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Author: Black Knight
last update publish date: 2025-12-13 18:47:34

—Linda…

Repitió el nombre en voz baja. En su mente surgieron unos ojos brillantes, claros como el cristal… tan vívidos, tan llenos de vida.

Qué ironía.

Su nombre significaba hermosa, y sin embargo su rostro…

Así que la tarjeta de identificación que había arrojado para demostrar su inocencia se había quedado en la habitación… ¿y esa mujer despistada ni siquiera se había dado cuenta de que la había perdido?

Una sonrisa ligeramente perversa apareció en la comisura de sus labios.

Sacó su teléfono y abrió la lista de contactos. Había un nombre guardado allí: “Ugly Betty”. Lo había registrado sin pensarlo demasiado, de manera casual. Pero hoy, resultaba bastante útil.

La llamada se conectó. Del otro lado llegó una voz perezosa.

—¿Hola? ¿Quién habla?

—Busco a Betty —dijo Sebastian, curvando los labios en una sonrisa.

—No soy Betty, soy— —Linda estuvo a punto de colgar diciéndole que se había equivocado de número, pero en cuanto procesó ese apodo, se quedó helada. Lo recordó. A él. Al hombre irritantemente guapo que le había robado un primer beso inolvidable… y luego la había humillado sin piedad.

—¿Ya te acordaste? —Parecía capaz de ver su expresión a través del teléfono. Su voz llevaba una sonrisa aún más profunda.

—Eh… —la mente de Linda cayó en completo caos.

—Envíame tu ubicación —ordenó Sebastian sin rodeos.

—¿Por qué haría eso? —exigió ella, desconcertada.

—No me hagas perder el tiempo. Envíala. Ahora. —Su tono no dejaba espacio para la negativa.

—No voy a—

Jamás había conocido a un hombre tan autoritario e irracional. ¿Por qué debía obedecerle?

¿Solo porque fue él quien la besó primero?

Aunque… ese beso había sido absurdamente increíble—

¡Despierta, Linda! ¡Reacciona! ¡Das pena!

—Si no te importa sacar una identificación nueva, puedes negarte —su voz llegó fría, casi fantasmal, erizándole la piel.

—¿Identificación? ¡Espera…! ¿¡Me robaste mi ID!? —gritó.

—Incorrecto. La olvidaste —corrigió Sebastian con calma—. Mi paciencia es limitada. Tienes un minuto. Envíame tu dirección.

Linda colgó furiosa… pero aun así envió la ubicación.

Su teléfono volvió a sonar casi de inmediato.

—Nada mal, Betty. Empaca algo de ropa. Estaré abajo en veinte minutos.

—¿A dónde me llevas? —preguntó nerviosa.

—A un lugar especial. A conocer a alguien especial.

Su tono era extrañamente suave, sin rastro de malicia.

Pero a Linda se le erizó todo el cuerpo.

¿Pensaba venderla? ¿Traficarla? ¿Llevarla a África? ¿Quitarle los órganos?

Su imaginación explotó en escenarios horribles.

—¿No estarás planeando…?

—Ahorra neuronas —la interrumpió sin piedad—. Aunque quisiera venderte, nadie te compraría.

—¡Tú… bastardo descarado! —la sangre se le subió a la cabeza de pura rabia.

—Tus insultos fluyen mejor ahora. Has mejorado —rió suavemente.

Linda estuvo a punto de atragantarse de la ira.

Ese hombre… además de ser insoportablemente guapo, era pura maldad. Provocador. Detestable.

Cortó la llamada con fuerza, recordando después que él ya venía en camino.

Sin otra opción, arrastró una maleta y empezó a empacar.

Tal como dijo, unos veinte minutos después su teléfono volvió a sonar.

—Estoy abajo. Baja.

—…Está bien —murmuró a regañadientes, sacando la maleta. Al pasar junto al ama de llaves, dijo—: Tía, saldré unos días. Por favor, avísele a mis padres.

La mujer parpadeó sorprendida; Linda casi nunca salía sola.

