelaba con insistencia.

Lo odiaba por eso. Por hacerme sentir así. Por provocarme tanto placer. Solo tenía que resistir por cinco minutos y le demostraría cuánto lo despreciaba.

Pero iba ser sumamente difícil.

—Me pregunto cómo se sentirá Nelson cuando se entere de que me acuesto con su hermana pequeña —dije burlón mientras me atraviesa—. Probablemente reaccionará mejor que si se enterara de que te acostaste conmigo solo para que no le contara lo de tu marido, sobre ese desgraciado maltratador.

—¡Cállate de una vez! —gruño evitando un gemido.

—Por qué no mejor usas esos lindos labios para gemir de una vez —exclama con placer, lo que me excita aún más—. Después también puedes usarlos para algo más, cuando hayas perdido.

—No vas a ganar— le respondo bruscamente.

No puedo permitírselo. Aunque mi inminente orgasmo amenace con destruirme.

—¿Estás segura, conejita? —pregunta con tono burlón—. Ya puedo sentir cómo te tiemblan las piernas, y apenas he empezado.

Tiene razón. Sus embestidas se sienten lentas ahora, como si estuviera torturándome con calma. ¿Cómo voy a soportarlo cuando acelere? ¿Y cómo sería que me follara furiosamente? No es que me interese comprobarlo.

Es un alivio poder tener un orgasmo sin hacer ruido. Lo he hecho muchas veces con Andrés, mientras dormía a mi lado, así que confío en que esta vez no será diferente.

Mientras la presión brota de mí como un géiser, mi cuerpo se contrae alrededor de Mario. Me muerdo el labio con tanta fuerza que puedo saborear el regusto metálico de la sangre en mi lengua.

Él gime de placer. 

—Joder, ¿estás eyaculando? Apuesto a que es tu primera vez, ¿eh, conejita?

Un sollozo silencioso se me escapa de la garganta al sentirme tan bien, pero aun así, no emito ni un solo sonido.

¿Qué demonios es esto? El sexo con Andrés era bueno, pero no se compara con lo que ahora estoy sintiendo. Andrés nunca me había provocado un orgasmo, pero Mario me hizo llegar al clímax en cuestión de minutos, lo que no hace sino que lo odie más por hacer que mi cuerpo me traicione de esta manera.

¡Es un imbécil!

En el instante en que mi orgasmo se detiene, dejando mi cuerpo temblando, siento que Mario me toma por el cuello y me aprieta con más fuerza la nuca.

—Muy bien, conejita, basta de tonterías. ¡Ahora sí es hora de hacerte gritar!

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