FAZER LOGINEntre el delirio, los días se volvieron indistinguibles en aquella celda oscura, que parecía no verse afectada por el tiempo. Serethia ya no sabía si dormía o deliraba, mientras su cuerpo se debilitaba poco a poco, debido a que la alimentaban apenas lo suficiente para mantenerla respirando.
Querían que su voluntad se consumiera lentamente, al igual que su cuerpo. Pero su odio no había menguado; se aferraba a él como su único motivo para sobrevivir. Cada respiración dolía, pero cada vez que despertaba del sueño o el delirio, juraba que, sin importar cuánto tiempo tuviera que esperar hasta que sus cadenas cedieran, arrastraría a Kaelvar con ella hasta la muerte.
Mientras el tiempo se volvía una sucesión interminable de días y noches, solo las criadas aparecían para alimentarla. Kaelvar, en cambio, no volvió desde el día de su encierro, como si esperara a que se quebrara por completo antes de terminar de romperla.
Una noche, mientras se concentraba en el eco de los gritos de las otras celdas, buscando no perderse otra vez en el delirio, una voz femenina rompió el silencio y, de entre las sombras, una figura cubierta por un manto negro emergió con pasos lentos, como si la pestilencia del lugar no la afectara.
—¿Quién eres? — preguntó Serethia con la voz ronca por el desuso, acercándose a los barrotes. Días antes había sido liberada de sus grilletes.
La figura no se movió, solo la observaba desde debajo de la capucha, como si estuviera decidiendo que hacer a continuación. Después de algunos minutos, finalmente volvió hablar.
—Quien puede ayudarte… si decides odiarlo más de lo que puedes amarlo—Su voz fue suave, medida, como si temiera perturbar más la atmosfera del calabozo.
—Ahora solo quiero matarlo —susurró, sin pensarlo, apretando los barrotes de la celda. Pero un grito ahogado escapó de sus labios al sentir el ardor.
—Plata —explicó, sin cambiar el tono suave de su voz—. Este lugar es una forma de tortura en todos los sentidos.
Luego añadió:
—Tienes que irte donde no te encuentren.
Mientras Serethia observaba como la carne quemada de sus palmas empezaba a regenerarse con lentitud, la figura prosiguió:
—Todos creen que tu padre envenenó a la pareja del rey Alfa para no perder poder.
—Padre no hubiese traicionado de esa forma la línea Thalvaren… él…
Serethia se limpió la mejilla, sorprendida al descubrirse llorando por el recuerdo de un padre que, hasta hace algunos días, había creído incapaz de amarla.
—Ahora no puedes probarlo —replicó—. Estás débil, y el rey Alfa seguirá tomando. Es poderoso… y lo será aún más cuando se cumpla la profecía. Sin embargo, puedes matarlo cuando el vínculo lo debilite… pero morirás.
Lo sabía, y había decidido que no le importaba. No quería que nada dispuesto a Kaelvar sobreviviera en ese mundo.
Ni siquiera su amor hacia él.
—¿Por qué quieres ayudarme? —inquirió con escepticismo—, hasta Sel-Naïma pide un precio
—La profecía no debe cumplirse porque traerá sangre y muerte. —La mujer sentenció con tanta seguridad, que Serethia se congeló.
Serethia observó a Victoria salir hacia lo que quedaba del jardín y, sin pensarlo, comenzó a seguirla. No le interesaba la humana, pero algo en su interior la impulsaba a ir en esa dirección.Cuando salieron, redujo el paso y se quitó el himation para cubrirse el cabello. Después avanzó lentamente, protegida por la oscuridad. Mientras lo hacía, distinguió la figura de Alec junto al único árbol que quedaba en pie en el jardín y su corazón pareció detenerse durante un instante.Se quedó inmóvil y, un momento después, dio un paso hacia atrás, pero el impulso de marcharse se desvaneció en cuanto Victoria se sentó junto a él.Volvió a avanzar con cuidado para no llamar la atención de ninguno de los dos y se agachó detrás de unos arbustos, ocultándose lo más cerca que pudo. Desde allí podía escuchar sus voces y observar la situación sin ser vista.—Quizá debí escucharte —oyó decir a Alec—. Tenías razón; debí seguir con mi vida, sin vivir solo en función de encontrarla.Hubo una pausa, pero p
