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Los flashes de aquella noche se sentían como ráfagas de balas que destrozaban la dignidad de Mateo Torres.
El Madrid Royale FC acababa de perder en su propia casa. Mateo, el delantero estrella al que todos adoraban como a un dios, caminaba arrastrando los pies por el pasillo del estadio con la cara hecha un poema.
Estaba de un humor de perros. Así que, cuando un niño con una camiseta del número 9 le acercó un libro para que le firmara un autógrafo, Mateo solo lo miró con desprecio, resopló y pasó de largo como si nada.
El niño se puso a llorar a gritos. Y, para colmo, la cámara de un periodista captó el momento a la perfección.
En menos de dos horas, el video era tendencia número uno en España. Los internautas se pusieron las pilas como un ejército de ciberacosadores y lanzaron el hashtag #BoicotMateoTorres.
El clímax llegó esta mañana: los directivos del Madrid Royale FC estaban que echaban humo porque su patrocinador principal, una gigante empresa de lácteos, amenazó con romper un contrato millonario en 30 días.
A menos que la imagen de Mateo diera un giro de 180 grados: de monstruo arrogante a hombre dulce y familiar.
Mientras tanto, en otro rincón más tranquilo de Madrid, Lucía Vega estaba hasta arriba de trabajo. Como influencer de belleza súper conocida por su labor social, hoy estaba organizando un concurso de dibujo para los niños de su orfanato.
—Despacio, cariño, no te salgas de la línea —le decía Lucía con ternura, mientras le arreglaba la coleta a una de las niñas. Lucía sonreía, aunque por dentro estaba dándole vueltas a los problemas financieros de la fundación.
¡ZAS!
La calma se fue a pique en un segundo. Un tipo altísimo que corría como loco, con gorra negra y mascarilla, se llevó por delante la mesa del jurado. Por si fuera poco, su corpachón derribó el poste del pequeño escenario que Lucía había montado, dejándolo hecho trizas. Los lienzos volaron por los aires, la pintura se derramó y los niños empezaron a gritar del susto.
A Lucía le hirvió la sangre al instante. Adiós a su imagen de influencer refinada.
—¡Oye! ¿Es que no tienes ojos o qué? —gritó Lucía, furiosa.
El tipo de la mascarilla intentó levantarse para salir pitando al ver que unos paparazzi merodeaban a lo lejos. Pero Lucía fue más rápida. Con un movimiento veloz, saltó sobre él y le tiró de la gorra hacia atrás, haciendo que se le cayera la mascarilla.
—¡Suéltame... ay! ¿Estás loca o qué? —ladró él.
En cuanto la verdadera cara detrás de la mascarilla quedó al descubierto, Lucía se quedó helada. Y los niños también.
—¡Mateo!
—¡Ala, es Mateo Torres, el de la tele!
Mateo Torres, el megastarr que tenía a toda España hablando de él, estaba ahí, frente a ella. Sus miradas se cruzaron. En ese instante, recuerdos del instituto les pasaron por la cabeza como una película. Lucía reconoció esa cara de chulo, y Mateo hizo lo mismo. Eran enemigos íntimos desde el colegio y se odiaban a muerte.
—Tú... —siseó Mateo, entrecerrando los ojos.
—Tú... —respondió Lucía con una mirada igual de cortante.
Pero la cosa se estaba poniendo fea. La gente y varios paparazzi empezaron a acercarse apuntando con sus móviles. Si Mateo montaba un numerito ahí, su reputación estaría acabada para siempre y el evento de Lucía se convertiría en un caos.
Pensando rápido, Lucía le agarró el cuello de la chaqueta y, con todas sus fuerzas, obligó al deportista a arrodillarse en el césped, justo al lado de la mesa de dibujo de los niños.
Siéntate, quédate quieto y sonríe si quieres seguir vivo, le susurró Lucía con un tono amenazante y una sonrisa falsa de lo más dulce.
No le quedó más remedio. Para salvarse del linchamiento de la gente y del acoso de la prensa, Mateo tuvo que obedecer a la loca que tenía delante. Con rigidez y una sonrisa forzadísima, agarró un crayón rojo y fingió ayudar a un niño pequeño a pintar un castillo.
¡CLICK!
Entre la multitud, una cámara profesional captó el momento mágico. El delantero cruel que hacía horas había hecho llorar a un niño, ahora estaba arrodillado con toda la humildad del mundo, sonriendo (léase: apretando los dientes de rabia) mientras enseñaba a un niño huérfano a pintar. La imagen se subió a internet al segundo y, en cuestión de minutos, la narrativa mediática dio un giro total.
