FAZER LOGINLucía movió su pie derecho y, con la punta afilada de su tacón, pisó con toda su fuerza el zapato de cuero caro de Mateo.
A Mateo se le tensó la mandíbula y sus ojos se abrieron de golpe por el dolor repentino. Pero, ante los millones de ojos que veían la transmisión en vivo, tuvo que tragarse el quejido. Siguió sonriendo, aunque fuera una sonrisa tensa para disimular la contracción en su mejilla.
Sin quedarse atrás, Mateo respondió. Sobre la mesa, apretó con fuerza los dedos de Lucía, tanto que hasta se le pusieron los nudillos blancos.
—Por eso —continuó Mateo, con la voz algo temblorosa por la mezcla de dolor en el pie y su rabia contenida—, hemos decidido no perder más el tiempo después de estar tanto tiempo separados. Hemos llegado a un acuerdo para llevar esta relación a otro nivel. Nos vamos a casar.
¡BOOM!
El anuncio de la boda hizo que el salón estallara. Cientos de periodistas se levantaron de golpe, peleándose por hacer preguntas. Los flashes de las cámaras disparaban diez veces más rápido que antes, creando un alboroto total.
—¿Cuándo será la boda?
—¿Sus familias ya dieron el visto bueno?
—¿Qué dice el patrocinador del Madrid Royale FC sobre esto?
Javier Vargas se puso de pie enseguida, levantando las manos para calmar a la gente.
—Responderemos al resto de las preguntas en una nota de prensa esta misma tarde. ¡Gracias a todos!
Mateo y Lucía se levantaron al mismo tiempo. Con lo que les quedaba de profesionalismo, Mateo rodeó los hombros de Lucía con el brazo, mientras ella apoyaba la cabeza con dulzura en su pecho. Caminaron así, dejando el escenario y regalando una última foto súper romántica para las portadas de los periódicos de mañana.
En cuanto la puerta se cerró y dejaron de ser el centro de atención, el cariño se vino abajo en un segundo.
Lucía se soltó de un tirón y se revisó los dedos, que estaban rojos por el apretón del tipo.
—¡Estás loco, Torres! ¡Casi me rompes los dedos!
—¡Tú empezaste, bruja! ¡Mira esto! ¡Arruinaste mis zapatos de edición limitada! ¡Y el pie se me está durmiendo! ¿Eres una mujer o un monstruo? —gritó Mateo, agachándose para revisar su zapato de marca que ahora tenía una pequeña marca por el tacón de Lucía.
—¡Es el castigo por agarrarme la cintura con tanta fuerza! —respondió Lucía, desafiante, con las manos en la cintura.
—¡Ya, basta los dos! —gritó Javier al entrar tras bastidores. Pero, curiosamente, el mánager no se veía enojado. Al contrario, tenía una sonrisa enorme mirando su celular, que no paraba de sonar con notificaciones.
Javier les mostró la pantalla a Mateo y Lucía. —Miren esto. La estrategia fue un éxito total. A menos de diez minutos del anuncio, el hashtag #MateoLuciaFirstLove ya es tendencia número uno en todo el mundo. La imagen pública de Mateo ha mejorado un sesenta por ciento y sigue subiendo.
Javier deslizó la pantalla y les mostró un correo electrónico.
—Y esto es lo más importante. El director de marketing de Vitality Milk acaba de llamarme. Les encanta esta historia de "El deportista famoso y la influencer de buen corazón". Han cancelado la amenaza de romper el contrato, con una condición: tienen que aparecer juntos en el comercial de su leche familiar el mes que viene, como una pareja recién casada.
Lucía y Mateo se quedaron mirando la pantalla sin palabras. Por un lado, Lucía respiró aliviada porque eso significaba que el dinero para salvar la fundación llegaría en cuestión de días. Sus niños estaban a salvo. Pero, por otro lado, al ver cómo la gente se obsesionaba con su amor falso, Lucía se dio cuenta de que su vida no volvería a ser la misma durante el próximo año.
Miró a Mateo, que la miraba con una expresión complicada. Ante cientos de cámaras, acababan de convencer al mundo de que se amaban. Pero en la vida real, esta farsa apenas comenzaba, y ambos acababan de meterse en un matrimonio lleno de espinas.
***
El día que toda la prensa en España bautizó como la Boda del Año finalmente llegó.
La Catedral de San Jerónimo el Real, que se alza majestuosa desde el siglo XVI en pleno corazón de Madrid, estaba rodeada por un ambiente increíblemente alborotado. Fuera de las vallas de seguridad, miles de aficionados al fútbol, seguidores de redes sociales y gente curiosa se amontonaban en las aceras, creando un mar de gente que no parecía tener fin. Cientos de periodistas de todas partes del mundo estaban subidos a plataformas portátiles con cámaras gigantescas, listos para capturar cada segundo de aquel momento sagrado. En otro lado, varias furgonetas de televisión nacional estaban a tope ajustando cables, asegurándose de que la transmisión en vivo de la boda llegara sin fallos a millones de pantallas en todo el país.
