로그인Voy a traducir este texto al español con el formato literario estándar (uso de rayas largas para el diálogo, estilo narrativo de novela).
--- POV Samuel —Señor, la empresa de Pedro Pérez no puede saldar su deuda a tiempo. Al escuchar el informe de mi hombre de confianza, guardé silencio con una mirada afilada como la de un halcón. Aunque apenas me había dejado ver por la empresa desde el trágico accidente de tres años atrás, todos seguían temiéndome y guardándome un respeto temeroso. Los rumores que circulaban afirmaban que me había convertido en un monstruo sediento de sangre. —Si no puede pagar, dile que lo haga con su vida —sentencié con firmeza, sin el menor rastro de compasión en la voz. —Señor, él... él ofrece a su hija como garantía. Esbocé una sonrisa cínica. ¿Cómo podía un padre ser tan despiadado como para vender a su propia sangre con tal de saldar una deuda? Verdaderamente repugnante. —Dile que la hija que ofrece será esclava aquí para siempre. —A sus órdenes, señor —respondió mi guardaespaldas antes de retirarse y abandonar mi despacho. Esa habitación era mi mundo desde hacía tres años. Desde allí vigilaba cada movimiento de mis negocios. En realidad, aún podía trabajar como antes. Después de todo, el accidente solo había dañado mi pierna, sin arrebatarme verdaderamente la capacidad de caminar. Sí. No era un verdadero inválido. Representaba esta farsa únicamente para descubrir al traidor que había saboteado mi automóvil tres años atrás. El culpable había actuado con una precisión impecable; ni mis hombres de confianza ni la policía habían logrado desentrañar el misterio. Por ello, decidí fingir la parálisis para atraer al enemigo fuera de su escondite. Exhalé un largo suspiro y me levanté lentamente de la silla de ruedas que durante todo ese tiempo había sido mis piernas postizas. Resulta que fingir ser un inválido era mucho más agotador de lo que había imaginado. Ni siquiera las personas de esta casa sabían que yo podía caminar con normalidad. La cautela era la clave, pues confiaba en que hasta las paredes tenían oídos y ojos capaces de traicionarme en cualquier momento. --- —Es su hija mayor, señor. Se llama Emelia Pérez, tiene veinticinco años. He investigado el motivo por el que ofrecen a esta hija en particular, cuando tienen dos. Mi hombre de confianza hizo una pausa, como si dudara en continuar. —A esta hija mayor nunca la quisieron. Durante todo este tiempo no ha sido más que una sirvienta en su propia casa. Muy distinto a la segunda hija, de veintitrés años, que recibió todo el cariño. Al enterarse del rumor de que el señor quedó inválido y se convirtió en un monstruo aterrador tras el accidente, la segunda hija rechazó de plano la propuesta de matrimonio con usted. Solo la hija mayor estuvo dispuesta. Guardé silencio mientras asimilaba la explicación. Observé detenidamente la fotografía que sostenía entre mis manos. Era comprensible que ninguna mujer quisiera casarse conmigo, por más riquezas que poseyera, dado el rumor sobre mi rostro destrozado y mi temperamento explosivo tras el accidente. Pero ¿por qué quería esta muchacha? Aunque jamás había recibido el afecto de sus padres, podría haberse rebelado o huido, ¿no es así? Había algo distinto en la mirada de sus ojos en esa fotografía. Sus ojos irradiaban una serenidad inquebrantable y al mismo tiempo un desafío que, por alguna razón, comenzaba a despertar mi interés. —Organiza mi boda con ella. Y tráela aquí —ordené de manera terminante. —A sus órdenes, señor. Yo mismo no comprendía del todo esta decisión. Mi intención inicial era simplemente convertirla en sirvienta para que pagara la deuda de su padre. Sin embargo, había algo en ella que me hacía querer algo más. --- En un principio, pensé que no era más que una chica ingenua y sumisa a quien podría manejar con facilidad. Pero me equivoqué de medio a medio. Emelia era la excepción. En teoría, al enfrentar mi mirada penetrante, debería haber temblado de miedo. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario: ella me provocaba sin cesar y sin el menor reparo. Lo que sucedió junto a la piscina puso verdaderamente a prueba mi paciencia. Llegué al punto de expulsar a todos los guardias porque no toleraba que ojos ajenos se deleitaran con lo que era mío. Y es que, de cualquier manera, Emelia era mi esposa. No soportaba ver la silueta de su cuerpo marcada con claridad bajo aquella ropa empapada y traslúcida. Mi deseo casi estalló cuando ella tomó mi mano y la acercó a su pecho. Sinceramente, quería apoderarme de ella en ese mismo instante, pero la razón me contuvo. Aún no confiaba plenamente en ella. ¿Y si era una espía enviada por mis enemigos para vigilarme? Era algo perfectamente posible. Desde un punto de vista lógico, ¿qué mujer en su sano juicio aceptaría casarse con un hombre inválido de rostro monstruoso, si no era por algún propósito oculto? Pero ahí estaba ella, provocando mi deseo sin el menor