تسجيل الدخولLa voz en la oscuridad
POV de Aurelia La oscuridad era interminable. No había dolor, ni sonido, ni luz. Ni siquiera un poco. Solo una oscuridad absoluta y completa. Por un fugaz instante, me pregunté si así se sentía la muerte. Sin peso. En silencio. Vacía. Intenté abrir los ojos, pero no ocurrió nada. Cuando traté de moverme, mi cuerpo se negó a obedecer. ¿Había muerto? La pregunta flotó por la oscuridad sin recibir respuesta. Entonces, en algún lugar lejano, se escuchó… Una gota. Y otra más. El agua resonaba en medio del silencio, lenta y rítmica, como los latidos de un corazón que se apagaba. “Lia…” La voz apenas era un susurro. Era suave, delicada y desconocida y, aun así, algo dentro de mí se estremeció al escucharla. ¿Podría ser la voz de mi madre? Quise responder, pero mis labios no se movieron. “Lia…” Esta vez, más cerca. No. No era mi madre. No era nadie a quien reconociera. La voz provenía de… mi interior. “Despierta”. Un dolor agudo estalló en mi pecho mientras el aire irrumpía violentamente en mis pulmones. Jadeé. La agonía desgarró cada centímetro de mi cuerpo. Costillas rotas. Pulmones magullados. Heridas que ardían. Los latidos de mi corazón se volvieron erráticos. No estaba muerta… Me estaba muriendo. Abrí los ojos de golpe. Nada había cambiado a mi alrededor. La oscuridad seguía envolviéndome. El polvo llenaba el aire y cada respiración se sentía como tragar arena. Intenté moverme, pero algo pesado me oprimía las piernas. Vigas derrumbadas. Piedras. La casa de la manada. Los recuerdos se precipitaron sobre mí de golpe. El festival. La explosión y… Cassian. “Ca…” De mi garganta solo salió un sonido ronco. Nadie respondió. El terror se apoderó de mí, pero me obligué a mantener la calma. Una respiración. Luego otra. Mis dedos arañaron la tierra a mi lado, buscando algo que pudiera utilizar para liberarme, pero no había nada. Estaba atrapada. El pánico me oprimió el pecho. “No…” Empujé la viga que me mantenía inmovilizada. No se movió. Lo intenté de nuevo. Nada. Una vez más. La viga permaneció exactamente en el mismo lugar. Las lágrimas nublaron mi visión cuando comprendí lo indefensa que estaba. “¡Ayuda…!” Mi voz apenas llegó más allá de mis propios oídos. Esperé, aferrándome a la imposible esperanza de que alguien pudiera haberme escuchado, pero… no hubo pasos. Ni voces. Solo silencio. No podían oírme… o quizá ya no quedaba nadie que pudiera hacerlo. Un sollozo se atascó en mi garganta. No podía terminar así. No aquí. No sola y, definitivamente, no antes de convertirme en Luna. La oscuridad se cerró sobre mí mientras mi respiración se volvía más lenta. Cada inhalación dolía más que la anterior. Un frío se extendió por las puntas de mis dedos y mis párpados comenzaron a pesarme. Quizá… quizá sería más fácil dejar de luchar. Rendirme. Soltarme. “Lia”. La voz regresó, pero esta vez sonó mucho más clara. Más fuerte. Como si supiera lo que estaba pasando por mi mente. “No lo hagas”. Mis ojos se abrieron de par en par. “¿Q-quién está ahí?” Silencio. Pensé que mi mente me estaba jugando una mala pasada. Que estaba alucinando, pero entonces… “No puedes dormirte”. El miedo se deslizó bajo mi piel, pero me obligué a decir: “Muéstrate”. Una risa suave resonó a mi alrededor. “No puedo”. “¿Por qué?” “Porque todavía no me has conocido”. La confusión reemplazó al miedo que sentía. “¿Qué… quieres decir?” “Has esperado dieciocho años por mí”. Eso fue todo lo que dijo, como si supiera que lo entendería de inmediato. Dieciocho años… Aquellas palabras golpearon algo muy profundo dentro de mí. Imposible. No. No podía ser. Todos los hombres lobo despertaban a su loba mucho antes de llegar a la edad adulta, y yo nunca lo había conseguido. De hecho, lo había aceptado. Había llorado por ello. Había aprendido a vivir sin ella. “Tú…” Mi voz tembló. “…¿eres mi loba?” Una vez más, solo recibí silencio. Entonces, en voz baja… “Sí”. Mi corazón se detuvo. “No”. No… “Lo sé”. “No…” Las lágrimas comenzaron a deslizarse libremente por mi rostro. “Esto no es real”. ¿Era este uno de los efectos secundarios de estar muriendo? “Tiene que serlo”. “No tengo una loba”. “Sí la tienes”. Negué con la cabeza a pesar del dolor. “Todos decían…” “Estaban equivocados”. Las palabras fueron suaves. No sonaron enfadadas ni a la defensiva. Simplemente eran la verdad. “Entonces…” Mi voz se