INICIAR SESIÓNLas cámaras del perímetro habían grabado al intruso durante cuarenta y un segundos exactos. Diego reprodujo el video tres veces seguidas en la pantalla de su despacho, con Alba de pie a su lado, tan cerca que su hombro rozaba el de él con cada movimiento, y ninguno de los dos hizo nada por corregir la distancia.
El vendaje blanco le cubría el antebrazo desde el codo hasta casi la muñeca. Ocho puntos. Seguridad de Vidal había fotografiado el cristal roto, las gotas de sangre sobre la grava y la marca del impacto en el montante de hierro antes de que limpiaran el jardín. Ya no podían reducir lo ocurrido a una presencia sospechosa: había una agresión físicamente documentada. Pradas había presentado la denuncia esa misma mañana y entregado copia de las imágenes a la policía, sin permitir que Victoria rebajara el episodio a un problema doméstico. —No es un ladrón cualquiera —dijo Diego, señalando la pantalla con el mentón—. Mira cómo camina. Sabe justo dónde están las cámaras. Sabe que la del ala de servicio tiene un ángulo muerto de cuatro segundos justo entre el segundo poste y la puerta lateral. —Eso es información interna. Nadie de fuera podría conocer ese detalle. —Exacto. El silencio que siguió pesaba más que cualquier palabra que pudieran haber dicho. Alba se apartó lo suficiente para poder pensar con algo de claridad, aunque una parte de ella, la parte que todavía recordaba el peso de su cuerpo contra el de Diego unas horas antes, no quería moverse en absoluto. —Necesito la lista de quién ha tenido acceso a los planos de seguridad en el último año. Nombre por nombre. —Ya la pedí antes de que bajaras a desayunar. Y pedí dos agentes para que te acompañen mientras sigas en Madrid. Alba giró la cabeza. —Cancélalos. —Alba, anoche alguien entró... —No vuelvas a decidir por mí. Diego se quedó callado. Ella conocía ese silencio. Años atrás habría venido seguido de una explicación lógica sobre por qué él sabía qué convenía hacer. Alba preparó el cuerpo para la discusión. No llegó. —De acuerdo —dijo Diego. La respuesta la desarmó lo suficiente para enfadarla todavía más. —¿De acuerdo? —Sí. —Guardó el teléfono—. Entonces dime qué necesitas. Alba lo observó. Era una pregunta simple. Dos años atrás habría podido salvarles mucho. —Quiero seguridad en la propiedad y un conductor de confianza cuando salga sola. No quiero dos hombres siguiéndome como si fuera incapaz de cruzar Madrid sin supervisión. —Hecho. —Y quiero saber cada decisión que se tome sobre mi seguridad antes de que se ejecute. —Hecho. Alba sostuvo su mirada un segundo más. El cambio era pequeño. Precisamente por eso resultaba difícil ignorarlo. —Ahora sí. La lista. Diego giró la pantalla. —Cuatro nombres. Rivas, el asesor de gobernanza institucional. Un técnico externo de la empresa que instaló el sistema hace tres años. Victoria. Y Blanca. Alba dejó caer los párpados mientras cada nombre encontraba un lugar incómodo en su cabeza. —No creo que mi madre contrate a alguien para asustarme en mi propia casa. —Yo tampoco lo creía hace dos horas —respondió Diego, con la voz baja—, pero hay una cuarta posibilidad que no podemos descartar. Alguien pudo haber usado las credenciales de Victoria sin que ella lo supiera. —Blanca —dijo Alba, y ninguno de los dos lo negó. El propio silencio que siguió confirmó algo que ninguno quería decir en voz alta: que la sospecha, una vez nombrada, ya no podía deshacerse. Alba se apartó hacia la ventana del despacho, observando el patio interior donde, apenas unas horas antes, el jardinero regaba las mismas rosas que habían presenciado, sin saberlo, el momento en que su matrimonio empezó a desmoronarse dos años atrás. —Necesito preguntarte algo, y quiero una respuesta honesta —dijo, sin girarse—. ¿Alguna vez, en estos dos años, sospechaste de Blanca y decidiste no decírselo a nadie? Diego tardó en responder, lo suficiente para que la respuesta ya estuviera implícita en el silencio. —Una vez. Hace ocho meses. Encontré un documento firmado con mi nombre que yo no recordaba haber firmado. Le pregunté a Blanca al respecto y ella me dijo que probablemente lo había firmado distraído, en medio de una reunión larga. Le creí porque en ese momento me convenía creerle. —¿Por qué te convenía? —Porque investigar habría significado admitir que la persona en la que Victoria confiaba ciegamente podía estar mintiéndome a la cara, y yo no estaba preparado para esa pelea sin ti aquí. Alba se giró hacia él, sintiendo una mezcla incómoda de rabia y comprensión que no sabía cómo nombrar. —Eso es exactamente lo que Blanca cuenta con que hagas, Diego. Que prefieras el silencio antes que la guerra. —Lo