—Señorita, ¿a dónde va?

—No hace falta preguntar. Me cuidaré sola.

El ama de llaves quiso insistir, pero al final se tragó las palabras.

Una furgoneta ejecutiva gris esperaba fuera del patio.

Faye cargó la maleta en la parte trasera y luego subió al asiento del copiloto.

Cuando miró por el retrovisor, se quedó paralizado.

Sebastian estaba recostado con total relajación, una leve sonrisa dibujada en los labios mientras observaba a Linda. Aquella mirada le recorrió la espalda como un escalofrío. De forma instintiva, ella se apartó un poco más.

Sebastian lo notó.

—¿Qué pasa? —preguntó con ligereza—. ¿Tienes miedo de que te muerda?

—No tengo miedo —respondió Linda, aunque su voz carecía de convicción.

—Entonces, ¿por qué estás sentada tan lejos? —inclinó la cabeza, divertido—. ¿Te sientes culpable por algo?

Soltó una breve risa.

—Relájate. Aunque quisiera morder, necesitaría algo que valiera la pena hincarle los dientes.

Faye miró fijamente al frente, atónito.

Llevaba años trabajando para Sebastian. Esta versión suya—burlona, imprudente, casi juguetona—era algo que jamás había visto.

¿Y todo por esta mujer?

—¿Te costaría tanto dejar de insultar a la gente durante cinco minutos? —espetó Linda, sintiendo cómo se le calentaban las mejillas.

—No te estaba insultando —replicó Sebastian con calma—. Estaba siendo honesto.

—Tú… —Linda se tensó, pero luego cerró la boca, decidiendo que no valía la pena gastar energía en él.

La furgoneta dejó atrás la ciudad, cambiando el concreto por terrenos abiertos. A ambos lados de la carretera se extendían campos interminables, repletos de girasoles dorados.

Linda se acercó al vidrio, olvidándose por un momento de todo.

—Son hermosos —murmuró.

Sebastian la miró de reojo.

—No imaginé que fueras del tipo sentimental.

Ella le lanzó una mirada fulminante.

—El sentimental eres tú.

En lugar de contraatacar, él soltó una risa baja.

—Si te gustan tanto, baja la ventana. Míralos mejor.

—No me gustan —dijo ella con brusquedad, girando el rostro.

—Entonces, ¿por qué dijiste que eran hermosos? —preguntó, genuinamente confundido.

—Porque odio las cosas hermosas —respondió Linda en voz baja.

Las palabras se le escaparon antes de poder detenerlas.

Sebastian se quedó inmóvil. Durante un breve instante, estudió su perfil. Luego asintió una sola vez.

—Tienes razón —dijo—. Probablemente deberías odiarlas.

Linda había sufrido alergias severas desde la infancia. Las flores siempre habían sido algo que solo podía admirar a la distancia: nunca tocarlas, nunca sostenerlas. Los girasoles de afuera eran radiantes, indomables… todo lo que ella no era. Ardían con franqueza y fuerza, justo lo que a ella le faltaba.

Quería acercarse.

Nunca podía.

Así que era más fácil fingir que no le importaba.

Igual que el hombre sentado a su lado: demasiado brillante, demasiado intenso. Lo suficientemente cerca como para sentir su calor, pero lo bastante lejos para no quemarse.

Exhaló suavemente.

Sebastian captó el sonido. Frunció el ceño apenas un poco.

La carretera ascendía en curvas, serpenteando entre las montañas, hasta que la furgoneta se detuvo frente a una enorme villa en la cima.

Linda la miró con incredulidad.

—¿Dónde estamos? —preguntó mientras Sebastian abría la puerta y la ayudaba a bajar.

Había oído a su madre mencionar una finca privada en esa zona, un refugio exclusivo perteneciente a una de las familias más ricas de la ciudad.

¿Por qué la traía allí?

—En mi casa —respondió Sebastian, guiándola hacia adelante.

—E-espera… ¡mi maleta! —exclamó ella, mirando hacia atrás.

—No la necesitarás —dijo él sin volver la vista.

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