Alec solo siguió caminando, sin pensar hacia dónde realmente quería ir, pese a que cada paso le costaba más que el anterior. La fiebre parecía haberle aumentado y el dolor de cabeza volvió a intensificarse, pero nada de aquello se comparaba con la opresión que sentía en el pecho.El aire fresco que le golpeó el rostro lo hizo mirar a su alrededor y entonces se dio cuenta de que estaba en lo que ahora quedaba del jardín. Ni siquiera se había percatado de cuándo había salido de la casa, pero no se detuvo.Continuó caminando sin rumbo hasta que encontró un árbol apartado y se dejó caer junto al tronco, ignorando el dolor que le provocó el movimiento. Apoyó la cabeza contra la corteza y cerró los ojos mientras intentaba respirar profundamente, pero aquella opresión en el pecho se lo impidió.La sensación aumentaba cada vez que pensaba en que Serethia se había vinculado y ahora estaba embarazada. Quería dejar de pensar en ello y acallar todos sus pensamientos. Pero, por más que lo intentar
—¿Estás embarazada?No necesitó que ella le respondiera más allá de su reacción. Serethia se llevó una mano al vientre y lo observó con temor, aunque intentó disimularlo. Después permaneció inmóvil durante unos segundos, solo mirándolo, antes de asentir lentamente.—¿Cuánto tiempo?Ni siquiera supo por qué había hecho esa pregunta. Podía asumir que no tenía más de cinco meses, aunque tal vez la biología licántropa funcionara de forma diferente y el embarazo se desarrollara a un ritmo distinto.No sabía cómo había sido su nacimiento, así que aún podía existir la posibilidad de que el bebé fuera suyo. Y quiso aferrarse a eso.Necesitaba hacerlo.Aún podía existir la posibilidad de que hubiera malinterpretado todo y hubiera alguna otra explicación a lo que estaba sucediendo.Necesitaba que la hubiera.Pero las siguientes palabras de Serethia hicieron añicos aquella esperanza.—Cuatro meses, pero…Alec soltó una risa baja, la misma que siempre usaba cuando quería fingir que ignoraba su do
Alec y la doncella continuaron avanzando por el corredor, aunque cada pocos pasos él tenía que apoyarse con más fuerza en ella y en la pared para no perder el equilibrio. A pesar de su estatura, la licántropa tenía más fuerza de la que aparentaba y podía sostenerlo con relativa facilidad.—Ya casi —dijo la sirvienta con un poco de esfuerzo cuando doblaron una esquina y tuvo que aumentar la fuerza de su agarre para evitar que el joven cayera.Tomaron un corredor diferente, evitando pasar por la zona destruida y, aunque por momentos todo volvía a verse borroso, Alec alcanzó a percatarse del estado de esa parte de la casa.—¿Eso…? —preguntó con duda, girando la cabeza hacia atrás, aunque ya no veía aquel corredor.—Lo hizo usted junto con el Rey Alfa, mi señor.Alec la miró sorprendido, convencido de que estaba bromeando, pero ella mantuvo una expresión seria.—Lord Chalryl incluso se desmayó cuando le informaron de los nuevos daños —añadió, aunque esta vez tuvo que morderse el labio inf
Alec despertó con un dolor que parecía recorrerle cada parte del cuerpo. Le dolían los músculos, los huesos y hasta la cabeza. Durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando recordar qué había ocurrido, pero solo encontró fragmentos que no parecían tener sentido, ni siquiera cuando trataba de unirlos.Lo único que parecía tener claro era el rostro de Serethia y aquella necesidad desesperada de tenerla cerca.Abrió los ojos con dificultad y tuvo que entrecerrarlos por la intensidad de la luz de las lámparas. Miró a su alrededor, pese a que todo lo veía borroso, y se encontró con dos cuerpos junto a la ventana.Forzó la vista, aunque el esfuerzo hizo que el dolor de cabeza aumentara, hasta que pudo reconocerlos. Leo estaba dormido, con la cabeza apoyada contra la pared, y Victoria descansaba sobre su hombro, con una respiración suave y tranquila.Se quedó observándolos durante unos segundos antes de intentar incorporarse, tratando de no hacer ruido.No sabía qué había sucedido ni
Rhaerys estaba recostado en una cama con la espalda recostada en la cabecera, con la piel sudorosa y respirando con dificultad, mientras el sanador se acomodaba con dedos temblorosos sus gafas. Cada vez, antes de seguir con el procedimiento, le pedía disculpas al Alfa y se acomodaba la montura, como si necesitara unos segundos para reunir el valor necesario.—A este paso, Su Majestad va a dejar las arcas de la corona vacías —dijo Cassier, sentado en una silla a un lado de la cama, mientras terminaba de redactar el pergamino con la disculpa y la recompensa que el rey daría a Lord Chalryl por haber destruido casi la mitad de su casa.El Alfa intentó reír, pero el dolor de la nueva fractura, necesaria para corregir la posición del hueso, hizo que se mordiera los labios. Era la tercera vez que volvían a quebrárselo y todavía faltaba una más.—¿Aún no despierta? —preguntó entre respiraciones profundas, cuando el dolor disminuyó lo suficiente.—No, consideré que era mejor colocarle el sello