Por la noche, Lucía estaba en el sofá de su apartamento con un dolor de cabeza tremendo. Su móvil no paraba de vibrar con noticias positivas sobre Mateo y su fundación. Pero eso no quitaba el trago amargo que había pasado esta tarde: el terreno donde estaba el orfanato estaba bajo una demanda y amenazaban con embargarlo por un lío de propiedad. Necesitaba un dineral para salvar el lugar, o sus niños se quedarían en la calle.
¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!
Unos golpes fuertes en la puerta la sacaron de sus pensamientos.
¿Quién vendría a estas horas? Se acercó con cuidado y miró por la mirilla. Un hombre de mediana edad con un traje carísimo estaba afuera, con un maletín de cuero. No le sonaba de nada, pero sus ojos afilados desprendían autoridad.
Lucía abrió un poco la puerta, manteniendo la distancia. ¿Sí? ¿Qué pasa? No recuerdo tener ninguna cita esta noche.
El hombre esbozó una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Buenas noches, señorita Vega. Soy Javier Vargas, el representante de Mateo Torres. ¿Puedo pasar un momento? Hay algo importante de lo que necesito hablarle.
El nombre de Mateo Torres dejó a Lucía de piedra. ¿Qué más quería ese tipo ahora? Suspiró y decidió dejarle entrar. Al fin y al cabo, ella era una mujer educada.
—Pase, señor Vargas —dijo Lucía, abriendo más la puerta.
Javier entró y echó un vistazo a todo el apartamento, como si estuviera tasando el lugar. Se sentó en el sofá, sacó una tablet del maletín y la puso sobre la mesa de centro. En la pantalla se veía la foto viral de El Retiro: Mateo sonriendo forzadamente al lado de una Lucía que desprendía ternura, rodeados de niños.
—Esta foto, señorita Vega —empezó Javier con voz firme y tranquila—, ha sido una bendición; salvó a Mateo de la ruina total. Los patrocinadores, sobre todo Vitality Milk, han visto una oportunidad de oro.
Lucía miró la foto y luego a Javier, esperando a que siguiera.
Javier deslizó la tablet hacia Lucía y sacó del maletín un cheque en blanco ya firmado. Al ver la cantidad, a Lucía se le abrieron los ojos como platos. Era una millonada. Más que suficiente para solucionar lo del terreno.
—Esta es nuestra oferta —dijo Javier con tono serio—. Salve la carrera de Mateo del boicot. Denle la imagen que Vitality Milk y el público necesitan. Y nosotros... nos aseguraremos de que el terreno de su fundación quede libre de problemas, con fondos más que suficientes para reconstruirlo si hace falta.
A Lucía le latía el corazón a mil. La oferta era... demasiado buena para ser verdad.
—¿Per-perdón? ¿A qué se refiere? —preguntó, casi en un susurro.
Javier la miró directo a los ojos, sin dudar ni un segundo.
—Señorita Lucía Vega, queremos que acepte un matrimonio de conveniencia con Mateo Torres. Un año. Ser su esposa ante el público. Y todos sus problemas habrán terminado.
Un cheque millonario. El terreno a salvo. Casarse... ¿con Mateo Torres? A Lucía le daba vueltas la cabeza intentando digerir semejante locura. El mundo se le venía abajo.
La luz del sol del mediodía atravesaba los huecos de las cortinas de lino blanco en el dormitorio principal de la villa, calentando el suelo de madera de roble pulido. Sin embargo, esa calidez no lograba disipar la tensión que atenazaba el pecho de Lucía. Ella estaba arrodillada al lado de la cama, con las manos finas temblando visiblemente mientras colocaba una venda estéril nueva sobre la cintura de Mateo. La gasa blanca ya empezaba a mancharse por la sangre fresca que atravesaba la primera capa.—Lucía, controla tu respiración. Pareces a punto de enfrentarte a un pelotón de fusilamiento, no de cuidar a tu propio marido —la voz de Mateo sonó baja, con ese tono rasposo propio de quien acaba de aguantar un dolor intenso.Hizo una mueca leve cuando sus músculos abdominales se tensaron, pero sus labios forzaron una sonrisa tenue para calmar la angustia en el rostro de la mujer.—¿Cómo quieres que esté tranquila, Mateo? —susurró Lucía, con la voz quebrada por un pánico contenido. Sus ded