Sin embargo, dentro del camerino de la novia, situado en la parte trasera de la catedral, esa grandeza se sentía muy lejana y ajena para Lucía Vega.
Lucía estaba paralizada frente a un espejo enorme que iba del suelo al techo. Llevaba un vestido de novia de ensueño, una obra de arte de un diseñador de alta costura de Madrid. El vestido, de corte línea A y escote barco, estaba adornado con miles de lentejuelas de perla que brillaban con cada movimiento, y lo completaba un velo de tul de tres metros que se arrastraba con elegancia por el suelo. Se veía perfecta, como la novia más feliz del mundo.
Pero por dentro, Lucía se sentía vacía. El último toque de maquillaje en sus mejillas se sentía como una máscara de hierro que estaba a punto de sellar su libertad durante el próximo año. Su corazón latía a un ritmo anormal, como si le advirtiera a su mente que el paso que estaba a punto de dar no tenía vuelta atrás.
¡Toc, toc!
Alguien llamó suavemente a la puerta, rompiendo el silencio sofocante en la cabeza de Lucía. La puerta se abrió un poco y una carita familiar se asomó por la rendija.
—¡Lucía! —se escuchó una vocecita alegre.
Era Elena, una de las niñas más pequeñas de su orfanato. Poco después, las cabezas de los demás niños fueron apareciendo una tras otra. Llevaban sus mejores galas, compradas por la directiva del Madrid Royale FC; los niños lucían trajes de esmoquin adorables, mientras que las niñas llevaban vestidos de encaje rosa.
Al verlos, toda la tensión en los hombros de Lucía se derritió de golpe. Se arrodilló en el suelo sin importarle su caro vestido y abrió los brazos para recibir el abrazo cálido de sus pequeños.
—¡Guau, Lucía, qué guapa estás! ¡Pareces la princesa de los cuentos que siempre nos lees! —exclamó Elena, con los ojos brillando de pura admiración.
—¡Es verdad! Y Mateo también se ve muy bien allá afuera, ¡parece un príncipe de verdad! —añadió Carlos, un niño que llevaba puesta la camiseta número 9 de Mateo debajo de su pequeño saco. —Estamos muy felices de que por fin te cases con un príncipe tan bueno.
Al oír esas palabras tan inocentes, a Lucía se le hizo un nudo en la garganta. Sintió una culpa enorme clavándosele en el pecho. Estos niños la miraban con ojos puros, creyendo que esta boda era el final de un cuento de hadas sobre amor verdadero. No sabían que, detrás de los muros de esta catedral, había un contrato firmado en blanco y negro que dictaba cuándo empezaba y cuándo debía terminar este matrimonio. Toda esta pompa se sentía tan falsa para Lucía; era una gran obra de teatro montada sobre mentiras para salvar dinero y reputación.
—Gracias, cariño —susurró Lucía, con la voz temblorosa mientras luchaba por no llorar y arruinar su maquillaje. Besó la frente de Elena y Carlos—. ¿Pueden ir a sentarse bien adentro? Recen por mí.
—¡Claro que sí!
