MasukMe pierdo en el mar de tu mirada. Tus ojos me someten y tu boca me premia con dulzura.NataliaEl salón de conferencias del ala oeste parece un panal de abejas enardecido. Asesores de imagen, ministros de gabinete y oficiales de la guardia real van y vienen hablando a toda prisa, mientras el murmullo de cientos de periodistas amontonados al otro lado de los portones principales retumba como un zumbido constante. El corazón me late lento y con mucha fuerza, siento las palmas de las manos sudorosas y un extraño sabor amargo me baja por la garganta.Tristán está de pie junto a la mesa; su padre está con él, ambos lucen tan autoritarios y poseen la misma mirada de poder que desafía a quien sea a ir en su contra. Da órdenes con una frialdad que me hace estremecer y al mismo tiempo me hace sentir más firme, o al menos es lo que creo después de que la presencia de mi suegra hace unos minutos no me intimidara como antes, o tal vez es que ya no hay una farsa entre mi esposo y yo.Mis padres ya
Estoy en medio de una tormenta. No sueltes mi mano, solo tú me haces ser valiente.NataliaEl frío de la sábana al otro lado de la cama me despierta antes de que la luz del sol termine de colarse por los ventanales de la habitación. Alargo la mano por instinto, buscando el calor de Tristán, pero solo encuentro el vacío y las huellas de la noche anterior. Un nudo de zozobra se me instala en el estómago. Después de la forma en que nos entregamos, su ausencia se siente como un balde de agua fría sobre mi pecho.Cierro los ojos apretando los párpados con fuerza para evitar que las lágrimas salgan a borbotones. Respiro hondo y dejo salir todo el aire de golpe, sintiendo cómo el vacío se hace más grande en mi pecho. Me incorporo despacio, ajustándome la bata en la cintura. Justo cuando mis pies tocan el piso frío, la puerta se abre de golpe.Tristán entra con el paso ligeramente inestable. Trae la camisa entreabierta, su cabello está despeinado y mantiene la mandíbula apretada en una línea
Es un juego, cruel y despiadado en el que la victoria esta de mi lado.CaitlinLa puerta se cierra tras él de un golpe y el sonido que hace ahoga el estruendo de la lluvia por un segundo. Tristán permanece junto al umbral, con el agua escurriendo por la tela oscura de su abrigo y los puños apretados a los costados. Su presencia llena el espacio, volviendo el aire denso, casi irrespirable. Había olvidado lo atractivo que luce cuando su mirada se carga de ira; es imposible negarme a mí misma que el tiempo a su lado lo disfruté muchísimo.Curvo lentamente los labios en una sonrisa, cargada del cinismo de quien se sabe dueña de la situación, y doy un paso hacia él. Aspirando hondo para llenarme los pulmones con su aroma varonil.—Pensé que te llevaría más tiempo recordar el camino —murmuro, dejando que mi voz adopte ese tono suave y aterciopelado que solía volverlo loco—. Te ves bien, Tristán. La corona te sienta perfecto, aunque debes admitir que este lugar te recuerda a cuando no tenías
Tus besos cargados de veneno quedaron guardados en mi piel.CaitlinEl crujido de la madera vieja bajo mis botas retumba en el silencio de esta maldita cabaña. Huele a humedad, a polvo acumulado y a recuerdos podridos que debieron haberse quemado hace años. Giro el vaso de cristal que sostengo entre los dedos, haciendo que el licor dorado golpee contra los bordes mientras observo las sombras que la tenue luz de las velas proyecta sobre las paredes de tronco envejecido.Este lugar no ha cambiado nada. Sigue estando perfectamente oculto entre la espesura de los pinos, a pocos metros del borde del acantilado donde el mar azota contra las rocas con una furia implacable. Solía ser nuestro pequeño paraíso, un lugar secreto al que Tristán me traía cuando creía que el mundo entero estaba en nuestra contra. Desde el jardín que ambos plantamos, la madreselva se extiende por cada superficie disponible; aunque sus puntas son verdes, por dentro su tallo se ha vuelto seco y áspero. Hasta sus flores
El miedo me oprime el pecho, me arranca la voz y me cierra cada salida dejando un solo camino intransitable delante de mis ojos.TristánDespierto con la luz del sol entrando a raudales por la ventana, respiro hondo llenándome los pulmones con el aroma de nuestros sexos aún mezclados en el aire. Volteo la mirada hacia Natalia; sigue dormida a mi lado, su respiración es tranquila y pausada, tiene las sábanas enredadas en las caderas y por primera vez en mucho tiempo me siento en calma, como si al fin hubiera encontrado mi lugar en este mundo. Ahora tengo claro que ella es todo lo que quiero, todo lo que siempre quise; sin embargo, esta vez el miedo a perder es mucho más real y amargo.Se me oprime el pecho de solo mirarla. Ella es mi esposa, mi reina, y la sola idea de que alguien intente hacerle daño o intente robarle esa paz que se dibuja en su rostro satisfecho enciende una ira incontenible en mis venas. Me muevo con cuidado para no despertarla; quiero disfrutar un poco más de este
De nuevo caigo al vacío, pero esta vez no tengo miedo porque tu mano me sostiene.NataliaEl peso de sus palabras congela el aire en mis pulmones a la vez que las puntas de sus dedos me queman la piel. Busca mi cabeza. Esa frase retumba en mi cabeza, desvaneciendo cualquier vestigio de orgullo, de distancia o de farsa. Todo el miedo, la rabia contenida y el torrente de emociones que he ahogado desde el instante en que esa carta apareció delante de mí se desbordan de golpe, sumergiéndome en una vorágine implacable que me devora por dentro.Tristán sigue ahí, con la frente apoyada contra la mía, respirando el mismo aire denso y cargado de peligro. Sus ojos ya no ocultan el abismo; me muestran su vulnerabilidad: cruda, desesperada y conmigo en medio, provocando que me desarme por completo.—No voy a dejar que te toque, Natalia —susurra con una fiereza tan oscura que me estremece hasta el alma—. Juro por mi vida que esta corona, este palacio y todo lo que soy arderán antes de permitir que







