LOGINCapítulo 4 —Cambio de estrategia
Mauricio estaba de pie en el gran salón, ajustándose los gemelos de oro con una firmeza que ocultaba su arritmia. A su lado, Maribel terminaba de retocarse frente al espejo. Llevaba un vestido verde esmeralda, sencillo pero de una seda que gritaba dinero. Sergio los observaba desde el umbral, con un vaso de whisky en la mano y un documento quemándole en el bolsillo: una copia del poder notarial que le otorgaba a ella el control total sobre el flujo de caja de la compañía.
—Estás hermosa, Maribel —dijo Mauricio, dándole un beso en la frente—. Esta noche es para ti. Quiero que todos sepan quién es la mujer que ahora cuida mi espalda.
Sergio sintió náuseas. Para él, la escena era un montaje. En su cabeza, Maribel era la actriz principal de una e****a y esa misma tarde, había tomado una decisión: si no podía sacarla de la casa por la ley, la sacaría por el escándalo. Iba a seducirla, a grabarla y a restregársela a su padre en la cara.
La cena comenzó con el desfile habitual de buitres de las finanzas. Sergio se movió entre la multitud con la precisión de un cazador. Su primera fase fue el contacto físico constante, casi imperceptible pero eléctrico. Cada vez que pasaba por su lado, permitía que su antebrazo rozara la espalda desnuda de ella. Cuando le servían vino, él se acercaba tanto que ella podía sentir su calor corporal emanando del traje hecho a medida.
—Vigila tu copa, Maribel —le susurró al oído en un momento de distracción general, mientras su mano rozaba "accidentalmente" su cintura—. No querras perder el control ahora que tienes tanto que administrar.
Ella se tensó, pero Sergio notó cómo su pulso se aceleraba en la base del cuello. Sabía que ella no era indiferente; el cuerpo recordaba lo que la mente intentaba negar.
A mitad de la noche, Sergio decidió lanzar el anzuelo definitivo. La encontró en la terraza, buscando aire frío para escapar del sofoco del salón. Se acercó despacio, eliminando cualquier rastro de desprecio de su rostro. Adoptó esa expresión de vulnerabilidad calculada que sabía que ella no esperaría.
—Es una noche agotadora —dijo Sergio, apoyándose en la barandilla a su lado, mirando hacia la oscuridad del jardín.
—Si vienes a soltar otro de tus comentarios sobre mis intenciones, ahórrate el tiempo, Sergio —respondió ella sin mirarlo, apretando su chal de seda —No tengo ganas de aguantarte.
Sergio soltó un suspiro largo, cargado de un peso que no sentía.
—En realidad... venía a decirte algo que me ha estado dando vueltas. Algo que mi orgullo no me dejaba decir.
Maribel se giró, extrañada por la falta de veneno en su voz.
—¿Qué cosa?
—Quería pedirte perdón, Maribel, en serio.
—¿Perdón, porque?
—Por lo que sucedió en la Universidad, lo que te hice.
Ella soltó una risa seca, incrédula.
—¿Después de ocho años de silencio y tres días de insultos, me pides perdón?
—Fui un imbécil —continuó él, bajando el tono, haciendo que sus palabras sonaran íntimas, casi dolorosas—. Esa apuesta... fue la mayor estupidez de mi vida. Era un niño arrogante que no entendía nada. Te usé para ganar un estúpido reto y no medí el daño que te hice. Pero ahora, al ver cómo cuidas de mi padre y cómo proteges a Pedro me ha hecho darme cuenta de que el único que sigue estancado en el pasado soy yo. No espero que me perdones hoy, pero necesitaba que supieras que me arrepiento de haber sido ese monstruo.
Fue el movimiento maestro. Maribel se quedó en silencio, con la guardia bajando centímetro a centímetro. Sergio vio cómo sus ojos se humedecían ligeramente bajo la luz de la luna. Ella quería creerle; necesitaba creer que el hombre que amó alguna vez todavía existía debajo de esa coraza de cinismo.
—No sabía que... que eso te atormentara —susurró ella, con la voz quebrada.
—Pienso en eso más de lo que admitiría —mintió él, acercándose un paso más y envolviendo la mano de ella con la suya. El contacto fue suave, una promesa de tregua—. Solo quiero que este enfrentamiento termine. Por el bien de todos.
Maribel asintió, visiblemente conmovida por la supuesta humanidad de Sergio. Él sintió un triunfo frío. La había embaucado. El terreno estaba listo.
En cuanto la gala terminó y Mauricio se retiró a descansar, Sergio le pidió a Maribel, verla en el despacho de la biblioteca. El ambiente estaba cargado. Cerró la puerta con un clic metálico que puso el moño a la farsa de la terraza.
—¿Qué pasa, Sergio? ¿Por qué me has traído aquí? —preguntó ella, todavía bajo el efecto de la confesión anterior.
—Porque no puedo seguir fingiendo —respondió él, acortando la distancia con una rapidez que la dejó sin espacio contra el pesado escritorio de caoba—. Dijimos que el enfretamiento terminaba, Maribel, pero mi cuerpo no ha recibido el mensaje.
