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Author: Black Knight
last update publish date: 2025-12-13 17:55:34

Rosella fue empujada dentro de la habitación por varios hombres vestidos de negro, con gafas de sol puestas a pesar de la escasa iluminación. Su rostro perdió todo color mientras su cuerpo empezaba a temblar sin control.

Era dolorosamente común: una mujer de mediana edad, de estatura promedio, con un rostro delgado y cansado enmarcado por cabello hasta los hombros. Sus rasgos eran tan ordinarios que apenas llamaban la atención. Se quedó rígida frente a Sebastian, paralizada por el miedo.

Sebastian alzó un dedo, indicándole que se sentara.

Rosella no se movió.

Los hombres detrás de ella presionaron con fuerza sus hombros y la obligaron a sentarse en la silla.

—Buenas tardes, señora Reyes —dijo Sebastian con voz calmada, casi cortés. Sus ojos oscuros se clavaron en ella—. ¿O debería decir… señora Sullivan?

Rosella tragó saliva con dificultad.

—¿Q-qué… quién es usted? ¿Por qué estoy aquí?

—Mientras diga la verdad, saldrá de esta habitación sin un rasguño —respondió él, observando la palma de su mano con indiferencia, como si ella ni siquiera existiera. Aun así, el aire se sentía sofocante.

—¿Q… qué quiere saber?

Sebastian finalmente levantó la mirada. Sus ojos eran fríos, penetrantes.

—¿Dónde está su esposo, Larry Sullivan?

—Y-yo… no lo sé. —Su rostro se tornó ceniciento, los labios le temblaban—. Lo juro.

Sebastian no alzó la voz. En cambio, sonrió. Una sonrisa educada, medida… y profundamente inquietante.

—Debería pensarlo muy bien antes de responder.

Algo en esa sonrisa quebró por completo su resistencia.

—De verdad no lo sé —susurró—. No se ha puesto en contacto con nosotros en veinte años.

Sebastian la observó con atención, evaluando cada mínimo gesto de su expresión. Tras un largo silencio, preguntó:

—¿Ni siquiera una llamada telefónica?

Ella alzó la cabeza de golpe.

—Él… él sí llamó. Algunas veces.

Sebastian se inclinó hacia delante.

—¿Desde dónde?

—No lo sé —respondió con rapidez, encogiéndose—. A veces el número mostraba Elaris. Otras veces, Lystra. Nunca me dijo dónde estaba.

La expresión de Sebastian se ensombreció.

—Entonces explíqueme el dinero en su cuenta.

Ella contuvo el aliento. El sudor comenzó a perlarle la frente.

—¿Q-qué dinero?

Sebastian golpeó la mesa con la mano. El sonido seco resonó en toda la habitación.

—No juegue conmigo —dijo con frialdad—. Hace veinte años apareció un millón en su cuenta. Después de eso, doscientos mil cada año. Puntualmente. Explíquelo.

—Yo… yo no lo sé.

—No importa —respondió Sebastian con calma—. Siempre puedo preguntarle a su hijo. Trabaja en el instituto de investigación, ¿verdad?

—¡No! —Rosella se lanzó hacia él, aferrándose a la manga de su traje—. ¡Por favor, no vaya con él! ¡Era solo un niño en ese entonces… no sabe nada!

Sebastian apartó sus manos y se acomodó la chaqueta.

—No estaría tan seguro de eso.

—¡Hablaré! —Las lágrimas se desbordaron de sus ojos—. ¡Le diré todo!

Los hombres la empujaron de nuevo contra la silla.

Su voz temblaba mientras hablaba.

Hace veinte años, su esposo regresó a casa y le dijo que su hijo podría estudiar en el extranjero. Había conseguido la matrícula… de algún modo. Tenían que marcharse de inmediato.

Debería haber sido una buena noticia, pero Larry parecía atormentado. No había alivio en su mirada, solo dolor.

Le advirtió que abandonara la ciudad sin importar lo que ocurriera. Dijo que le habían asignado una misión importante. Una que podría mantenerlo lejos durante mucho tiempo. Cuando ella le exigió explicaciones, se negó a dárselas.

Luego desapareció.

Poco después, un millón apareció en su cuenta.

Aterrada de que algo terrible hubiera sucedido, aceleró todos los trámites y se llevó a su hijo al extranjero. Jamás imaginó que aquella partida “temporal” se convertiría en veinte años.

Cada año, después de eso, doscientos mil llegaban con la puntualidad de un reloj.

Larry nunca regresó.

Ella asumió que estaba muerto… hasta que, diez años atrás, él llamó. Estaba vivo. Pero por razones que se negó a explicar, no podía volver.

Cuando terminó, sus hombros se sacudían por los sollozos.

—Eso es todo lo que sé —susurró—. Lo juro.

La mandíbula de Sebastian se tensó. Un atisbo de compasión cruzó su mirada… y desapareció al instante.

—Entonces, ¿quién ha estado enviando el dinero?

—¡No lo sé! —sollozó—. Pensé que era él, pero cuando se lo pregunté, dijo que no. Me advirtió que no hiciera preguntas.

Se retorció las manos.

—Él… él no hizo nada ilegal, ¿verdad?

—Lo averiguaremos —respondió Sebastian con frialdad. Sus ojos eran puro hielo—. En cuanto lo encuentre.

Rosella se derrumbó en llanto.

—¡No mentí! ¡Si lo hice, que muera por ello!

Sebastian no dijo nada.

La habitación se sentía pesada, asfixiante. Si ella decía la verdad, el rastro terminaba allí. Sin Larry Sullivan, las personas responsables de la destrucción de su madre seguirían ocultas.

Su mente se llenó de la imagen de ella: su rostro arruinado, los ojos nublados, entrando y saliendo de la consciencia.

La ira estalló en su interior.

Sebastian se puso de pie de forma abrupta, empujó la silla hacia atrás y avanzó a grandes zancadas hacia la puerta. Su presencia era fría, peligrosa y absoluta.


En el momento en que su avión tocó tierra, el teléfono de Sebastian sonó.

Era su asistente, Milan.

—Señor —dijo con urgencia—, su madre está emocionalmente inestable.

La expresión de Sebastian se endureció.

—Voy para allá.

Mariana era su madre.

Veinte años atrás, durante la gala de cumpleaños de Sebastian, la mujer que alguna vez fue celebrada en la alta sociedad por su deslumbrante belleza fue atacada brutalmente. Un desconocido le arrojó ácido sulfúrico concentrado al rostro. En cuestión de segundos, todo aquello por lo que era conocida quedó destruido.

Después de esa noche, Mariana desapareció de la vida pública.

Su espíritu se fracturó. Su mente se desmoronó. Llegaron graves trastornos mentales, y Derrek Cortez la internó bajo cuidado permanente en una villa en la colina, a las afueras de Elaris. Durante dos décadas, apenas cruzó sus puertas.

Su estado era impredecible. En sus momentos de lucidez, el personal podía controlarla. Pero cuando perdía el control, solo Sebastian lograba llegar a ella. Sin él, podía llorar durante horas, caer en episodios de insomnio o incluso hacerse daño.

La ansiedad le quemaba el pecho.

Cada vez que su madre empeoraba, nada más importaba.

Cuando se acomodó en el asiento trasero del coche, su asistente Faye le entregó un paquete sellado.

—Esto fue entregado por el departamento de atención al huésped del Hotel Skyline 88 —dijo.

Sebastian lo miró, y su expresión se volvió sombría. Era el conjunto de ropa que Linda había empapado aquel día. Y debajo, había una tarjeta de identificación.

“Linda Herrera.”

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