sé. Y esta vez no pienso repetirlo. Diego se giró hacia ella, y por un momento la distancia entre ambos volvió a reducirse sin que ninguno lo decidiera del todo. Estaban lo bastante cerca para que la presencia de Diego se volviera física incluso sin tocarla. Lo bastante cerca como para que la conversación de trabajo empezara a resbalar hacia otra cosa que ninguno de los dos nombraba en voz alta, pero que ambos reconocían con la misma certeza absoluta. —¿Por qué te importa tanto protegerme, Diego? Ya no soy tu responsabilidad. —Nunca dejaste de serlo. Solo dejé de tener derecho a decirlo. La mano de Alba, sin que ella lo decidiera conscientemente, se cerró sobre la manga de su camisa. Se dijo que aquel gesto no era romántico, aunque el pulso acelerado bajo sus dedos la contradijera. Necesitaba anclarse a algo real después de ver a un extraño correr por su jardín. Diego no se movió. Dejó que ella decidiera cuánto tiempo quería quedarse así, con la paciencia de un hombre que había aprendido, tarde y a un precio muy alto, a no exigir nada que no le fuera entregado libremente. —Vamos a encontrar quién fue —dijo Alba, soltándolo despacio, obligándose a dar un paso atrás—. Y cuando lo hagamos, quiero estar ahí. —Estarás. Fue apenas una palabra. Pero en la boca de Diego sonó como una promesa completamente distinta a todas las que le había hecho antes de que el matrimonio se rompiera, y Alba se permitió, apenas un segundo, creerle. Se quedaron así, cerca, sin tocarse del todo, durante un tiempo que ninguno de los dos midió. El despacho, con sus paredes forradas de expedientes de gobernanza, no era el lugar más romántico que habían compartido, y sin embargo Alba sintió que algo ahí, en ese instante concreto, pesaba más que cualquiera de las cenas cuidadosamente planeadas de su matrimonio. Pradas los interrumpió antes de que ninguno de los dos pudiera decir nada más, entrando sin golpear con una hoja impresa en la mano. —El consejo aceptó reunirse el viernes. Victoria intentó posponerlo, pero Cornelia Ferrer y otras dos patronas respaldaron la revisión de accesos y contratos externos. Con lo ocurrido en la casa, ya no puede presentarlo como una disputa familiar. —Entonces llegaremos con lo suficiente para que nadie pueda mirar hacia otro lado —dijo Alba. Diego la miró antes de responder, como si estuviera comprobando que hablaban de la misma decisión y no de una que él había tomado por adelantado. —Juntos, si eso es lo que quieres. —Eso es lo que quiero. El teléfono de Diego vibró. Leyó el mensaje y se lo mostró. *Victoria Beltrán: Cena familiar mañana. Quiero que estemos todos. Es hora de recomponer a la familia.* Alba cerró la carpeta. —Eso no es una invitación. Es una maniobra. Diego iba a responder cuando llegó una segunda notificación. La nueva notificación era del técnico que estaba comparando los fotogramas de seguridad con registros de contratistas privados. Abrió el archivo adjunto y su expresión cambió. —Encontraron una coincidencia. Alba volvió junto a la pantalla. El rostro captado por la cámara no era lo bastante nítido para una identificación legal, pero la altura, la complexión y una cicatriz sobre la ceja coincidían con un hombre contratado dos meses atrás por una consultora de seguridad privada. —¿Quién lo contrató? Diego abrió la ficha de la empresa. —No aparece un contratante individual. Pero la consultora tiene un único cliente corporativo registrado en los últimos seis meses. Giró la pantalla hacia ella. Alba leyó el nombre una vez. Después otra. **Serrano Advisory.** La misma sociedad que Elvira había estado siguiendo antes de morir. La misma que aparecía en los márgenes de los documentos de gobernanza. Alba levantó la vista. —¿Me estás diciendo que la consultora vinculada a nuestra fundación pagó al hombre que entró en esta casa? Diego no apartó los ojos. —Te estoy diciendo que quien quiso asustarte está mucho más cerca de nosotros de lo que pensábamos. El despacho quedó en silencio. Pradas acababa de salir y, desde que abrieron las imágenes, Alba y Diego estaban solos con algo que ya no podía llamarse una sospecha. —¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Alba. La pregunta no era solo sobre Serrano Advisory. Diego lo entendió. Se acercó medio paso y se detuvo ahí. —No lo sé. Pero, si me dejas, voy a estar aquí. Alba no dijo que sí. Tampoco dijo que no. —Mañana —dijo finalmente—. Y esta vez no decidas nada sin mí. —No lo haré. En la pantalla, **Serrano Advisory** seguía abierto. *Faltaban ochenta y nueve días.