تسجيل الدخولTres meses después, Clara seguía viviendo en su departamento.No era una transición.Era su casa.Alma había crecido lo suficiente para sonreír de una forma que Leonardo aseguraba reservar especialmente para él y que Clara atribuía a gases.—Eso fue una sonrisa —protestó él una tarde.—Fue digestión.—Me reconoció.—Reconoció que tienes brazos y leche cerca.Leonardo miró a su hija con gravedad.—Tu madre tiene problemas aceptando evidencia científica.Alma respondió con un sonido que él interpretó como respaldo.Clara rio.Aquellas discusiones pequeñas habían terminado formando parte de sus días.Leonardo pasaba algunas noches allí.Otras regresaba a su propia casa.Clara también había
La primera cita oficial ocurrió un viernes.Tomás cuidó a Alma.Regina llevó comida y se marchó antes de que Clara tuviera que recordárselo.Leonardo pasó a buscarla a las ocho.No había chofer.No había flores gigantes.—¿Eso es todo? —preguntó Clara al llegar al restaurante.Era pequeño.Italiano.Cálido.Leonardo miró alrededor.—Puedo buscar algo con helicóptero si necesitas dramatismo.—No.—Entonces sí. Eso es todo.Clara sonrió.—Me gusta.La tensión de Leonardo disminuyó.—Estabas nervioso.—Mucho.—¿Por una cena conmigo?—Nunca había tenido una primera cita con mi exesposa.—Yo tampoco.—Territorio nuevo.
El jueves Clara dejó a Alma con Leonardo y salió sola.No al médico.No a una reunión familiar.No a resolver nada.Al principio le costó no acelerar. Clara estaba acostumbrada a caminar para llegar a algún sitio. Incluso en sus momentos libres convertía el tiempo en una lista de pendientes.Se obligó a disminuir el paso.Entró en una tienda de cerámica y pasó diez minutos mirando tazas hechas a mano. Recordó la lista del calendario y preguntó por talleres. La mujer detrás del mostrador le entregó un folleto. Clara lo guardó en el bolso sin comprometerse con nada.Aquello ya era suficiente: interesarse por algo sin tener que justificar para qué serviría.Después pasó frente a una plaza pequeña. Se sentó unos minutos. Miró a una mujer correr detrás de un niñ
El problema apareció en un calendario.Clara estaba organizando la semana siguiente cuando descubrió que había acomodado tres cosas alrededor de Leonardo.Había cambiado la visita de Regina al martes porque él iría el lunes.Rechazó un almuerzo con Julia porque Leonardo había mencionado que quizá estaría libre.Incluso dejó el viernes sin planes porque imaginó que podrían salir.Se quedó mirando la pantalla.Leonardo no le había pedido ninguno de esos cambios.Eso la inquietó más.Clara llevaba años desapareciendo en los espacios de otras personas sin que siempre fuera necesario que alguien la empujara.A veces lo hacía sola.Por costumbre.Por miedo a incomodar.Por creer que amar significaba comenzar a ordenar la vida desde las necesidades ajenas.Cerró el calendario.Cuando Leonardo llegó esa tarde, la encontró seria.—¿Pasó algo?—Sí.Él dejó la chaqueta.
El departamento de Leonardo no parecía una versión pequeña de la mansión.Eso fue lo primero que Clara notó.No había mármol.No había retratos familiares.No había empleados.El edificio era elegante, pero discreto, y el interior tenía algo que Clara nunca había asociado con Leonardo.Desorden.No demasiado.Un libro abierto.Una chaqueta sobre una silla.Papeles apilados sin precisión.—Vives como una persona —dijo.Leonardo cerró la puerta.—Intento no ofenderme.Clara avanzó.Sobre una estantería estaba la fotografía de Alma que ella le había permitido guardar.Aquella donde una parte desenfocada de la mano de Leonardo aparecía al borde.Estaba enmarcada.—No la mostraste.—No.—Está ahí.—Vivo solo.Clara sintió ternura.Continuó.La mesa grande junto a la ventana estaba cubierta de hojas.Se acercó.
Alma tuvo fiebre a las dos y diecisiete de la mañana.Clara supo la hora porque miró el teléfono cuatro veces durante los primeros cinco minutos.No era alta.La pediatra se lo confirmó.Debía mantenerla cómoda, observarla y llamar si aparecía cualquier cambio.Clara entendió perfectamente.El miedo no desapareció.Caminó por la habitación con Alma contra el pecho.La bebé estaba irritable, caliente y cansada.—Estamos bien —murmuró.No sabía a cuál de las dos intentaba convencer.A las dos y cuarenta miró la conversación de Leonardo.Podía llamarlo.No necesitaba hacerlo.Esa distinción había dominado tantas decisiones que estuvo a punto de convertirla nuevamente en prueba.Entonces recordó algo.No tenía que demostrar independencia mediante sufrimiento innecesario.Marcó.Leonardo respondió casi inmediatamente.—¿Qué pasó?Clara escuchó movimi







