La primera noche intenté comunicarme cuarenta y dos veces, entre llamadas y mensajes. Nadie me respondió. Por la mañana, al teléfono apenas le quedaba un veinte por ciento de batería. Dejé de llamar y empecé a enviar mi ubicación una vez por hora.«Mamá, sigo aquí».«Luca, ya dejó de llover, pero el agua sigue subiendo aquí abajo».«Profesora Carter, no estoy faltando a clases a propósito. De verdad no puedo salir».«Bianca, si todavía estás enojada, te pediré perdón. Por favor, diles dónde estoy».Debajo de cada mensaje aparecía el mismo aviso: «No entregado».El protocolo había bloqueado temporalmente mi número y mis cuentas. Las redes de la escuela y de los Moretti retenían mis mensajes mientras el bloqueo siguiera activo. Estaba previsto que durara setenta y dos horas. Sabía que todavía no podían leerlos, pero seguí enviándolos. Tal vez, si dejaba suficientes mensajes, alguien entendería que no había desaparecido a propósito.Después supe lo que había pasado al mediodía en l
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