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Capítulo 4

Autor: Michelle
La primera noche intenté comunicarme cuarenta y dos veces, entre llamadas y mensajes. Nadie me respondió. Por la mañana, al teléfono apenas le quedaba un veinte por ciento de batería. Dejé de llamar y empecé a enviar mi ubicación una vez por hora.

«Mamá, sigo aquí».

«Luca, ya dejó de llover, pero el agua sigue subiendo aquí abajo».

«Profesora Carter, no estoy faltando a clases a propósito. De verdad no puedo salir».

«Bianca, si todavía estás enojada, te pediré perdón. Por favor, diles dónde estoy».

Debajo de cada mensaje aparecía el mismo aviso: «No entregado».

El protocolo había bloqueado temporalmente mi número y mis cuentas. Las redes de la escuela y de los Moretti retenían mis mensajes mientras el bloqueo siguiera activo. Estaba previsto que durara setenta y dos horas. Sabía que todavía no podían leerlos, pero seguí enviándolos. Tal vez, si dejaba suficientes mensajes, alguien entendería que no había desaparecido a propósito.

Después supe lo que había pasado al mediodía en la mansión. Los Moretti celebraban lo bien que le había ido a Bianca en el retiro. Mamá encargó un pastel e invitó a varios miembros del consejo escolar con los que tenía buena relación.

—¿Poppy todavía no vuelve a casa? —preguntó mientras miraba la silla vacía junto a la mesa.

—Debe de estar escondida en casa de algún amigo —respondió Luca sin levantar la vista del pastel que cortaba para Bianca—. No le hagas caso. Quiere que terminemos el protocolo antes de tiempo.

—Pero no ha vuelto desde ayer —insistió mamá, sin parecer convencida.

A Bianca se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Te arrepientes de haberme apoyado, mamá? —le reprochó—. Poppy conoce a todo el mundo. La ayudan adonde vaya. ¿Qué podría pasarle? —Bajó la voz antes de añadir—: Yo solo tengo a esta familia.

—No te estoy culpando —la tranquilizó mamá mientras la abrazaba—. Esas familias de acogida malcriaron a Poppy. Tiene que aprender que no puede armar un berrinche cada vez que quiere llamar la atención.

En ese momento, yo no sabía que estaban comiendo pastel. Seguía sentada en el agua, que no dejaba de subir, y grabé mi mensaje número setenta y tres para mamá.

—Mamá, tengo un poco de frío —murmuré frente a la cámara. Me castañeteaban los dientes y apenas me salía la voz—. No tienes que decir gran cosa. Puedes mandarme solo un punto. Solo quiero saber si todavía recibes mis mensajes.

Revisé la grabación. Estaba pálida, tenía el cabello mojado pegado a la piel y los labios me temblaban. Daba demasiada lástima. Mamá podía pensar que otra vez estaba fingiendo para que se compadeciera de mí. Borré el video y grabé otro.

—No pasa nada. Lo de antes era broma —aseguré mientras intentaba sonreír—. Yo aguanto el frío. En el hogar para menores se averiaba la calefacción y aun así pasaba toda la noche hablando con la chica de la cama de al lado.

No lo envié. Solo me quedaba un diez por ciento de batería y tenía que ahorrarla.

También pude reconstruir lo que había ocurrido esa tarde. Walter se encargó de limpiar el autobús. Debajo de la última fila encontró varios pedazos de una hoja de la libreta de amigos que Luca me había roto. El viento debió de arrastrarlos hasta allí antes de que salieran. Walter se puso los lentes de lectura y acomodó los pedazos para leerlos.

«Walter: Tiene una vieja lesión en la espalda. No dejar que cargue cosas pesadas. Su hija vive en Seattle. Recordarle que la llame el día quince de cada mes».

Debajo había una última línea:

«Después de cada actividad fuera de la escuela, Walter cuenta a todos tres veces. Si dice que falta alguien, hay que creerle».

