Se connecterCAPÍTULO 4
Me alejé antes de que pudiera responder, pero lo ví en sus ojos, la idea de verme con otro le quemaba.
Fui a la mesa para la cena, intentando respirar y controlar el torbellino de emociones y de hormonas en mi cuerpo, mis manos temblaban. Agarré el tenedor y empecé a comer rápido. Era mi forma de lidiar con la ansiedad desde pequeña lo hacía, y si quizás por eso tenía sobrepeso, además de otros factores hormonales, quería un momento a solas con la comida para respirar y no llorar, Pero no pasó desapercibido.
Ximena se acercó con un grupo de invitados detrás.
—Miren qué sorpresa —dijo en voz alta—. Carolina comiendo como si no hubiera mañana. Nada nuevo, por favor hermana, hay más invitados, intenta dejar algo para todos.
Algunos se rieron. Otros solo miraron incómodos.
Sonreí con sarcasmo.
—Tranquila, Ximena. Todavía quedará pastel para ti. No me lo voy a comer todo, quizás el dulce te quito lo amargo y venenoso de tus venas, porque si te muerdes la lengua, te envenenas.
Varias personas soltaron una risa, Ella enrojeció de furia.
—Eres ridícula, solo sabes avergonzarnos —gruño enojada.
—Y tú aburrida —respondí—. Al menos yo entretengo a la gente y bueno si lo piensas bien, gracias a mi, tu te ves bien, porque si no fuera por mi sobrepeso, la gente hablaría de tu evidente falta de intelecto.
Estaba a punto de estallar cuando mi papá se adelantó, tratando de suavizar la discusión.
—Hagamos un brindis —dijo levantando su copa.
Yo pedí agua. No podía beber alcohol por la inseminación.
Ximena se giró hacia mí en cuanto la mesera dejó el vaso.
—¿Agua? ¿En serio? ¿Es que no quieres celebrar mi compromiso?
—Celebrar puedo. Tomar alcohol, no —respondí.
—Siempre arruinando todo —gruñó ella, exagerando su molestia.
Mi papá frunció el ceño.
—Carolina, solo toma un poco. No pasa nada.
Daniel intervino también.
—Deja de ser infantil. Es un brindis.
—Dije que no —respondí, sintiendo la rabia subir por mi cara.
Me empezaron a presionar, y sentí un mareo que me nublo todo, me desmaye.
Cuando abrí los ojos, estaba en una camilla de hospital. Mi padre, Daniel y Ximena estaban ahí. Antes de que pudiera preguntar qué pasaba, Daniel explotó.
—¿Quién es el padre del bebé? ¡Dime quién es!
Parpadeé, todavía aturdida.
—Eso es asunto mío —dije con esfuerzo—. Voy a ser madre soltera. No necesito darles explicaciones.
Mi padre le dió un golpe a la pared.
—Carolina, esto puede dañar nuestra imagen.
Daniel intervino enseguida.
—Debes abortar. No puedes hacer esto.
Lo miré con rabia.
—No voy a abortar. Este bebé es mío, y quiero ser madre.
Ximena sonrió disfrutando todo.
—Papá, ¿ves? Siempre hace lo que quiere. No piensa en la familia.
Mi padre finalmente habló con dureza.
—Si no abortas, olvida que eres una Baxter.
Sentí un dolor profundo, pero no lloré. Me levanté lentamente, me quité la cadena familiar y se la puse en la mano.
—Perfecto. Entonces no lo soy.
Y salí del hospital sin mirar atrás.
Me fui llorando del hospital, y busque a la única persona con la que contaba, Laura.
Cuando llegué a su apartamento, ella me esperaba en la puerta, me abrazó sin preguntar nada. Ese simple gesto me hizo sentir segura con ella.
Entramos y me ofreció un vaso de agua. Me senté en el sofá, todavía cansada por todo lo que había pasado ese día.
—Caro… ¿estás bien? —preguntó dándome una caricia en la mejilla.
Suspire casi ahogada con mi llanto.
—Estoy embarazada —dije al fin—. Y voy a tener a mi bebé. Pase lo que pase, así mi familia no lo quiera.
Laura simplemente tomó mi mano y la apretó.
—Entonces tienes un lugar aquí todo el tiempo que necesites. Y quiero que trabajes conmigo. El restaurante necesita ayuda, y tú cocinas mejor que la mitad de mis empleados. Tus recetas siempre encantaron cuando hacías cenas en casa.
Sentí un alivio enorme, ella me daba una oportunidad.
—¿De verdad? No quiero ser una carga.
—No eres una carga, Carolina. Eres mi amiga. Y necesitas estabilidad ahora.
Acepté sin dudar, era el mejor camino que tenía por ahora.
