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La Esposa que Él Dejó se Convirtió en una Heredera Multimillonaria
La Esposa que Él Dejó se Convirtió en una Heredera Multimillonaria
Penulis: Chigogrant

Capítulo 1

Penulis: Chigogrant
last update Tanggal publikasi: 2026-09-06 16:22:08

Punto de vista de Amelia

El sonido del cristal quebrándose me hizo saltar. Me quedé mirando la copa de vino de cristal hecha pedazos a mis pies. Una sensación incómoda se instaló en mi pecho.  

La clase de sensación que aparecía antes de que ocurriera algo malo.

—¡Señora Blackwood! —Una de las criadas se apresuró hacia mí.

Su rostro estaba lleno de preocupación. —¿Se ha hecho daño?

Me miré a mí misma antes de forzar una sonrisa. —No. Estoy bien —respondí.

La criada soltó un suspiro. —Gracias a Dios. Por favor, retroceda.

Asentí y me aparté mientras ella barría con cuidado los trozos rotos. Debería haberlo olvidado. Solo era una copa. Pero no podía explicar por qué aquella vista me molestaba tanto.

La mansión se sentía extrañamente silenciosa esa noche.  

El enorme comedor estaba iluminado por suaves luces doradas.  

Las velas parpadeaban con suavidad a lo largo de la mesa; rosas blancas frescas ocupaban el centro.

Todo estaba preparado a la perfección.  

Mi mirada se desvió hacia el reloj de pie.

Siete y media. Revisé el teléfono otra vez.  

Ningún mensaje.  

Una decepción familiar se instaló en mí, pero no podía dejar de esperar.

Hoy no era un día cualquiera. Hoy era mi tercer aniversario de boda.  

Tres años atrás me había convertido en Amelia Blackwood.  

La esposa de Damian Blackwood, el hombre al que amaba desde mucho antes de que él lo supiera.

El teléfono vibró de repente. El nombre de Lily apareció en la pantalla.  

Una sonrisa se abrió camino en mi rostro. A diferencia de mi marido, Lily nunca olvidaba las fechas importantes.

Contesté la llamada. —Hola.

—No me digas «hola» —dijo de inmediato.  

Reí suavemente. —¿Qué he hecho? —pregunté.

—¿Qué has hecho? La pregunta correcta es: ¿qué está haciendo tu marido?  

Ya sabía hacia dónde se dirigía aquella conversación.

—Está trabajando —respondí.

Lily gimió de forma dramática. —Amelia, si defiendes a ese hombre una vez más, creo que voy a perder la cabeza.  

—Tiene responsabilidades.  

—Siempre tiene responsabilidades.

No respondí porque no se equivocaba.  

—Por favor, dime que se acordó de vuestro aniversario —preguntó.

El silencio de mi lado le dio la respuesta.  

—Oh, Dios mío —dijo con decepción.

—Lily…  

—No. No hagas eso —dijo.

Podía imaginarla casi perfectamente paseando por su apartamento.  

—Tres años, Amelia. Tres años.

—Lo sé —dije y suspiré.

—Te mereces mucho más que esto —dijo Lily.  

Miré hacia el asiento vacío frente a mí.  

El asiento que había preparado para Damian con su comida favorita y su vino.  

Un pequeño dolor se formó en mi pecho.  

—Estaré bien —dije.

La voz de Lily se suavizó. —Eso es lo que me preocupa.  

Antes de que pudiera responder, el sonido familiar de un motor se oyó fuera. Mi corazón dio un vuelco.

El Range Rover. Damian había llegado a casa.  

—Lily, te llamo luego —dije con prisa.

—Espera…  

Colgué antes de que pudiera continuar.  

La puerta principal se abrió abajo; todos los sirvientes se enderezaron y la atmósfera cambió.  

No me gustaba lo rápido que reaccionaba mi corazón a su presencia, lo rápido que regresaba la esperanza.  

Como si no hubiera pasado años decepcionándome.  

Los pasos resonaron por el vestíbulo antes de que lo viera.

Damian Blackwood: alto, atractivo y perfectamente vestido.  

Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado por el viento de fuera; su caro traje color carbón lucía impecable como siempre.

La gente solía llamarlo frío, pero se equivocaban. Las cosas frías todavía podían tocarse.  

