เข้าสู่ระบบEn mi vida anterior, la familia Salazar fue a buscarme al orfanato después de descubrir que yo podía ser su hija biológica. Sin embargo, Adrián Salazar, mi propio hermano, me acusó de haber provocado la enfermedad de Mónica Salazar, la hija adoptiva de la familia. Mis padres le creyeron y me echaron de casa. Poco después, morí enferma en la calle. Cuando volví a abrir los ojos, había regresado al día en que los Salazar fueron a buscarme. Adrián se interpuso entre sus padres y yo y gritó: —¡Papá, mamá, no se la lleven! Desde que Mónica supo que la hija biológica de la familia podría volver, no ha dejado de sufrir crisis. Además, ni siquiera sabemos con certeza que ella sea Elena. Mis padres me pidieron que les mostrara mi mitad del medallón de cristal. La familia conservaba la otra, y ambas piezas eran la única prueba material que podía vincularme con ellos antes de una prueba de ADN. Como ya sabía cómo terminaría todo, decidí no mostrarla. Ante mi silencio y temiendo que Mónica empeorara, me miraron con decepción y se marcharon. Yo regresé en silencio al orfanato. Veinte años después, me había convertido en una de las cardiólogas más prestigiosas del país. El hombre sentado frente a mí me entregó un expediente clínico con las manos temblorosas. —Se lo suplico. Salve a Mónica. Me detuve al leer el nombre y observé durante un largo rato aquel rostro demacrado. Solo entonces levanté la mirada hacia el hombre. —No.
ดูเพิ่มเติมMe volví y caminé hasta mi padre. Él no había dicho nada más. Se había limitado a observarme, apoyado en su bastón, mientras yo resolvía la situación. En sus ojos había orgullo y dolor.—Papá, vámonos.Mi padre asintió. Antes de salir, se volvió y paseó una mirada indiferente por los Salazar.—A partir de hoy, mi grupo pondrá fin a toda relación comercial con el Grupo Salazar. Espero que estén preparados para las consecuencias.Antes de cruzar la puerta, vi de reojo cómo Adrián se agachaba y recogía uno a uno los fragmentos del medallón. No intenté detenerlo.Los guardaespaldas nos escoltaron fuera de la habitación.La transmisión se convirtió en un escándalo que sacudió a todo el país, pero el asunto no terminó allí.Ese mismo día, los Salazar echaron a Mónica de casa, rompieron todo vínculo con ella y presentaron una denuncia por fraude. De niña había fingido desmayos y dolores en el pecho; de adulta había pagado para falsificar informes médicos, y solo durante los últimos meses habí
Cuando escuchó aquellas palabras, el rostro de Mónica quedó ceniciento. Giró la cabeza bruscamente hacia las cámaras. Había firmado sin leer con atención la autorización, porque Adrián le había asegurado que la emisión solo comenzaría cuando él lo indicara y que podrían interrumpirla en cualquier momento. Solo entonces pareció comprender que todo se había transmitido en vivo y sin cortes desde el principio. El terror llenó sus ojos.Mauricio contempló la hoja de resultados y, finalmente, bajó la cabeza, derrotado.—Es verdad —admitió con voz ronca—. Mónica me pagó para que alterara los informes y le proporcionara esos medicamentos.La habitación permaneció en silencio durante unos segundos. Entonces Mónica perdió por completo la compostura.—Papá, mamá… déjenme explicárselo…Se arrojó a los pies del señor Salazar y se aferró a la pernera de su pantalón.—Cuando era niña, solo fingía desmayos y dolores en el pecho cada vez que ustedes hablaban de seguir buscando a Elena. Años después, c
Me acomodé el cuello de la bata y caminé hasta la anciana. Los guardaespaldas la habían sentado en una silla. Aún temblaba, pero ya no derramaba una sola lágrima.—Afirma que su hijo murió anoche en el hospital. ¿Por qué, en vez de ocuparse de su funeral, vino a causar un escándalo en esta suite privada, a la que el público ni siquiera tiene acceso?Hice una pausa antes de continuar.—Si su hijo fue paciente mío, dígame cómo se llamaba.La anciana apartó la mirada y empezó a observar nerviosa a su alrededor.—Carlos… Carlos Méndez —balbuceó.Saqué el celular, llamé al director médico de guardia del hospital donde había trabajado hasta el día anterior y puse la llamada en altavoz. Le pedí que verificara oficialmente la acusación, sin revelar otros datos clínicos. Tras consultar el sistema, confirmó que ningún paciente llamado Carlos Méndez había estado bajo mi atención y que no se había registrado ninguna muerte en Cardiología durante la noche anterior.—Entonces dígame qué enfermedad t
Menos de dos minutos después, se oyó un alboroto en el pasillo. Alguien lloraba y gritaba, cada vez más cerca, hasta que la puerta se abrió de golpe.Una anciana de cabello canoso y abrigo acolchado gastado entró tambaleándose. Tenía el rostro cubierto de lágrimas, los ojos hinchados y las comisuras de los labios caídas. Dos guardias de seguridad venían detrás. Intentaron detenerla, pero ella se zafó de un tirón.—¡Sofía! ¡Usted mató a mi hijo!En cuanto entró, fijó la mirada en mí, se abalanzó y me agarró de la bata. Sus manos eran ásperas y tenía una fuerza sorprendente.—¡Como mi familia es pobre y no pudimos pagarle un soborno, le recetó cualquier cosa a mi hijo para quitárselo de encima! Anoche murió en el hospital… ¡Usted lo mató!Gritaba y tiraba de mi ropa al mismo tiempo. Sus uñas me arañaron el dorso de la mano, provocándome un ardor intenso y dejándome dos marcas sangrantes.Adrián cruzó los brazos y una leve sonrisa asomó en sus labios.—¿A esto le llama ética profesional?






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