Al día siguiente, regresé a la casa de mi familia para recoger algunas cosas. Sabía que mi papá no estaría. Quería evitar otra pelea, solo me iría con mi ropa nada más.
Cuando entré, Ximena estaba en la sala con el teléfono en la mano. Me miró de arriba abajo con una sonrisa burlona.
—Vaya, mira quién volvió. La gorda rechazada y embarazada —dijo, como si fuera un chiste.
No me hirió como antes, estaba cansada de darle poder, tenía algo más importante en lo que pensar.
—Te vi siempre como mi hermanita, Ximena —respondí—. Pero ya no nos une nada.
Ella rió, sorprendida por mi seguridad.
—Claro. Ahora que te crees valiente, pero siempre sabrás en el fondo que eres una gorda fracasada ¿Cómo vas a sobrevivir sin el apellido Baxter?
—No necesito un apellido para vivir y con eso te demuestro que soy más mujer que tú —dije.
Tomé mi maleta, ignoré todo lo demás y salí sin mirar atrás.
Esa misma semana empecé a trabajar en el restaurante de Laura. Me enseñó cómo organizaba las comandas, las recetas más populares y el manejo del personal. En pocos días, me sentí útil otra vez. Mis platos fueron bien recibidos por los clientes, y algunas mujeres incluso pidieron que yo misma preparara ciertas especialidades. Por primera vez en semanas, sentí que si valía.
Una noche, Laura tuvo que salir antes y me dejó encargada. El restaurante estaba lleno, pero lo estaba manejando bien… hasta que llegaron ellas.
Mi hermana y su séquito.
Entraron como si fueran dueñas del lugar. Ximena caminó directo a una mesa grande, pidió el menú y cuando lo abrió me buscó con la mirada.
—Quiero que la encargada venga —le dijo a una mesera, sabiendo perfectamente que era yo.
Respiré profundo pidiendo al cielo paciencia y me acerqué.
—¿Qué quieres, Ximena?
Ella sonrió disfrutando de la función.
—Quería felicitarte por tu nuevo trabajo. Debe ser lindo servir mesas después de haber sido una Baxter, bueno aquí tienes comida ilimitada.
Sus amigas rieron. Intenté mantener la calma.
Pidió un plato y, cuando se lo llevaron, tomó un bocado, miró a sus amigas y luego lo escupió a propósito en la servilleta.
—Sabe a basura —dijo fuerte—. Supongo que es normal. Una gorda no puede cocinar como una mujer bonita.
Me acerque porque era un comensal y debía escuchar su reclamo, tomó el plato y me lo lanzó a los pies. El golpe me dolió, pero lo que más me quemo fue la humillación.
Algo dentro de mí se rompió.
Sin pensarlo, le di una cachetada.
—No te metas conmigo —dije en voz alta.
Ella abrió los ojos, furiosa. Me empujó con todas sus fuerzas. Perdí el equilibrio y caí al piso. Mis manos golpearon el suelo primero, pero también me pegue en el abdomen.
Ximena se acercó con la intención de golpearme, pero alguien la tomó del brazo y la detuvo.
Era él.
El italiano.
Capítulo 93Su cuerpo cayó al suelo. Me quedé inmóvil, mirando a la mujer que había intentando matarme, A mi hermana y mi enemiga. Sentí dolor, rabia y una tristeza difícil de explicar. Helena había intentado destruir mi vida, pero aun así una parte de mí lloraba por la niña que había crecido sintiéndose escondida y olvidada.Un gemido nos hizo girar. Zack seguía en el suelo, pero su cuerpo empezaba a convulsionar por el veneno. Paulina se acercó unos pasos y lo observó con miedo.—Llama a alguien —me pidió sin apartar la mirada—. No quiero que muera frente a mí.Gabriela encontró un teléfono entre la ropa de Giorgio y pidió ayuda. Sin embargo, cuando regresó junto a nosotras, Zack ya había dejado de moverse.Murió.Paulina se cubrió la boca, se quedó paralizada viendo el cuerpo inerte.Me acerqué a ella y la abracé. Ninguna de nosotras celebró la muerte de Zack ni la de Helena, era una cicatriz que teníamos que sanar con el tiempo.Solo queríamos salir de ahí y regresar casa.Los hom
Capítulo 92Helena sostuvo el arma frente a mí con las dos manos. Sus ojos estaban llenos de rabia. Ya no quedaba nada de la mujer frágil que había llegado a mi casa fingiendo necesitar una familia.—Te aborrezco —dijo con la respiración alterada mientras mantenía el arma apuntando hacia mi pecho—. Saber que hombres como Giorgio o Luciano se fijaron en ti y estuvieron dispuestos a dar la vida por protegerte siempre fue una puñalada para mí.No aparté la mirada. Paulina permanecía detrás de mí, preparada para intervenir, aunque Zack seguía en el suelo junto al altar y buscaba una forma de levantarse.—El problema nunca fui yo —respondí con firmeza mientras intentaba acercarme un paso—. Pasaste tu vida creyendo que merecías lo que pertenecía a otras mujeres, pero nunca intentaste construir algo propio.Helena soltó una risa llena de amargura. El arma tembló entre sus manos, aunque su dedo seguía cerca del gatillo.—Es fácil decirlo cuando tuviste todo —me reclamó levantando la voz—. Tuv
