LOGINDespués de que los niños salieran guiados por la cuidadora hacia sus asientos, Javier Vargas entró mirando su reloj de oro.
—Dos minutos, señorita Vega. Es la hora.
La Marcha Nupcial retumbó desde los enormes órganos de la catedral, llenando el espacio gótico con una melodía grandiosa y sagrada. Las puertas dobles se abrieron lentamente, revelando un interior lleno de cientos de invitados VIP: desde los compañeros de equipo de Mateo en el Real Madrid y celebridades, hasta los directivos de Vitality Milk que estaban en primera fila con una sonrisa de satisfacción.
Lucía caminó lentamente sobre la alfombra roja, del brazo de su padrino, con la mirada fija al frente. Al final del altar, estaba el hombre que cambiaría su vida.
Mateo Torres estaba de pie, muy derecho, con un esmoquin clásico, camisa blanca impecable y corbata de lazo. El corte de la ropa resaltaba sus hombros anchos y su altura. Su rostro, que en el campo solía verse arrogante, ahora lucía increíblemente tranquilo, aunque sus ojos no dejaban de seguir cada movimiento de Lucía al acercarse.
Cuando la mano de Lucía fue entregada a Mateo frente al sacerdote, la tensión entre ambos se hizo evidente. Las manos de Lucía estaban heladas y temblaban ligeramente al rozar la piel cálida de Mateo.
La ceremonia transcurrió con solemnidad. El sacerdote leyó los votos, frase por frase, que ellos debían repetir. Ante cientos de ojos y docenas de cámaras de televisión transmitiendo en vivo, ambos hicieron la promesa de amarse y cuidarse, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe; una promesa que, en el fondo, ambos sabían que solo duraría trescientos sesenta y cinco días.
—Ahora, por favor, coloquen los anillos como señal de su promesa sagrada —dijo el sacerdote con voz firme.
Un monaguillo trajo un cojín de terciopelo con dos anillos de diamantes de una joyería exclusiva de París. Mateo tomó primero el anillo de Lucía. Le tomó la mano izquierda.
En ese momento clave, Mateo notó algo distinto. La mujer frente a él no tenía esa cara de pocos amigos de la época del instituto. Lucía no lo desafiaba con esa mirada punzante de las salas de juntas. Al verla tan de cerca, Mateo vio un destello de miedo real en los ojos marrones de ella. Lucía parecía tan frágil, respirando agitada, y sus dedos temblaban tanto que a Mateo casi le costó ponerle el anillo.
Por primera vez en su vida, el gran ego de Mateo Torres se derrumbó. Su inmadurez y sus viejos rencores se evaporaron al ver la fragilidad de la mujer que legalmente se había convertido en su esposa.
Mateo no forzó el anillo. En cambio, bajó un poco la postura y tomó la mano fría de Lucía con sus manos cálidas y grandes de forma suave; un gesto que no estaba en el guion de Javier. Se la apretó despacio, tratando de transmitirle el calor y la calma que Lucía necesitaba en ese momento.
Lucía dio un pequeño respingo y levantó la vista hacia Mateo.
Mateo la miró intensamente y sus labios se movieron sin emitir sonido alguno, algo que ningún micrófono pudo captar, pero que Lucía leyó claramente:
—Sigue mi ritmo, jefa de clase. Vamos a superar esto.
Ese apodo, "jefa de clase", que Mateo solía usar para burlarse, ahora sonaba como una extraña garantía de protección. De alguna manera, esas palabras lograron inyectarle una sensación de seguridad inmediata a Lucía.
El corazón, que antes le latía a mil por hora, empezó a calmarse y el temblor en sus dedos fue desapareciendo poco a poco. Lucía respiró hondo y le devolvió a Mateo una mirada tranquila, asintiendo con la cabeza de forma sincera.
Mateo esbozó una sonrisa suave, esta vez una de verdad, sin nada de fingimiento, y deslizó el anillo en el dedo de Lucía con precisión. Después, le tocó el turno a ella; tomó el anillo de Mateo y se lo puso en el dedo, con la mano mucho más firme que antes.
—Ya pueden considerarse marido y mujer ante Dios y todos los presentes. Pueden besarse —dijo el sacerdote para cerrar la ceremonia.