quebró. “…¿dónde has estado?” Cuatro simples palabras, pero contenían todas las inseguridades que había cargado conmigo durante toda mi vida. Por primera vez, la voz sonó cansada, como si pudiera sentir el dolor y la añoranza que me habían acompañado durante todos aquellos años. “Esperando”. “¿Esperando qué?” Era yo quien había estado esperando todo ese tiempo. Cada segundo y cada minuto de cada día. “A que me necesitaras”. Estuve a punto de estremecerme. “Siempre te he necesitado”. “Lo sé”. Fruncí el ceño. “Entonces, ¿por qué no viniste?” ¿Por qué ahora? ¿Por qué no cuando la gente susurraba creyendo que yo no podía oírla? ¿Por qué no cuando cuestionaban si era digna de convertirme en Luna? ¿Por qué no entonces? ¿Por qué ahora? Un largo silencio fue la única respuesta. Cuando la voz volvió a hablar, apenas era un susurro. “No podía”. Algo en aquellas palabras hizo que me doliera el pecho. No porque las entendiera, sino precisamente porque no lo hacía. No podía comprender por qué la estaba conociendo justo ahora. Ahora que ya me estaba alejando de la vida que podría haber vivido. Era demasiado tarde. Antes de que pudiera hacer otra pregunta, un estruendo violento resonó entre los escombros que tenía encima. Las piedras se movieron. El polvo cayó del techo y la viga que me aplastaba las piernas crujió bajo el peso creciente. Toda la estructura se estaba derrumbando. Otra vez. “Nos estamos quedando sin tiempo”, dijo la voz. “No puedo moverme”. Mis labios temblaron. Era demasiado tarde… “Sí puedes”. “No, yo…” No puedo. “Sí puedes”. Y, de repente, el dolor se extendió por mi cuerpo como un incendio descontrolado. Comenzó en mi pecho, recorrió mi columna vertebral y después alcanzó todos los huesos de mi cuerpo. Grité. Mi grito resonó en la oscuridad mientras algo dentro de mí despertaba. No con delicadeza. No en paz. Se abrió paso a la fuerza hacia la superficie. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron y cada latido retumbó con más fuerza que el anterior. Era como si otra alma hubiera comenzado a respirar de pronto dentro de mí. Una luz plateada parpadeó bajo mi piel. El aire tembló. El aroma de la lluvia y las flores de luna llenó el pequeño espacio que me rodeaba. “Lia”. La voz ya no sonaba distante. Estaba a mi lado. Conmigo. “Mientras yo siga respirando…” El dolor se volvió insoportable. “…no morirás”. Un aullido surgió desde lo más profundo de mi ser. No salió de mis labios. Surgió de mi alma. La viga que tenía encima se astilló mientras las piedras se resquebrajaban. Durante un instante imposible, los escombros se elevaron lo suficiente. Lo justo para que un tenue rayo de luz lunar atravesara la oscuridad. Extendí la mano hacia él con los dedos temblorosos y entonces… Todo volvió a quedar a oscuras.Nadie vinoPOV de AureliaDesperté al sonido de la lluvia. Durante varios segundos, no me moví. Me quedé mirando el techo desconocido sobre mí, intentando comprender dónde estaba.La habitación era pequeña. Había una mesa de madera junto a una única ventana y una silla apoyada contra la pared opuesta. Una manta delgada me cubría y, debajo de ella, sentía como si mi cuerpo hubiera sido golpeado contra las piedras.Entonces lo recordé.Silvercrest. El fuego. Los desconocidos. Cassian.Me incorporé de golpe y un dolor insoportable estalló inmediatamente en mis costillas. Un gemido ahogado escapó de mis labios mientras volvía a caer contra la pared.La puerta se abrió.Me quedé inmóvil.Un hombre estaba de pie en el umbral. Era alto y tenía el cabello oscuro, pero lo que realmente captó mi atención fueron sus ojos. Eran extrañamente brillantes y… dorados.Llevaba pantalones negros y una camisa gris holgada, ambas prendas sencillas, pero limpias. Su rostro me resultaba desconocido y su exp
La carga del AlfaPOV de AureliaUn año antes de la Luna de SangreCuando era pequeña, solía pensar que ser Alfa significaba estar al frente de cada batalla. Pero, a medida que fui creciendo, comprendí que las batallas más difíciles eran aquellas que nadie más podía ver.Todo comenzó con pequeños cambios.Cassian dejó de escaparse de los entrenamientos para reunirse conmigo junto al río. Sonreía menos. Se reía menos. Incluso cuando lo hacía, siempre había un rastro de agotamiento oculto tras su sonrisa.Al principio, culpé al Consejo de Alfas. Después de todo, él era el heredero de su padre. Tenía sentido que comenzaran a prepararlo para las responsabilidades que algún día implicaría gobernar Silvercrest.Aun así…Algo era diferente.Lo noté una tarde mientras lo esperaba frente a la sala del consejo. Las pesadas puertas de roble permanecieron cerradas durante lo que me pareció una eternidad.Desde donde estaba sentada, bajo el viejo arce, no podía escuchar más que voces apagadas que