La luz del sol del mediodía atravesaba los huecos de las cortinas de lino blanco en el dormitorio principal de la villa, calentando el suelo de madera de roble pulido. Sin embargo, esa calidez no lograba disipar la tensión que atenazaba el pecho de Lucía. Ella estaba arrodillada al lado de la cama, con las manos finas temblando visiblemente mientras colocaba una venda estéril nueva sobre la cintura de Mateo. La gasa blanca ya empezaba a mancharse por la sangre fresca que atravesaba la primera capa.—Lucía, controla tu respiración. Pareces a punto de enfrentarte a un pelotón de fusilamiento, no de cuidar a tu propio marido —la voz de Mateo sonó baja, con ese tono rasposo propio de quien acaba de aguantar un dolor intenso.Hizo una mueca leve cuando sus músculos abdominales se tensaron, pero sus labios forzaron una sonrisa tenue para calmar la angustia en el rostro de la mujer.—¿Cómo quieres que esté tranquila, Mateo? —susurró Lucía, con la voz quebrada por un pánico contenido. Sus ded
El sonido del tono de llamada del móvil, que rompía el silencio de la mañana en la montaña, cambió instantáneamente la tensión en el aire. Hugo llamaba desde Madrid, y ni siquiera había terminado de sonar cuando Lucía ya le había arrebatado el dispositivo de la mesita de noche.—¿Hugo? ¿Cómo está la situación en Madrid? ¿Está todo resuelto? —exclamó Lucía sin preámbulos, con la voz vibrando entre la ansiedad y la exigencia.Al otro lado de la línea, el largo suspiro de Hugo se escuchó con claridad, seguido por el ruido de fondo que indicaba que se encontraba en la sala de espera de una comisaría o de algún despacho jurídico importante en la capital.—Tranquilízate, Lucía, respira primero —la voz de Hugo sonaba cansada, pero con un matiz de victoria que no podía ocultar—. Hernández ha sido detenido oficialmente. La policía lo ha sacado directamente de la sala de juntas esta mañana, acusado de fraude, malversación de fondos de la fundación y blanqueo de capitales.Lucía se cubrió la boc
Sus respiraciones volvieron a ser regulares poco a poco, llenando el silencio del dormitorio, ahora bañado por la luz dorada del sol de la mañana. Mateo estiró la mano para tirar de la gruesa manta, que antes había quedado apartada, y cubrir la espalda desnuda de Lucía, protegiendo su piel del aire de la montaña que aún se sentía fresco.Sin embargo, mientras Lucía descansaba apoyada en el pecho de Mateo, su mano, que recorría el abdomen del hombre, se detuvo en seco. Sus dedos tocaron el vendaje grueso en el lado derecho de la cintura de Mateo y sintió algo húmedo y pegajoso.—Mateo... —la voz de Lucía se tornó seria, y su somnolencia desapareció al instante—. Estás sangrando otra vez. Los puntos... los has abierto anoche.Mateo movió ligeramente el cuerpo, dedicándole a Lucía una sonrisa lánguida y profun
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas de lino, bañando con calidez la gruesa manta sobre la cama. No había ruidos molestos de monitores cardíacos ni el penetrante olor a antiséptico de un hospital. Solo quedaba el aroma a pinos de la montaña y el canto de los pájaros.Mateo abrió los ojos lentamente.A su lado, Lucía dormía profundamente. Estaba acurrucada, con los dedos todavía aferrados con fuerza a la mano izquierda de Mateo —la que no estaba herida—, como si temiera que él se esfumara si soltaba su agarre.Mateo contempló ese rostro durante largo rato. El rostro de su esposa sin maquillaje, sin la presión de las cámaras ni la carga de un contrato. Solo estaba Lucía. La mujer que, ahora mismo, era la única razón por la que sentía que su vida estaba completa.Despacio, Mateo acercó su rostro y le dio un beso suave en la frente, manteniendo los labios ahí un momento para aspirar el reconfortante aroma a vainilla de su champú.Lucía parpadeó y soltó un peque
La lluvia torrencial seguía azotando el oscuro pavimento, creando charcos que reflejaban la luz roja de las luces traseras del SUV que Rafael conducía a una velocidad peligrosa. Dentro del habitáculo, la tensión era tan densa que parecía asfixiar a cualquiera que respirara el aire de su interior.Lucía abrazaba a Mateo con fuerza, mientras sus manos, manchadas de sangre, continuaban presionando el vendaje en el abdomen del capitán, intentando frenar el flujo sanguíneo que no cesaba. En el asiento del copiloto, Javier aferraba su arma, con los ojos entrecerrados y clavados en el retrovisor central, en estado de máxima alerta.—¡Siguen detrás de nosotros! —gritó Javier, con la voz casi ahogada por el rugido del motor y el estruendo de la tormenta—. ¡Dos SUVs negros, se están acercando! ¡No tienen intención de capturarnos, quieren matarnos aquí mismo!Rafael apretó la mandíbula; sus manos se aferraban al volante con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. —Resiste. Estamos cerc
El sonido del golpeteo resonó de nuevo. Esta vez más fuerte, tres golpes secos y rítmicos, como si alguien estuviera dando un código antes de derribar la puerta de hierro de la vieja clínica del Dr. Andrés.—Rafael, no abras —susurró Lucía, aferrándose al brazo de Rafael con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos recorrieron la habitación en busca de algo que pudiera servir como arma: un bisturí en el carrito de instrumental o quizá una silla de metal pesada.Rafael no respondió. Le hizo una seña a Lucía para que permaneciera detrás del armario de medicamentos y caminó lentamente hacia la puerta. Entornó los ojos al acercar uno de ellos a la pequeña mirilla de la puerta oxidada.—¿Quién está ahí? —susurró Rafael; su voz era apenas un hilo, pero la tensión en su rostro lo decía todo.No hubo respuesta del otro lado, solo el sonido de la lluvia golpeando brutalmente el techo de zinc de la clínica. El golpeteo volvió a sonar, seguido esta vez por una respiración agit