Capítulo 91Nos dejaron solas unos minutos después. Escuchamos que hablaban con sus hombres sobre el dinero que todavía tenian. Querían pagarles antes de la ceremonia para recompensar su lealtad.Uno de ellos entró y nos quitó los anillos de boda. Intenté cerrar la mano, pero me torció los dedos hasta obligarme a soltarlo. Ver el anillo de Luciano en manos de aquel hombre me llenó de rabia.Paulina esperó a que cerraran la puerta y se acercó a mí hasta que nuestros hombros se tocaron.—Antes de venir le escribí a Felipe —susurró mientras miraba a Ana y Gabriela—. Le dije que iba al hospital. Si ve el mensaje, sabrá que algo pasó.—Entonces tenemos una oportunidad —respondí intentando mover las manos dentro de las cuerdas—. Pero no podemos esperar sentadas. Vamos a defendernos con uñas y dientes.Gabriela consiguió acercarse un poco. Ana seguía muy débil, pero asintió cuando le preguntamos si podía correr. Debíamos esperar el momento correcto y atacar antes de que nos obligaran a hacer
Capítulo 89La llevamos a casa y le prometimos que estaría protegida. Queríamos permanecer a su lado, pero el consejo de la Cosa Nostra exigió que Paulina y yo también asistiéramos a la reunión. Nos negamos al principio, pero los hombres de Alessandro explicaron que nuestra presencia era necesaria como parte de la familia Benedetti.Antes de salir, hablé con los escoltas. Les ordené que no dejaran sola a Ana ni un minuto y que vigilaran todas las entradas de la propiedad.—No permitan que nadie se acerque sin autorización —les advertí, mirando a cada uno con seriedad—. Si Ana quiere salir, uno de ustedes debe acompañarla.Paulina seguía inquieta cuando subimos al vehículo. Miró varias veces hacia la casa mientras nos alejábamos.—No me gusta dejarla así —dijo mientras se acomodaba junto a Felipe—. Está convencida de que Giorgio sigue vivo y parece sentir que algo va a pasarle.—Regresaremos en cuanto termine la reunión —le aseguré, aunque compartía su preocupación—. Henry también envi
Capítulo 89La llevamos a casa y le prometimos que estaría protegida. Queríamos permanecer a su lado, pero el consejo de la Cosa Nostra exigió que Paulina y yo también asistiéramos a la reunión. Nos negamos al principio, pero los hombres de Alessandro explicaron que nuestra presencia era necesaria como parte de la familia Benedetti.Antes de salir, hablé con los escoltas. Les ordené que no dejaran sola a Ana ni un minuto y que vigilaran todas las entradas de la propiedad.—No permitan que nadie se acerque sin autorización —les advertí, mirando a cada uno con seriedad—. Si Ana quiere salir, uno de ustedes debe acompañarla.Paulina seguía inquieta cuando subimos al vehículo. Miró varias veces hacia la casa mientras nos alejábamos.—No me gusta dejarla así —dijo mientras se acomodaba junto a Felipe—. Está convencida de que Giorgio sigue vivo y parece sentir que algo va a pasarle.—Regresaremos en cuanto termine la reunión —le aseguré, aunque compartía su preocupación—. Henry también envi
Capítulo 88La noticia dejó a toda la familia en silencio. Alessandro estaba en coma después del atentado, Gabriela había desaparecido y la Cosa Nostra quería colocar a Felipe al frente de la organización italiana mientras encontraban una solución.Sentí un dolor profundo al pensar en ellos. Alessandro y Gabriela no eran mis hijos, pero los había llegado a querer como si lo fueran. Había visto cómo ambos intentaban reconstruir sus vidas después de todo el daño que Giorgio les había causado, y ahora alguien había destruido la paz que apenas empezaban a disfrutar.—Felipe no aceptará ese cargo —dijo Luciano mientras se levantaba de la mesa y miraba a Henry con firmeza—. Si dirige la organización americana es porque no tuvo otra salida. No vamos a permitir que también le entreguen la Cosa Nostra italiana.Felipe negó antes de que Henry pudiera responder. Paulina sostenía su mano con fuerza, y el miedo era evidente en los ojos de ambos.—No voy a aceptar —confirmó Felipe mientras miraba a