Su mirada recorrió la habitación antes de posarse en mí.  

—Has llegado a casa —dije.  

Su expresión no cambió.

—Mmm —dijo. Eso fue todo.  

El dolor familiar regresó a mi cuerpo. Sus ojos se dirigieron hacia la mesa del comedor.  

Su rostro se contrajo porque estaba irritado.

Conocía aquella expresión. Había pasado tres años aprendiendo cada versión de su indiferencia.  

—He preparado la cena —dije.

—Ya he comido —respondió con brusquedad.  

La respuesta llegó al instante, sin ninguna vacilación.  

Mis dedos se cerraron. —Oh.  

Damian se dirigió hacia la escalera. El pánico creció dentro de mí porque si se iba ahora, otra oportunidad desaparecería y otro aniversario terminaría exactamente como los anteriores.

—Damian —dije, y sus pasos se detuvieron.  

Se giró ligeramente. —¿Qué?

Tragué saliva. —¿Podemos hablar?

Su expresión se volvió cautelosa. —¿De qué?

—De nosotros —dije.

El silencio que siguió pareció interminable y sus ojos se endurecieron.  

—No hay ninguna discusión sobre «nosotros» que tenga que ocurrir esta noche —dijo.  

Me obligué a mantenerme calmada. —Hoy es nuestro aniversario.

—Lo sé —dijo.  

Parpadeé. Se había acordado. Realmente se había acordado. Realmente lo sabía… y de alguna manera eso dolía aún más, porque recordar significaba que simplemente no le importaba.

—No hemos pasado ningún tiempo juntos —dije.

Su paciencia se adelgazó visiblemente. —Estoy cansado, Amelia.

—Yo también —dije.  

Las palabras se escaparon.  

La sorpresa cruzó su rostro. Rara vez me oponía.

—¿Perdona? —dijo.  

Mi pulso se aceleró, pero no podía retroceder ahora.  

—Yo también estoy cansada.

Su mirada se estrechó. —¿Cansada de qué?

La pregunta me hizo soltar una risa corta.  

—Cansada de sentirme como una extraña en mi propio matrimonio.

Su expresión se cerró al instante y el muro entre nosotros se levantó otra vez, el mismo muro que había estado intentando escalar durante tres años.

—No hay nada más que discutir —dijo.

—Damian…  

—Buenas noches —dijo, y se alejó, simplemente así, dejándome allí de pie.

Pasaron las horas. Las velas se fueron consumiendo y la comida se enfrió.  

Uno a uno, los sirvientes desaparecieron arriba. Al final me encontré sentada sola en el comedor.

La cena de aniversario intacta.  

El reloj dio las diez. Entonces, por fin, me levanté.

Tal vez Lily tenía razón. Tal vez era una tonta. Tal vez el amor no se suponía que se sintiera tan solitario.  

Apenas había dado dos pasos cuando unos pasos resonaron desde la escalera.  

Damian bajaba otra vez. Mi corazón se aceleró. ¿Por qué? ¿Qué había cambiado?  

Caminó directamente hacia mí y su expresión era indescifrable.

Noté el documento en su mano, un archivo grueso.  

Se detuvo frente a mí y, sin decir una palabra, me lo tendió.  

—Tómalo —dijo.  

Me quedé mirando el documento. —¿Qué es? —pregunté.

—Léelo —dijo.

La sensación inquieta de antes regresó. Mis dedos temblaron al aceptar el archivo.

Despacio lo abrí. El título destacaba en negrita en la primera página.

ACUERDO DE DIVORCIO. El mundo desapareció ante mis ojos. Una ocurrencia inesperada. Mi respiración se detuvo y mi mente se quedó en blanco.  

Esto no podía ser real. Mis ojos bajaron hacia la línea de la firma.  

Damian Blackwood ya había firmado.  

Solo faltaba mi firma. El documento resbaló un poco entre mis manos temblorosas.

Levanté la vista directamente hacia mi marido, el hombre al que había amado durante tres años.

—Damian… —Mi voz se quebró.

—¿Qué es esto? —pregunté con voz temblorosa.  

Su rostro permaneció completamente inexpresivo.  

—Quiero el divorcio —dijo al instante.

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