Walter se quedó mirando aquella frase. El día anterior había contado tres veces y faltaba yo. Todos le habían asegurado que me había ido en otro vehículo. Dejó las cosas de limpieza y manejó hasta las oficinas administrativas de St. Augustine.

—¿Cuántos estudiantes subieron ayer a esa montaña? —preguntó Walter al encontrarse con la profesora Carter.

—Todos volvieron sanos y salvos —respondió ella, desconcertada.

—¿Usted los contó? —insistió Walter.

—Bianca dijo que Poppy había regresado en otro auto —contestó la profesora.

Walter golpeó el escritorio con la palma.

—Llevo quince años manejando para los Moretti —reclamó con la mano aún sobre el escritorio—. Sé cuándo sale cada vehículo y quién va dentro. Ayer ningún auto llevó a Poppy de regreso antes que los demás.

La escuela solicitó las grabaciones de las cámaras del estacionamiento y del inicio de los senderos. Las revisaron enseguida. Casi todos los estudiantes habían seguido a sus grupos por las rutas roja, amarilla y verde. Solo yo llevaba una etiqueta azul y me había adentrado sola en el bosque por el sendero abandonado.

—El sendero azul no formaba parte del retiro —advirtió la profesora Carter, que había palidecido frente a la pantalla.

—¿Adónde lleva? —le preguntó Walter al voltearse hacia ella.

La profesora no apartaba los ojos de la grabación y le temblaban los labios. El sendero llevaba doce años cerrado. Conducía a un túnel que los Moretti habían usado para el contrabando durante la Ley Seca. Un derrumbe había sellado la entrada y la ruta ya no aparecía en los mapas de la propiedad. Ningún estudiante debía haber recibido una etiqueta azul.

Cuando la escuela llamó a los Moretti, todavía faltaba más de un día para que terminara el bloqueo. El teléfono de mamá sonó en el comedor de la mansión.

—¿Quién habla? —preguntó al contestar, con el ceño fruncido.

Apenas escuchó unas frases, la taza de café se le escapó de la mano y se hizo pedazos contra el suelo.

—¿Qué pasó? —preguntó Luca mientras se levantaba de la silla.

—La escuela dice que Poppy desapareció —respondió mamá con los labios temblorosos—. Nadie la ha visto desde que entró ayer en el sendero azul.

Bianca se puso pálida. Luca reaccionó antes de que alguien más pudiera hablar.

—Eso es imposible —protestó—. Seguro está escondida en algún lado. Poppy habla cinco minutos con un desconocido y lo convence de llevarla a casa. No puede haberse perdido de verdad.

Mientras hablaba, la escuela canceló el protocolo al confirmar la desaparición. El bloqueo se retiró tanto de la red escolar como de la de los Moretti, y todos los mensajes retenidos llegaron de una vez a sus destinatarios.

El teléfono de mamá fue el primero en vibrar. Las notificaciones no dejaban de aparecer: cuarenta y dos mensajes, setenta y tres… Noventa y nueve entre llamadas, ubicaciones, videos y pedidos de ayuda. Luca, la profesora Carter, la enfermera de la escuela y los estudiantes del retiro recibieron al mismo tiempo mis llamadas perdidas y las ubicaciones que había enviado desde el día anterior. El sonido de las notificaciones llenó el comedor.

Luca abrió mi último mensaje de voz. Se quedó tan pálido que parecía enfermo. Durante unos segundos, no se escuchó nada. Luego se oyó mi voz, apenas audible.

—Luca, creo que no voy a poder salir. Pero tenías razón: no voy a morir solo porque nadie me conteste —murmuré en la grabación. Se oyó un goteo cerca del teléfono. Guardé silencio antes de continuar—: Solo tengo un poco de miedo. Si esta vez no vuelvo, por favor, no te enojes. Ya se me quitó esa necesidad de hablar con todo el mundo. No volveré a molestarlos.

La grabación terminó. Nadie en el comedor se atrevió a hablar.

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