LOGINCinco años después de abandonar a Alexander, Grace se ve obligada a regresar ante el hombre que una vez fue su esposo. Sin embargo, Alexander ya no es el hombre que solía amarla. El odio ha reemplazado el amor que una vez le entregó por completo. Irónicamente, aunque odia a Grace, Alexander sigue siendo posesivo y no soporta verla en manos de otro hombre. Cuando el destino vuelve a ponerlos frente a frente, ¿podrá Grace resistir el amor de un hombre que la odia, pero que aún no ha podido dejarla ir?
View MoreHospital Infantil de Boston
—¡Doctor! ¡Doctor Frans! Por favor, salve a mi hija. Se lo ruego. Mi hija ha vuelto a tener convulsiones y ha perdido el conocimiento.
La voz de Grace se quebró y resonó por el pasillo del hospital mientras corría siguiendo la camilla de Alea, que era empujada con urgencia hacia urgencias. Respiraba entrecortadamente, pálida, y sus manos temblaban violentamente.
Sobre la camilla, el pequeño cuerpo de Alea yacía inconsciente. Tenía los ojos muy cerrados y el rostro encendido por una fiebre altísima, mientras su pequeña mano yacía débil, con una vía intravenosa adherida al dorso. De vez en cuando su cuerpo aún se estremecía por las convulsiones que acababa de sufrir. El sonido rítmico del monitor cardíaco, lejos de tranquilizarla, le oprimía aún más el pecho a Grace.
—Alea, mamá está aquí, mi vida. Me escuchas, ¿verdad? —susurró Grace con voz temblorosa.
Pero Alea permaneció inmóvil. No hubo respuesta, ni siquiera un movimiento de sus párpados. Solo se oían el monitor y los pasos rápidos de médicos y enfermeras que se movían a su alrededor.
Una vez confirmada la estabilidad de Alea, el doctor Frans pidió hablar con Grace a solas.
—Su hija necesita un trasplante de médula ósea lo antes posible. ¿Dónde está el padre? —preguntó el doctor Frans.
La pregunta dejó a Grace sin palabras. Su rostro, marcado desde hacía rato por la angustia, se tensó de golpe.
—Desde el punto de vista médico, aún no podemos confirmar si el padre de Alea es un donante compatible. Debemos realizar primero las pruebas de compatibilidad. Sin embargo, como padre biológico, podría ser un donante compatible. En el estado actual de Alea, no tenemos mucho tiempo que perder.
Grace lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Quiero que mi hija se salve. Pero… no sé dónde está ahora.
El doctor Frans la miró con profunda preocupación.
—Debe encontrarlo cuanto antes, señorita Grace.
Sin añadir una sola palabra más, el doctor Frans se marchó, dejando a Grace sola. Ella bajó la mirada hacia su hija, que yacía débil en la cama del hospital.
Habían pasado cinco años desde que lo dejó. Y ahora, para salvar a su hija, Grace tendría que volver a enfrentarse a su exmarido.
—Perdóname, hijita. Mamá va a buscar a tu papá y le pedirá que done su médula. Aunque no sé si aceptará.
Entre sollozos, Grace sintió la vibración de su teléfono. Al ver el nombre en la pantalla, contestó de inmediato.
—¿Cómo está tu hija, Grace? —preguntó Eleanor, con voz llena de inquietud—. Tengo mucho miedo de que le pase algo a Alea.
—Ya está más tranquila. Gracias por preocuparte por ella.
—La quiero como si fuera mía. ¿De verdad no vas a buscar a Alexander? Al fin y al cabo, es su padre.
Grace soltó un suspiro profundo.
—Lo buscaré. Pero antes necesito conseguir un trabajo. No puedo permitir que los gastos médicos de Alea sean un problema.
—Qué coincidencia —dijo Eleanor—. Me acabo de enterar de que una gran empresa busca personal de limpieza. Solo tendrías que encargarte de una oficina. No te agotará demasiado.
—¿Personal de limpieza? ¿Por qué buscan a alguien solo para limpiar un despacho? —preguntó Grace, extrañada.