—Sergio, por favor... Mauricio confía en mí —murmuró ella, intentando buscar una salida que sus propios pies se negaban a tomar.
—Mi padre te dio un apellido, pero ambos sabemos que no puede darte esto —La acorraló, poniendo sus manos sobre el escritorio, encerrándola—. Dime que no me has extrañado. Confiesa que nadie te hace sentir lo que yo te hago sentir con solo mirarte.
Se odiaba a sí misma porque, mientras su cerebro gritaba "huye", su corazón latía con la esperanza estúpida de que esta vez no fuera un engaño.
—Te odio —logró articular, aunque el insulto salió como un suspiro húmedo contra sus labios—. Te odio por lo que me hiciste. Por dejarme sola.
—Mientes —sentenció Sergio con una seguridad cruel—. Me odias porque me deseas. Me odias porque, después de tanto tiempo, sigues siendo mía.
La besó. No fue un beso robado ni un asalto violento. Fue un beso largo, sucio y hambriento, cargado de una posesividad que reclamaba cada centímetro de su alma. Sergio usó todo lo que recordaba de ella para desarmarla. Sus lenguas se encontraron en una batalla de dominación. Maribel soltó un gemido que se perdió en la boca de él, y sus manos se enredaron en el cabello de Sergio, respondiendo con una urgencia que confirmaba lo que Sergio sospechaba: ella seguía siendo suya por derecho de antigüedad.
Sergio sintió la victoria. Sus manos recorrieron la seda del vestido verde, subiendo por sus muslos, buscando la piel ardiente. Estaba a punto de llevarla al sofá del despacho para consumar la traición y asegurar la prueba que necesitaba, cuando Maribel, en un último arranque de lealtad hacia Mauricio, lo apartó con desesperación.
—¡No! —jadeó ella, con los labios hinchados—. ¡Mauricio! ¡Su honor! Él es el único hombre que me ha respetado, Sergio. No puedo hacerle esto... no puedo traicionarlo.
Sergio se detuvo, con la respiración pesada. La miró, pero esta vez mantuvo su máscara de hombre atormentado. No podía insultarla ahora o arruinaría el progreso de su "perdón".
—Tienes razón —dijo él, fingiendo una lucha interna, alejándose unos pasos para darle la espalda—. Es mi padre. Maldita sea, es mi padre, tampoco puedo triacionarlo.
Maribel lo miró desde el escritorio, temblando, sintiendo una mezcla de culpa y una gratitud retorcida porque él parecía estar respetando sus límites.
—Vete, Maribel —susurró Sergio—. Vete antes de que cometa otro error en mi vida.
Ella salió del despacho casi huyendo. En cuanto escuchó el cierre de la puerta, Sergio se relajó y se sirvió un trago. Miró hacia la chimenea, donde un pequeño dispositivo de grabación que había escondido entre los libros seguía funcionando. Lo apagó con un gesto frío.
—Casi —murmuró.
Tomó el movil y deslizó el dedo por la pantalla, reproduciendo la grabación. El ángulo era perfecto; la luz de la chimenea capturaba la forma en que Maribel se aferraba a su cabello, la entrega voluntaria de su cuerpo contra el escritorio. Su primer instinto fue levantarse, cruzar el pasillo y lanzarle el teléfono a su padre sobre la cama para terminar con la farsa de una vez por todas.
Sin embargo, se detuvo. Un beso era una falta sí, pero podía justificarse como un momento de debilidad. Necesitaba algo irrefutable, algo que no dejara espacio a las excusas de Mauricio. Tenía que grabarse teniendo se*xo con ella; necesitaba la evidencia de una entrega total, de una infidelidad consumada que anulara cualquier derecho legal sobre el patrimonio.
Miró el video una vez más. Al ver el momento exacto en que sus labios se unieron, una punzada eléctrica le recorrió la espalda, y por un segundo, el sabor a jazmín y desesperación de su boca volvió a invadir sus sentidos. Sergio sacudió la cabeza con violencia, bloqueando la pantalla hasta que el despacho quedó en penumbra.
—Mente fría, Sergio —se recriminó a sí mismo, apretando el dispositivo con fuerza—. Es una estafadora. Nada más que eso.
