La Heredera del Equilibrio: los dos alfas de la princesa

La Heredera del Equilibrio: los dos alfas de la princesa

last updateLast Updated : 2025-08-20
By:  Pao-mizuOngoing
Language: Spanish
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2 ratings. 2 reviews
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Un amor imposible. Un pasado olvidado. Una loba destinada a salvarlos… o destruirlos. Durante quince años, Ailén ha vivido como una humana común. Ella no sabe que su sangre pertenece a la última estirpe de Los guardianes del Equilibrio, lobos que resguardaban la paz entre los clanes elementales. Pero el destino no olvida tan fácilmente y una guerra sigue ardiendo por su don. Cuando Ailén comienza a experimentar extraños cambios, un joven aparece en su camino: el príncipe del aire, ese al que una vez fue prometida. Él jura protegerla, enseñarle a dominar su poder y ayudarla a reclamar su lugar. Sin embargo, el nuevo Alfa del Fuego también la ha encontrado. Y no está dispuesto a dejarla escapar, otra vez… aunque su corazón comience a latir solo por ella. Dos hombres. Dos destinos. Una loba que puede traer la paz… o arrasar con todo.

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Chapter 1

¿Quién soy?

¿Quién en su sano juicio decide pasar una perfecta tarde de verano en el sótano de su casa? Bueno… pues yo. Allí estaba, entre nubes de polvo y montañas de olvido. Mamá me hacía compañía, revolviendo cajas viejas como si buscáramos un tesoro perdido.

—Ay, hijita, ¿y si vamos arriba a disfrutar del sol?

—En un rato voy —respondí.

—Esa sonrisita. ¡Estás feliz! Y el cielo lo sabe.

—Ay, mamá, ya estás como la abuela —negué con la cabeza mientras abría otra caja.

Me invadió una nostalgia dulce, de esas que duelen un poco, al encontrar mis viejas esculturas de arcilla y algunas fotografías con mis hermanos. Extrañaba esos días en que todos vivíamos juntos.

En una de las fotos tenía ocho años; ellos, diez y doce. Los tres usábamos disfraces de Halloween. Incluso así, mi cabello rojo resaltaba entre el castaño y negro que todos compartían en la familia. Solo yo lo tenía naturalmente así. La abuela solía decir que su propia abuela también… nunca vi pruebas de eso.

Tomé un par de esas fotos, acaricié una figura de barro y aparté la caja. Lo más tonto era que no buscaba nada específico, tal vez alguna foto aún más antigua para mostrarle a las chicas del trabajo. Lo que encontré, sin embargo, destrozó el mundo que conocía.

Un sobre viejo, magullado y amarillento, tenía mi nombre escrito en letra firme. Apenas era visible entre la gruesa capa de polvo.

—¿Qué es esto? —murmuré, pero mi voz sonó lo bastante fuerte para que mamá me oyera desde el otro lado del sótano.

No sé por qué lo abrí. Algo me empujó a hacerlo, tal vez porque tenía mi nombre. Y entonces lo leí.

El corazón se me disparó.

—¡Ailén, dame eso! —La voz de mamá sonó urgida.

La miré un instante, pero volví a bajar la vista al papel. Era un certificado de adopción. Fechado quince años atrás.

—¿Qué… qué es esto? —balbuceé, temblando mientras soltaba el documento y retrocedía como si quemara. Incluso, mis manos ardieron.

Ella se acercó y volvió a guardar el certificado en el sobre, que escondió dentro de su ropa. Mi madre. ¿Era ella o quién?

—Ai, cariño, esto no…

—¡¿Eso no qué?! —le grité— ¡¿No qué, mamá?!

Me sujetó por los brazos, desesperada.

—No cambia nada… nada cambia…

Negaba con la cabeza, como si eso pudiera detener la avalancha que ya me había tragado. Pero yo no podía escuchar otra palabra. No después de eso. No cuando ya lo había entendido todo.

—¡Todo ha sido una mentira! —grité. No me importó romperme en pedazos frente a ella.

De pronto, cada cosa encajó como las piezas de un rompecabezas maldito. No había una sola fotografía mía antes de los cinco años. Ninguna historia, ninguna anécdota. Solo un gran vacío.

—¿Quién soy…?

Un trueno sacudió la casa. La luz titiló un segundo. Mis lágrimas brotaron.

Afuera, escuché los gritos de los vecinos que hasta hace un rato disfrutaban del sol. Corrían a cubrirse de la lluvia que había estallado de la nada.

—¡No, cariño, escúchame! —suplicó mamá.

No lo hice. Ni siquiera pensé demasiado. Subí corriendo, tomé el impermeable, agarré la bicicleta y huí.

Tal vez… el clima sí reaccionaba a mis emociones.

De niña, cada vez que lloraba, llovía como si el cielo me hiciera coro. Cuando me enojaba, el viento rugía e intentaba llevarse los árboles de raíz. Y cuando estaba feliz… el sol brillaba como si nada pudiera hacerme daño.

“Debe ser cosa de brujas”, me decía la abuela entre risas.

Pero en ese momento… frente a esa verdad y el vacío que se abría bajo mis pies… se desató una tormenta.

Pedaleé sin rumbo, con el corazón roto, la mente a la deriva y la certeza de que mi vida, tal como la conocía, se caía a pedazos. Igual al cielo que rugía sobre mí.

En algún punto pensé en Ximena. Quería contarle, llorar, gritar… o tal vez solo sentarme a su lado y entender qué demonios había pasado con mi vida.

El cielo rugió otra vez. Yo seguí pedaleando, adentrándome en el bosque, el camino de tierra empapado, el barro salpicó mis jeans. El impermeable se aferraba a mi cuello como si pudiera protegerme de algo más grande que el viento.

Un relámpago me cegó por un segundo cuando salí de la espesura. Luego otro trueno. El viento me empujó con fuerza y perdí el equilibrio. Rodé colina abajo hasta aterrizar en un charco de barro, de rodillas.

—¡Maldita sea! —gruñí, llena de furia. El cielo rugió conmigo.

Y entonces lo sentí.

Una punzada ardiente me recorrió la nuca. El viento se detuvo. Todo sonido desapareció, como si el mundo se contuviera.

Entonces, entre la niebla, apareció él. Una figura masculina, alta, empapada. En la oscuridad de sus ojos rasgados bailaba la bruma misma. Vestía de gris; su cabello largo, platinado —casi blanco— le caía en mechones sobre el rostro, creando sombras imposibles.

No me moví. Ni siquiera respiré.

Mi marca de nacimiento palpitó como un tambor. Una presión vibraba bajo la piel de mi nuca. Jamás había sentido algo así; a pesar de eso, seguí inmóvil, con la vista fija en él.

No dijo una sola palabra. Solo me miró.

Estaba segura de que era la primera vez que lo veía… pero algo dentro de mí gritaba lo contrario. ¿Una voz interior?… o tal vez mi alma conocía su nombre.

Y ahí, entre el lodo, el silencio y la tormenta detenida, tuve el presentimiento de que algo más grande estaba por revelarse. Quizás era el sendero hacia mi propia verdad.

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Andrea Mariona
Andrea Mariona
Ummm me gustaría leerla porque esta si de lobos con dones mágicos
2025-08-30 21:45:48
1
0
Angie Pichardo
Angie Pichardo
Se ve interesante.
2025-08-30 03:56:29
1
0
5 Chapters
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