LOGINALEXANDERElena no intentó retenerme cuando mencioné a Renata. Al contrario, miró mi teléfono cuando volvió a vibrar sobre la mesa y se hizo a un lado con naturalidad.—Deberías contestarle si está esperándote. Una conversación conmigo no merece que mañana tengas que dar explicaciones por haber incumplido una promesa.Leí el mensaje.Ya terminé. Cuando salgas me llamas. Tengo algo que contarte y sigo sin querer hacerlo por mensaje.Aquello consiguió que volviera a preguntarme qué demonios estaba planeando.Dame un poco más. Estoy terminando aquí.—No puedo llamarla todavía —expliqué mientras guardaba el teléfono—. Vive en México y últimamente hemos descubierto que mantener una relación con un océano de por medio requiere demasiada organización. Quedamos en hablar cuando saliera y prefiero cumplir por una vez sin obligarla a perseguirme.—Entonces deberías marcharte antes de que alguien vuelva a encontrarte y te encierre en otra conversación de negocios.—Créeme, esa es exactamente mi
ALEXANDERMi padre cumplió su palabra más rápido de lo que esperaba.No había encontrado una forma mágica de trasladar Londres a México ni pretendía hacerlo. Lo que puso sobre la mesa aquella mañana fueron alternativas bastante menos espectaculares y mucho más útiles: periodos más largos trabajando desde México, responsabilidades que podía atender a distancia y otras para las que tendría que regresar obligatoriamente. No resolvía el futuro. Me daba margen para empezar a construirlo sin sentir que cada visita a Renata venía acompañada por una cuenta regresiva.Aurora llevaba varios minutos revisando una de las carpetas cuando levantó la vista y sonrió. Conocía esa expresión. Mi hermana no necesitaba demasiado para divertirse a mi costa y mi reciente vida sentimental le estaba proporcionando material para varios años.—Tengo que admitir que estoy disfrutando muchísimo esta versión tuya. Durante años te burlaste de papá porque mamá conseguía que cambiara reuniones y viajes, y ahora lleva
ELENALondres me recibió con lluvia. No esa lluvia bonita de las películas en la que alguien camina con un paraguas impecable mientras la ciudad brilla detrás. Era una llovizna fría, molesta, suficiente para pegarme el cabello a la cara mientras intentaba meter la maleta en un taxi y me preguntaba por enésima vez qué demonios estaba haciendo.Podría haberme quedado en Puerto Vallarta, podría haber esperado a que las marcas de mi cuello desaparecieran por completo, buscar trabajo, llamar a mi hermana y contarle una versión de mi vida que no me hiciera parecer una completa imbécil. Había opciones. Varias, seguramente mucho más sensatas que cruzar medio mundo detrás de un hombre que ni siquiera sabía que yo existía.Pero llevaba demasiado tiempo haciendo cosas poco sensatas, la diferencia era que esta ve
NICOLÁSDejar de buscar a Renata había sido la primera decisión inteligente que tomaba en semanas. No porque hubiera dejado de pensar en ella. Eso habría sido más sencillo. Seguía despertando algunas mañanas con el impulso absurdo de tomar el teléfono y escribirle, y todavía tenía momentos en los que algo tan estúpido como pasar frente a un restaurante bastaba para recordar una cena, una discusión o alguna de esas pequeñas costumbres que durante cuatro años había considerado permanentes.La diferencia era que finalmente había entendido que perseguirla solo conseguía alejarla más. Presionarla con Casa Sarmiento había sido un error. Presentarme frente a ella cuando claramente no quería verme había sido otro. Y sugerirle que podía deshacerse del embarazo para que
RENATAAlexander llevaba cinco minutos hablando y yo todavía no sabía si quería besarlo o preguntarle en qué momento había decidido reorganizar su vida sin avisarme.Me había llamado después de cenar. En Londres ya era madrugada, pero seguía en su departamento con una camisa blanca arrugada, las mangas dobladas y una copa que parecía llevar abandonada sobre la mesa desde antes de empezar la conversación. Yo estaba en mi habitación, recostada contra el cabecero con una almohada detrás de la espalda y unas galletas saladas que últimamente vivían en mi buró.—Mi padre cree que podemos mover algunas de mis responsabilidades durante una temporada —explicó—. Todavía tiene que revisar qué puede hacerse sin provocar un desastre, pero podría pasar periodos má
ALEXANDERMi padre me encontró en la cocina poco después de las siete de la mañana, sentado frente a una taza de café que llevaba tanto tiempo intacta que probablemente ya estaba fría. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos terminaba pensando en Renata dentro de aquel consultorio, en mi cara apareciendo en una pantalla mientras la doctora revisaba a nuestro hijo y en esa sensación de estar presente a medias que me había acompañado durante todo el día.Aarón entró terminando de abrocharse el reloj. Se detuvo cuando me vio y durante unos segundos no dijo nada. Mi padre tenía esa costumbre irritante de observar antes de preguntar. Seguramente por eso mentirle había sido tan difícil incluso cuando era adolescente.—Tienes un departamento bastante caro y una cafetera que probablemente c







