Enamorada de mi jefe mujeriego

Enamorada de mi jefe mujeriego

last updateÚltima actualización : 2026-11-06
Por:  Authoress LamsActualizado ahora
Idioma: Spanish
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«Compartí la cama con un desconocido que resultó ser mi jefe. ¡Dios mío! ¿Qué he hecho?» Valerie Skye es una joven trabajadora y dedicada que termina atrapada en una complicada red de amor, mentiras y giros inesperados después de que su exnovio la abandona. Decidida a dejar atrás el dolor de su desamor, acaba pasando una noche inolvidable con un completo desconocido, Dante Blaze, solo para descubrir que es su nuevo jefe. Las cosas se complican para Valerie cuando intenta por todos los medios evitar a Dante. Sin embargo, el encantador director ejecutivo y mujeriego considera su resistencia un desafío y está decidido a conquistarla. ¿Podrá Valerie resistirse a sus encantos? ¿Conseguirá Dante derribar sus barreras? ¿Logrará finalmente el amor domar al irresistible mujeriego? ¿O se arrepentirá Valerie para siempre de aquella noche que cambió su vida?

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Capítulo 1

Capítulo 1

POV de Valerie

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—No debí haber confiado en él. ¡Soy una completa estúpida! —sollozé entre lágrimas mientras me bebía de un trago un vaso de vodka.

Sentada en mi cama, di otro sorbo a mi bebida. El alcohol me quemó la garganta al bajar, igual que el dolor que sentía en el corazón.

—¿Por qué Raymond tuvo que romperme el corazón después de cuatro años juntos? —pregunté, mientras seguía lamentándome entre lágrimas y desahogaba todo mi dolor con Stephanie, mi gata, que me miraba con evidente confusión mientras soltaba un suave maullido.

—No puedo creer que esté hablando con una gata —dije al darme cuenta de lo que estaba haciendo.

Me levanté para buscar otra botella de vodka, pues acababa de terminarme la primera.

Al llegar a la pequeña barra de mi apartamento, me serví otro vaso de vodka. Para entonces, ya empezaba a sentir los efectos del alcohol.

Poco después, mientras bebía y seguía enfrascada en mi conversación conmigo misma, escuché sonar mi teléfono.

Me levanté y, tambaleándome, intenté llegar hasta donde lo había dejado.

—¿Quién podrá ser? —murmuré.

Al mirar la pantalla, reconocí inmediatamente el nombre de Annabelle en el identificador de llamadas.

Fruncí el ceño al verlo.

—¿Qué querrá ahora?

Contesté la llamada y saludé con una voz que apenas parecía la mía.

—Hola, Anna.

—¡Hola, Valerie! —me saludó. Inmediatamente, comenzó a hablar.

—¿Dónde te has metido? Me enteré de lo que hizo Raymond. ¿Estás bien, cariño? —preguntó, mostrando una preocupación sincera por la situación que estaba atravesando.

—Estoy bien, Anna. No te preocupes por eso —respondí, fingiendo tener mis emociones completamente bajo control.

—Vamos, Valerie. Las dos sabemos que no estás bien. ¡Estás tan borracha que casi puedo oler el alcohol desde aquí! —me descubrió, pues me conocía demasiado bien como para dejarse engañar.

—Está bien, tienes razón. Ahora mismo soy un desastre. Lo único que tengo por delante es que mañana debo volver al trabajo y este vaso de vodka que tengo enfrente —solté, contándoselo todo porque sabía que podía mostrarme vulnerable con ella.

—¿Dónde estás? Déjame ir a verte —dijo Anna. Siempre estaba dispuesta a consolarme y, créanme, era la mejor amiga que alguien podía tener.

—Está bien, mamá. Estoy en casa, contándole mis penas a mi gata —respondí con sarcasmo.

—¡Llegaré en un abrir y cerrar de ojos! —contestó antes de que la llamada se cortara.

Después de eso, continué bebiendo vodka y lamentándome de mi desgracia.

Una hora después de aquella llamada con Anna, escuché de repente una voz familiar golpeando la puerta con tanta fuerza que parecía querer derribarla.

—¿Qué clase de lunático está ahí afuera? —murmuré con un gruñido.

Me levanté y caminé hacia la puerta.

—¿Es que esa persona no tiene modales? —refunfuñé al llegar a la entrada.

—¡Valerie! —llamó una voz en tono suave.

Enseguida reconocí que era Annabelle.

Solté un bufido y abrí la puerta.

—¡Ay, cariño! ¡Mírate! ¡Qué mal aspecto tienes! —exclamó mientras me estrechaba entre sus brazos al notar cuánto estaba sufriendo.

—Está bien, basta con ese tono de lástima —dije, irritada por la compasión que me demostraba.