El sonido del tono de llamada del móvil, que rompía el silencio de la mañana en la montaña, cambió instantáneamente la tensión en el aire. Hugo llamaba desde Madrid, y ni siquiera había terminado de sonar cuando Lucía ya le había arrebatado el dispositivo de la mesita de noche.—¿Hugo? ¿Cómo está la situación en Madrid? ¿Está todo resuelto? —exclamó Lucía sin preámbulos, con la voz vibrando entre la ansiedad y la exigencia.Al otro lado de la línea, el largo suspiro de Hugo se escuchó con claridad, seguido por el ruido de fondo que indicaba que se encontraba en la sala de espera de una comisaría o de algún despacho jurídico importante en la capital.—Tranquilízate, Lucía, respira primero —la voz de Hugo sonaba cansada, pero con un matiz de victoria que no podía ocultar—. Hernández ha sido detenido oficialmente. La policía lo ha sacado directamente de la sala de juntas esta mañana, acusado de fraude, malversación de fondos de la fundación y blanqueo de capitales.Lucía se cubrió la boc
Sus respiraciones volvieron a ser regulares poco a poco, llenando el silencio del dormitorio, ahora bañado por la luz dorada del sol de la mañana. Mateo estiró la mano para tirar de la gruesa manta, que antes había quedado apartada, y cubrir la espalda desnuda de Lucía, protegiendo su piel del aire de la montaña que aún se sentía fresco.Sin embargo, mientras Lucía descansaba apoyada en el pecho de Mateo, su mano, que recorría el abdomen del hombre, se detuvo en seco. Sus dedos tocaron el vendaje grueso en el lado derecho de la cintura de Mateo y sintió algo húmedo y pegajoso.—Mateo... —la voz de Lucía se tornó seria, y su somnolencia desapareció al instante—. Estás sangrando otra vez. Los puntos... los has abierto anoche.Mateo movió ligeramente el cuerpo, dedicándole a Lucía una sonrisa lánguida y profun
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas de lino, bañando con calidez la gruesa manta sobre la cama. No había ruidos molestos de monitores cardíacos ni el penetrante olor a antiséptico de un hospital. Solo quedaba el aroma a pinos de la montaña y el canto de los pájaros.Mateo abrió los ojos lentamente.A su lado, Lucía dormía profundamente. Estaba acurrucada, con los dedos todavía aferrados con fuerza a la mano izquierda de Mateo —la que no estaba herida—, como si temiera que él se esfumara si soltaba su agarre.Mateo contempló ese rostro durante largo rato. El rostro de su esposa sin maquillaje, sin la presión de las cámaras ni la carga de un contrato. Solo estaba Lucía. La mujer que, ahora mismo, era la única razón por la que sentía que su vida estaba completa.Despacio, Mateo acercó su rostro y le dio un beso suave en la frente, manteniendo los labios ahí un momento para aspirar el reconfortante aroma a vainilla de su champú.Lucía parpadeó y soltó un peque
La lluvia torrencial seguía azotando el oscuro pavimento, creando charcos que reflejaban la luz roja de las luces traseras del SUV que Rafael conducía a una velocidad peligrosa. Dentro del habitáculo, la tensión era tan densa que parecía asfixiar a cualquiera que respirara el aire de su interior.Lucía abrazaba a Mateo con fuerza, mientras sus manos, manchadas de sangre, continuaban presionando el vendaje en el abdomen del capitán, intentando frenar el flujo sanguíneo que no cesaba. En el asiento del copiloto, Javier aferraba su arma, con los ojos entrecerrados y clavados en el retrovisor central, en estado de máxima alerta.—¡Siguen detrás de nosotros! —gritó Javier, con la voz casi ahogada por el rugido del motor y el estruendo de la tormenta—. ¡Dos SUVs negros, se están acercando! ¡No tienen intención de capturarnos, quieren matarnos aquí mismo!Rafael apretó la mandíbula; sus manos se aferraban al volante con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. —Resiste. Estamos cerc
El sonido del golpeteo resonó de nuevo. Esta vez más fuerte, tres golpes secos y rítmicos, como si alguien estuviera dando un código antes de derribar la puerta de hierro de la vieja clínica del Dr. Andrés.—Rafael, no abras —susurró Lucía, aferrándose al brazo de Rafael con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos recorrieron la habitación en busca de algo que pudiera servir como arma: un bisturí en el carrito de instrumental o quizá una silla de metal pesada.Rafael no respondió. Le hizo una seña a Lucía para que permaneciera detrás del armario de medicamentos y caminó lentamente hacia la puerta. Entornó los ojos al acercar uno de ellos a la pequeña mirilla de la puerta oxidada.—¿Quién está ahí? —susurró Rafael; su voz era apenas un hilo, pero la tensión en su rostro lo decía todo.No hubo respuesta del otro lado, solo el sonido de la lluvia golpeando brutalmente el techo de zinc de la clínica. El golpeteo volvió a sonar, seguido esta vez por una respiración agit







