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Cheon

Author: Pao-mizu
last update publish date: 2025-08-20 06:33:35

Seguí la recomendación de Ximena y saqué cita con un dermatólogo. Me encontraba en la sala de espera del doctor Cheon Jinwoo… «Xime morirá cuando le cuente que mi médico es un chino de esos».

Había un par de personas antes que yo, así que hojeé unos folletos sobre tratamientos para el acné y otros más grotescos, con imágenes que parecían sacadas de una película de terror. «Esa seborrea parece una sarna diabólica», hice una mueca y dejé el papel sobre la mesa.

Busqué el celular en mi bolso y me refugié en las redes sociales hasta que escuché mi nombre. La recepcionista —también de rasgos asiáticos— me llamó con una sonrisa cortés. La seguí por un pasillo silencioso, donde mis pasos parecían retumbar, hasta detenernos frente a una puerta. Tocó con suavidad y abrió sin esperar respuesta.

—Doctor Cheon, aquí está la señorita Lamber.

—Está bien, que pase, por favor.

La joven se hizo a un lado y desapareció con pasos discretos. Crucé el umbral… y me quedé helada.

El mundo se redujo a él.

El hombre de los ojos de plata.

El mismo que había creído ver entre la niebla… y en mi ventana.

Un escalofrío me recorrió. Mi nuca se tensó y la marca ardió como un pulso vivo, caliente, rítmico, como si respondiera a su presencia.

—¿Acaso… lo conozco? —la pregunta se me escapó.

Algo en mí lo reconocía, aunque mi razón no lograba explicarlo.

Él me sostuvo la mirada con calma medida, pero sus dedos se crisparon apenas sobre la mesa antes de responder.

—No —dijo despacio.

Era imposible. El mismo cabello casi blanco, recogido en una coleta; los ojos grises, fijos en mí, con un brillo que atrapaba. Incluso bajo la bata, la ropa gris reforzaba esa aura espectral. ¡Era él!

«Pero quisiera», escuché con claridad… aunque sus labios no se movieron.

—¿Disculpe? —parpadeé, insegura de si había sido real o solo un eco en mi mente.

Sacudió la cabeza con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.

—Tome asiento, señorita Lamber.

Me sentía al borde de la locura. Avancé como en un trance, intentando ignorar el calor punzante en mi nuca. El aire del consultorio se volvió denso, como si algo invisible lo cargara de electricidad.

Me senté frente a su escritorio, procurando no delatar mi nerviosismo. Él escribía en un historial que bien podía decir: “Mujer de veintitantos, viva, con irritación cutánea”.

—¿Qué la trae hoy por aquí? —su voz grave llenó el espacio. Era la misma que había escuchado en la niebla.

Sacudí la cabeza antes de contestar.

—Ah, sí… una marca de nacimiento. Siempre la he tenido, pero ahora… se ve diferente. Más roja, y siento como si… ¿Latiera?

Él levantó la vista. Un destello cruzó sus ojos, tan breve que no supe si era reflejo de la lámpara o de algo que quiso esconder.

—Entiendo —murmuró—. ¿Puedo examinarla?

Asentí y recogí mi cabello en un moño alto. Me indicó una camilla con un aro acolchado para apoyar el rostro. Obedecí.

Encendió una luz intensa y su cercanía me desarmó. El calor de mis mejillas competía con el de la marca. Su mano rozó mi piel al apartar un mechón rebelde y sus dedos se demoraron un instante más de lo necesario, como si comprobara la textura de mi piel. Un estremecimiento me atravesó de pies a cabeza.

El silencio se espesó. No podía verlo, pero escuchaba su respiración, lenta, demasiado cerca, como si controlara cada inhalación. Creí sentir que, por un segundo, se interrumpía, como si aquel contacto también lo hubiese afectado.

—Interesante… —susurró. La palabra me recorrió la espalda igual a un roce invisible.

—¿Qué? —giré apenas y me encontré con su rostro peligrosamente cerca del mío.