—No es momento de hacer preguntas, Grace. He oído que despidieron a varios empleados anteriores porque buscaban excusas para acercarse al director general de la empresa.
Grace soltó un suspiro leve. Su mente voló de inmediato hacia su hija. Los gastos del tratamiento no eran algo que pudiera ignorar. Necesitaba trabajar cuanto antes.
—¿Cómo se llama la empresa? —preguntó al fin.
—Grupo Ashford.
Grace asintió, aunque Eleanor no podía verla.
—Está bien. Lo intentaré. Ojalá me contraten.
Al llegar a la entrada del hospital, Grace vio a Eleanor, que le hacía señas desde la acera.
Minutos después, Grace se encontraba en las instalaciones del Grupo Ashford.
Mientras tanto, en la planta más alta, el despacho estaba sumido en un silencio profundo. Solo se oía el roce de las hojas al pasar y el golpeteo suave de un bolígrafo sobre el escritorio, tras los muros de cristal que daban a la ciudad de Boston.
Un hombre estaba sentado detrás de su mesa. Todos lo conocían como Alexander Whitmore.
Tenía un rostro atractivo, aunque casi sin rastro de emoción. Su mirada afilada hacía que cualquiera que se pusiera frente a él se lo pensara dos veces antes de hablar.
James Collins permanecía de pie frente al escritorio. Abrió su tableta.
—El informe más reciente de Nueva York, señor. El proyecto avanza según lo previsto, pero los inversores han planteado algunas dificultades. Piden más tiempo para finalizar…
De golpe, el bolígrafo de Alexander cayó con fuerza sobre la mesa. Sus ojos se entrecerraron y apretó la mandíbula. James tragó saliva, pero se mantuvo firme.
—¡No les pago para que me pidan prórrogas, James Collins! El plazo está fijado. Si no pueden cumplir lo acordado, cancele el contrato.
—De acuerdo, señor Whitmore. Me encargaré de ello.
Alexander volvió a leer los documentos que tenía delante, sin mostrar el menor interés. James tenía algo más que decir, pero dudaba.
Durante estos cinco años, James había aprendido a medir cada palabra que dirigía a Alexander. Ya no era el hombre con el que antes era tan fácil hablar.
—¿Algo más? —preguntó Alexander sin levantar la vista.
—Ya hemos contratado a la persona de limpieza para su despacho, señor. Está esperando afuera. ¿La hago pasar?
Alexander se puso los anteojos y asintió, sin el menor entusiasmo. James abrió la puerta e hizo entrar a Grace.
—Por favor, no cause problemas, señorita…
El rostro de Grace perdió todo color. Abrió mucho los ojos al reconocer al hombre que tenía delante y apretó con fuerza el asa de su bolso, sin poder respirar por un instante.
—¿James?
James no respondió. La hizo pasar y la dejó frente a Alexander. El miedo la invadía, pero la imagen de Alea, pálida y débil en el hospital, volvió a su mente.
—Haré cualquier cosa por ti, Alea —pensó mientras avanzaba.
James cerró la puerta. Alexander, que tenía la cabeza inclinada, levantó la vista lentamente.
Una media sonrisa se dibujó en sus labios.
—Vaya… —Se quitó los anteojos y la miró fijamente—. Mira quién ha venido.
Grace apretó con más fuerza el asa del bolso. No sabía por qué, pero este encuentro se sentía distinto. Sentía un nudo en la garganta, como si una piedra la oprimiera por dentro.
Alexander se levantó lentamente de su silla. Se acercó a ella y la rodeó dando la vuelta.
—Cinco años buscándote —dijo, con la voz helada—. Y resultó que tú misma viniste a mí.
—James, sal. Y no olvides cerrar con llave.
—¿Qué piensas hacer? —Grace retrocedió un paso, pero la mano de Alexander ya le sujetaba la barbilla.
—Lo que yo quiera.