* Y alguien dentro de la Fundación Beltrán sabía por qué.Blanca esperó hasta el día siguiente para buscar a Diego. Ese fue el primer error. El segundo fue convencerse de que necesitaba cerrar algo. Lo encontró en una sala lateral de la fundación después de una reunión sobre la investigación audiovisual. Estaba solo, guardando documentos en una carpeta. —¿Tienes un minuto? Diego levantó la vista. —Sí. Blanca cerró la puerta, pero no con llave. —Lo de ayer... —¿La grabación? —Todo. Diego esperó. Blanca llevaba veinticuatro horas viendo clips de Alba en el atril, de Diego entrando por la puerta principal, del beso en el vestíbulo. También llevaba semanas intentando construir algo propio. Las dos realidades habían coexistido hasta que una pareció empujar a la otra fuera de su sitio. —No puedo hacer como si no me doliera —dijo. —No te he pedido eso. —Lo sé. —Entonces ¿qué necesitas de mí? La pregunta debería haberla detenido. No lo hizo. —Quiero saber si alguna vez hubo una posibilidad. Diego dejó la carpeta sobre la mesa. —Blan
A las ocho de la mañana había seis móviles de televisión frente a la fundación.Alba llegó caminando desde el estacionamiento subterráneo y pidió que no la hicieran entrar por una puerta lateral.—Hay prensa —advirtió seguridad.—Ya lo sé.—Podemos evitarla.—No quiero evitarla. Quiero llegar a trabajar.Diego no la acompañó. La decisión fue de ambos. Si aparecía a su lado a primera hora, la historia podía convertirse otra vez en “Diego protege a Alba”. Él iría más tarde si ella lo quería. Alba cruzó la entrada principal.—¿Se arrepiente de la relación con Diego Vidal?La pregunta llegó desde la segunda fila y, por un instante, Alba perdió el ritmo de la respiración. No hab&iac
El problema de una multitud no era sentir miedo, sino la velocidad con que ese miedo se propagaba. Alba lo vio recorrer el salón en ondas: una persona recogía su bolso, otra interpretaba el gesto como señal, una tercera se levantaba y, de pronto, una mesa completa empujaba hacia la misma salida.—No bloqueen puertas —ordenó al equipo de seguridad—. Abran las tres. Flujo lento.Un hombre tropezó cerca del pasillo central. Una mujer cayó de rodillas. Nada grave todavía. Diego miró a Alba.—¿Qué necesitas?—Lado derecho. Ayuda a separar el flujo. No me pierdas de vista, pero no vengas detrás de mí.—Hecho.Se movió. Alba subió a una silla para que la gente pudiera verla.—Las salidas están despejadas. No hay fuego. No hay amenaza física confirmada. Salgan si
La gala funcionó durante una hora y diecisiete minutos. Luego la pantalla principal cambió. Alba estaba junto a una mesa de beneficiarios cuando la imagen del proyecto de Aldecoa desapareció. Durante medio segundo apareció negro.Alba pidió que nadie prometiera control total sobre las copias: necesitaba hechos, no otra frase tranquilizadora destinada a romperse diez minutos después.Después, una fotografía pixelada. No explícita. Suficiente. Un fragmento del salón de música.Su hombro desnudo. La camisa abierta de Diego. La fecha de la cámara del salón de música incrustada en una esquina.Alba reconoció la escena antes que el resto. Diego también. El archivo se cortó a los dos segundos. Demasiado tarde.El salón quedó inmóvil. Alguien detrás del control audiovisual soltó una ma
Álvaro llamó a Blanca la mañana de la gala. Esta vez ella contestó. —No vuelvas a aparecer en mi programa. —Entonces ven a verme tú. —No. —Tengo material que te afecta. Blanca cerró los ojos. —Esa frase ya dejó de funcionar. —No del todo. Él mencionó la fecha exacta de una visita al despacho de Diego. Después otra. Después el mensaje de dos años atrás. —¿Qué quieres? —preguntó Blanca. —Que confirmes el contexto ante el comité independiente. —La revisión contra Diego terminó. —La revisión de sus controles no. —No soy tu testigo. —No necesito que quieras serlo. Puedo citar registros y dejar que otros expliquen la cercanía. Blanca apretó el teléfono. —Si usas mi vida privada como inferencia de riesgo, voy a responder públicamente. —¿Con qué? ¿Diciendo que estabas enamorada del marido de tu hermana mientras él estaba destruido?
Dean llegó a Madrid dos días antes de la gala y no avisó a Alba hasta después de aterrizar.No porque quisiera sorprenderla. Porque su agenda ya no se organizaba alrededor de la posibilidad de verla.El mensaje fue simple: *En Madrid hasta el lunes. Reunión de Aldecoa mañana a las diez. Llevo las correcciones de Nueva York.*Alba respondió una hora después. *Perfecto. Nos vemos allí.* Diego estaba en la misma habitación cuando llegó el mensaje. No preguntó quién era. Alba se lo dijo igual.—Dean llegó.—¿Por el proyecto?—Sí.—¿Y la gala?—Está invitado como arquitecto.Diego siguió abrochándose el reloj.—Entonces supongo que lo veré.Alba apoyó una mano en el marco de la puer