Por un segundo, lo único que vi fueron sus labios. El impulso de acercarme me asustó más que la marca ardiendo en mi nuca.

—¿Pa-pasa algo, doctor Cheon?

—Nada. —Apagó la luz con un movimiento rápido y se retiró con rigidez. Pero el vacío posterior gritaba que no era “nada”.

La sensación de su mano aún ardía en mi piel.

—En efecto, tiene una irritación —dijo al fin, refugiado en un tono clínico—. Nada que no pueda tratarse.

—¿Seguro? —pregunté mientras regresaba a la silla. Él asintió en silencio, escribiendo con calma forzada.

—Doctor… No es cáncer, ¿verdad?

Se detuvo. Alzó la mirada. Su expresión lo dijo todo: ni siquiera había considerado esa posibilidad. Suspiréaliviada, como si me quitaran una losa de encima.

Aun así, algo en su manera de observarme me inquietaba. Fingí no notarlo y desvié la vista hacia los estantes, las credenciales enmarcadas, cualquier cosa. Pero entre palabra y palabra, él volvía a mirarme con un interés extraño, demasiado persistente como para ser solo médico.

Yo solo quería sus indicaciones… y salir de ahí, porque cada minuto bajo su mirada me volvía más vulnerable.

—Este es el tratamiento, señorita Lamber —dijo con voz pausada mientras me entregaba un papel. Podría jurar que se demoró más de la cuenta en soltarlo o que incluso sus dedos rozaron los míos al tomarlo— Siga las indicaciones al pie de la letra.

—SSí, sí doctor.

—La veré en siete días.

Asentí en silencio y me despedí con el tono más formal del que fui capaz. Salí del consultorio, veloz. Tenía la sensación de haber dejado algo atrás… o de traerme algo conmigo.

El aire del pasillo parecía más frío que antes, y aun así la nuca me ardía.

«Ridículo», me dije. Apreté la cartera contra el pecho. «Fue solo una consulta médica, ¿desde cuándo te afecta tanto?».

Pero claro, nunca antes había visto algún médico en modo espectral entre la niebla, ni a través de mi ventana. Un escalofrío me sacudió.

Cada vez que recordaba la cercanía del doctor Cheon, el roce de sus dedos, su mirada fija… me estremecía como si hubiera ocurrido algo más. Todo fue muy extraño.

Cuando, al fin, llegué a la ccalle,solté un suspiro tan largo que fue como liberar todo el aire contenido en mis pulmones. Caminé despacio en dirección a la parada, lista para tomar la ruta hacia la zona bohemia y así cubrir el turno de la tarde en la galería.

Eché en falta mi bici,;hacía un día precioso.

Y entonces lo sentí.

Una presión en la espalda, como si alguien me siguiera.

Volteé. Nada.

Solo transeúntes en sus cosas.

Aceleré el paso. El sonido de pisadas se confundía con el de otros, pero mi corazón empezó a latir más fuerte.

«No hay nadie… estás paranoica», me repetí como un mantra y continué mi camino, aunque la ansiedad me devoraba igual.

Lo peor fue que aún faltaba camino para llegar, cuando el hermoso día se volvió gris. «¡Demonios!».La lluvia comenzó a caer y yo sin un paraguas. Siempre me pasaba lo mismo.

Crucé la calle hacia un pequeño centro comercial,;allí buscaría santuario, pero al hacerlo, noté con mayor precisión los zapatos atrás de mí contra el concreto humedecido. «¿Por qué me pasan estas cosas?», pregunté con el corazón en la garganta. Si alguien me seguía, no se atrevería a hacerme algo en un sitio como ese, con tanta gente, ¿verdad? Al menos, eso quise creer.

Entré sin mirar atrás y el alivio me invadió. Me sacudí las gotas de lluvia del cabello. Necesitaba un café, un lugar donde sentarme y olvidar el nudo en el estómago.

La cafetería en la esquina del primer piso estaba medio vacía. El aroma a pan recién horneado y café tostado me envolvió como una manta. Pedí un latte y me dejé caer en una mesa junto a la ventana, observando cómo la lluvia golpeaba el vidrio.