AbandonadaPOV de AureliaDesperté con sabor a sangre en la boca. Por un momento, no supe dónde estaba. Solo había oscuridad, un dolor agudo en las costillas y el sonido de mi propia respiración.El agotamiento se apoderaba de todo mi ser. Sentía como si hubiera quedado atrapada en un ciclo interminable entre la vida y la muerte.Entonces lo recordé.Tenía una loba.Intenté sentirla dentro de mí, pero lo único que percibí fueron los latidos cada vez más débiles de mi corazón.No…¿Había sido todo un sueño?Oleadas de decepción y dolor me invadieron, y vomité. Era como si todo el sufrimiento que había soportado regresara de golpe, multiplicado por diez.Pero no. Este no podía ser mi final. Tenía que sobrevivir. Tenía que luchar. Tenía que encontrar a Cassian.Abrí los ojos de golpe.“Cassian”.Mi voz salió como un susurro quebrado. Cuando intenté moverme, el dolor atravesó todo mi cuerpo. Me mordí el labio para evitar gritar.Los escombros se habían desplazado. Ahora había una estrecha
La voz en la oscuridadPOV de AureliaLa oscuridad era interminable.No había dolor, ni sonido, ni luz. Ni siquiera un poco. Solo una oscuridad absoluta y completa. Por un fugaz instante, me pregunté si así se sentía la muerte.Sin peso. En silencio. Vacía.Intenté abrir los ojos, pero no ocurrió nada. Cuando traté de moverme, mi cuerpo se negó a obedecer.¿Había muerto?La pregunta flotó por la oscuridad sin recibir respuesta. Entonces, en algún lugar lejano, se escuchó…Una gota.Y otra más.El agua resonaba en medio del silencio, lenta y rítmica, como los latidos de un corazón que se apagaba.“Lia…”La voz apenas era un susurro. Era suave, delicada y desconocida y, aun así, algo dentro de mí se estremeció al escucharla.¿Podría ser la voz de mi madre?Quise responder, pero mis labios no se movieron.“Lia…”Esta vez, más cerca.No. No era mi madre. No era nadie a quien reconociera. La voz provenía de… mi interior.“Despierta”.Un dolor agudo estalló en mi pecho mientras el aire irru
La promesa de una LunaPOV de AureliaCuando era más joven, solía creer que la vida se desarrollaba exactamente como la imaginábamos.Estudiar mucho. Ser amable. Amar profundamente. Algún día, estaría al lado del hombre que amaba. Llevaría con orgullo el emblema de la Luna y pasaría el resto de mi vida protegiendo el único hogar que había conocido.Todo parecía tan sencillo.Quizá esa era la belleza de ser joven. Todavía creías que el para siempre era una promesa y no un privilegio.En Silvercrest, los Ancianos conservaban numerosas profecías transmitidas de generación en generación. Sin embargo, había una que siempre compartían como una advertencia, un recordatorio de que todos debían mantenerse alerta y estar preparados.Había escuchado aquella profecía innumerables veces, pero, de alguna manera, el Gran Salón siempre quedaba en silencio cuando el Alto Anciano la recitaba bajo el altar de la Diosa de la Luna.Su voz resonaba por toda la estancia, serena e inquebrantable, como si aqu
Antes de que todo cambiaraPOV de Aurelia*Tres años antes de la Luna de SangreLa gente siempre dice que los quince años son la etapa más sencilla de la vida. Tienes la edad suficiente para comprender el mundo que te rodea, pero sigues siendo lo bastante joven como para creer que nada realmente malo puede sucederte.A los quince años, yo también lo creía.El sol de la mañana apenas había asomado por encima de las montañas cuando salí a escondidas de la casa de la manada, con una hogaza de pan caliente bajo el brazo. La señora Elara había insistido en que se la llevara al viejo Bram, uno de los guerreros más ancianos de Silvercrest, que se había fracturado una pierna durante el entrenamiento unos días antes.Nunca me habían molestado los encargos.Me daban una excusa para pasear por la aldea y saludar a todas las personas con las que me cruzaba.Silvercrest siempre parecía cobrar vida por las mañanas.Los herreros martillaban nuevas hojas de espada. Los niños corrían unos detrás de ot







