MasukALEXANDERA las seis y media todavía estaba convencido de que llegaría a tiempo, ese fue mi primer error, el segundo fue creerle a Carlo cuando entró a mi despacho asegurando que la reunión pendiente con el equipo de Madrid no tardaría más de cuarenta minutos.—Necesito salir de aquí antes de las ocho. Si alguno pretende descubrir una crisis nueva después de esa hora, dile que tenga la amabilidad de conservarla hasta mañana.Carlo miró su reloj.—Considerando que llevas casi dos semanas posponiendo esta reunión, te recomiendo no empezar anunciándoles a todos que piensas abandonarlos en menos de dos horas.—No voy a abandonar a nadie, tengo una llamada importante y prometí estar en casa.—Entonces intenta no discutir durante veinte minutos cada punto que no te gusta. Quizá así ocurra el milagro.Le enseñé el dedo medio y Carlo salió riéndose.Renata y yo habíamos quedado en hablar a las nueve de Londres. Tres de la tarde para ella. Habíamos revisado los horarios casi como dos imbéciles
RENATAConseguir que cinco adultos coincidieran durante una hora estaba resultando más complicado que cerrar una exportación. El primer mensaje de Alexander llegó mientras Marcelo intentaba explicarme por qué uno de nuestros distribuidores quería modificar las fechas de entrega.ALEXANDER: Mi madre propone mañana a las siete. Está hablando de viajar a México y quiero que la conozcas antes de que compre los boletos por su cuenta. Créeme, es capaz.Hice la cuenta mental y miré mi agenda.RENATA: A esa hora todavía estaré aquí. Tengo reunión con distribución y después revisión de producción.Su respuesta apareció enseguida.ALEXANDER: ¿Una hora después?RENATA: Probablemente seguiré trabajando.Los tres puntitos aparecieron, desaparecieron y volvieron.ALEXANDER: Empiezo a odiar seriamente la diferencia horaria.Yo también, no se lo escribí.Guardé el teléfono y traté de volver a los documentos, pero algo había cambiado. Hasta ese momento la distancia había sido una molestia bastante abs
NICOLÁSLa fotografía apareció mientras desayunaba. No estaba buscando a Alexander Kane.Abrí el enlace porque su apellido estaba en el encabezado y porque llevaba tres días diciéndome que me importaba una mierda dónde estuviera. La nota hablaba de una cena en Londres, una de esas reuniones donde veinte hombres se felicitaban por mover dinero de un lado a otro y después fingían haber cambiado el mundo.Kane aparecía bajando de un coche frente al hotel. Traje oscuro. Corbata. Esa expresión de cabrón que parecía venir incluida con el apellido.Londres, amplié la fotografía sin pensarlo. Había vuelto.Dejé el teléfono junto a la taza e intenté continuar desayunando. El café terminó enfriándose mientras releía una nota que no decí
ALEXANDERMi madre miró la ecografía durante tanto tiempo que empecé a arrepentirme de haberla puesto sobre la mesa antes de explicar nada. Aurora estaba a mi izquierda. Mi padre enfrente. Mamá tenía la fotografía entre los dedos y la acercaba, la alejaba y volvía a mirarla como si en algún momento fuera a conseguir distinguir algo más.Había llegado dispuesto a decirlo de manera sencilla: Sorpresa, Renata está embarazada, voy a ser padre.Eso había durado aproximadamente treinta segundos.—Necesito que alguien me explique por qué estoy viendo la ecografía de mi nieto y su madre está a nueve mil kilómetros de distancia.Ahí estaba mi madre.—Renata vive en México, mamá. No iba a meterla en una maleta y traerla conmigo solamente porq
ALEXANDERMauro estaba recargado contra su coche cuando salí de Heathrow. Tenía un café en una mano y el teléfono en la otra. Al verme guardó el móvil, pero no se movió para ayudarme con la maleta. Eso me hizo sonreír. Si alguna vez intentaba cargarme el equipaje, probablemente tendría que comprobar que no estuviera muriéndose.—Tienes una cara bastante extraña, Kane. No sé si México te sentó de maravilla o si vienes tan jodido que todavía no te has dado cuenta.Lo abracé. Mauro se quedó tieso un segundo antes de soltar una carcajada y darme dos golpes en la espalda.—Ahora sí me preocupaste. Normalmente necesitas varios whiskies antes de demostrar afecto masculino sin acompañarlo de un insulto.—Acabo de pasar once horas metido en un avi&oac
ELENASalí de Guadalajara poco después de las siete y durante los primeros cuarenta minutos miré el retrovisor más veces que la carretera, era ridículo. Nicolás no sabía que me iba. Mi hermana tampoco le habría dicho nada porque ni siquiera sabía lo que había pasado; solo tenía unas fotografías horribles y mi petición de usar el departamento de Puerto Vallarta. Aun así, cada camioneta oscura que se mantenía demasiado tiempo detrás de mí conseguía que apretara el volante.Me dolía el cuello, también me dolía admitir que tenía miedo. Cuando empezó a clarear me quité el pañuelo que llevaba puesto, rozaba las marcas y me estaba desesperando. Lo lancé al asiento del copiloto y ahí, junto al bolso, quedó como otra prueba de