Suspiré. Estaba a punto de convencerme de que todo era imaginación mía… hasta que lo vi.

Él.

Sentado a pocas mesas, con un sándwich entre las manos, su bata blanca seguro seguía en el consultorio.

El doctor Cheon.

Todo se revolvió dentro de mí y, sin ser muy consciente, me levanté de mi sitio hasta el suyo.

—¿Usted me está siguiendo? —me escuché decir sin poder evitarlo.

Él levantó la vista con calma, pero me vio como a una loca. Incluso movió los ojos de un lado a otro, confundido.

—¿Disculpe? Salí a almorzar —explicó, con ese tono grave que parecía imposible de discutir.

Me quedé mirándolo, estúpidamente aliviada. Claro que no me seguía. Llegó antes que yo y su comida lo decía. «Eres una tonta, Ai».

Él frunció levemente el ceño, como si hubiera notado mi tensión.

—Se ve nerviosa. Permítame.

Llamó al camarero y, sin consultarme, pidió un té de manzanilla con lavanda.

—Tome asiento. La infusión le ayudará a calmar la ansiedad —dijo tranquilo y con su mano señaló otra silla desocupada en su mesa.

Debatí un rato conmigo misma entre aceptar o no; al final, me senté junto a él, entre nerviosa e incómoda, y el silencio reinó entre ambos. Cuando la taza humeante apareció, me obsequió una diminuta sonrisa.

—Bébalo despacio.

No supe si agradecerle o incomodarme más por la naturalidad con que se adelantaba a mis necesidades.

—Gracias… supongo.

Él asintió, observándome con esa serenidad que me hacía sentir transparente. El calor del té lo sentí como un bálsamo en mi cuerpo, aunque sabía a tres mil diablos. «Última vez que tomo una infusión por sugerencia suya», pensé, tratando de aparentar regocijo. El doctor tenía la mirada gacha, concentrado en su comida, pero me pareció que se tragaba una risita, como si recordara un chiste interno.

A pesar de los largos silencios, me sentí en paz junto a él. Justo cuando empezaba a bajar la guardia, escuché mi nombre:

—¡Señorita Ailén!

Me giré hacia la entrada y casi me atraganto con el té.

Era él. Kael Drakov.

«¿Cuántas posibilidades existen de encontrarse dos veces en la misma semana con un magnate y que este te recuerde?», ni yo misma podía creerlo, pero estaba allí.

Con su sonrisa arrolladora, se acercó como si fuéramos amigos de años. Se inclinó para saludarme con efusividad… demasiado cerca, parecía cómodo en su cercanía.

—Qué sorpresa encontrarla aquí. ¡Y con compañía!

Sus ojos chispearon al mirar al doctor Cheon, que lo observaba con una expresión tan medida que resultaba cortante. No era simple incomodidad; era el reconocimiento hacia alguien que preferiría no encontrarse.

El aire cambió, pesaba. Incluso antes de que alguien hablara. Y en mi nuca, la marca volvió a latir, ardiente,:«¿aAcasose debe a Kael? ¡Ay, qué estupidez piensas!».

Sonreí nerviosa, buscando salir del apuro.

—Señor Drakov —apenas dije,;él me interrumpió.

—Llámame Kael, ¿puedo tutearte, cierto, Ailén?

Asentí en silencio, nerviosa.

—Sí… bueno, Kael, él es el doctor Cheon… mi dermatólogo. Doctor, él es Kael Drakov, CEO de…

—Drakov Industries —completó el doctor.

Ambos se miraron un segundo de más; realmente parecían conocerse… y decirse de todo solo con los ojos.

Tragué saliva. No se veían muy amistosos el uno con el otro, aunque Kael mantuvo su sonrisa radiante.

—¿Por qué no… te unes a nosotros, Kael? —Ssugerí con una risa forzada—. Digo, parece que todos nos conocemos.

Ambos trataban de aparentar calma y amabilidad, pero yo sentí que abrí la puerta a algo mucho más peligroso.

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