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Capítulo 4

Autor: Andrea Aguirre
En ese mismo momento ya había comenzado una transmisión en vivo en internet con el título: "La despiadada doctora Sofía Ferrer se rinde: consulta en vivo".

El Grupo Salazar se había encargado de promocionarla y el escándalo del día anterior aún estaba fresco. En menos de diez minutos, más de un millón de espectadores se habían conectado, llenos de indignación. Desde una tableta colocada en el carro de instrumental, fuera del campo de visión de Mónica, podía seguir la transmisión y ver cómo los comentarios inundaban la pantalla a toda velocidad.

"¡Por fin esa miserable cedió! ¡Por una vez, los ricos hicieron algo bien!".

"Veamos cómo esta charlatana se arrodilla y pide perdón".

"Pobre Mónica, obligada a enfrentarse a una doctora sin corazón".

Mónica estaba recostada en la cama, con el rostro tan pálido como el papel. Al verme, se encogió.

—Adrián…

Por su reacción, era evidente que creía que la transmisión todavía no había comenzado y que Adrián controlaba la emisión.

—No tengas miedo. Esta vez vino a atenderte.

Adrián le entregó la manzana, se puso de pie y caminó hasta quedar frente a mí. Como sabía que las cámaras estaban encendidas, adoptó una actitud todavía más altiva.

—Empiece de una vez y examínela. Si no puede curarla, no volverá a ejercer la medicina.

No le presté atención. Fui directamente hasta el carro de instrumental junto a la cama. Mientras me ponía los guantes, le lancé una mirada fría.

Adrián apretó los dientes. Consciente de que las cámaras lo estaban grabando, contuvo el enojo y se limitó a soltar una risa desdeñosa antes de apartarse con las manos en los bolsillos.

La habitación quedó en silencio. De espaldas a las cámaras ocultas, tomé el estetoscopio y lo apoyé sobre el pecho de Mónica.

—Respire hondo. Ahora suelte el aire.

Ella obedeció. Respiraba con dificultad y fruncía el ceño como si soportara un dolor intenso. Los espectadores volvieron a compadecerla y a insultarme.

Dejé el estetoscopio, extraje una muestra de sangre con su autorización y la introduje en un analizador toxicológico portátil desarrollado por el Grupo Médico Ferrer, capaz de identificar y cuantificar con rapidez los principales fármacos cardíacos. Mientras el analizador procesaba la muestra, tomé el grueso expediente clínico que reunía todos los estudios proporcionados durante los últimos años por el médico privado de Mónica. Los diagnósticos escritos hablaban de insuficiencia cardíaca en fase terminal e isquemia miocárdica, pero varios valores no coincidían con las imágenes originales adjuntas.

Revisé las páginas una por una mientras mi expresión se endurecía. Unos cinco minutos después, arrojé el expediente sobre la cama con un golpe seco. Me quité los guantes y me volví hacia ellos.

—Mónica, su caso sí es complicado.

Adrián miró en dirección a las cámaras y soltó una risa fría.

—¿Qué significa eso? ¿No se suponía que era la máxima autoridad en cardiología? ¿Tampoco usted puede curarla? Ya lo sabía: no es más que una charlatana.

Los comentarios volvieron a inundar la transmisión.

"¡Charlatana! ¡Era obvio!".

"Solo quiere eludir su responsabilidad. ¡Que los Salazar acaben con su carrera!".

No les hice caso. En cambio, dije con serenidad:

—Es difícil porque las imágenes originales no muestran la insuficiencia cardíaca en fase terminal que figura en estos informes. Además, existen indicios de que sus síntomas pudieron haber sido inducidos.

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