La catedral se quedó en silencio absoluto, todos esperando el momento que medio mundo estaba viendo desde casa. Atrás, los fotógrafos pegaron el ojo al visor de sus cámaras, listos para disparar.
Mateo dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Sus manos subieron despacio y tocaron el rostro de Lucía con una ternura que ella jamás habría imaginado. Le apartó el velo de tul, dejando al descubierto su cara bajo la luz de la catedral.
Lucía contuvo el aliento y cerró los ojos por instinto cuando sintió que Mateo se acercaba.
En el guion, el beso debía ser algo rápido y formal, solo un roce de dos segundos para la prensa. Pero, en cuanto los labios cálidos de Mateo tocaron los de ella, algo raro pasó.
No fue para nada ese beso vacío de negocios que esperaban. Fue como una descarga eléctrica, un chispazo que ninguno de los dos había sentido en todos esos años en los que solo habían sido enemigos. El beso se alargó, fue intenso, cálido y lleno de una emoción que no sabían ni explicar. Por unos segundos, el ruido de las cámaras, los flashes y la gente desaparecieron. Solo estaban ellos dos en el altar.
Cuando Mateo se separó, los dos abrieron los ojos al mismo tiempo. En la mirada de ambos había sorpresa y confusión. Se quedaron mirando, respirando agitados, conscientes de que lo que acababa de pasar ya no era parte de la actuación.
¡APLAUSOS!
El alboroto y los aplausos rompieron el silencio, sacándolos de su burbuja. Los invitados se pusieron de pie y, en primera fila, los niños de la fundación saltaban felices mientras aplaudían.
En el altar, bajo una lluvia de pétalos de rosas blancas que caían desde el techo, Mateo volvió a tomar la mano de Lucía, entrelazando sus dedos con fuerza. Se giraron hacia los invitados y las cámaras con una sonrisa radiante.
Para el mundo entero, ese día habían protagonizado la boda de cuento de hadas más romántica de España, haciendo que su etiqueta fuera tendencia mundial. Pero para Mateo y Lucía, mientras caminaban por la alfombra roja hacia la salida, estaba claro que aquel beso en el altar había abierto un capítulo mucho más complicado y peligroso para sus corazones. La farsa no había hecho más que empezar, y ahora lo que estaba en juego era mucho más que un simple contrato.
La luz del sol del mediodía atravesaba los huecos de las cortinas de lino blanco en el dormitorio principal de la villa, calentando el suelo de madera de roble pulido. Sin embargo, esa calidez no lograba disipar la tensión que atenazaba el pecho de Lucía. Ella estaba arrodillada al lado de la cama, con las manos finas temblando visiblemente mientras colocaba una venda estéril nueva sobre la cintura de Mateo. La gasa blanca ya empezaba a mancharse por la sangre fresca que atravesaba la primera capa.—Lucía, controla tu respiración. Pareces a punto de enfrentarte a un pelotón de fusilamiento, no de cuidar a tu propio marido —la voz de Mateo sonó baja, con ese tono rasposo propio de quien acaba de aguantar un dolor intenso.Hizo una mueca leve cuando sus músculos abdominales se tensaron, pero sus labios forzaron una sonrisa tenue para calmar la angustia en el rostro de la mujer.—¿Cómo quieres que esté tranquila, Mateo? —susurró Lucía, con la voz quebrada por un pánico contenido. Sus ded
El sonido del tono de llamada del móvil, que rompía el silencio de la mañana en la montaña, cambió instantáneamente la tensión en el aire. Hugo llamaba desde Madrid, y ni siquiera había terminado de sonar cuando Lucía ya le había arrebatado el dispositivo de la mesita de noche.—¿Hugo? ¿Cómo está la situación en Madrid? ¿Está todo resuelto? —exclamó Lucía sin preámbulos, con la voz vibrando entre la ansiedad y la exigencia.Al otro lado de la línea, el largo suspiro de Hugo se escuchó con claridad, seguido por el ruido de fondo que indicaba que se encontraba en la sala de espera de una comisaría o de algún despacho jurídico importante en la capital.—Tranquilízate, Lucía, respira primero —la voz de Hugo sonaba cansada, pero con un matiz de victoria que no podía ocultar—. Hernández ha sido detenido oficialmente. La policía lo ha sacado directamente de la sala de juntas esta mañana, acusado de fraude, malversación de fondos de la fundación y blanqueo de capitales.Lucía se cubrió la boc
