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Cinco

Auteur: Jam Nicxx
last update Date de publication: 2026-10-20 00:19:27

La promesa de una Luna

POV de Aurelia

Cuando era más joven, solía creer que la vida se desarrollaba exactamente como la imaginábamos.

Estudiar mucho. Ser amable. Amar profundamente. Algún día, estaría al lado del hombre que amaba. Llevaría con orgullo el emblema de la Luna y pasaría el resto de mi vida protegiendo el único hogar que había conocido.

Todo parecía tan sencillo.

Quizá esa era la belleza de ser joven. Todavía creías que el para siempre era una promesa y no un privilegio.

En Silvercrest, los Ancianos conservaban numerosas profecías transmitidas de generación en generación. Sin embargo, había una que siempre compartían como una advertencia, un recordatorio de que todos debían mantenerse alerta y estar preparados.

Había escuchado aquella profecía innumerables veces, pero, de alguna manera, el Gran Salón siempre quedaba en silencio cuando el Alto Anciano la recitaba bajo el altar de la Diosa de la Luna.

Su voz resonaba por toda la estancia, serena e inquebrantable, como si aquellas palabras hubieran sido grabadas en su alma mucho antes de quedar plasmadas en un pergamino.

“Un lobo al que nadie escucha no es un lobo que nunca nació. El silencio no es ausencia, sino espera”.

“Cuando la Luna de Sangre se alce, aquella que fue enterrada antes de tiempo despertará bajo su luz carmesí. Regresará no como la muchacha por la que lloraron, sino como la verdad que temieron”.

Sentí un escalofrío al escuchar sus palabras. Pesaban sobre mí…

“La corona que le fue prometida le será arrebatada, pero ningún trono podrá jamás definirla. El camino elegido por el destino quedará manchado por la traición, y solo cuando la loba olvidada encuentre su voz se desharán las mentiras de generaciones”.

El salón permaneció en silencio incluso después de que el Anciano bajara el antiguo pergamino. Miré a mi alrededor y vi a los guerreros escuchando con respetuoso silencio, mientras los niños más pequeños parecían completamente confundidos.

Para mí, no era más que otra historia antigua, una de tantas leyendas transmitidas de generación en generación.

Jamás imaginé que, años después, recordaría cada una de aquellas palabras. Ni que aquella profecía nunca había sido una simple historia.

Había estado esperando a alguien que la hiciera realidad.

Dos años antes de la Luna de Sangre

Si le preguntabas a cualquier miembro de Silvercrest qué hacía de alguien una gran Luna, obtendrías una respuesta diferente cada vez.

Algunos dirían que la fuerza. Otros, la sabiduría. Los guerreros admiraban el valor. Los Ancianos apreciaban la paciencia, y los niños simplemente querían a alguien que recordara sus nombres.

No estaba segura de cuál era la respuesta correcta. Quizá todas lo eran. O quizá ninguna.

Aquella mañana, acompañé a la Luna Helena por la aldea mientras realizaba su recorrido habitual. Visitaba cada rincón de Silvercrest sin falta, no porque estuviera obligada a hacerlo, sino porque así lo deseaba.

Se detuvo para hablar con una anciana omega cuyo techo había comenzado a gotear después de una semana de lluvias intensas.

Se arrodilló junto a un niño pequeño que se había raspado la rodilla mientras perseguía a sus amigos y le secó las lágrimas antes de despedirlo con una sonrisa.

Agradeció por su nombre a las mujeres que trabajaban en las cocinas. Incluso ayudó a cargar cestas cuando los vendedores insistían en que podían arreglárselas solos.

Nadie le pedía que hiciera aquellas cosas.

Simplemente las hacía.

“Llevas toda la mañana mirándome fijamente”, comentó la Luna Helena con una risita.

“No es cierto”. Hice un puchero.

“Sí que lo es”. Me miró por encima del hombro. “Entonces… ¿qué intentas averiguar?”

Vacilé, pero cuando la miré, sentí que no tenía más remedio que admitir la verdad.

“¿Qué se siente?”

“¿Ser Luna?”

Asentí. Ella guardó silencio durante un momento. Finalmente, sonrió.

“Se siente como pertenecer a todos”.

Fruncí el ceño.

“Eso parece agotador”.

“Lo es”. Soltó una risita. “Pero también es el mayor privilegio que he tenido en mi vida”.

Llegamos a las afueras de la aldea, donde una pequeña cabaña se encontraba escondida bajo los pinos. Una joven viuda abrió la puerta, con dos niños ocultos detrás de su falda.

Su hogar era humilde. La mesa del interior había sido reparada tantas veces que apenas se mantenía derecha.

Helena las saludó como si fueran viejas amigas. Sin lástima. Sin formalidades. Solo con amabilidad.

Le entregó a la mujer un saco de harina, hierbas secas y pan recién hecho.

“Pensé que en las cocinas había provisiones de sobra”.

La mujer inclinó la cabeza, con los ojos brillantes de gratitud.

“Luna, no tenía que hacer esto”.

“Lo sé”. Helena sonrió. “Pero quería hacerlo”.

Mientras nos alejábamos, no podía dejar de pensar en los niños.

“Parecían muy felices de verla”.

“No estaban felices de verme a mí”. Helena acomodó la cesta sobre su brazo. “Estaban felices porque alguien se había acordado de ellos”.

Sus palabras permanecieron conmigo mucho después de que regresáramos a la casa de la manada.

Aquella tarde, me encontré sentada bajo el viejo roble que dominaba el valle. Cassian me encontró allí, como parecía hacer siempre.

“¿En qué estás pensando?”

Contemplé Silvercrest a lo lejos.

“En la Luna”.

“¿En mi madre?”

Asentí.

“Antes pensaba que ser Luna significaba estar al lado del Alfa durante las ceremonias”.

“¿Y ahora?”

“Creo que significa estar al lado de todos”.

Cassian no respondió de inmediato. En su lugar, se sentó junto a mí y siguió mi mirada hacia la aldea que se extendía abajo.

Los faroles habían comenzado a iluminarse uno tras otro, dispersos por Silvercrest como estrellas que hubieran caído del cielo.

“Creo que serías una Luna maravillosa”, dijo en voz baja.

Sonreí. Me encantaba escucharlo decir aquello.

“Tienes que decir eso”.

“No tengo por qué hacerlo”. Se volvió para mirarme. “Lo digo porque te he observado”, admitió. “Cuando los niños lloran, te buscan. Cuando los Ancianos necesitan ayuda, acuden a ti. Cuando alguien está sufriendo…”

Lo miré de reojo.

“Nunca tienen que buscar demasiado antes de encontrarte”.

Sentí que las mejillas me ardían.

“Nunca me he transformado”.

La sonrisa de Cassian no desapareció.

“Quizá por eso todavía no lo entiendes”.

“¿Entender qué?”

Se agachó, recogió una pluma caída y la dejó escapar con la brisa.

“Un lobo puede hacer que alguien sea más fuerte”. Sus ojos se encontraron con los míos. “Pero no puede hacer que sea más amable”.

Durante un rato, ninguno de los dos habló. Simplemente contemplamos las luces de Silvercrest que titilaban bajo nuestros pies.

Recuerdo que pensé en lo tranquilo que parecía todo desde aquella colina. Lo seguro que se sentía. Lo eterno que parecía.

Aquel día me hice una promesa: si la Diosa de la Luna alguna vez me consideraba digna de convertirme en Luna, no llevaría aquel título como una corona.

Lo llevaría como una promesa.

Ahora que miro atrás, aquella promesa nunca cambió.

La única que cambió fue la muchacha que la hizo.

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