titubeo. Me esforzaba con todas mis fuerzas por levantar una barrera que me protegiera de su encanto. Sin embargo, por desgracia, ella era demasiado audaz. Se atrevió a sentarse en mi regazo y a besarme en los labios con una mirada seductora. Como cualquier hombre, no pude evitar tomarla por la nuca y devorar sus labios con los míos. Por fortuna, mi autocontrol aún era lo bastante sólido. De lo contrario, quizás ya la habría arrastrado a la cama en ese mismo momento. ¡Maldición! ¿Cómo era posible que yo, reconocido por mi frialdad e indiferencia, sintiera de repente lástima al verla dormida en el suelo de la biblioteca de mi despacho después de haberla castigado? Al verla acurrucada de frío, ordené de inmediato a uno de mis hombres de confianza que le llevara una almohada y una manta. No soportaba verla sufrir. Incluso sin que Emelia lo supiera, la acompañé allí durante toda la noche. Solo momentos antes del amanecer regresé a toda prisa a mi habitación para que no me descubriera. Apenas acababa de cerrar los ojos en la cama cuando me sobresaltó su presencia: se coló sigilosamente entre mis sábanas y me abrazó con fuerza. Intenté mantener el control, pero esta muchacha sencillamente no conocía el miedo. Incluso se encaramó sobre mí y volvió a besarme en los labios. Y, para mi desgracia, volví a caer rendido. Le devolví el beso. Emelia había logrado derribar el muro de defensa que yo había construido con tanto esfuerzo. Aun así, la desconfianza persistía. Todavía temía que ella no fuera más que una infiltrada con una habilidad extraordinaria para actuar. —Samuel, sé que eres una buena persona. Gracias por haberme tomado como esposa. Al escuchar sus palabras, percibí en ellas una sinceridad genuina. Sin embargo, debía mantener la guardia. No podía ser vencido únicamente por el encanto de una mujer. —No me importa si me tratas como a una sirvienta o si solo me ves como una esposa de garantía. Lo que es cierto es que yo considero este matrimonio como algo real. Eres mi esposo, Samuel. Así que, si deseas consumar el matrimonio... estoy dispuesta. Me esforcé por regular mi respiración y contenerme para no lanzarme sobre ella en ese preciso instante. Pero la realidad resultaba amarga para mi orgullo: al parecer, ya estaba verdaderamente hechizado por ella. --- —He investigado todo, señor. La señora está en regla. Miré fijamente a mi hombre de confianza, a quien había encargado vigilar a Emelia más de cerca. No quería descuidos, por mínima que fuera la fisura. —Todo este tiempo, no ha habido indicios de que la señora contacte a nadie. Su teléfono está limpio, sin historial de llamadas sospechosas. Incluso cuando el señor se ausenta, la señora prefiere ver televisión, comer algo y dormir la siesta. No hay movimientos extraños, señor. Desde que terminó la escuela, su vida ha transcurrido enteramente en casa, pues su familia solo la empleaba como sirvienta. Su relación con su hermana también es muy mala. Así que es muy probable que su razón para aceptar este matrimonio sea genuinamente escapar de su familia —explicó con detalle. —¿Ha tenido alguna relación con alguien anteriormente? —pregunté con voz grave. —No, señor. La señora solo llegó a interesarse por alguien, pero su hermana le arrebató a ese hombre antes de que la relación pudiera siquiera comenzar. Al oír aquello, mi mandíbula se tensó al instante. Una sensación ardiente se extendió por mi pecho. No iba a permitir que ningún otro nombre de hombre habitara en el corazón de Emelia. Solo yo podía existir en su corazón y en su mente, ahora y para siempre. Concluida la conversación, salí de inmediato del despacho en mi silla de ruedas para ir a buscarla. Y ahí estaba: la muchacha estaba causando un alboroto en la cocina al insistir en cocinar ella misma, pese a que había un chef profesional que solía encargarse de todo. La observé plantarse frente a mí con una mirada chispeante. Al parecer, tenía plena confianza en sus propias capacidades. —Bien, cederé a tu petición, Emelia. Si logras preparar un plato que me haga terminarlo hasta el último bocado, el trato será válido —dije con frialdad, aceptando su apuesta de consumar el matrimonio si su cocina demostraba ser deliciosa. Para mis adentros, esbocé una sonrisa. Quería ver hasta dónde llegaría en su empeño por conquistarme esta noche. ****(POV: Emelia)Ni yo misma sabía por qué, esa noche, había deseado tan intensamente el contacto y el calor de Samuel. Sobre todo si se tiene en cuenta que, durante los nueve meses de mi segundo embarazo, no había podido estar cerca de él en absoluto. De hecho, cada vez que Samuel se atrevía a acercarse, la cabeza me empezaba a dar vueltas de inmediato y el estómago se me revolvía con violentas náuseas.Pero esa noche, el muro hormonal que había atormentado a mi esposo durante meses pareció desmoronarse sin dejar rastro.—Ah, Samuel... te he extrañado tanto —gemí, largo y bajo, después de alcanzar por fin una liberación tan intensa entre sus brazos.Pero apenas se me escapó un suspiro de alivio y estaba a punto de recostar la cabeza contra su ancho pecho, una presión tremenda golpeó de pronto la parte baja de mi vientre. Las náuseas que me habían atormentado todo ese tiempo se transformaron en una poderosa oleada de contracciones que aferraron mi vientre sin piedad.—¡Ahhh! ¡Duele...! —
