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4. LA SOMBRA EN EL ESPEJO RETROVISOR

作者: MATCHA
last update 公開日: 2026-04-05 17:33:19

Noah retiró la mano como si acabara de tocar un hierro al rojo vivo. Su respiración se aceleró sin control. El dedo índice le había quedado entumecido por la brutal presión de aquel hombre.

Nathan volvió a enderezar su cuerpo. Retrocedió un paso, alejándose del escritorio de Noah. La expresión de peligro en su rostro se desvaneció en cuestión de segundos. Nathan volvió a ponerse la máscara de guardaespaldas sin emociones que a Noah le resultaba cada vez más repugnante.

—Por favor, prepárese, señorita Alistair —dijo Nathan mientras recogía su saco negro, que estaba doblado sobre el respaldo de una silla. Se lo puso con un movimiento rígido y de estilo militar—. Su coche la espera en la planta baja.

Noah lo miró con furia. Cogió su abrigo de invierno del perchero sin pronunciar una sola palabra. Su orgullo había sido hecho trizas por la provocación de hacía un momento. La Reina de Hielo caminó por delante de Nathan hacia el ascensor privado.

Descendieron en un silencio que oprimía el pecho. Las puertas del ascensor se abrieron en el estacionamiento subterráneo VIP. El aire helado, característico del invierno de Chicago, los recibió al instante.

Una limusina blindada de color negro intenso estaba perfectamente estacionada junto a un pilar.

Nathan se adelantó a Noah. Abrió la puerta trasera del pasajero con una postura impecable. Inclinó ligeramente la cabeza mientras Noah entraba. La nariz de Noah captó el aroma a jabón barato de vainilla mezclado con el aire gélido que emanaba del cuello de la camisa del hombre. El aroma del pasado que siempre conseguía destrozar su cordura.

La puerta se cerró con un sonido pesado. Nathan rodeó el vehículo y subió al asiento del conductor.

Nathan había bajado deliberadamente hasta la mitad el cristal divisorio que separaba al conductor de los pasajeros traseros. Noah tuvo la intención de ordenarle que lo subiera por completo, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta en cuanto el coche se puso en marcha, abriéndose paso por las calles nocturnas.

Cada contacto visual entre ellos a través del espejo retrovisor se convertía al instante en un campo de batalla.

Noah se sentó con las piernas cruzadas, mirando fijamente hacia adelante. Su mirada gris chocó con los profundos ojos negros de Nathan en el reflejo de aquel espejo rectangular. Ninguno de los dos tenía la intención de apartar la vista primero.

El odio ardía en los ojos de Noah. Lo miraba como si quisiera matarlo lentamente. Por otro lado, la mirada de Nathan era indescifrable. Sus ojos eran demasiado tranquilos, demasiado profundos, albergando un anhelo mortal que la mente racional de Noah no podía interpretar.

—Concéntrese en la carretera, guardaespaldas —dijo Noah, rompiendo el silencio que torturaba sus pulmones—. Le pagan por conducir, no por mirarme a mí.

—Debo asegurarme de que todo esté seguro detrás de usted, jefa —la respuesta de Nathan fue tan plana como el asfalto bajo las ruedas.

—Este coche es a prueba de balas —Noah cruzó las piernas con elegancia—. Deje de buscar excusas ridículas.

Nathan desvió la mirada hacia la carretera, que empezaba a cubrirse por la tormenta de nieve. No replicó más. El silencio volvió a apoderarse de todo hasta que el coche se detuvo suavemente frente al dosel del lujoso restaurante Le Bernardin.

Las lámparas de cristal del interior del restaurante proyectaban una cálida luz sobre la calle nevada. Los camareros, ataviados con uniformes blancos, ya estaban formados cerca de la entrada.

Nathan bajó primero, atravesando la ligera nevada. Abrió la puerta trasera del pasajero y extendió un gran paraguas negro sobre la cabeza de Noah. Sus movimientos fueron ágiles e impecables.

Noah salió del coche. El viento nocturno de Chicago le azotó el rostro. Se ajustó su costoso abrigo para protegerse del frío que calaba hasta los huesos.

—Noah.

Aquella voz grave y arrogante la llamó desde el vestíbulo del restaurante. Tristan Vance se acercó con una sonrisa de confianza. El joven multimillonario vestía un costoso traje gris de un diseñador de renombre. Su edad, apenas treinta años, le confería un aire muy maduro y dominante.

Tristan le rodeó la cintura a Noah con el brazo sin dudarlo un segundo. Atrajo el cuerpo de la Reina de Hielo hacia él hasta que sus pechos casi se tocaron.

—Estás deslumbrante esta noche, cariño —Tristan besó la mejilla de Noah, demorándose más de la cuenta.

Noah forzó una leve sonrisa. De reojo, miró deliberadamente en dirección a Nathan, que permanecía de pie, sosteniendo el paraguas, a solo un metro de ellos.

Nathan estaba congelado como una estatua de hielo. Su saco negro se estaba cubriendo de copos de nieve. Su rudo rostro no mostraba ninguna expresión de ira. Sin embargo, su mandíbula se tensó con tanta fuerza que los músculos de su cuello se marcaron.

Tristan se apartó. El multimillonario finalmente se percató de la presencia del hombretón que estaba cerca de ellos. Los ojos de Tristan recorrieron a Nathan de arriba abajo con desdén. Detestaba profundamente a cualquiera que tuviera un estatus inferior al suyo.

—¿Quién es este tipo de cara espantosa? —preguntó Tristan con tono despectivo—. ¿Dónde está el señor Sterling? ¿Por qué ha enviado a un recadero sucio para escoltarte?

Noah sonrió, sintiéndose victoriosa. —Es Nathan Alexander. El consejo de administración me ha obligado a utilizar sus servicios a partir de hoy.

Tristan resopló. Soltó la cintura de Noah y se acercó a Nathan. Le dio una palmada en el hombro al guardaespaldas, un gesto deliberadamente condescendiente.

—Escúchame bien, guardaespaldas —Tristan miró a Nathan a los ojos con arrogancia—. Espéranos aquí afuera hasta que terminemos de cenar. No dejes que nadie se acerque a mi coche. ¿Entendiste la orden?

Nathan inclinó la cabeza lentamente. —Entendido, señor Vance.

Tristan soltó una risa suave, sintiéndose triunfador. Volvió a rodear la cintura de Noah de forma posesiva y la condujo al cálido interior del restaurante, dejando a Nathan solo en medio de la tormenta de nieve.

Justo antes de que la puerta giratoria de cristal se cerrara, Noah miró hacia atrás.

Su sonrisa de victoria se desvaneció al instante. La Reina de Hielo vio la mano derecha de Nathan apretada en un puño tan fuerte a su costado que los nudillos se le habían vuelto de un blanco pálido. Un instinto primitivo y un aura asesina emanaban densamente del cuerpo del guardaespaldas. El hombre parecía listo para romperle el cuello a Tristan en cualquier momento de la noche.

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