Capítulo 112 Extra —Los años de verdadTres años después de aquel vuelo a París, la vida de los Lozano había encontrado un ritmo real y tranquilo, lejos del ruido y la prensa de Manhattan. Se habían mudado por fin a la casa de la finca en el bosque, un lugar rodeado de pinos donde el aire siempre olía limpio y por las noches solo se escuchaba el viento.La transición en las empresas había sido limpia. Maribel, con esa mente brillante y organizada que la caracterizaba, manejaba las finanzas importantes mediante videollamadas semanales desde su despacho improvisado en la mesa del comedor. Había delegado el día a día en un equipo de absoluta confianza. Ya no tenía que demostrarle nada a nadie; era una mujer libre, madura, que prefería usar pantalones de lino cómodos y suéteres de lana antes que los rígidos trajes de sastre, aunque mantenía esa mirada firme que ponía en su lugar a cualquiera.Sergio también vivía una etapa de mucha paz. Seguía diseñando los proyectos grandes, pero el mal h
Capítulo 111 —El umbral de la distanciaEl salón de recepciones del hotel St. Regis de Manhattan estaba decorado con una sofisticación que equilibraba la calidez de la madera noble y el destello de las arañas de cristal. La fiesta post-boda no tenía la rigidez de una gala de negocios; el ambiente se sentía vibrante, distendido y colmado de una algarabía legítima que celebraba la consolidación definitiva del bloque Lozano.Pedro vestido con su esmoquin a medida, se movía por el salón con una soltura que reflejaba la mezcla perfecta entre la astucia de su madre y la firmeza de Sergio. Pasó gran parte de la recepción instalado en la mesa de los dulces, debatiendo con Ernesto sobre la ingeniería detrás de la torre de chocolate y desafiando a Beatriz a un juego de adivinanzas lógicas que ponía a prueba la paciencia de la mujer.En el centro de la pista, Maribel y Sergio disfrutaban de la tregua social. Ella lucía radiante, con una copa de champaña sostenida con elegancia, mientras la mano g
Capítulo 110 —El plano definitivoLos vitrales de la antigua iglesia de piedra de Manhattan filtraban la luz de la tarde en haces de tonos rubí y oro, vistiendo el altar de una solemnidad que hacía eco al latido apresurado en el pecho de Maribel. En la sacristía lateral, convertida temporalmente en un búnker de nervios y tul, el ambiente estaba cargado de una emotividad que ninguna junta directiva habría podido contener.Maribel permanecía estática frente al espejo de marco dorado, intentando controlar la respiración madura que amenazaba con desarmarle las costuras del vestido. No iba de blanco inmaculado. Su condición legal de viuda de Mauricio, impuesta por los tribunales y el pasado, dictaba las normas de la liturgia religiosa; la iglesia abría sus puertas para un segundo matrimonio legítimo, pero exigía una sobriedad protocolar. Sin embargo, lo que el protocolo restaba de tradición, la brillantez del diseño lo multiplicaba en belleza. Beatriz había seleccionado para ella un especta
Capítulo 109 —El pacto de las secuoyasEl Parque Nacional Redwood los había recibido con una inmensidad que hacía que los rascacielos de Manhattan parecieran maquetas de juguete. Los primeros dos días de vacaciones habían sido un despliegue de algabraba y vitalidad familiar. Pedro estaba completamente fascinado; había corrido entre los troncos colosales de las secuoyas, cuyos diámetros eran tan anchos que se necesitaban diez niños tomados de la mano para rodearlos, y había llenado su libreta de explorador con dibujos de hojas gigantes y descripciones minuciosas de las ranas verdes que, tal como Sergio prometió, hacían un concierto rústico y ensordecedor cada vez que caía el sol.El arquitecto había cumplido su palabra de manera milimétrica: más de una vez Maribel se había detenido en mitad de los senderos boscosos para observar, con una emotividad que le humedecía los ojos, cómo Pedro tocaba las ramas más altas de los arbustos prehistóricos sentado firmemente sobre los hombros gigantes
Capítulo 108 —Trazando el rumbo del bosqueLos quince días de plazo para el blindaje corporativo que Maribel había exigido pasaron con la velocidad de un parpadeo. Tras extensas jornadas de auditorías y de dejar las firmas autorizadas a cargo de un comité de absoluta confianza en el Holding, el plazo se había cumplido. El viaje ya no era un plano difuso en la mesa de dibujo; era un hecho inminente.Sergio, fiel a la promesa que le había hecho a su hijo en el restaurante de los muelles, se había tomado la tarea de buscar un destino que cumpliera con las exigencias rústicas del niño: un lugar con árboles gigantescos, naturaleza indómita y espacio de sobra para su inmensidad física. El destino elegido fue el Parque Nacional Redwood, en la costa norte de California. Un territorio imponente, famoso por albergar los árboles más altos y antiguos del planeta, rodeado de un bosque tan denso y verde que parecía sacado de una leyenda, ideal para que Pedro pudiera trepar a los hombros de su padre
Capítulo 107 —En la corte del embajadorEl desfile de trajes de alta costura, uniformes diplomáticos con bandas de honor y vestidos de seda que arrastraban sus colas por el mármol del Consulado General de la República Federal de Alemania en Manhattan configuraban el escenario perfecto de la alta sociedad. Para la aristocracia de los negocios y el cuerpo consular, la fiesta del séptimo cumpleaños del hijo menor del embajador no era un simple festejo infantil; era la primera gran pasarela social de la temporada.En medio de los murmullos, el sonido de las copas de cristal y los destellos de las cámaras autorizadas, la entrada del bloque Lozano provocó un silencio magnético. Por primera vez, Sergio y Maribel se presentaban de manera oficial, desafiando cualquier etiqueta de co-tutoría legal ante la mirada de todos.Maribel caminaba con la cabeza alta, vistiendo un espectacular diseño de satén azul noche que se ceñía a su silueta con una elegancia impecable. Sin embargo, por dentro, su est