(POV: Samuel)Me alegré tanto al enterarme de que Emelia volvía a esperar un hijo nuestro. Sin embargo, al mismo tiempo, para ser sincero, una profunda tristeza también se fue colando en mi mente.¿Cómo no iba a estar triste?Todo este tiempo no había sido capaz de soportar estar lejos de ella, siempre abrazándola y besándola. ¿Y ahora? ¡Era yo quien estaba siendo desterrado, obligado a mantener una distancia prudente! Incluso ahora, dentro de la sala de examen del obstetra, me veía forzado a permanecer arrinconado en un extremo de la habitación por el bienestar de mi amada esposa. Porque si daba tan solo dos pasos más cerca de ella, Emelia se quejaba de inmediato de mareos y terminaba vomitando violentamente.—Este embarazo realmente es único y diferente, ¿no es así, señora Emelia? —la elogió el obstetra con una sonrisa divertida tras escuchar sus quejas—. Durante el primer embarazo, fue el señor Samuel quien tuvo que soportar las náuseas y los mareos. Ahora le toca a usted sentirlos
A decir verdad, Samuel y yo no habíamos tardado en absoluto en darle un hermanito a Gabriel. Desde que mi estado psicológico y físico se recuperó por completo, ambos deseábamos con muchas ganas la llegada de un segundo hijo que alegrara esta mansión.Sin embargo, el destino no nos había sonreído durante los últimos meses. Yo seguía sin quedar embarazada. Cada vez que se me retrasaba la regla, corría a hacerme una prueba de embarazo, pero el resultado siempre mostraba una sola línea, es decir, negativo. Esa decepción repetida fue, poco a poco, haciéndome más tranquila y resignada.Así que, si ahora estos síntomas de náuseas se relacionaban con un embarazo, de verdad no estaba segura. Mi lógica se resistía con firmeza. Sentía que apenas ayer había terminado mi ciclo menstrual. ¿Cómo iba a quedar embarazada tan rápido? Imposible, pensé. Esto tenía que deberse únicamente a que el perfume de Samuel, de repente, ya no le sentaba bien a mi olfato. Me parecía verdaderamente asqueroso, nauseab
Al día siguiente, la felicidad se duplicó en mi hogar. El ambiente dentro de nuestra mansión se sentía tan vivo y cálido porque todos se habían reunido allí. Últimamente, los padres —tanto los míos como el papá Arturo— pasaban mucho más tiempo libre en nuestra casa en lugar de en sus propias residencias. La mansión que antes se sentía silenciosa ahora siempre estaba llena de risas bulliciosas.—Si pueden, denle pronto un hermanito a Gabriel, Emelia. Papá todavía quiere tener muchos nietos para que esta casa esté más animada —dijo de pronto el papá Arturo, mientras estaban reunidos en la sala. Su rostro lucía enfurruñado, pues desde hacía rato no había podido cargar a su nieto.—¿Eh? En lugar de exigirle cosas a mi esposa, ¿por qué no se casa usted de nuevo, Papá? —No fui yo quien respondió, sino Samuel, que interrumpió de inmediato con tono despreocupado.Luego, él se acercó, me rodeó la cintura con gesto posesivo y me besó la mejilla lentamente, e
Punto de vista de EmeliaNunca he podido resistirme al suave roce de las manos de Samuel. Esos dedos firmes que siempre logran transmitirme una sensación de bienestar y que, al mismo tiempo, son el baluarte más sólido que me hace sentir completamente protegida desde que me convertí en su esposa. El peso del trauma, el miedo a la pérdida y las sombras del pasado se desvanecen al instante cada vez que mi cuerpo se acurruca en sus brazos.Tras asegurarse de que Gabriel dormía profundamente en su cuna, situada en un rincón de la habitación, Samuel volvió a acercarse a mí en la cama. Empezó a mimarme con una serie de pequeños y cálidos besos que hacían que mi cuerpo ardiera aún más de deseo.Al principio me besó la frente con devoción, luego bajó a ambas mejillas, antes de sellar finalmente mis labios con un beso suave y l
—¡Samuel...!Atrapé a Emelia entre mis brazos de inmediato, abrazándola con fuerza en el momento en que entré a la sala familiar de la mansión principal. Respiré profundamente aquel aroma tan familiar de su cuerpo, dejando salir una añoranza que se había hinchado hasta casi volverse insoportable, aunque solo habíamos estado separados unos pocos días.—¿De verdad mi esposa está tan feliz, mmm? —dije en voz baja, acariciando su cabello largo y sedoso.Emelia asintió con firmeza. Levantó la mirada, observándome con los ojos brillando de felicidad.—¡Mm! Papá Lucas ya me contó todo, Samuel. ¡Estoy tan feliz de que esas personas malvadas que llevaron a cabo el secuestro y planearon la destrucción de nuestra familia hayan sido finalmente destruidas por completo!—Así es