Ambas entramos en el apartamento. Anna seguía preocupándose por mí cuando le aseguré:

—Anna, estoy bien, ¿sabes?

Volví a fingir que tenía mis emociones bajo control.

—No me digas eso, Valerie. Descubriré la verdad de todos modos. Porque, si mal no recuerdo, hace apenas unos minutos me dijiste lo destrozada que estabas porque Raymond te había dejado —replicó Annabelle, señalando mi mentira.

—Está bien, escuchaste perfectamente. ¿Ya estás contenta? —respondí, rindiéndome finalmente ante su repentino instinto detectivesco.

Entonces comenzó a olfatear el aire cerca de mí. Aquello empezó a sacarme de quicio.

—¿Y ahora qué, Annabelle? ¿Por qué me estás olfateando de esa manera?

—Hueles a vómito —respondió, pasándose un dedo por debajo de la nariz.

—Gracias, cariño —contesté sin darle demasiada importancia a sus palabras.

—¿Has cenado? —me preguntó Anna mientras yo me dejaba caer sobre el sofá.

—Anna, déjame en paz —grité frustrada. Lo único que quería era llorar hasta quedarme sin lágrimas.

—Voy a prepararte una bebida de limón con canela. Creo que eso te ayudará a despejarte un poco —dijo, sin prestar atención a mi actitud.

Unos minutos después, Anna regresó con la bebida y me suplicó que la probara, pero me negué rotundamente.

—Amiga, si a veces no hacemos cambios en nuestra vida, nunca descubriremos todo el valor que este hermoso mundo tiene para ofrecernos —me explicó.

Me quedé pensando tranquilamente en sus palabras.

Finalmente, me levanté, tomé la bebida de sus manos y me la bebí. Debo admitir que funcionó como por arte de magia.

Entonces me dio unas palmaditas en las manos y dijo:

—No quiero que hablemos de nada relacionado con Raymond ni con la ruptura. Lo que quiero es que te arregles y vayamos a una discoteca. Eso te ayudará a despejar la mente y, quién sabe, quizá conozcas a un joven apuesto dispuesto a hacerte perder la cabeza.

—No, no me interesa —respondí inmediatamente.

—Pero ¿por qué? ¿No quieres dejar de lamentarte? —preguntó Anna, poniendo una expresión inocente.

—No me mires así. Tengo un trabajo de verdad, ¿sabes? No puedo ir —le expliqué, haciéndole entender lo importante que era mi empleo para mí.

—Entonces, no quieres sacar tiempo para mí, ¿verdad? Últimamente ni siquiera tengo tiempo suficiente para salir contigo. Siempre es el trabajo, el trabajo y más trabajo. Es como si yo no te importara en absoluto —dijo, y su rostro se ensombreció, dejando ver cuánto le dolían mis palabras.

Su comentario apeló a mi conciencia y terminó convenciéndome.

Así que me bebí el último sorbo de aquella bebida especial y luego le dije:

—Está bien, Annabelle. Iré contigo si eso te hace feliz.

Su expresión cambió de inmediato.

—¡Gracias, gracias, gracias, Valerie! ¡Te quiero muchísimo! Y créeme, Raymond no te merece.

—Lo sé —respondí, mientras comenzaba a sentirme mucho menos mareada que antes.

—Vamos, vayamos a tu armario. Te ayudaré a elegir un conjunto porque quiero que esta noche luzcas muy sexy —dijo, moviendo las caderas mientras ambas nos levantábamos del sofá y nos dirigíamos a mi habitación.

Después de pasar varias horas buscando el atuendo perfecto, Anna finalmente encontró el vestido que quería que me pusiera.

—¡Ahora sí estamos hablando! Este vestido es espectacular. Ningún hombre en su sano juicio podrá resistirse a ti cuando te vea con él —dijo con una enorme sonrisa.

—Pero, Anna… —intenté decir.

Sin embargo, me interrumpió al instante, cortando mis palabras como un cuchillo.

—¡Nada de peros, señorita! Te pondrás este vestido y se acabó —ordenó con firmeza.

Me quedé sin palabras, sin otra opción que seguir sus instrucciones. Tomé el vestido de sus manos y fui a prepararme.

Unos minutos después, salí completamente arreglada, luciendo como la mujer más deslumbrante que cualquiera pudiera encontrarse aquella noche.

—¡OH, DIOS MÍO! —exclamó Anna—. ¡Sabía que había elegido el vestido perfecto para ti! ¡Ahora sí, vamos de cacería! —continuó, sonando como si estuviera a punto de subastarme en un mercado.

—No soy ninguna mercancía —le dije, frunciendo el ceño.

—¡Oh, claro que sí! ¡Vamos! —respondió, antes de agarrarme y arrastrarme consigo.

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