Mag-log inALEXANDERLlevaba toda la mañana de mal humor. Carlo lo sabía, la gente que había entrado a mi despacho también, a esas alturas probablemente lo sabía medio edificio. No iba a llegar a la consulta de Renata, eso era todo.Podía seguir moviendo cosas, insistiendo, cabreándome con mi agenda o buscando una solución que no existía. El resultado no cambiaba, el jueves yo tenía que estar en Londres y Renata estaría entrando al consultorio de la doctora Morales sin mí.Cerré la computadora con más fuerza de la necesaria.Me había perdido cosas antes. Cenas familiares, cumpleaños, vacaciones. Nunca me había importado demasiado. Siempre podía mandar un regalo, llamar después o aparecer otro día. Esto era diferente, mi hijo no iba a repetir una consulta porque su padre estuviera ocupado.Pensar en mi hijo todavía conseguía descolocarme, también conseguía tranquilizarme. A veces estaba sentado en una reunión escuchando a alguien hablar y, de pronto, recordaba aquella imagen que llevaba en la car
ELENALos moretones empezaban a ponerse amarillos, los odiaba más así. Cuando eran morados podía mirarlos y recordar perfectamente por qué estaba en Puerto Vallarta, encerrada en un departamento que no era mío, durmiendo mal y revisando dos veces la cerradura antes de acostarme. Ahora comenzaban a borrarse, como si mi cuerpo hubiera decidido superar el asunto antes que yo.Me acerqué al espejo del baño y levanté la barbilla, todavía quedaban marcas alrededor del cuello, aunque ya podía ocultarlas con maquillaje. Pasé los dedos por una.Nicolás no había vuelto a llamarme, no desde que bloqueé su número, tampoco había aparecido nadie preguntando por mí y mi hermana no había recibido nada extraño. Debería haberme tranquilizado, pero el miedo no funciona así, cada vez que escuchaba pasos en el pasillo me quedaba quieta. Si un auto permanecía demasiado tiempo frente al edificio, me asomaba entre las cortinas. Después me sentía estúpida.Nicolás probablemente estaba demasiado ocupado pensan
RENATALa tercera persona que me preguntó cómo me sentía antes de las diez de la mañana estuvo a punto de recibir una respuesta que no merecía. La primera había sido Martha, apenas entré a Casa Sarmiento. La segunda, Marcelo. La tercera fue mi padre, por teléfono, para recordarme que había dejado unas galletas saladas en mi oficina porque, según él, yo estaba comiendo muy poco.Miré el paquete sobre mi escritorio.—Papá, estoy embarazada, no convaleciente. Puedo sobrevivir una mañana sin que alguien compruebe cada media hora si sigo respirando.—No estoy comprobando que respires. Solo te dejé algo para el estómago porque ayer dijiste que amaneciste con náuseas.—Y agradezco las galletas, pero si mañana encuentro un botiquín, una manta y un desfibrilador debajo del escritorio, voy a empezar a preocuparme por ti.Mi padre se rio.—Exagerada como siempre. Come algo y deja de pelear con la gente que intenta cuidarte.Colgué sonriendo, aunque cinco minutos después volví a irritarme cuando
ALEXANDERA las seis y media todavía estaba convencido de que llegaría a tiempo, ese fue mi primer error, el segundo fue creerle a Carlo cuando entró a mi despacho asegurando que la reunión pendiente con el equipo de Madrid no tardaría más de cuarenta minutos.—Necesito salir de aquí antes de las ocho. Si alguno pretende descubrir una crisis nueva después de esa hora, dile que tenga la amabilidad de conservarla hasta mañana.Carlo miró su reloj.—Considerando que llevas casi dos semanas posponiendo esta reunión, te recomiendo no empezar anunciándoles a todos que piensas abandonarlos en menos de dos horas.—No voy a abandonar a nadie, tengo una llamada importante y prometí estar en casa.—Entonces intenta no discutir durante veinte minutos cada punto que no te gusta. Quizá así ocurra el milagro.Le enseñé el dedo medio y Carlo salió riéndose.Renata y yo habíamos quedado en hablar a las nueve de Londres. Tres de la tarde para ella. Habíamos revisado los horarios casi como dos imbéciles
RENATAConseguir que cinco adultos coincidieran durante una hora estaba resultando más complicado que cerrar una exportación. El primer mensaje de Alexander llegó mientras Marcelo intentaba explicarme por qué uno de nuestros distribuidores quería modificar las fechas de entrega.ALEXANDER: Mi madre propone mañana a las siete. Está hablando de viajar a México y quiero que la conozcas antes de que compre los boletos por su cuenta. Créeme, es capaz.Hice la cuenta mental y miré mi agenda.RENATA: A esa hora todavía estaré aquí. Tengo reunión con distribución y después revisión de producción.Su respuesta apareció enseguida.ALEXANDER: ¿Una hora después?RENATA: Probablemente seguiré trabajando.Los tres puntitos aparecieron, desaparecieron y volvieron.ALEXANDER: Empiezo a odiar seriamente la diferencia horaria.Yo también, no se lo escribí.Guardé el teléfono y traté de volver a los documentos, pero algo había cambiado. Hasta ese momento la distancia había sido una molestia bastante abs
NICOLÁSLa fotografía apareció mientras desayunaba. No estaba buscando a Alexander Kane.Abrí el enlace porque su apellido estaba en el encabezado y porque llevaba tres días diciéndome que me importaba una mierda dónde estuviera. La nota hablaba de una cena en Londres, una de esas reuniones donde veinte hombres se felicitaban por mover dinero de un lado a otro y después fingían haber cambiado el mundo.Kane aparecía bajando de un coche frente al hotel. Traje oscuro. Corbata. Esa expresión de cabrón que parecía venir incluida con el apellido.Londres, amplié la fotografía sin pensarlo. Había vuelto.Dejé el teléfono junto a la taza e intenté continuar desayunando. El café terminó enfriándose mientras releía una nota que no decí