—Tengo que ir a trabajar, Eleanor —dijo Grace—. Eres la única persona en quien confío para cuidar de Alea. Por favor, cuida de mi hija mientras no estoy.Eleanor le acarició suavemente la mano.—Ve tranquila. Yo me quedaré aquí cuidando de Alea.Al escucharla, Grace asintió con una sonrisa. Enseguida, tomó su bolso pequeño. Antes de marcharse, miró a Alea, que le sonreía mientras agitaba la mano para despedirse.—Estaré bien con la tía Eleanor, mamá —dijo la niña.Grace volvió a asentir. Sin embargo, por alguna razón, seguía sintiendo una inquietud que no lograba explicarse. Algo en su interior le decía que no quería dejar a Alea sola.Aun así, tenía que trabajar para pagar los gastos hospitalarios de su hija.Después de que Grace se marchara, Eleanor volvió a sentarse junto a la cama de Alea. Tomó el libro de cuentos que estaba sobre la mesita y le sonrió a la pequeña.—¿Quieres que te lea un cuento?Alea asintió con entusiasmo.—¡Sí, tía!Eleanor comenzó a leer con voz suave. De vez
—¿Estás seguro de que mi madre fue a verla? —preguntó Alexander una vez más para asegurarse.James asintió con firmeza.—Estoy completamente seguro, señor. Fui a revisar la habitación de la hija de la señorita Grace. No había señales de violencia, pero ella estaba llorando.Alexander guardó silencio. Su mente se llenó de distintas posibilidades sobre lo que podría haber ocurrido entre aquellas dos mujeres.—¿Llorando? —repitió en voz baja—. ¿De qué hablaron? No es propio de mi madre ir personalmente a visitar a alguien. Por lo general, son los demás quienes tienen que acudir a verla.James negó ligeramente con la cabeza.—Tampoco lo sé, señor. ¿Quiere que averigüe qué ocurrió?Alexander lo miró con expresión impasible.—¡Averígualo! —ordenó—. Seguro que hablaron de algo.—Sí, señor —respondió James antes de salir de la habitación. No se olvidó de cerrar la puerta tras de sí.Después de que James se marchara, las palabras sobre el llanto de Grace volvieron a resonar en la mente de Alex
—¿Te reuniste con ella? ¿Qué le dijiste sobre tu presencia allí? —preguntó Alexander. Tenía los labios pálidos después de someterse a una cirugía mayor.—Sí, señor. Es posible que la señorita Grace piense o espere que usted haya sido quien donó la médula ósea para su hija.Alexander no respondió. Se limitó a exhalar un largo suspiro.—Si me permite preguntar, ¿por qué decidió ocultárselo? —preguntó James, intrigado.—Necesito descubrir la verdad sobre lo que me ha estado ocultando todo este tiempo, James —respondió Alexander con la voz ligeramente temblorosa.—En su carta de hace cinco años, me dijo que yo no era el padre de Alea. Pero ¿y ahora? Ahora resulta que afirma que soy su padre. Incluso soy compatible para donarle médula ósea a su hija, pero los resultados de la prueba de paternidad indican que no soy el padre biológico de Alea. ¿Qué significa todo esto? Siento que se están burlando de mí.Al ver que Alexander parecía a punto de descargar su furia, James se apresuró a adverti
—¿Qué resultados dieron las pruebas de compatibilidad de médula ósea entre Alea y yo? —preguntó Alexander.En ese momento, se encontraba en el consultorio del doctor Frans, con una expresión llena de curiosidad.—El estado de Alea ha empeorado mucho. Si soy compatible, quiero donarle mi médula ósea cuanto antes. No quiero que le pase nada. Pero, si no soy compatible, puedo buscar otro donante.—Todavía no he recibido los resultados de los exámenes, señor —respondió el doctor Frans.Antes de que Alexander pudiera contestar, una enfermera llamó a la puerta y entró con un expediente en las manos.—Doctor, ya están listos los resultados de los análisis que solicitó hace un momento.El doctor Frans recibió el expediente y revisó el nombre del paciente que aparecía en la primera página. Después de confirmar que se trataba de los resultados de Alexander y Alea, se lo entregó a Alexander.—¿Quiere revisarlos usted primero? —le ofreció el doctor Frans.Alexander lo recibió y abrió el expedient


















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