Sus respiraciones volvieron a ser regulares poco a poco, llenando el silencio del dormitorio, ahora bañado por la luz dorada del sol de la mañana. Mateo estiró la mano para tirar de la gruesa manta, que antes había quedado apartada, y cubrir la espalda desnuda de Lucía, protegiendo su piel del aire de la montaña que aún se sentía fresco.Sin embargo, mientras Lucía descansaba apoyada en el pecho de Mateo, su mano, que recorría el abdomen del hombre, se detuvo en seco. Sus dedos tocaron el vendaje grueso en el lado derecho de la cintura de Mateo y sintió algo húmedo y pegajoso.—Mateo... —la voz de Lucía se tornó seria, y su somnolencia desapareció al instante—. Estás sangrando otra vez. Los puntos... los has abierto anoche.Mateo movió ligeramente el cuerpo, dedicándole a Lucía una sonrisa lánguida y profun
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas de lino, bañando con calidez la gruesa manta sobre la cama. No había ruidos molestos de monitores cardíacos ni el penetrante olor a antiséptico de un hospital. Solo quedaba el aroma a pinos de la montaña y el canto de los pájaros.Mateo abrió los ojos lentamente.A su lado, Lucía dormía profundamente. Estaba acurrucada, con los dedos todavía aferrados con fuerza a la mano izquierda de Mateo —la que no estaba herida—, como si temiera que él se esfumara si soltaba su agarre.Mateo contempló ese rostro durante largo rato. El rostro de su esposa sin maquillaje, sin la presión de las cámaras ni la carga de un contrato. Solo estaba Lucía. La mujer que, ahora mismo, era la única razón por la que sentía que su vida estaba completa.Despacio, Mateo acercó su rostro y le dio un beso suave en la frente, manteniendo los labios ahí un momento para aspirar el reconfortante aroma a vainilla de su champú.Lucía parpadeó y soltó un peque
La lluvia torrencial seguía azotando el oscuro pavimento, creando charcos que reflejaban la luz roja de las luces traseras del SUV que Rafael conducía a una velocidad peligrosa. Dentro del habitáculo, la tensión era tan densa que parecía asfixiar a cualquiera que respirara el aire de su interior.Lucía abrazaba a Mateo con fuerza, mientras sus manos, manchadas de sangre, continuaban presionando el vendaje en el abdomen del capitán, intentando frenar el flujo sanguíneo que no cesaba. En el asiento del copiloto, Javier aferraba su arma, con los ojos entrecerrados y clavados en el retrovisor central, en estado de máxima alerta.—¡Siguen detrás de nosotros! —gritó Javier, con la voz casi ahogada por el rugido del motor y el estruendo de la tormenta—. ¡Dos SUVs negros, se están acercando! ¡No tienen intención de capturarnos, quieren matarnos aquí mismo!Rafael apretó la mandíbula; sus manos se aferraban al volante con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. —Resiste. Estamos cerc
El sonido del golpeteo resonó de nuevo. Esta vez más fuerte, tres golpes secos y rítmicos, como si alguien estuviera dando un código antes de derribar la puerta de hierro de la vieja clínica del Dr. Andrés.—Rafael, no abras —susurró Lucía, aferrándose al brazo de Rafael con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos recorrieron la habitación en busca de algo que pudiera servir como arma: un bisturí en el carrito de instrumental o quizá una silla de metal pesada.Rafael no respondió. Le hizo una seña a Lucía para que permaneciera detrás del armario de medicamentos y caminó lentamente hacia la puerta. Entornó los ojos al acercar uno de ellos a la pequeña mirilla de la puerta oxidada.—¿Quién está ahí? —susurró Rafael; su voz era apenas un hilo, pero la tensión en su rostro lo decía todo.No hubo respuesta del otro lado, solo el sonido de la lluvia golpeando brutalmente el techo de zinc de la clínica. El golpeteo volvió a sonar, seguido esta vez por una respiración agit







